Indomables (El despertar de la magia 1) Capítulo Seis
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Capítulo Seis

L A TARDE ERA TRANQUILA, el aire pesaba con una calidez poco habitual en aquella época del año. El sol se había puesto, pero un suave resplandor persistía. Y, aunque Sauce tenía el estómago lleno y sabía que debería sentirse cansada, el sueño no llegaba.

La cacería había sido un gran éxito. O eso pensaba el resto de la Alianza Salvaje.

Y se lo debían, sobre todo, a Luna.

Sauce observó desde una plataforma de escalada en el parque cómo su hermana jugaba con Amanecer y Atardecer. Fingía dormir para que se acercaran como si ella fuera su presa, para después saltar y perseguirlas hasta acabar rodando por la hierba.

«La quieren —pensó Sauce—. Todo el aquelarre la quiere».

En solo un día la Alianza Salvaje había cazado varios pájaros mundanos y dos ardillas. Luna los había asustado y acorralado en los árboles con su magia de fuego. Según Pincho, Luna canalizaba el ánima mejor que cualquier otra criatura que hubiera conocido.

Aparte de las gatas jóvenes, los otros miembros del aquelarre estaban enroscados y roncaban en sus nidos hechos de follaje y hojas caídas. Cazarratones y el cárabo pequeño, Péndulo, se habían acomodado en las ramas de un árbol.

Las carcajadas de su hermana tintineaban en el suelo. Sauce no recordaba la última vez que había visto a Luna tan feliz y despreocupada. En el restaurante, cuando estaban las dos solas, no había sido así.

«¿Era un lastre para ella? —se preguntó—. ¿Ansiaba secretamente irse de allí desde el principio?».

Su mirada pasó de las gatas a un extremo del parque infantil.

Debajo de un banco, Zuzón estaba tumbado bocabajo, con la cabeza sobre las patas, y observaba las sombras de los árboles.

Ninguno de los dos había conseguido gran cosa en la cacería.

De hecho, Sauce sentía que había perdido un poco de su viejo ingenio desde su encuentro con Esquivo y Pincho.

Había conseguido atrapar una asquerosa ardilla, pero, por lo que le costó masticarla, dedujo que era vieja y un blanco fácil.

Una vez más, intentó reunir ánima (pues quizás la ayudaría con la caza), pero, de nuevo, no ocurrió nada.

Zuzón, por su parte, no había cazado ninguna presa; era demasiado ruidoso y torpe como para acechar y, en un momento dado, había caído rodando en un arbusto, hasta pringarse de la cabeza a la cola con un lodo pegajoso y, encima, apestoso.

—Nunca había cazado —les dijo más tarde, malhumorado.

Sauce se levantó de la plataforma, saltó al suelo y se aproximó hacia donde estaba acostado. El perro alzó las cejas al verla.

—¿Tú tampoco puedes dormir? —gruñó en voz baja.

Sauce se enroscó a su lado. Todavía tenía motas de lodo seco en el pelaje.

—No eres el único al que le ha costado cazar —comentó.

Zuzón bostezó.

—Cuando estaba con Leanne, mi bruja, la magia consistía en hacer hechizos de curación, no en cazar conejos, o el animal que sea.

—Parece que lo echas de menos.

Zuzón movió la cabeza de un lado a otro para mirar a los otros animales que dormían en sus nidos.

—La echo de menos a ella —susurró—. Sé lo que dijo Nocturno…

Que estuvo mal que me atara, que no tuve elección.

Pero Leanne era simpática. La gente enferma la buscaba y ella se esforzaba en curarles.

—Miró a Sauce—. Allí yo era útil. En este sitio, solo soy una carga.

—Tomó aire por la nariz—. ¡Ni siquiera pedí que me liberaran!

