Capítulo Doce #2
Violet desenrolló la bufanda y en esa ocasión, cuando se agachó, Sauce no protestó. Dejó que la arrebujara entre los suaves pliegues de la prenda. Olía a ella. La gata se acurrucó entre sus brazos, acunada por el vaivén de sus pasos.
Un poco más tarde, atravesaron un umbral y una ráfaga de aire caliente las envolvió. Sauce entornó los ojos por la brillante luz y se removió.
—No pasa nada —dijo Violet—. Estamos en casa, tranquila.
«Casa» parecía ser una cueva gigantesca con paredes de mármol. Otro ser humano, con uniforme y gorro sentado detrás de una mesa, le dijo algo ininteligible a Violet, que contestó:
—Buenas tardes, Harry.
Luego sonó un pitido y entraron en una habitación minúscula con paredes de metal y muchas luces parpadeantes. Violet apretó una de ellas y las puertas se cerraron por sí solas. Sauce soltó otro quejido nervioso.
—Supongo que nunca habías subido a un ascensor —dijo Violet—. No es peligroso, te lo prometo, pero da un poco de miedo.
Una sensación rarísima le revolvió el estómago a Sauce: se movían hacia arriba. Las luces seguían parpadeando en la pared y, al cabo de unos segundos, las puertas se abrieron de nuevo.
La habitación grande a la que la llevó Violet era muy cálida y tenía toda una pared ocupada por largos estantes de madera repletos de libros y otros objetos.
En la estancia, que se hundía en el centro, había algunos muebles prístinos cromados de color blanco y gruesas alfombras por todo el suelo pulido.
En otra pared colgaban dos murales enormes y coloridos.
Comparada con la casa en la que habían vivido Luna y ella de crías, aquella era muy lujosa y pertenecía, claramente, a humanos muy importantes.
Su mirada se vio atraída hacia las gigantescas paredes de cristal que daban a la ciudad por dos lados.
Violet y ella estaban a tanta altura que podía ver el horizonte lejano, donde aún brillaban los últimos rayos de sol.
Entre medias se extendía todo el centro de la ciudad, con edificios y tejados altísimos, atravesado por coches que se arrastraban como insectos.
A un lado incluso vio el puente en miniatura.
Al pasar junto a una puerta entreabierta, Sauce oyó otras voces humanas y levantó las orejas con nerviosismo. Violet, que todavía la sujetaba, cerró la puerta.
—No te preocupes, solo son mis padres. Estarán en una reunión. No nos molestarán. —Aunque lucía una pequeña sonrisa, sus ojos transmitían tristeza—. Ya les hablaré más tarde sobre ti. Si quieres quedarte, claro.
Entraron en otra habitación parecida a la cocina del restaurante, con un fregadero y armarios en las paredes, además de una isla larga en el centro.
También estaba impoluta. Violet depositó con cuidado a Sauce, todavía envuelta en la bufanda, en un sillón cómodo.
Bajó un cuenco y lo dejó en la encimera; luego abrió un armario iluminado por dentro.
Rebuscó en él un rato: sacaba algunas cosas, negaba con la cabeza y las volvía a guardar, hasta que por fin agarró un paquete y lo abrió.
A Sauce le rugió el estómago al percibir de pronto un aroma delicioso.
Observó a Violet mientras desmenuzaba el contenido en el cuenco.
—Creo que te gustará —dijo la chica—. Es salmón. ¡Pescado! Te gusta el pescado, ¿verdad?
Colocó el cuenco en el sillón, delante de Sauce. La gata no dudó y atacó la comida. No sabía a nada que hubiera probado antes: dulce, sabrosísima y aceitosa.
—¡Eh, para! —dijo Violet—. Hay más y así solo vomitarás.
Pero Sauce no la escuchó. El salmón, fuera lo que fuera aquello, estaba demasiado delicioso.
En cuestión de segundos, mientras Violet la acariciaba, lo había devorado todo.
Se preguntó, distraída, por qué esa chica desconocida la trataba con tanta amabilidad, pero estaba demasiado hambrienta para andarse con cautela.
Mientras dejaba limpio el cuenco a lametazos, el pelo de la nuca se le erizó para alertarla de que no estaban solas. Fijó la mirada en dos siluetas que acechaban cerca y la observaban. «¡Ratas!». Arqueó el lomo y bufó mientras buscaba una salida. No estaba en condiciones de pelear contra dos ratas.
Violet también las vio, pero no parecía alarmada.
—No hagas caso a Pica y Rasca. Pertenecen a papá y mamá.
«¿Cómo que pertenecen?». Sauce asimiló las palabras y supo entonces que su presentimiento de antes había sido acertado. Violet y sus padres eran brujos, y esas ratas estaban atadas a ellos. El instinto le dijo que huyera, que se marchara de allí lo más rápido posible.
—Diría que ya lo ha deducido —dijo la rata más grande.
La más pequeña movió el morro.
—Está claro que es una gatita avariciosa.
Sauce seguía erizada. Si echaba a correr, ¿a dónde iría? La puerta estaba cerrada. Además, las ratas no habían intentado atacarla. Tampoco parecían pasar hambre. ¿Podría ser que, al igual que Zuzón, fueran felices atadas a un humano?
Violet seguía acariciándola.
—Aquí todos somos amigos —dijo con tono afable—, pero no te retendré en contra de tu voluntad.
Sauce se preguntó qué haría Luna en aquella situación. Seguramente no se habría fiado de Violet. Y nunca habría permitido que una humana la llevara en brazos hasta lo alto de un rascacielos.
«Pero yo no soy Luna —pensó Sauce y dejó que los dedos cuidadosos de Violet se hundieran en su pelaje. Miró a la chica a los ojos—. Sé que puedo fiarme de ella».
—Gracias por la comida —ronroneó bajito.
—¡Pero si habla! —dijo la rata grande.
Violet se apartó y abrió los labios en una sonrisa.
Sauce siguió ronroneando.
—Antes me has preguntado mi nombre. Me llamo Sauce.
—Nada más verte supe que eras afín. ¿Por qué estabas en la calle? ¿Qué ha pasado?
—Es una larga historia —contestó Sauce—. No… no sé por dónde empezar.
—Ahora no hace falta que la cuentes —dijo Violet con cuidado—. Debes descansar. Te limpiaré la herida de la pata. —Le sonrió con entusiasmo—. ¡Creo que estábamos destinadas a encontrarnos!
Sauce se restregó de nuevo contra su mano y se permitió, al fin, relajarse. A lo mejor era cierto. A lo mejor el destino había intervenido, y Violet y ella debían conocerse.
Pero no tenía ni idea de cómo afectaría eso a su futuro… y a Luna.