Capítulo Siete
L UNA SENTÍA QUE ACABABA de quedarse dormida cuando unos ladridos y unos chillidos la despertaron.
Se puso en pie de un salto, buscando señales de un ataque.
Tal vez los Cuentaverdades se habían infiltrado en el parque infantil o quizás los humanos habían encontrado la forma de entrar.
Pero era Péndulo, el cárabo, el que más gritaba, y las primeras palabras claras que Luna logró distinguir fueron:
—¡Se ha ido! ¡Se ha ido!
Y entonces supo que hablaba de Zuzón. Lo que había visto en plena noche era justo lo que sospechaba: el perro había huido y su hermana, por motivos inimaginables, lo había ayudado a escapar. Un temor paulatino se asentó en su estómago.
—¿Quién se ha ido? —gruñó Sombrío mientras se estiraba cuan largo era.
—Zuzón —chilló Esquivo, rodeado de las otras ratas—. Su nido está vacío y no lo encontramos por ninguna parte.
—No se puede haber marchado —replicó Sombrío, negando con la cabeza.
Amanecer y Atardecer llegaron corriendo desde direcciones opuestas; las dos respiraban con dificultad.
—He buscado entre los árboles —dijo la gata más negra.
—Y yo he recorrido el arroyo hacia un lado y hacia el otro —dijo la gata más blanca—. Hay un leve rastro a perro, pero lo he perdido.
Sauce salió adormilada de su nido. Su comportamiento desentonaba con el pánico que la rodeaba.
—¿Y qué más da? —preguntó—. Estaba de visita, ¿no? Ni siquiera es miembro del aquelarre.
Durante un instante, sus miradas se encontraron y Luna buscó algún indicio de culpabilidad.
No había nada y eso la dejó con una mezcla de estupor y confusión, como si, por un momento, la gata gris que tenía delante no fuera la misma con la que había crecido, sino otra distinta.
«No está mintiendo, pero tampoco dice la verdad».
Aun así, Sauce no daba señales de saber lo que estaba pasando.
—No lo es —contestó Esquivo—. Pero esto no está bien. ¡Puede que se lo hayan llevado!
Eso provocó más gritos estridentes.
En lo alto de los columpios, Cazarratones soltó un graznido que acalló el escándalo.
—Sea lo que sea lo que haya pasado, esto es muy grave. Los Indomables nos confiaron a Zuzón. Después de todo lo que hicieron por liberarlo, no nos agradecerán que hayamos permitido que se marche.
Luna ocultó su cara de desconcierto fingiendo que se rascaba las orejas. Le parecía que Cazarratones estaba más preocupado por su reputación entre los aquelarres que por el bienestar de Zuzón.
—También es vulnerable —gruñó Sombrío—. Se acababa de separar de la humana a la que estaba atado. Podría estar en peligro, aunque no lo sepa.
Luna volvió a mirar a su hermana. Si las palabras del coyote la preocupaban, consiguió disimularlo. Luna empezaba a dudar de sí misma.
«A lo mejor no miente. A lo mejor anoche mis ojos me engañaron…».
Empezó a sentirse aliviada.
Pincho soltó un quejido nervioso.
—Tengo que… tengo que contaros una cosa. No estoy del todo seguro y a lo mejor no debería decir nada…
—Suéltalo —dijo Péndulo.
—Eso, si sabes algo, ¡dilo! —añadió Esquivo.
Pincho se adelantó con timidez.
—Anoche estaba de guardia, pero puede que me quedara dormido durante unos segundos.
—¿Ah, sí? —ululó Cazarratones y lo fulminó con la mirada.
Pincho bajó la cola.
—Oí… oí un ruido, río arriba —prosiguió, mirando el suelo—. Y cuando fui a mirar, aunque estaba oscuro, me pareció ver a un perro.
—Entonces, ¿por qué no lo detuviste? —preguntó Péndulo.
—Porque desaparecieron.
—¿En plural? —inquirieron varios animales a la vez.