Echó otro vistazo rápido alrededor, como si temiera que su arrebato hubiera despertado a alguien, hasta que prosiguió en voz más baja:

—No me malinterpretes, la Alianza Salvaje seguramente sea el mejor de los aquelarres, pero ¿qué están haciendo, aparte de sobrevivir y ponerse paranoicos con su territorio? —Hizo una pausa—. Lo siento, no debería haber dicho eso. Está claro que os aprecian mucho a tu hermana y a ti.

—Les cae bien Luna —lo corrigió Sauce. Notó un nudo en la garganta al decirlo. Intentó aparentar naturalidad, para ocultar cuánto le dolía la autocompasión—. Yo solo la he seguido.

—Y sobre los Cuentaverdades: gracias, pero no —añadió Zuzón—. ¿Viste las imágenes en las paredes? ¡Qué miedo! Nunca encajaré en ninguno de los aquelarres.

«Eso es justo lo que siento —pensó Sauce—. Y, de todos modos, Solfuego solo quería a Luna, igual que la Alianza Salvaje». No habían visitado todavía a los Indomables, pero sospechaba que ni ella ni Zuzón encajarían allí.

—No hace falta que encajes —ronroneó.

«No hace falta que encajemos…».

Zuzón alzó una oreja y su mirada se suavizó.

—¿No?

—Nadie te obliga a quedarte aquí —explicó Sauce. Una vez más, hablaba tanto para sí misma como para su nuevo amigo—. Puedes irte.

—Pero los sapos dijeron…

—¿Y a quién le importa? Aparte de ayer, ¿habías oído hablar a un sapo alguna vez?

Zuzón se lamió los labios con nerviosismo.

—A lo mejor tienes razón, pero creo que la Alianza Salvaje intentaría detenerme.

—No lo harán si están dormidos —dijo Sauce. Un escalofrío de emoción le recorrió todo el lomo. Qué bien sentaba planear algo, tomar el control—. Se me da bastante bien pasar desapercibida. Te ayudaré a marcharte… si quieres.

—¿De verdad? —Zuzón movió un poco la cola—. A lo mejor incluso Leanne me acepta de nuevo. Creo que podría encontrarla…

La llegada del anochecer ahuyentó los últimos restos de calor del aire.

—Cuando la luna se eleve por encima de los árboles, reúnete aquí conmigo —le dijo Sauce—. Todo el mundo estará dormido.

—¿A qué viene tanto cuchicheo?

Sauce sintió la voz de su hermana como una descarga eléctrica y soltó un chillido. Luna había saltado al banco que estaba sobre sus cabezas. Zuzón contrajo los labios en una mueca de culpabilidad.

—Nada importante —contestó Sauce con despreocupación.

La mirada de Luna no era demasiado cálida. Estaba esperando a que su hermana añadiera algo más, pero Sauce no quería darle esa satisfacción.

«¡A lo mejor no deberías escucharnos a hurtadillas!».

—Vale, pues me voy a dormir —dijo Luna al fin—. Tanta magia de fuego me ha dejado agotada.

—No me extraña —contestó Sauce, con la esperanza de sonar sincera. Y lo dijo de verdad. Aunque sentía envidia, ver a su hermana invocar las llamas le resultaba tan terrorífico como inspirador—. Lo has hecho genial, por cierto.

Luna la miró con cariño y abrió la boca como si fuera a decir algo más, a lo mejor algún comentario esperanzador sobre el potencial mágico que Sauce podría mostrar dentro de poco.

Pero pareció pensárselo mejor. Sauce se alegró.

Estaba cansada de que la trataran con condescendencia y no necesitaba que su hermana se preocupara tanto por ella.

Poco importaba la relación que hubieran tenido antes y su confianza en Luna; ambas estaban creciendo. Las cosas habían cambiado.

Sauce observó a su hermana regresar a la estructura de escalada e intentó ignorar la sensación de vacío en su corazón.

Sauce se aseguró de que su hermana estuviera profundamente dormida en el nido debajo de los columpios antes de estirar el cuerpo.

