Capítulo Ocho #2
Sauce obedeció y ahogó un grito. Aunque seguían en el suelo, en el centro del círculo giraba una bola de luz, como un sol en miniatura. Los ojos de cada sapo reflejaban el brillo plateado mientras contemplaban absortos el orbe. Sauce tampoco podía apartar la mirada.
En el núcleo de la bola brillante aparecieron unas imágenes; algunas pasaban con rapidez, otras duraban un poco más.
Vio su pasado. Las vio a ellas dos, a Luna y a ella, unas crías acurrucadas contra el pelo de la barriga de su madre.
Las vio jugando juntas en la casa del humano sin ninguna preocupación en el mundo.
Con las imágenes llegaron también algunas emociones aplastantes: felicidad, alegría, amor.
Aun así, incluso con la aparición de los recuerdos, el temor empezó a crecer en el fondo de su mente. Porque sabía lo que venía. Quería detenerlo, dejar de mirar, pero no podía apartar los ojos de la luz.
Y cuando apareció el hombre con el cuerpo destrozado de su madre, oyó que Luna soltaba un lamento atemorizado. O quizás había sido ella.
El momento pasó. Los destellos se aceleraron como una inundación incontenible.
Vio su huida de la casa del humano, los días de pena y de supervivencia apremiante, la desesperación, y luego el primer chispazo de esperanza cuando encontraron el restaurante.
Los días de paz; allí aprendieron a jugar de nuevo, disfrutaron del éxito de sus primeras cacerías.
Pasaron de ser huérfanas a ser hermanas.
Regresar allí, aunque fuera en un recuerdo, la llenó de alegría.
Pero tenía que terminar. El tiempo avanzó. Luego llegó el fuego, su huida al parque, la Alianza, los aquelarres, Zuzón, la pelea…
… hasta que, de repente, se estaban viendo desde arriba.
Cinco sapos y dos gatas, juntos y bañados por una luz mágica.
Eso también desapareció, y lo único que vio Sauce fue un árbol con las ramas caídas que se inclinaba ligeramente sobre la orilla de un río por el que no fluía agua, sino una especie de bruma.
Y, en el cielo, a una garra de distancia de las hojas superiores, había una luna llena y dorada.
Era una escena tranquila, pero solo duró un momento.
El suelo empezó a temblar, aunque era difícil saber si ocurría solo en la visión o también en el mundo real.
Por instinto, Sauce clavó las uñas en la tierra y, a su vez, las raíces del árbol parecieron hundirse más en ella.
Entre las ramas temblorosas, el intenso dorado de la luna se convirtió en un amarillo enfermizo.
Las hojas empezaron a marchitarse y a caer en la corriente de bruma, donde desaparecían, hasta que el árbol quedó desnudo, esquelético y chorreante de savia, como si la corteza rezumara veneno.
Entonces la luna empezó a descender y su luz menguó cuando dejó de luchar para mantenerse en el cielo.
Cayó entre las ramas muertas y acabó en el río.
Cuando los últimos retazos de luz desaparecieron, la oscuridad engulló la visión.
A Sauce le daba vueltas la cabeza y notaba las patas temblorosas. El círculo se había roto: el sapo naranja yacía bocarriba y movió las piernas hasta que consiguió enderezarse. Entereza jadeaba para tomar aire. La pobre Luna tenía la cabeza entre las patas.
—¿Qué ha sido eso? —consiguió preguntar Sauce.
—Son ellas de verdad —gorjeó Valor; el saco vocal le palpitaba con rapidez—. El árbol y el satélite. Sauce y Luna.
—¿Eso era nuestro futuro? —maulló su hermana. Todavía temblaba por las horribles visiones—. ¿Eso éramos nosotras?
El semblante grave de Entereza le bastó a Sauce para confirmar que la visión no presagiaba nada bueno.
El ánima abandonaba su cuerpo con lentitud. Se estremeció.
—Dadnos un momento, por favor —croó la sapa.
Los sapos se apiñaron con las cabezas muy juntas.
—¿Estás bien? —le preguntó a su hermana.
Luna respiró hondo.
—Creo que sí. ¡Ha sido horrible!
Sauce asintió.
Entonces Entereza se giró de nuevo hacia ellas.
—¿Era eso lo que debía pasar? —preguntó Sauce.
Entereza se humedeció los labios.
—Sauce y Luna, hemos visto vuestra verdad y lo que trae consigo. Solo hay sitio para una.
—¿Para una qué? —inquirió Luna.
Entereza ya había recuperado la compostura.
—Para una hermana en los aquelarres. Una de vosotras tiene un hogar aquí, la otra no. Mientras estéis juntas, solo encontraréis tristeza. Debéis separaros por vuestro propio bien.
Las gatas tardaron un poco en procesar las palabras, pero, cuando por fin lo entendieron, Sauce solo pudo reírse.
—¿Separarnos? Tienes que estar de broma.
—¿Pone cara de estar de broma? —espetó otro sapo—. ¿No has visto en el ánima lo que te depara el futuro? Las dos moriréis, y vuestro final tendrá repercusiones más allá de vuestra insignificante existencia.
—Fortaleza tiene razón —confirmó Entereza—. Sé que es duro oír este mensaje, pero, por el bien de todos los animales afines, debéis separaros.
—Pero somos hermanas —replicó Sauce con rabia—. ¡No podéis separarnos!
Los ojos de los sapos permanecieron impasibles.
Sauce les sostuvo la mirada.
—Estáis locos… Todos lo estáis. El Cónclave es una ridiculez. No tenemos por qué escucharos. No os necesitamos. No nos separaremos solo porque a un montón de sapos le haya parecido buena idea. —Miró a su hermana—. ¿Verdad que no, Luna?