Indomables (El despertar de la magia 1) Capítulo Once
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Capítulo Once

E L SOL TODAVÍA NO HABÍA SALIDO , pero la oscuridad se empezaba a disipar en lo alto del cielo.

Luna ya estaba perdiendo la esperanza de encontrar la guarida de los Indomables.

Las únicas pistas que tenía eran la vaga descripción que había dado Zuzón sobre un desguace junto al puente de un ferrocarril y la dirección hacia la que había visto volar a la corneja Garranegra tras la reunión de los aquelarres en el centro comercial.

Había pasado horas caminando con las patas doloridas, siguiendo el río y descansando tan solo para echar una siesta corta bajo un banco.

Hacia el amanecer había llegado a lo que parecía un páramo desierto, con enormes almacenes y garajes en ruinas.

Después de ver las abarrotadas aceras del centro de la ciudad, la alivió estar lejos de las multitudes humanas.

Los pocos humanos que vio por allí conducían vehículos enormes que sacudían la carretera y echaban humo a su paso.

Aquello era muy diferente al parque de la Alianza Salvaje.

No había árboles ni vegetación de ningún tipo, salvo los escasos brotes de hierba que crecían a duras penas entre las grietas del asfalto.

Justo cuando el disco dorado del sol asomaba por el horizonte para revelar un cielo perfectamente despejado, Luna oyó el traqueteo lejano de un tren.

Giró las orejas para localizar el origen del sonido.

Dobló un recodo y, por encima de los edificios bajos, por fin lo vio: ¡un puente!

Un tren lo atravesaba como una serpiente gigante cruzando el cielo.

«¡Tiene que ser ese!».

Los dolores desaparecieron y apretó el paso.

Se acercó al puente cada vez más nerviosa.

Aunque no veía ningún animal montando guardia, el silencio la inquietaba.

¿La estarían observando mientras se aproximaba?

Ojalá su hermana estuviera con ella; se habría adelantado para detectar cualquier peligro.

A Sauce siempre se le había dado bien caminar con sigilo…

Y eso ahora tenía sentido, dadas sus habilidades.

«Pero estoy sola —pensó—. Tendré que acostumbrarme…».

Se preguntó qué estaría haciendo Sauce. ¿Habría encontrado un lugar en el que refugiarse de la lluvia? ¿Estaría hambrienta? Seguro que Luna habría sentido si le hubiera pasado algo malo, pero quizás se hacía ilusiones. Apartó ese sentimiento de vacío y se concentró en el puente.

«Esto lo hago por mi hermana. Encontraré a los Indomables, y juntos la traeremos de vuelta».

Llegó a una valla metálica con alambre en la parte superior y adornada con pinchos cortos. Al otro lado se alzaban los restos de cientos de máquinas humanas, amontonadas unas encima de otras o apoyadas en ángulos precarios. A Luna le recordaron a esqueletos, y se estremeció.

No le costó encontrar una forma de entrar; captó un rastro de perro y lo siguió hasta un tramo donde habían arrancado la parte inferior de la valla.

Se coló por debajo y entró. Los charcos de aceite relucían en una miríada de colores junto con los trozos retorcidos y oxidados de metal, algunos objetos redondos y varios cristales rotos. Aquello no era nada acogedor.

—¿Hola? —llamó—. ¿Hay alguien aquí?

No hubo respuesta.

Siguió adelante con paso ligero, pero el olor a animal se volvió confuso y la condujo hacia los restos de las máquinas, como si quien viviera allí hubiera dejado varios rastros falsos.

—¿Dónde estáis escondidos? —musitó.

Entonces sus ojos se posaron en un coche azul y recordó la descripción que había dado Zuzón sobre ese vehículo.

No parecía especial ni mágico, pero estaba apartado de los demás.

Al parecer, en algún momento se había incendiado, porque en el interior se veía el esqueleto de metal al descubierto y el techo estaba curvado hacia dentro.

