Indomables (El despertar de la magia 1) Capítulo Nueve #2
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Capítulo Nueve #2

—Y a mí me interesa lo que está pasando ahora —gruñó Luna—. Agradezco todo lo que habéis hecho por nosotras. Yo sí que quiero formar parte de un aquelarre. Pero debemos encontrar a mi hermana antes de que… Bueno, antes de que le pase algo.

Entereza guardó silencio un momento, pero al final asintió.

—Muy bien, Luna. Pero el Cónclave no puede ayudarte en esto. Tanto si aceptáis nuestra profecía como si no, hemos visto los peligros que pueden surgir si estáis juntas.

—Vale —respondió la gata.

Se giró hacia la calle, pero la tarea que la aguardaba parecía más inútil que nunca. Un gato podría ocultarse ahí para siempre, sobre todo si ese era el plan de Sauce.

Cuando miró de nuevo a Entereza, la sapa había desaparecido.

Sin saber cómo, Luna encontró el puente de nuevo y cruzó al lado más tranquilo de la ciudad.

Con cada paso, el dolor de su corazón se intensificaba.

Estaba abandonando a Sauce, dejándola sola ante peligros desconocidos, pero sabía que, si quería encontrarla, no podía hacerlo por su cuenta. Necesitaba ayuda.

Tras superar el peligro del tráfico, echó a trotar y siguió la ruta por la que Esquivo las había traído desde el territorio de la Alianza Salvaje. Llegó al arroyo jadeando y saltó en las piedras para abrir la puerta mágica al parque infantil. Enseguida oyó unos ladridos nerviosos.

—¿Quién va…? ¡Ah, eres tú! —dijo Pincho, estirando el cuerpo desde su puesto de vigía. Miró detrás de ella—. Eh… ¿Dónde está Sauce?

Los otros animales se agitaron al oír el escándalo y salieron de sus nidos y de los huecos donde dormían.

—¿Qué pasa? —susurró Esquivo mientras se frotaba el hocico con una pata desaliñada.

Luna maulló con fuerza.

—Mi hermana se ha perdido en la ciudad. Necesito vuestra ayuda para encontrarla.

Cazarratones bajó planeando del cielo y aterrizó justo delante de ella.

—Valor no ha regresado. ¿Qué ha pasado con el Cónclave?

—Eso no es importante —insistió Luna—. Debemos organizar una partida de búsqueda.

—Antes dinos por qué ha desaparecido —ululó el líder de la Alianza Salvaje—. Fuisteis juntas. ¿Se la han… llevado?

—No —contestó la gata y se obligó a respirar hondo.

¿Cómo podía explicar las visiones? No tendrían sentido. Y cada segundo que pasaba hablando era tiempo que podrían dedicar a buscar a su hermana.

—Discutimos, y Sauce se marchó. Pensaba que yo ya no quería estar con ella, que prefería quedarme con los afines.

—¿Y lo prefieres? —gruñó Pincho.

—Pues sí, pero eso no significa que quiera separarme de ella.

—Por lo que tengo entendido, es normal que los gatos se separen de sus hermanos al crecer —intervino Péndulo.

Se había posado encima de ellos, con la cabeza metida en el cuello.

—Sauce y yo no. Seguro que no quiere estar sola.

—Y, pese a todo —dijo Cazarratones—, se ha marchado.

—Por lo que he visto, puede que incluso quiera atarse a un humano —añadió Esquivo—. No es que escuchara a escondidas, pero Zuzón y ella hablaron sobre el tema.

—Me atrevería a decir que algunos animales es lo que quieren —musitó Péndulo.

—¡Parad, por favor! —maulló Luna.

Lo peor que podía imaginar era a su hermana convertida en la prisionera de un humano.

Reinó el silencio. Las criaturas de la Alianza Salvaje intercambiaron miradas inciertas. Luna contuvo el aliento. La habían tratado con mucha amabilidad hasta entonces. Seguro que no se negarían.

Cazarratones movió las alas.

