Indomables (El despertar de la magia 1) Capítulo Nueve
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Capítulo Nueve

—¿ V ERDAD QUE NO, L UNA?

Los sapos se revolvieron a la vez y clavaron la mirada en Luna. Pero lo que le llegó al corazón fueron los ojos desesperados de Sauce. En ellos vio distintas emociones: primero desconcierto, luego miedo.

«¿Qué debería decir?».

Una parte de ella se preguntó si aquello sería una prueba, una broma de mal gusto para ver cómo reaccionaban. Le resultaba imposible considerar la alternativa: que el Cónclave lo hubiera dicho en serio.

—No —maulló.

—No, ¿qué? —preguntó Valor.

—No podéis separarnos.

Su hermana soltó un siseo de alivio.

—Nosotros no vamos a hacerlo —croó Entereza—. Os estamos dando a elegir. Las dos os podéis marchar… Pero solo una se puede quedar.

—¿No… no podéis volver a examinar las visiones?

El sapo más pequeño, cuyo cuerpo brillaba con partes de un verde iridiscente, estampó una pata contra el suelo.

—Nuestras visiones llevan meses siendo claras. Las dos estáis malditas.

—Fortaleza… —lo regañó Entereza—. Eso no es necesario.

Pero Fortaleza saltó hacia delante.

—No podemos pasar por alto las advertencias, madre. Esto nos afectará a todos. A todos los animales afines. Habrá graves consecuencias si permitimos que ambas se queden…

Entereza suspiró.

—Me temo, Sauce y Luna, que tiene razón. Debéis elegir ahora.

—Vámonos —dijo Sauce con un coletazo altanero y se dio la vuelta para marcharse.

Luna tardó en mover las patas. Quería defender su posición, hacer que el Cónclave comprendiera que lo que pedían era imposible.

Era evidente que los hermanos sapos no compartían el mismo afecto que los gatos.

Pero no sabía qué decir. ¿Cómo podía explicar su relación con Sauce?

¿Cómo podía hacer que sintieran el mismo amor?

A pesar de la distancia que había empezado a separarlas en los últimos días, seguían siendo ellas dos contra el mundo.

—No es justo —dijo—. No hemos hecho nada malo. No hemos pedido nada de esto.

Sabía lo patética que sonaba y se odió por ello.

—Solo quieren tu magia, Luna —maulló Sauce—. Pero no les debes nada. No los necesitábamos antes y no los necesitamos ahora. Podemos usar nuestra magia solas.

Los bultos encima de los ojos de Entereza se alzaron un poco.

—Nos dijeron que no podías usar el ánima.

—¿Y quién os lo dijo? —espetó la gata—. ¿Ves, Luna? Nos han estado espiando. No podemos confiar en ellos.

—Seguimos el destino de todos los aquelarres —explicó Entereza con frialdad—.

Por su propio bien. Luna, tu hermana tiene razón en una cosa.

Tu magia sería una gran ventaja. Pero debes saber que, si decides forjar tu propio camino en la ciudad, los brujos humanos sentirán tu presencia.

Te darán caza e intentarán atarte. Y no podremos protegerte.

—Y ya sabes de lo que son capaces los humanos —añadió Fortaleza—. Nosotros también lo hemos visto.

—¡La estáis manipulando! —siseó Sauce.

—Solo constatamos los hechos —replicó la sapa—. Un animal con el poder de Luna siempre correrá peligro.

—Igual que cualquiera que esté con ella —musitó Valor.

Luna sabía que tenían razón. ¿Y si los brujos las capturaban a las dos? Seguro que las separarían y no volverían a verse jamás.

—Lu —dijo Sauce—. ¿Vienes o no?

—¡Necesito pensar un momento! —susurró.

«Debe de haber otro modo. No podemos abandonar todo esto».

—No te hace falta pensar nada —espetó Sauce—. Soy tu hermana.

¿Acaso Sauce no veía que no era tan simple? Después de conocer a los animales afines y aprender sobre magia, un nuevo horizonte se había abierto ante ellas, enorme y maravilloso, y todavía tenían que explorarlo.

«No podemos darle la espalda a eso, ¿verdad?».

La luz pareció apagarse en los ojos de su hermana.

—Entiendo —maulló Sauce con frialdad.

Con un coletazo, se dio la vuelta y echó a correr.

—¡Espera! —la llamó Luna.

Pero Sauce no redujo el ritmo.

—Parece que tu hermana ya ha elegido —dijo Entereza.

Luna se contuvo para no responderle con aspereza y salió corriendo detrás de Sauce. Vio la silueta oscura de su hermana saliendo por debajo del puente y subiendo por la empinada orilla como una sombra furtiva.

—¡Sauce, regresa y hablemos! —gritó.

Su hermana llegó a la parte de arriba y la miró con ojos encendidos.

—¡No hay nada de lo que hablar! Has dejado bien claro lo que quieres.

Se dio la vuelta y desapareció en dirección a la carretera. Ya había sido horrible verla alejarse en el parque. Esta vez parecía definitivo.

Luna saltó tras ella y se precipitó por la escasa hierba. Llovía con más fuerza y las gotas le salpicaban el lomo. Gritó el nombre de su hermana, pero el ruido del tráfico ahogó su voz.

En lo alto de la orilla, vio que Sauce saltaba por encima de una barrera de hormigón junto a la carretera. La preocupación le atenazó el estómago. «¿Adónde va?».