Una puerta colgaba como un diente flojo a punto de caer y la única ventanilla que quedaba era la de delante.

«¡Este es el coche del que nos habló Zuzón!».

Saltó al capó. Allí se le presentó otro problema… ¿Podría recordar el hechizo?

Examinó los dibujos marcados en el cristal para intentar desentrañar su significado. Zuzón les había mostrado más o menos cómo hacerlo, pero Luna no había prestado mucha atención. Podría pasar días intentando averiguar el método correcto y rascando desesperada hasta dejarse las uñas sin filo.

Pero una calidez extraña empezaba a acumularse debajo de sus patas. Estaba bastante segura de que no se trataba del sol de la mañana calentando el metal oxidado.

«¡Es ánima!».

La energía llegaba en oleadas suaves y le acariciaba el pelaje.

La atrajo hacia sí, tal y como Pincho y Esquivo le habían enseñado, y fue acumulándola cada vez más, hasta llenarse de ella.

Alzó una pata y sacó las uñas. Sin pensar, las movió por el cristal, primero de una forma, luego de otra, en un arco suave.

Al fin, con un corte, trazó una marca horizontal.

Y entonces todo cambió.

Empezó con un crujido y un ruido metálico: el montón contiguo de chatarra se movía como si una criatura enorme se revolviera en la parte inferior.

Luna se encogió, lista para salir corriendo.

Pero no apareció ningún monstruo, sino que los escombros se apartaron en el centro y las pilas de metal oxidado cambiaron de forma hasta crear un sendero que se adentraba en el desguace.

—Madre mía… —jadeó Luna.

Bajó de un salto, con el ánima todavía rodeándola. Apoyó cada pata con cuidado y entró en el pasadizo.

Solo había dado unos pocos pasos cuando oyó un siseo tras ella. Desde detrás de un objeto circular apareció un hocico estrecho y peludo de color marrón, con una raya blanca en la frente.

Una comadreja. El animal observó a la gata durante un instante con unos ojos como guijarros negros y pulidos. Luna sintió que el ánima ondeaba peligrosamente, y un trozo de cristal se elevó del suelo y quedó flotando en el aire.

—¡Eh, espera! —maulló.

La comadreja movió una pata delantera y el cristal voló hacia ella. Luna rodó de lado y gritó:

—¡Para!

La comadreja levantó otra pata. En ese momento, un trozo de tubería se alzó entre los escombros. Luna permitió que el ánima fluyera por su cuerpo y lanzó una llamarada que derritió el proyectil en pleno vuelo. Una nube de humo quedó suspendida entre los dos.

—¡Intrusos, morid! —chilló la comadreja.

Movió las dos patas y varios proyectiles más pasaron silbando por el aire.

Luna reunió más ánima para contrarrestarlos y las llamas los redujeron a cenizas antes de que llegaran a alcanzarla.

No tenía sentido razonar con su atacante, así que se dio la vuelta y echó a correr hacia el interior de la guarida de los Indomables.

Justo delante de ella apareció una gata siamesa que, de repente, abrió mucho los ojos, tan azules como el cielo en verano.

En ese mismo instante se levantó polvo del suelo y una ráfaga de viento empujó a Luna hacia atrás.

Invocó su fuego para enviarlo contra la gata, pero las llamas retrocedieron cuando la ráfaga se convirtió en un vendaval rabioso que las apagó y derribó a Luna, que salió rodando, impotente, y chocó contra el lateral de un coche.

La siamesa se acercó sin apartar la mirada de ella. El viento la mantenía clavada contra el vehículo con tanta fuerza que le costaba incluso tomar aire.

—Soy Luna —consiguió decir—. ¡Quiero… quiero unirme a vuestro aquelarre!

La gata agitó la cola y relajó la mirada. El viento amainó enseguida y Luna cayó al suelo. La comadreja salió deslizándose desde su escondite entre los escombros y se unió a la siamesa. Intercambiaron unos susurros mientras Luna respiraba hondo. Entonces la gata habló.

