Capítulo Diez
S ITUADA EN UN TEJADO a dos pisos de altura, con la oscuridad a su alrededor, Sauce espió a su hermana y a Entereza mientras hablaban en el callejón.
No oía sus palabras, pero los actos de Luna lo dijeron todo cuando se marchó de vuelta al puente.
Saltaba a la vista que Entereza la había convencido de que era mejor dejar a Sauce en la ciudad.
«Pues ya está. Me ha abandonado. Regresará con los cobardes de la Alianza Salvaje». Observó la silueta pálida de su hermana doblar una esquina y desaparecer de la vista. Cuando miró de nuevo hacia Entereza, la sapa también se había escabullido.
A saber cómo había conseguido encontrarlas esa vieja sapa.
Seguro que con algún tipo de magia clandestina, propia de los sapos.
Al principio, a Sauce le había costado invocar su magia de sombras, pero allá arriba, lejos de la calle, le había resultado mucho más fácil.
El aire era más limpio y el ánima fluía más libre.
Bajó desanimada por una escalera de incendios hasta la calle y, por el camino, se despojó del pelaje de sombra.
Sí, había usado su magia para esconderse, pero aun así le sorprendía lo rápido que Luna había dejado de buscarla.
Después de oír los gorjeos del Cónclave, su hermana ya había creído que su destino era tomar caminos separados.
«Debería haberlo visto venir. Es otra gata desde que descubrió su magia».
Quizás fuera lo mejor. Habían cambiado muchas cosas después de una revelación tras otra. No debería sorprenderle que quisieran cosas distintas.
Y Sauce tampoco estaba indefensa. Seguro que podía hacerse un hogar en algún rincón de esa enorme ciudad, como el que habían compartido en el restaurante.
Y si algún día Luna se cansaba de la Alianza Salvaje, podría acogerla de nuevo, y toda la cháchara sobre Cónclaves y profecías sería cosa del pasado.
Se dio cuenta de que había dejado de llover, como si el cielo percibiera que su humor se había aligerado.
Aun así, no podía ignorar las visiones misteriosas de debajo del puente: el satélite y el árbol. Luna y Sauce. Y se habían separado, ¿verdad? Tal y como Entereza les había dicho que debían hacer.
Era innegable que las palabras de la sapa ya se estaban haciendo realidad.
Sauce tragó la sensación amarga que le subía por la garganta. Aunque pareciera cosa del destino, no tenía por qué serlo.
Tanto ella como Luna habían elegido seguir caminos distintos.
Y ella, al menos, estaba feliz de vivir con su decisión.
No sabía hacia dónde ir. Los humanos inundaban las aceras, salían de los edificios iluminados por intensas luces.
Encontrar un lugar tranquilo en el que descansar parecía imposible.
Pero, cuando dobló una esquina, vio a lo lejos los gigantescos edificios que se vislumbraban desde el puente.
«Rascacielos», los había llamado Zuzón. El tipo de lugar en el que vivía él con su bruja, Leanne.
Había varios y todos se elevaban como árboles enormes hacia el cielo nocturno.
Tal vez se encontrara con Zuzón o con otros animales afines que supieran dónde vivía el perro.
Sauce echó a andar, decidida a impedir que el miedo a la ciudad pudiera con ella. Se imaginó a su hermana mirándola y apretó el paso. «Yo he tomado esta decisión. Le demostraré de lo que soy capaz».
La confianza le duró un par de manzanas, cuando un grito hizo que se diera la vuelta.
Un hombre humano en bicicleta se dirigía hacia ella, y se apresuró a apartarse.
Eso la hizo chocar contra un grupo que salía de un edificio sacudido por una música alta y resonante.
Acabó enredada entre las piernas de gente que reía y gritaba.
Una persona cayó al suelo y Sauce consiguió que no la aplastara por los pelos.
Echó a correr desesperada a través de la carretera, entre las ruedas de los coches parados en medio del tráfico.
Varios humanos gritaron, quizás por ella, pero no se paró a comprobarlo. Solo quería alejarse de todos.
Sin embargo, cada esquina le traía calles igual de abarrotadas.
Intentó esconderse detrás de una maceta grande, donde se había acumulado basura, pero la vio una mujer que comía algo de una bolsa de papel.
Se acercó a Sauce despacio y se inclinó; de su boca salían sonidos espantosos.
Arrinconada y sin posibilidad de escapar, la gata bufó y atacó con las uñas.
La mujer se apartó y dejó caer la comida al suelo.
Gritó algo y Sauce aprovechó la oportunidad para pasar corriendo entre sus piernas.
Después, el olor a comida se le metió en la nariz y le rugió el estómago.