—Había un gato… creo. Me acerqué al punto donde me pareció verlos, pero no estaban allí. Por eso pensé que estaba soñando. —Su voz adquirió un tono lastimero—. Todos estábamos muy preocupados por los Cuentaverdades, ¿verdad? Pensé que la cabeza me estaba jugando una mala pasada.
—¡Deberías habernos despertado! —espetó Sombrío—. Seguro que no habría llegado muy lejos.
—No es momento de criticar a nadie —intervino Cazarratones—. Lo más preocupante es que parece que Zuzón recibió ayuda para escapar. De un gato.
«Entonces mis ojos no me engañaron…», pensó Luna. Se contuvo para no mirar directamente a Sauce, pero los otros animales no fueron tan sutiles. Todos la observaban.
—¿Por qué creéis que fui yo? —maulló Sauce.
A Luna le parecía bastante obvio. Su hermana no era feliz allí. Todos habían visto que se había hecho amiga de Zuzón y hablaba con él lejos de los demás. No era probable que hubieran sido Atardecer o Amanecer, y eso solo dejaba a las dos hermanas.
«Y en mí confían…».
—¿Fuiste tú? —preguntó Cazarratones. Lo dijo con naturalidad, pero la mirada que le dirigió a su hermana por encima del pico curvo helaba la sangre.
—No —contestó Sauce y miró con sus ojos azules a todos los animales reunidos—. Pincho se equivoca. He dormido toda la noche.
La facilidad con la que mentía su hermana volvió a sorprender a Luna, aunque quizás no debería. «Antes, cuando estábamos las dos solas, no tenía motivos para mentir. Siempre íbamos juntas, no había nada que ocultar».
—Seguro que fue ella —siseó Esquivo—. No le caemos bien.
—¿Quién más podría haber sido? —añadió Péndulo.
—Vi a un gato —musitó Pincho con más seguridad—. Y también lo olí.
Sauce se encogió ligeramente y Sombrío, el coyote, soltó un gruñido y avanzó hacia ella. Por primera vez desde que conocía a la Alianza Salvaje, Luna percibió el peligro en el aire. «Esto podría acabar mal».
Por instinto, sacó las uñas. Si la cosa se ponía fea, no permitiría que hicieran daño a Sauce. Sombrío pareció captar la tensión acumulada y se detuvo en seco.
Cazarratones permanecía inmóvil, pero parpadeaba despacio.
—Sauce, es tu última oportunidad para decir la verdad.
Sauce permanecía rígida, en silencio, mientras observaba a la lechuza. Luna sabía que, en su lugar, jamás habría podido mantener la compostura así de bien. El momento se alargó, hasta que Luna hizo lo único que se le ocurrió.
—Fui yo —maulló.
Todas las miradas pasaron de Sauce a Luna.
—¿Tú? —preguntó Atardecer, moviendo la cola con repulsión.
—Yo acompañé a Zuzón. No lo ayudé a escapar. De hecho, intenté convencerlo de que se quedara, pero no hubo forma. No sabía que la situación fuera tan grave.
—¿Y por qué no has dicho nada hasta ahora? —preguntó Cazarratones.
Luna se fijó en que Sauce no parecía ni siquiera un poco aliviada de estar fuera de peligro.
Miraba a Luna y movía la cola con rabia, con las orejas hacia atrás.
Esquivo se rascaba los bigotes, perplejo.
Pincho pareció encogerse por la decepción.
Luna sabía que estaba decepcionando a la Alianza Salvaje.
Y, ya que lo había hecho, les debía una explicación.
—Estaba asustada. Os habéis enfadado mucho. También me sentía culpable… Nos habéis tratado con mucha amabilidad y os he decepcionado.
¿La creerían? A Sauce le había resultado fácil mentir, pero, mientras hablaba, Luna sentía que sus palabras sonaban falsas y vacías.
—No has decepcionado a nadie —dijo Cazarratones al fin—. Nuestras costumbres son nuevas para vosotras. También es culpa mía… Me di cuenta de que Zuzón no encajaba. Tendría que haber previsto algo así.
Luna se sentía agradecida, pero se removió por la incomodidad.
Era imposible pasar por alto la diferencia entre la reacción hacia ella y la que habían tenido con Sauce.
