Capítulo Doce
S AUCE METIÓ LA CABEZA en la papelera sin dejar de mover la nariz.
Dentro había comida, pero olía fatal. Bajó también el cuerpo y, al rebuscar, le dio la vuelta a una caja de cartón.
Una pelusilla de moho cubría la parte superior, pero con el paso de los días había aprendido a no ser muy tiquismiquis.
Arrancó un bocado y lo tragó casi sin masticar, por miedo a saborearlo.
El atardecer era el peor momento. No solo porque los humanos salían en masa de los edificios y las calles se llenaban de coches, sino también porque significaba pasar otra noche sola. No tenía a nadie con quien acurrucarse. A nadie con quien hablar.
¿Se había precipitado al cruzar aquel puente y abandonar a Luna?
Habían pasado diez días desde la reunión con el Cónclave.
No, a lo mejor once. Todos le habían parecido iguales, y cada vez le costaba más reprimir la tristeza que acechaba debajo de su autocompasión.
El otoño daba paso al invierno, la luz del día desaparecía antes y con mayor rapidez. Las noches también eran más frías.
Se le contrajo el estómago, pero engulló más comida rancia.
«Tengo que comer».
Ese mismo día se había visto reflejada en los cristales de un rascacielos.
Al principio arqueó el lomo pensando que era otra gata, pero el susto se le pasó enseguida cuando comprendió que se estaba viendo a sí misma.
Tenía los ojos hundidos y apagados, y se le marcaban las costillas debajo del pelo.
Incluso podía ver las vértebras en la parte superior de la cola.
Encontrar comida era difícil en aquel coto de caza de hormigón.
Las ratas tenían buena vista, eran grandes y se movían en grupo.
Las palomas eran unas supervivientes, cazaban las migas a gran velocidad y echaban a volar ante la más mínima señal de alarma.
Los humanos tiraban un montón de comida a la basura, cierto, pero cada día otros humanos la recogían en camiones gigantes, lo que significaba que no disponía de mucho rato para buscarla.
Solo podía comer con tranquilidad en lugares poco frecuentados por humanos, donde la comida llevaba allí más tiempo.
Unos días antes, había cometido el error de comer algo podrido y había acabado vomitando y con dolor de estómago durante gran parte del día siguiente.
No debería tardar en buscar un sitio para pasar la noche.
Se estremeció. Pensó en los umbrales de los edificios o en los huecos debajo de los bancos, pero había pocas opciones donde no hubiera humanos.
Había perdido la cuenta de las veces que se había despertado con uno cerniéndose sobre ella, y había tenido un par de encuentros horribles de los que había salido por patas.
El primero fue con un hombre enfadado que gritaba y que le lanzó un cubo de agua fría; el segundo, con una mujer que había intentado engancharla por el cuello con un palo largo que tenía un aro de metal en la punta.
Tuvo que atacarla con las uñas para escapar.
Las siestas cálidas de ensueño en el restaurante parecían ahora un recuerdo imposible, demasiado acogedoras para ser reales.
Cuando pensaba en ellas, se preguntaba si la magia de Luna había estado presente desde el principio, si el calor emanaba de su pelaje para mantenerlas calientes.
Sauce lo habría dado todo por volver a dormir junto a su hermana en esas noches frías.
«¿Seguirá pensando en mí? ¿O se sentirá aliviada por deshacerse de su hermana problemática?».
Durante el día no tenía tiempo para pensar por culpa del hambre constante que le carcomía las entrañas y de los peligros que acechaban en cada esquina.
Pero la noche era distinta. Ahí los recuerdos volvían una y otra vez a su mente.
Sentía lástima por sí misma, pero a menudo también notaba una chispa de rabia al pensar en Luna, que sin duda estaría disfrutando de su nueva vida con la Alianza Salvaje.
«Vale, fui yo quien salió huyendo, pero ella no me dio otra opción… Se había puesto de parte del Cónclave».
Tragó toda la comida mohosa que pudo y bajó de un salto de la papelera.
Al aterrizar hizo una mueca y esperó a que disminuyera la oleada de dolor que le subía por la pata trasera.
En la tercera o cuarta noche en la ciudad se había encontrado con una serie de túneles a los que se accedía a través de un conducto roto en la pared de un edificio.
Le recordaron a la guarida de los Cuentaverdades, al otro lado del puente.
Los túneles eran cálidos y secos, y agradeció su buena suerte.
Pero aquella madriguera tenía otros ocupantes: una familia de zorros.
Eran mundanos, igual que las otras criaturas que había visto en la ciudad, y sus intentos de razonar con ellos habían caído en saco roto.
Sauce huyó, pero uno de ellos consiguió clavarle los afilados dientes en la piel de la pata trasera.
Al principio no le había dado mayor importancia, pero la herida no mejoraba.
Retorció el cuerpo para lamérsela. Empezaba a oler mal y le palpitaba con cada paso.
Seguramente Zuzón habría sabido qué hacer para curarla, pero ya no tenía esperanzas de encontrarlo.