—Si una criatura afín a la magia valora la compañía humana, es asunto suyo. No es una perspectiva que aquí aceptemos, pero ¿quiénes somos para intervenir?

—Eso no fue lo que dijisteis cuando Zuzón se escapó.

—Era distinto. Los Indomables lo habían salvado y nos sentíamos en la obligación de mantenerlo a salvo. No sabíamos si podría sobrevivir solo. Tu hermana no está atada a nadie y parece tener suficientes recursos para cuidar de sí misma.

—Entonces, ¿no me ayudaréis?

—¿A quién ayudaríamos? —preguntó la lechuza—. ¿Estaríamos ayudando a tu hermana al buscarla en contra de su voluntad?

Luna captó la verdad de sus palabras y se le cayó el alma a las patas.

—Está… confundida —maulló—. No entiende lo que significa atarse a un ser humano. No sabe que así no volverá a verme. —Miró suplicante a la Alianza Salvaje—. Por favor…

Cazarratones y Péndulo compartieron una larga mirada.

—Lo entiendo —dijo el líder—. Pero lo que pides es arriesgado. En la ciudad la magia es más difícil y nuestros enemigos nos encontrarían con más facilidad.

Eso provocó murmullos de asentimiento en el grupo.

—Eso lo sé —replicó Luna—. Y os lo agradecería eternamente. Estaría en deuda con vosotros.

—Me alegra oírlo. Y nos plantearíamos correr ese riesgo para ayudar a un miembro de nuestro propio aquelarre…

Las palabras de la lechuza quedaron suspendidas en el aire y el ave fijó ambos ojos, el ciego y el que veía, en Luna. La gata entendió a la perfección lo que quería decir.

«Puede que me ayuden a buscar a Sauce, pero solo si me uno a la Alianza Salvaje».

Un escalofrío de indignación le recorrió la piel.

—Me estás chantajeando —siseó—. ¡Y ni siquiera estás prometiendo que me ayudarás!

Amanecer y Atardecer ahogaron un grito. Péndulo alzó la cabeza. Pero Cazarratones tan solo chasqueó el pico.

—Lamento que te sientas así, pero has tenido mucho tiempo para decidirte. Os hemos acogido, a tu hermana y a ti. Hemos cazado todos juntos. Te hemos enseñado cómo reunir ánima…

—Y ahora queréis que os devuelva el favor —gruñó Luna—. Queréis mis poderes y usaréis la vida de mi hermana para comprarlos.

Pincho tragó saliva con fuerza y dijo:

—No creo que sea eso lo que quiere decir Cazarratones.

—Es justo lo que quiere decir —dijo Luna y movió la cola con rabia—.

Hace un instante pensabas que no debíais intervenir, pero ahora has cambiado de opinión.

Pues aquí tienes mi respuesta. —Miró a todos y cada uno de los animales mientras escupía las palabras—: No quiero saber nada de la Alianza Salvaje.

Ni de ninguno de vosotros. Voy a buscar amigos de verdad que hagan lo correcto.

—No tomes ninguna decisión precipitada —dijo Esquivo—. Puede que te arrepientas.

—¡Ja! Lo único de lo que me arrepiento es de no haber visto antes cómo sois en realidad.

Se dio la vuelta, con el fuego del ánima enroscado en sus entrañas. Se contuvo para no lanzar un estallido de llamas hacia la noche.

—¿Adónde vas? —gimoteó Pincho.

Luna no contestó y se encaminó decidida hacia la orilla del arroyo.

Notaba las patas frías por el miedo, pero solo le quedaba una opción.

A la Alianza Salvaje no le importaba que Sauce fuera capturada por los humanos.

Los Cuentaverdades le daban mala espina y, si Sauce decidía atarse a alguien, la odiarían por una cuestión de principios.

Eso solo le dejaba una opción. Necesitaba un aquelarre que no temiera luchar por la libertad de los animales afines de toda la ciudad.

No los conocía, pero sabía que habían liberado a un animal atado, aunque Zuzón no hubiera sabido apreciar la oportunidad que le habían dado. Luna estaba segura de que la ayudarían.

Necesitaba a los Indomables.