Sombrío había estado a punto de abalanzarse contra su hermana, pero, en cuanto Luna declaró que había sido ella, toda su rabia había desaparecido en un instante.
—Nuestra prioridad ahora —ululó la lechuza— es encontrar a Zuzón y traerlo de vuelta.
Con suerte, aún no habrá salido del parque.
Id en grupos y usad vuestra magia. Esquivo, Pincho, llevaos a las demás ratas.
Valor, súbete al lomo de Sombrío. Yo buscaré por el aire. Amanecer y Atardecer, podéis ir juntas…
—Y yo iré con mi hermana —lo interrumpió Luna. «Necesito hablar con ella».
—Tiene sentido —dijo Péndulo—. Al menos una de vosotras tiene magia.
Seguramente no lo dijo como burla, pero Luna vio que Sauce se encogía.
—Marchaos —dijo Cazarratones—. Que el ánima os guíe.
Una vez solas, Luna no supo qué decir. Por el silencio de Sauce, parecía que ella tampoco.
Era como si una barrera invisible hubiera aparecido entre las dos, un bloque de aire denso que remolineaba cargado de emociones y reproches.
Luna no tenía ni idea de qué pasaba por la cabeza de su hermana y casi no se atrevía ni a mirarla.
Pero mientras caminaban, codo con codo, percibió que Sauce hervía con una rabia que casi notaba sobre su pelaje.
Cuanto más se alargaba el silencio, más crecía también la rabia de Luna.
«¿Va a seguir fingiendo que he sido yo, incluso conmigo? ¿De verdad es tan cobarde que no puede admitir lo que ha hecho?». Luna tenía clara una cosa: a pesar de mirar de forma exagerada a su alrededor como si buscaran a Zuzón, ninguna lo hacía de verdad. Toda su atención se centraba en la otra.
Al fin, Luna no pudo reprimir más la lengua y la presión que había estado acumulando se liberó con un siseo.
—Haz el favor de contarme la verdad, ¿quieres?
Sauce se detuvo en seco. Estaban en el sitio donde habían cazado las palomas, en lo que les parecía ya una eternidad. El día estaba nublado y llovía de vez en cuando; por suerte no había muchos humanos. Unos cuantos corrían a lo lejos y se lanzaban un objeto redondo.
—¿Por qué has mentido? —maulló Sauce, sin mirarla a los ojos.
—Vaya, mira quién fue a hablar —espetó Luna—. He mentido para protegerte. Porque no te entiendo.
—A lo mejor nunca me has entendido —murmuró Sauce.
—¿Qué significa eso?
Una brisa alborotó el pelaje de su hermana. Apenas las separaba una cola de distancia, pero podría haber sido toda una ciudad. Llena de rabia, Luna sintió que se le agrietaba el corazón.
—De acuerdo —dijo Sauce—. Lo ayudé. No hacía falta que asumieras la culpa.
—Lo hice por ti.
—¿De verdad? —se quejó Sauce—. ¿O te molestaba no ser el centro de atención por una vez?
Esas palabras le hicieron daño y una rabia candente atravesó el cuerpo de Luna.
—Quería que nos aceptaran a las dos en el aquelarre, pero tú pareces decidida a estropearlo.
—¿Es que no lo ves? A mí no me quieren. Para ti es fácil porque puedes invocar fuego a voluntad.
—¡Pero tú también tienes magia! —exclamó Luna—. La vi. No estabas y, de repente, apareciste. Hiciste algo con el ánima que te ocultó por completo. ¡Fue increíble, en serio!
Durante un latido de corazón, Luna captó un destello de orgullo en los ojos de su hermana, pero la tristeza lo reemplazó enseguida.
—No lo supe hasta anoche —contestó Sauce—. ¿Y por qué debería dejar que tuvieran mi poder? Me consideran una inútil. Han decidido que no soy mejor que una mundana.
Eso Luna no podía negarlo.
—Pero me lo podrías haber contado a mí. Soy tu hermana. Me alegro por ti.
—¿De verdad?
—¿Cómo puedes dudarlo, después de todo lo que hemos pasado juntas?
