Indomables (El despertar de la magia 1) Capítulo Ocho
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Capítulo Ocho

S AUCE NUNCA HABÍA VISTO NADA IGUAL. El puente que se extendía encima del río era una construcción enorme y, durante un rato, el asombro apartó a un lado sus pensamientos agitados.

Pero no tardaron en regresar.

Las hermanas habían llegado hasta allí en un silencio terco y en ebullición; sus guías, Esquivo y Pincho, hablaron todo el rato.

Parecían ajenos a la tensión, pero Sauce la notaba en todos los músculos de Luna.

¿También ella estaría recordando todas las cosas horribles que se habían dicho en el parque?

«¿Hice mal en mencionar el restaurante? —se preguntó—. Si los poderes de Luna lo quemaron, fue por accidente. Pero eso lo cambió todo. ¿Le he hecho daño al decirlo?».

Quizás. Pero ya no podía retirarlo.

Al otro lado del puente, los rascacielos se elevaban como torres cubiertas de estrellas parpadeantes.

No se parecían en nada a los edificios más pequeños ni a los parques en la parte de la ciudad que quedaba en su lado del río, donde Luna y Sauce habían vivido toda su vida.

Péndulo les había contado que allí no quedaba ni un árbol: los humanos los habían talado todos.

Y, aunque en esa zona vivían algunos animales atados con sus brujos, era un lugar ocupado sobre todo por mascotas mundanas y animales carroñeros, como ratas y palomas.

Había buena caza, si una estaba dispuesta a adentrarse en territorio humano, pero canalizar el ánima allí era difícil.

Todavía fluía, aunque muy por debajo de las aceras de hormigón.

Era una tarde fría, y había mucha humedad en el ambiente. Pese a no llover, cuando alcanzaron la orilla del río Sauce estaba empapada. Estuvo a punto de negarse a ir cuando Esquivo anunció la llamada del Cónclave. Pero, tras la discusión con Luna, no tenía energía para pelearse de nuevo.

—Me parece bien oír lo que tengan que decir —había maullado.

Su hermana no le contestó, y Sauce supuso que estaría nerviosa por las opiniones del Cónclave. «Bueno, eso no significa que tengamos que hacer lo que digan. Si Zuzón se puede ir, nosotras también…».

—Aquí nos separamos —dijo Esquivo.

Pincho olfateó con nerviosismo y, al sacudirse, una cascada de gotas cayó de su pelo.

—Mucha suerte.

Sauce se preguntó qué tenía la suerte que ver con aquello.

—¿A dónde debemos ir? —inquirió.

Esquivo señaló el puente con el morro.

—Seguid la orilla. Encontraréis al Cónclave debajo del puente.

—¿Os volveremos a ver? —preguntó Luna.

«Lo que quiere decir es: “¿Nos uniremos a la Alianza Salvaje?”», pensó Sauce. Sintió una punzada de dolor al percibir la esperanza en su voz.

«¿Es que yo no soy suficiente?», quería preguntarle.

—Eso dependerá de vuestra decisión y del juicio del Cónclave —respondió Esquivo.

Las hermanas marcharon juntas hacia el ancho puente que unía ambas partes de la ciudad.

Un silencio incómodo se retorcía entre las dos mientras avanzaban codo con codo.

Sauce intentó pensar en Zuzón. ¿Qué estaría haciendo en aquel momento?

¿Habría regresado con su bruja o vagaba solo por las calles?

Sauce le había tomado cariño en el poco tiempo que habían pasado juntos.

Era un perro amable y considerado, pero no creía que fuera un superviviente.

Le costaba imaginarlo apañándoselas solo.

Al parecer, el silencio se había vuelto insoportable para Luna, porque al fin empezó a hablar.

—No sé qué esperar de ese Cónclave —dijo con tono animado—.

La verdad es que no sé ni qué aquelarre elegiré.

Los Cuentaverdades no, eso por supuesto.

Me gusta la Alianza Salvaje, aunque creo que me gustaría vivir alguna aventura de vez en cuando.

¡Pero los Indomables ni siquiera nos han invitado!

Aunque Nocturno era bastante guay, ¿no crees?

«Conque va a ser así, ¿no? —pensó Sauce—. Fingiremos que el día de hoy no ha existido».

—No sé si le veo el atractivo —contestó con frialdad—. Los Indomables parecen obsesionados con liberar a las criaturas atadas, tanto si quieren que las liberen como si no.

Luna redujo el ritmo.

—Al menos tienen un propósito —dijo moviendo las orejas.

—¿Y? —espetó Sauce—. Zuzón me dijo que era feliz antes de que se lo llevaran. Él tenía un propósito, pero los Indomables ni se molestaron en preguntarle su opinión.

—Era un prisionero —siseó Luna—, aunque no se diera cuenta. No nos podemos fiar de los seres humanos, lo sabes. Lo has visto con tus propios ojos, ¿o ya te has olvidado?

Sauce se detuvo en seco y tensó el cuerpo cuando el pasado ocupó su mente.

Al principio no había entendido lo que veía. Pensaba que su madre estaba dormida en brazos del hombre, pero poco a poco, de un modo horrible, comprendió que el cuerpo inerte de su madre solo podía significar una cosa.

En ese momento sintió la misma pesadez en las patas que entonces.

El miedo la dejó clavada en el sitio. Se suponía que ese humano era su protector.