Se percató de que no había visto muchas presas desde que había cruzado el puente. Había palomas, pero se posaban en lo alto y solo bajaban al suelo para picotear algunos restos en la carretera o se acercaban más a los humanos de lo que Sauce se atrevía.
Al fin acabó en una calle estrecha, sin mucho tráfico, en la que flotaba un humo que olía a comida humana, y dejó que sus patas la llevaran hacia la entrada de un callejón.
Le llegó a los oídos el sonido apagado de unas voces humanas, pero estaban lo bastante lejos para que no resultaran amenazadoras.
Allí olía a comida con mucha más intensidad.
Entró poco a poco en el callejón. Vio contenedores de basura, como los que había debajo de su antiguo restaurante; Sauce sabía que el olor procedía del interior.
Con los bigotes alerta por si acechaba el peligro, subió al borde del primer contenedor. «¡Comida!».
Había todo tipo de sobras que se derramaban de los envoltorios de plástico o estaban envueltas en bolsas.
Apoyada en las patas traseras, se inclinó y empezó a comer.
La comida estaba viscosa, caliente y no se parecía nada a lo que estaba acostumbrada a comer.
Le cosquilleó y le picó en la boca, pero se obligó a tragar.
Entre los restos había algo más apetecible: un trozo de carne en una pequeña bandeja.
La agarró con los dientes y tiró para sacarla, pero se volcó por el borde del contenedor y cayó al suelo.
Todavía quedaba bastante carne alrededor del hueso.
Bajó de un salto y lo sostuvo con fuerza entre las patas delanteras para empezar a arrancarla.
Fue entonces cuando oyó el rasguño de unas patas. Alzó la mirada y vio que entre las sombras aparecían caras de color negro y gris que la rodeaban por todas partes. Las criaturas mantenían las colas peludas y a rayas erguidas en señal de alerta, y se balanceaban con aire amenazador.
«Mapaches».
Luna y ella se habían encontrado con alguno en el pasado o los habían visto huir desde las ventanas del restaurante. Solían moverse solos o en pareja, pero allí había al menos ocho. Todos eran igual o más grandes que ella y observaban el hueso que tenía agarrado.
—Es mío —dijo, intentando sonar confiada—. Hay mucha más comida ahí.
Los mapaches no parecieron entenderla, por lo que dedujo que eran mundanos. Dos se acercaron; Sauce les enseñó los dientes y bufó.
Se detuvieron en seco, pero solo un instante. Sauce sintió un dolor agudo en la pata trasera y se dio la vuelta. Golpeó a su atacante en la mejilla y lo tumbó de lado.
Los otros vieron su oportunidad y se abalanzaron sobre ella.
Con un chillido, Sauce movió las patas en amplios arcos para ahuyentarlos, pero eran demasiados.
Acabó tumbada bocarriba, con dientes y garras atacándola desde todos los lados.
Devolvió un mordisco y saboreó la sangre y el pelo en una bola de cuerpos enredados, ojos crueles y morros arrugados. El olor la mareaba.
Quería usar la magia, invocar el ánima, pero no conseguía concentrarse. Lo único que podía hacer era defenderse de cada mordisco y cada golpe. «¡Me van a matar! —pensó—. Ojalá Luna estuviera aquí. Ojalá no me hubiera precipitado…».
Nada más pensarlo, oyó un fuerte golpe, seguido de una voz humana, y la presión sobre sus patas desapareció. Los mapaches huyeron y se ocultaron en las sombras. Se fijó en que uno de ellos se había llevado el hueso.
El humano habló de nuevo (soltó un grito de enfado) y, gracias a la luz que salía por la puerta, Sauce pudo verlo. Iba vestido de blanco y sostenía un palo largo con pelos en un extremo. Miró a un lado y al otro del callejón, se acercó al contenedor y bajó la tapa. Entonces la vio.
El dolor recorrió el cuerpo de Sauce cuando se levantó con dificultad.
Además de varios cortes en las patas, notaba la cola rara y la cabeza le daba vueltas.
Durante un momento, mientras el hombre se aproximaba, lo vio doble.
Parpadeó y la figura se convirtió de nuevo en una única silueta.
Le estaba hablando con suavidad, pero los sonidos no tenían sentido.
Todavía sostenía el palo con pelos y Sauce temió que fuera a golpearla.
Retrocedió, tambaleándose un poco, y mantuvo la distancia sin apartar los ojos de él.
El tono de su voz le recordó al hombre que mató a su madre.
La gata bufó, y el individuo pareció entender el mensaje.
Cuando otra voz lo llamó desde el interior del edificio, se dio la vuelta y desapareció por la puerta.
En cuanto el humano se marchó, las sombras empezaron a moverse y los mapaches salieron de su escondite. Sauce sabía que no tendría otra oportunidad, así que reunió fuerzas y huyó.