—Tu magia de fuego es impresionante, pero a la próxima no tendremos tanta paciencia contigo. A ver qué dice Nocturno.

—Síguenos —añadió la comadreja.

Luna, todavía temblorosa tras el impacto contra el coche, hizo lo que le ordenaban.

Las dos criaturas la flanqueaban y la observaban con atención mientras avanzaban hacia un claro abierto en medio de los montones imponentes de coches viejos y desechos abandonados por los humanos.

Al examinarlos más de cerca, vio que la chatarra no estaba dispuesta al azar.

Había nichos y huecos a distintos niveles, algunos recubiertos con cojines viejos o esterillas de goma para formar madrigueras y nidos protegidos de los elementos.

Nocturno, el perro negro que había visto en el centro comercial, estaba encaramado a una enorme motocicleta con el sillín de cuero roto. Un graznido atrajo la mirada de Luna: Garranegra, la corneja, bajó volando y se posó en el manillar.

—¿Y tú qué haces aquí? —preguntó con tono áspero.

No era la bienvenida que había esperado.

—Ha dicho que quiere unirse a nosotros —ronroneó la siamesa.

—Pensábamos que te quedarías con la Alianza Salvaje —gruñó Nocturno.

Aquello molestó a Luna, pero se controló. Necesitaba a los Indomables de su parte.

—Era lo que quería antes —maulló—, pero ya no. Tuve un problema y, a la hora de la verdad, fueron tan cobardes que no quisieron ayudarme. —No era exactamente la verdad, pero se le acercaba—. Vosotros, en cambio…

—Si quieres unirte a nosotros —la interrumpió Nocturno—, necesitamos ver lo que puedes hacer.

«Muy bien…».

Luna tomó una bocanada de ánima y lanzó dos chorros de fuego, uno a cada lado de la motocicleta. Garranegra se encogió y aleteó, pero Nocturno apenas se movió.

—¿Y?

Luna se sintió desanimada.

—Acabo de descubrir mi magia. Creo que con más práctica…

—¿Y por qué quieres unirte precisamente a nosotros? —preguntó el perro—. ¿Por qué no a los Cuentaverdades o a otro aquelarre?

—Todos tenemos magia poderosa —añadió Garranegra.

Luna se planteó mentir. A lo mejor podía halagarles. O inventarse otra excusa. Pero ¿para qué? Su hermana estaba sola allá fuera. No había tiempo que perder.

—Necesito vuestra ayuda. Mi hermana se ha perdido al otro lado del río y no puedo rescatarla yo sola.

—No parece asunto nuestro —siseó la comadreja—. A algunos animales les gusta la ciudad, aunque yo jamás lo entenderé.

—Coincido, Cometa —contestó Nocturno—. El otro lado del puente es, cuando menos, un lugar peligroso.

La gata siamesa se lamía la pata con desdén y Luna sintió que los estaba perdiendo. No era difícil entender por qué. Sauce no significaba nada para ellos.

Tenía que pensar algo rápido para volver a ganárselos.

—Estoy preocupada… Mi hermana no es así. Creo… creo que tiene algo que ver con su magia. De un día para otro podía hacer cosas increíbles con su ánima. ¿Y si la ha atrapado un brujo y la ha atado igual que a Zuzón?

Nocturno alzó las orejas al oír aquello.

—Nos hemos enterado de lo que le ha pasado a Zuzón —graznó Garranegra—. Al parecer, la Alianza Salvaje lo perdió.

—Qué raro —musitó la siamesa.

—¿Y tu hermana tiene magia poderosa? —preguntó Nocturno, ladeando la cabeza.

—Muy poderosa —se apresuró a responder Luna—. Puede volverse invisible y ocultar a otros animales. Pero, tras hacerse amiga de Zuzón, al parecer estuvo considerando irse a vivir con humanos…

Garranegra chasqueó el pico.