La luna permanecía oculta detrás de unas nubes finas, como una mancha pálida sobre la línea de los árboles.

Temía que Zuzón hubiera cambiado de opinión, pero allí estaba, agachado junto al banco.

Tenía una oreja girada hacia atrás y movió la otra cuando la oyó acercarse. El aliento se le condensaba en el aire.

—Vamos —dijo.

Sauce examinó los árboles por si veía a Cazarratones y a Péndulo mientras avanzaban con rapidez hacia una valla en ruinas que les ofrecería algo de cobertura.

El río, el umbral del territorio oculto, no quedaba lejos de allí.

Subieron un poco río arriba y luego empezaron a cruzar, con Sauce a la cabeza y pisando con mucho cuidado.

Nunca le había gustado mojarse las patas, ni siquiera en el charco más seco.

A Luna eso siempre le había hecho mucha gracia…

Pero las piedras eran resbaladizas. Iba a advertírselo a Zuzón cuando la pata trasera del perro resbaló.

Intentó recuperar el equilibrio girando el cuerpo, pero aquello solo lo empeoró y todo su trasero cayó al agua con un chapoteo.

Sauce contuvo el aliento. El sonido parecía ensordecedor en la tranquilidad de la noche.

Pasaron unos segundos. A lo mejor habían tenido suerte…

Un ladrido irrumpió en la noche.

—¿Quién anda ahí?

Un matorral se movió, a unas veinte colas de distancia, y por debajo apareció el hocico de Pincho.

El pánico azotó a Sauce. El perro debía estar montando guardia.

Zuzón se había quedado inmóvil, empapado, con los ojos abiertos de par en par y una pata alzada en medio del río.

Pincho aún no los había visto, porque miraba en otra dirección, pero no tardaría en verles.

El tiempo pareció ralentizarse mientras olfateaba el aire con la cola rígida.

Y, entonces, poco a poco, se giró hacia ellos.

«No hay tiempo para esconderse…».

Sauce estaba ansiosa por desaparecer sin más, por dejar que la oscuridad los engullera a ambos.

Nada más pensar en ello, sintió que la noche se apretaba contra ella, como algo físico, un viento que llegaba de todas direcciones a la vez.

Pero no había viento. Nada le cosquilleaba en el pelaje.

Era algo que ya había experimentado antes, mientras cazaba, pero nunca con tanta intensidad.

¿Se trataba de ánima? La sensación la bañó, le inundó las patas, y una gran sombra se espesó alrededor de los dos.

Pincho se había girado por completo y los miraba directamente, pero, para sorpresa de Sauce, no había nada en su postura que indicara que los hubiera visto.

Su mirada pasó por encima de ellos y luego siguió.

Bajó la cola. Tras patrullar unos cuantos pasos por la orilla, regresó al lugar donde dormía y se enroscó debajo del arbusto.

Cuando Sauce suspiró, las sombras que se pegaban a ellos se evaporaron y los dejaron expuestos una vez más. Sentía el cuerpo ligero, exultante, como si flotara sobre sus patas.

«¡Sí que soy afín a la magia!».

Zuzón consiguió mover las patas y avanzó con mucho más cuidado hacia la orilla, donde lo esperaba Sauce.

—No me habías dicho que podías hacer eso —dijo y la miró con nerviosismo.

—No lo sabía... He sentido el ánima y ha pasado de repente.

—Pues gracias. Nunca lo habríamos logrado de no ser por eso.

Sauce estaba impactada por su magia, pero sabía que era arriesgado retrasarse más. Zuzón miraba el parque con cara de incertidumbre.

—Deberías irte —dijo la gata y frotó la cabeza contra su cuello.

Él le lamió la frente.

—Gracias otra vez, Sauce. Espero que tú también encuentres tu sitio.