Había decenas de rascacielos y cada uno contenía miles de personas, como hormigueros gigantes.
Tuvo que aceptar que las posibilidades de encontrarse de nuevo con el perro eran minúsculas.
Siempre le quedaría la Alianza Salvaje, claro.
Sauce había regresado al puente en una ocasión, al principio, y se había quedado mirándolo, pensando si debía volver para buscar a su hermana.
Pero el orgullo se lo había impedido: la vergüenza de regresar derrotada tan pronto, después de haber huido del Cónclave con actitud desafiante.
Se rio sin alegría mientras cojeaba en la penumbra.
No le quedaba ya ni una pizca de orgullo.
Lo que le impedía regresar ahora era el miedo.
No esperaba que la Alianza Salvaje la ayudara después de haberlos rechazado públicamente.
Se preguntó qué diría Luna si se presentara en el parque infantil, apestosa y muerta de hambre, para suplicar su perdón.
«Aunque me aceptara de nuevo, los demás animales afines nunca querrán oponerse al Cónclave». Por algún motivo, todos los aquelarres parecían seguir los deseos de los sapos.
Delante de ella se abrió de repente una puerta, de la que brotó luz y mucho ruido.
Por acto reflejo, Sauce salió corriendo hacia un callejón para esconderse en las sombras.
A pesar de sus dolores, su magia era cada día más potente.
El ánima escaseaba, eso sin duda, pero Sauce parecía reunirla con mayor facilidad para sus hechizos.
Tal vez era porque estaba sola, sin Luna y sin otros animales afines que la observaran.
Los seres humanos que salieron eran chicas jóvenes que se reían y se abrazaban.
Echaron a andar en sentido contrario y Sauce soltó un suspiro, pero una de ellas se detuvo y echó un vistazo hacia atrás.
Le pareció que miraba en su dirección. Intentó reunir más ánima para ocultarse, pero estaba demasiado débil para que fuera efectiva.
«Sigue andando —deseó Sauce—. ¡Vete!».
Pero la chica no se fue. Miró a sus amigas y dijo:
—¡Adelantaos! Ahora os alcanzo.
Las palabras fueron como un golpe para Sauce: eran las primeras que había oído en varios días. ¡Podía entenderla! ¿Qué significaba eso? ¿Que esa chica era una bruja?
La chica se aproximó. Tenía el cabello oscuro y los ojos brillantes, muy separados. Llevaba una bufanda gruesa y mullida. Su cara era… amable, aunque Sauce sabía lo engañosos que eran los seres humanos. Se quedó inmóvil, concentrada en su magia.
—Hola —dijo la desconocida—. ¿Cómo te llamas?
«Puede verme, me está hablando…».
Sauce estaba tan perpleja que no contestó. Mantuvo la mirada clavada en la chica mientras se arrodillaba en el suelo.
—No te voy a hacer daño.
Estiró una mano. Sauce la observó con atención. Algo le impedía huir. A pesar de todos los encuentros con humanos que había tenido, algo le decía que ella no le haría daño. Cuando sus dedos le tocaron el pelo, sintió una oleada de consuelo y detuvo el hechizo. La chica sonrió a modo de respuesta.
—Conque estás aquí. Yo me llamo Violet. Pareces hambrienta.
Sauce no se sentía lista para hablar, pero soltó un maullido involuntario y lastimoso. Violet le sonrió con complicidad.
—Puedes ser una gata normal si quieres. —La acarició con cuidado, primero detrás de las orejas y luego por todo el lomo. Cuando le tocó la pata, Sauce soltó un chillido—. ¡Ay, lo siento! —Violet la examinó—. Estás herida…
Sauce soltó otro maullido y frotó la cabeza contra su mano.
—Creo que me entiendes, ¿verdad?
Sauce seguía resistiéndose y se preguntó qué significaba que, después de días de escuchar solo balbuceos incoherentes, aquella humana pudiera hablarle.
—No tengas miedo. —Estiró la otra mano e intentó deslizarla bajo el vientre de la gata, pero fue demasiado y Sauce se apartó con un débil bufido—.
¡Vale, vale! Ya veo que no te gusta. —Echó un vistazo a la calle—.
Mira, tengo que irme a casa y tú también puedes venirte.
—Se levantó—. No te obligaré, aunque allí hay comida. Y puedo mirarte la pata mala.
Violet empezó a alejarse despacio.
Sauce ansiaba seguirla, pero dudó. Que aquella humana pudiera hablarle no significaba que fuera una amiga. Los humanos eran manipuladores y ocultaban con astucia sus verdaderas intenciones.
«No todos», dijo la vocecita triste de Zuzón en su cabeza.
Sauce recordó lo mucho que su amigo echaba de menos a su bruja, Leanne. ¡A lo mejor ella la conocía! La chica seguía alejándose, pero miraba por encima del hombro.
«Es posible que no tenga otra oportunidad», pensó Sauce.
Y su pata no haría más que empeorar.
Tras decidirse, se levantó con rigidez y trotó detrás de la humana.
—¡Eso es! —la tranquilizó la chica—. Sabía que seríamos amigas.