—Un brujo humano podría abusar de esos poderes. La capturarán y la atarán si pueden. Si la encontramos antes que uno de ellos, podríamos impedir que se convierta en su prisionera.

Nocturno asintió.

—Muy bien —dijo—. Luna, te ayudaremos. Pero, cuando encontremos a Sauce, no la obligaremos a quedarse con nosotros, ni siquiera contigo, si decide marcharse. Solo la ayudaremos para protegerla y evitar que la capturen.

—¡Ay, gracias! —ronroneó Luna.

«En cuanto hable con Sauce, no querrá abandonarme».

—No os arrepentiréis, os…

Nocturno alzó el muñón de su pata izquierda para detenerla.

—En circunstancias normales, un nuevo recluta que quisiera unirse a los Indomables debería enfrentarse a una prueba, pero esta vez lo dejaremos pasar. Con una condición.

Luna tenía el corazón exaltado. Con esos animales a su lado, encontrar a Sauce sería cien veces más fácil.

—¡Sí, lo que sea!

—Si hacemos esto por ti y por tu hermana, debes jurar lealtad a los Indomables.

Era el mismo trato que la Alianza Salvaje le había ofrecido, pero al menos Nocturno había dado la cara y lo había dicho sin rodeos.

Y Luna confiaba más en las habilidades de los Indomables que en la dispar Alianza.

Hacían cosas como esa todo el rato, ¿verdad?

Se adentraban en territorio enemigo y rescataban animales vulnerables.

«Pero no los conozco —se recordó—. Y no sé qué quieren de mí en realidad…».

—¿Quieres que te ayudemos o no? —preguntó Cometa.

Luna abrió la boca.

—Sí, de verdad que sí. Y quiero unirme a vosotros. Pero necesito entender qué implica eso.

Nocturno la miró a los ojos.

—Deberás obedecerme sin reparos. Pondrás el bienestar del aquelarre por encima de todo lo demás. A partir de ahora serás leal a los Indomables hasta tu último aliento.

No era lo que Luna había esperado. ¿Con el resto de los aquelarres sería igual? ¿Una promesa de por vida? «Se parece mucho a estar atado…».

—Mirad —maulló—, os respeto mucho por quienes sois y por lo que hacéis, pero no puedo prometer algo así. Yo pienso por mí misma y os engañaría si hiciera un juramento que dijera lo contrario.

Nocturno siguió observándola con atención y una gran indiferencia; parecía estar esperando a que añadiera algo más, quizás a que cediera y cambiara de opinión. Pero Luna no dijo nada y le devolvió la mirada.

—Si esa es tu respuesta final —dijo el perro de tres patas—, ya sabes dónde está la salida.

¿Qué más quedaba por decir? Luna se dio la vuelta y empezó a alejarse con un peso sobre los hombros.

¿Los Cuentaverdades la ayudarían o le exigirían lo mismo?

Algo le decía que seguramente le pedirían incluso más, dada la intensidad ardiente de Solfuego.

Y la perspectiva de vivir en esa guarida subterránea le daba escalofríos.

Aparte de eso, ¿qué otras opciones le quedaban? Esquivo había mencionado otros aquelarres, pero ¿cómo los encontraría? Además, tal vez ya corrían rumores sobre las visiones y las advertencias del Cónclave y, en ese caso, ninguno querría escucharla.

«Le he fallado a Sauce…».

Casi había salido de la guarida cuando oyó a Nocturno ladrar.

—¡Luna, espera!

Volvió sobre sus pasos. El perro se había bajado del sillín de la motocicleta y se hallaba de pie ante los demás con semblante burlón.

—Has pasado la prueba. Ningún Indomable de verdad haría un juramento como ese. Nuestro lema es: «La libertad por encima de todo».

Luna movió una oreja con incertidumbre.

—¿Esto es otro truco?

Nocturno se rio y los otros lo imitaron.

—No hay más trucos. Bienvenida a los Indomables.