Durante un instante, Sauce se planteó ir con él, pero la culpa la detuvo. No sabía de dónde había salido esa idea. Aunque su hermana y ella se estuvieran distanciando, Luna nunca la perdonaría por abandonarla sin previo aviso.

Y Zuzón tenía un sitio al que ir. A ella no la habían invitado.

—Algo me dice que nos volveremos a ver —ronroneó con suavidad.

Y, tras eso, Zuzón echó a correr por el parque.

Un poco después, Sauce cruzó de nuevo el río a hurtadillas, siguiendo la ruta que había aprendido de Pincho.

Mantuvo la oscuridad ceñida a su alrededor para ocultarse, hasta que estuvo cerca del nido en el parque infantil.

Estaba sorprendida y eufórica por lo fácil que le había resultado invocar ese pelaje de sombra por segunda vez, como si tuviera un sexto sentido que había permanecido inactivo y ahora pudiera notar el ánima a su alrededor.

Se dio cuenta de que estaba ronroneando mientras paseaba entre las estructuras del parque.

Pero ¿qué había cambiado? Durante la cacería del día se había sentido torpe e inútil, pero ahora era todo lo contrario.

Lo notaba como si plegara el cuerpo entre esa realidad y una diferente, un lugar mágico donde los demás no podían verla.

A lo mejor era porque Luna no la estaba mirando.

Si no había expectativas, la magia fluía con libertad.

Aun así, era agotador y, después de haber estado a punto de toparse con Pincho, solo quería cerrar los ojos y dejarse llevar por el olvido.

Se preguntó cómo le contaría a su hermana que había descubierto sus habilidades mágicas.

Se imaginó la cara que pondrían los miembros de la Alianza Salvaje cuando vieran que ella también podía reunir ánima y hacer hazañas increíbles.

«O a lo mejor no se lo cuento. ¿Por qué debería? Ya han decidido que soy una inútil».

¿De qué le serviría? Su actitud cambiaría, sin duda, y a lo mejor le dedicarían los mismos halagos que a Luna. Pero nada de aquello sería afecto real. Seguro que la verían como otra herramienta en su gran lucha contra los otros aquelarres.

Lo mejor sería hablar solo con Luna, al menos al principio. En cuanto su hermana viera de lo que era capaz, se daría cuenta de que no necesitaban un aquelarre. Con su magia combinada, serían dos gatas formidables, capaces de enfrentarse a cualquier cosa que les deparara la ciudad.

Sauce saltó a su nido y removió el follaje hasta encontrar un punto cómodo. Al hacerlo, notó un cosquilleo en los bigotes y echó un vistazo a los columpios. A lo mejor se lo había imaginado, pero durante un instante le pareció ver un par de ojos que reflejaban levemente la luz y la miraban.

«No es nada. Deja de preocuparte».

Una vez acomodada, su mente regresó a Zuzón.

No tenía ni idea de cómo reaccionarían los demás animales ante su desaparición.

Ninguno lo había tratado con demasiada amabilidad, pero eso no significaba que fueran a alegrarse de que se hubiera ido para reunirse con la bruja de la que los Indomables lo habían «salvado».

El recuerdo de lo que habían hecho la dejó un poco inquieta.

A lo mejor no había roto ninguna norma, pero sospechaba que los demás no pensarían lo mismo.

Empezó a ensayar en su cabeza las caras de sorpresa que pondría cuando descubrieran la ausencia de Zuzón.

El problema era que nunca había tenido motivos para mentir y no sabía si sería capaz de hacerlo de forma convincente.

Sauce miró hacia el nido de Luna. Su hermana parecía dormir profundamente.

Sabía que Pincho no la había visto, pero, si Luna había estado despierta, ¿qué habría presenciado? ¿Y qué les diría a los demás?

Unos días antes, Sauce le habría confiado su vida.

Pero ahora no estaba tan segura.

Si su hermana debía elegir entre contar la verdad y protegerla a ella, ¿podía confiar en que le guardara el secreto?