Guardaron silencio. Luna intentó ponerse en las patas de Sauce, ver el mundo a través de sus ojos.
Para ser sincera, había estado tan ocupada con los aquelarres y practicando su magia que no se había dado cuenta de lo mucho que se habían alejado la una de la otra.
«Pero solo han pasado tres días desde que abandonamos nuestra antigua vida, solo una pequeña parte de nuestro tiempo juntas.
No será demasiado tarde para arreglarlo, ¿verdad? ».
—¿Sabes? No hace falta que nos unamos a la Alianza Salvaje. Hay otros aquelarres.
Sauce se giró, moviendo la cola con fuerza.
—¿Quién dice que quiera pertenecer a un ridículo aquelarre? Lo único que necesitamos es un hogar y, si no lo tenemos, ¡es porque tú lo quemaste!
La grieta en el corazón de Luna se abrió un poco más y la dejó sin aliento.
—¿Es eso lo que piensas?
Los bigotes de Sauce se abatieron, pero sus ojos permanecieron fieros.
—Ya oíste lo que dijeron los sapos. Lo vieron en sus visiones. Fuego. Según ellos, ahí fue donde empezó todo.
Luna estaba perpleja. Ella misma lo había sospechado, pero no quería creerlo.
Recordó que las llamas parecían proceder de todas partes, que habían empezado de repente, sin previo aviso, hasta el punto de engullir el restaurante en cuestión de segundos…
Pero, si había sido cosa suya, no lo había hecho a propósito. No tenía la culpa, ¿verdad?
—Si crees que soy tan peligrosa, ¿por qué no te vas? —gruñó.
—A veces me hago esa misma pregunta —espetó Sauce.
—Pues nadie te impide marcharte como Zuzón.
Sauce tomó aire con altanería y miró hacia el parque.
—No, supongo que no.
Y, sin mirar atrás, se alejó.
Justo cuando Sauce desaparecía entre un parterre con flores cerca de la verja, una voz se dirigió a ella:
—¿A dónde va tu hermana?
Luna se giró y vio a Esquivo salir de entre los arbustos, donde lo esperaba Pincho. Se lamió una pata para aparentar despreocupación.
—Ah. Hemos decidido dividirnos un rato, para cubrir más terreno.
—¿Algún rastro de Zuzón?
—Me temo que no —resopló Luna—. Seguramente esté bien lejos.
Se acordó entonces de la mentira que había contado para proteger a su hermana. Agachó las orejas en un gesto que esperaba que interpretaran como arrepentimiento.
—Mirad, no sé en qué estaba pensando. Siento mucho si esto causa problemas a la Alianza.
Esquivo rechinó los dientes.
—No creo que pase nada. Reconoceremos nuestro error y cruzaremos los dedos para que Nocturno no se enfade demasiado. En cualquier caso, no sé si Zuzón habría sido un buen Indomable. —Se alisó los bigotes con una pata y añadió—: ¿Sabes? Esta noche visitaréis el Cónclave.
Luna se erizó por la sorpresa.
—¿Qué? ¿Cómo? Pero si todavía no hemos visitado a los Indomables.
—El Cónclave ha enviado un mensaje. Dicen que es urgente. Podéis hablar con ellos sobre los Indomables antes de tomar una decisión, pero es hora de elegir dónde queréis estar.
Acompañó sus palabras con un movimiento de orejas cargado de esperanza.
«Aún quiere que me una a ellos —pensó Luna—. Incluso después de lo de Zuzón».
Sabía que debería sentirse halagada, pero la grieta que la separaba de Sauce seguía demasiado reciente. ¿Es que no podían ver cómo aquella decisión había distanciado a las dos hermanas?
Sauce había reaparecido en el borde del parque y se acicalaba debajo de un árbol. El alivio aligeró las patas de Luna. «No se ha ido para siempre. Todavía podemos arreglar esto».
Se habían dicho cosas horribles y habían abierto heridas que tardarían en sanar, pero lo superarían. Seguro que sí.
«Todo irá bien —se prometió Luna— mientras estemos juntas».