Lo había visto acariciar a su madre y había sentido cómo pasaba las manos con suavidad sobre su pelaje.

Y, sin embargo, esas mismas manos estaban cubiertas con la sangre de su madre.

—¿Crees que he olvidado el asesinato de nuestra madre?

Ni siquiera podía mirar a Luna. «Quiere vengarse por lo que dije sobre el fuego».

Aun así, fue un golpe bajo.

Se adelantó para esconder su dolor, tan rápido que Luna tuvo que trotar para alcanzarla.

Antes de que pudieran añadir nada más, se encontraron con el sapo llamado Valor, que las estaba esperando en un trozo de tierra bañado por los faros de los coches que pasaban por arriba. Cada destello de luz lo hacía parecer dorado.

—Por aquí, por favor —les dijo.

Siguieron su lento avance por debajo de los arcos del puente hasta la penumbra. Sauce movió la nariz al notar el cambio en el ambiente, como justo antes de una tormenta. Sentía que había algo distinto aparte de la luz. Era el ánima. Estaba por todas partes y le cosquilleaba en la piel.

«A lo mejor por eso el Cónclave ha elegido este sitio».

Miró a su hermana y se preguntó si también lo sentía. Por cómo Luna giraba la cabeza y ensanchaba los agujeros de la nariz, dedujo que sí.

Entereza, la sapa que había dirigido la reunión en el centro comercial abandonado, estaba sentada en la orilla con otros tres sapos.

Valor se unió a ellos y, tras croar un par de veces, Entereza se giró hacia las hermanas.

Su piel marrón estaba cubierta de bultos y tenía el rostro muy arrugado.

A Sauce le recordó al mural del dios sapo en la guarida subterránea de los Cuentaverdades.

—Bienvenidas al Cónclave —gorjeó Entereza—. Acercaos para que pueda ungiros a las dos con agua en movimiento.

Ni Luna ni Sauce se movieron.

—No muerde —dijo el sapo más pequeño, un macho con la piel de un verde enfermizo.

Sauce fue primero, seguida de cerca por su hermana.

—Agachad la cabeza —dijo Entereza.

Sauce obedeció y bajó la cabeza hasta rozar el agua con la nariz, junto a la sapa. Por el rabillo del ojo, vio que esta alzaba una pata y la apoyaba con suavidad sobre su mejilla.

—Con esta agua, te purifico en presencia del Cónclave.

Fue un roce muy sutil, pero una oleada de ánima atravesó a Sauce hasta la punta de cada pelo de su cuerpo. Los sapos congregados croaron al unísono.

Sauce retrocedió, todavía con los nervios a flor de piel, y observó a Entereza hacer el mismo ritual con Luna.

—Muy bien —dijo la sapa—. Bueno, ¿consentís compartir vuestra verdad con el Cónclave?

Sauce frunció el ceño, desconcertada. Nadie en la Alianza Salvaje les había dicho qué podían esperar de la visita.

—¿Nuestra verdad? —maulló.

—El ánima nos abrirá vuestro corazón —croó un sapo naranja—. Veremos vuestro pasado, vuestro presente y, quizás, vuestro futuro. A partir de las visiones decidiremos si sois aptas para uniros a un aquelarre.

Sauce retrocedió, e incluso su hermana parecía inquieta. ¿Eso significaba que los sapos verían todo lo que habían hecho y dicho desde el fuego? ¿Descubrirían la verdad de sus conversaciones con Zuzón y lo que pensaba ella sobre las ataduras?

—Estoy lista —ronroneó Luna.

Sauce quería alejarse, pero ¿cómo quedaría delante de los sapos? Parecería cobarde e incluso sospechosa.

«No hay vuelta atrás».

—Yo también —farfulló.

Los sapos empezaron a moverse y formaron un semicírculo delante de ellas.

—Acercaos —dijo Entereza—. Ocupad vuestro lugar.

Sauce y su hermana se aproximaron a los sapos y cerraron el círculo con sus cuerpos. El ánima se había espesado y casi resultaba embriagadora. Bajo la mirada de los sapos, por muy pequeños que fueran, Sauce se sentía minúscula.

—Llevamos un tiempo esperándoos —dijo la sapa—. Esto será… interesante.

Sauce intercambió una mirada con su hermana. Tal vez fuera por lo raro de la situación o por el poder del ánima que remolineaba a su alrededor, pero, durante unos segundos, atrapadas en ese momento, todos sus conflictos se volvieron insignificantes.

—Más cerca, por favor —les pidió Entereza—. Y cerrad los ojos.

Sauce se aproximó y se tumbó bocabajo; sus bigotes acariciaban a Luna a un lado y al sapo naranja al otro.

Solo era consciente del sonido de sus respiraciones, que poco a poco empezaron a sincronizarse en un mismo ritmo.

Con cada inspiración, el poder del ánima aumentaba.

Los remolinos caóticos se convirtieron en un oleaje constante que subía y bajaba con cada respiración, cada vez más y más alto, hasta que Sauce dejó de sentir la fría orilla y notó el aire mullido a su alrededor.

Se contuvo para no mirar y comprobar si flotaba de verdad.

Sabía que con eso seguramente rompería el hechizo y cortaría los vínculos que unían al Cónclave, a su hermana y a sí misma.

—Bien… bien —dijo Entereza, aunque su voz parecía proceder del interior de Sauce en vez del exterior—. Y ahora… ¡Abrid los ojos!