La siguió y saltó también la barrera justo cuando sonaba el claxon de un coche. Sauce cruzaba la carretera por tramos; los faros iluminaban su pelaje gris.

—¡Para, por favor! —chilló Luna.

«¡Conseguirá que la maten!».

El alivio la inundó cuando Sauce llegó a la acera del otro lado. Su hermana echó a correr hacia el final del puente y los altísimos rascacielos de la ciudad.

Desde su lado de la carretera, Luna le siguió el ritmo mientras la vigilaba entre los coches que pasaban. El ruido era tan ensordecedor que gritar no servía de nada. Sauce ni siquiera la miró. Parecía decidida a alejarse.

«Ni siquiera me ha dado una oportunidad para explicarme. ¡Me ha abandonado!».

Las ruedas de un coche patinaron en un charco y lanzaron una ola de agua sucia que estuvo a punto de derribar a Luna. Empapada, se quedó paralizada un momento por la conmoción. Cuando miró a través de los carriles, no vio a su hermana.

«Tengo que llegar al otro lado…».

Pero los coches eran implacables, como una oleada de bestias de metal que no dejaban de gruñir.

Luna se detuvo en el bordillo en busca de un hueco y luego se lanzó al tráfico.

Llegó hasta la mitad, pero entonces un vehículo aceleró más que los demás.

Luna apretó el paso y lo sintió pasar rozándole la cola, pero entonces quedó en la trayectoria de un camión, monstruosamente alto y con faros cegadores.

No hubo tiempo para correr hacia ningún lado.

Luna apretó el cuerpo contra la superficie negra y cerró los ojos.

El camión pasó rugiendo por encima de ella.

La corriente de aire le azotó el pelaje y amenazó con lanzarla de nuevo al tráfico.

Se aferró a la carretera con las uñas extendidas y aguardó a que pasara.

En cuanto sintió que el aire paraba, echó a correr hacia la seguridad del otro extremo.

El corazón le martilleaba contra las costillas.

Sin embargo, no vio a Sauce por ningún lado.

Esa parte de la ciudad estaba más concurrida que cualquier otra que Luna hubiera visitado.

Incluso de noche, las aceras estaban repletas de humanos, y coches de todos los tamaños y formas avanzaban unos detrás de otros y hacían sonar los cláxones y echaban sus humos al aire.

Luna buscó en los callejones, pensando que el instinto natural de Sauce sería pasar desapercibida y evitar las calles más transitadas.

Vio ratas cuyos ojos relucían en la penumbra, pero sus intentos de hablar con ellas fueron en vano.

Las que no se alejaron corriendo al verla acercarse le devolvieron una mirada cargada de miedo, como presas mundanas.

Al no encontrarla, las esperanzas de Luna empezaron a menguar.

La ciudad era enorme. Los olores (a coche, a comida, a humanos, a los desagües apestosos que pisaba) se mezclaban tanto que buscar a Sauce utilizando el olfato era inútil.

Cuanto más se adentraba en el laberinto de calles, más altos parecían los edificios y más se apretaban a su alrededor.

«A lo mejor vuelve al puente —razonó Luna—. Si yo tengo miedo aquí, Sauce estará aterrorizada».

Pero quizás Sauce no podría encontrar el camino de vuelta aunque quisiera. Luna se percató de que ella tampoco sabía en qué dirección estaba el río.

—Has hecho lo que has podido —dijo una voz a su izquierda.

Arqueó el lomo y se giró. Se encontró a Entereza, la sapa, sentada en el sillín de una bicicleta maltrecha con la rueda delantera doblada. Parecía serena y despreocupada; los costados le palpitaban con cada respiración lenta y firme.

—¿Cómo has…? —empezó a preguntar Luna—. Puf, da igual.

Saltaba a la vista que la sapa poseía una gran magia si podía transportarse a tanta distancia.

—Este lado del puente es peligroso para nuestra gente —croó la vieja sapa. Infló el saco vocal y echó un vistazo alrededor—. Demasiados humanos. Demasiados edificios. El ánima no fluye con libertad y, por tanto, cuesta más reunirla.

Luna cerró los ojos unos segundos para sentir la verdad de lo que decía Entereza. El ánima se notaba fina, impura, como si los otros sabores de la ciudad la hubieran corrompido.

—Aquí viven sobre todo los animales atados —continuó Entereza—. Tienen más experiencia a la hora de reunir la escasa ánima para sus brujos humanos. No miran con buenos ojos a quienes elegimos no atarnos.

—No puedo encontrar a Sauce —dijo Luna.

Las garras de la desesperación la arañaban por dentro.

—Tu hermana no quiere que la encuentres.

—Está enfadada, eso es todo. Regresará cuando se calme.

Entereza la observó con placidez.

—Es más que enfado, Luna. Creo que sabes desde hace un tiempo que tu hermana y tú debéis seguir caminos distintos.

—¿Porque eso es lo que dice vuestra profecía?

—Porque eso es lo que te dice el corazón. Sauce ha tomado su decisión. Tú debes tomar la tuya.

Pero ¿de verdad Sauce había tomado una decisión o solo se había marchado echando humo? «Bueno, no permitiré que esas palabras del puente sean las últimas que nos digamos».

—Con el tiempo te olvidarás de ella. Es mejor así —dijo Entereza con una seguridad espantosa.

Luna soltó un gruñido.

—No sabes nada sobre nosotras.

—Os vimos en nuestras visiones. Hemos contemplado vuestro pasado y las posibilidades de vuestro futuro.