Capítulo Cinco #2
Luna no entendía cómo cruzarían la puerta, pero Solfuego se encaró hacia la pared y de su boca salieron unos sonidos sibilantes, como si hablara en un idioma que los demás no entendían. Poco a poco, un trozo de pared empezó a desaparecer.
Sauce tragó aire con fuerza y a Luna se le aceleró el corazón.
Al otro lado había un espacio amplio: una cámara repleta de arcos y bóvedas hechas de ladrillo oscuro.
Solfuego las miró por encima del hombro.
—Bienvenidos a la guarida de los Cuentaverdades —dijo y atravesó el umbral.
El espacio era cavernoso y, sorprendentemente, estaba bien iluminado.
Había cristales rotos y espejos repartidos por las paredes y por el suelo que relucían como fragmentos de plata.
El origen de la iluminación era un hueco que se abría sobre ellos, por el que la gata entrevió el orbe blanco y perfecto de la luna.
El sistema de espejos reflejaba su luz hasta la planta inferior y formaba un círculo en el que yacían varios animales, que parecían bañarse con sus rayos.
Había varios gatos, dos perros, una zarigüeya, algunos roedores y un trío de conejos.
Ningún sapo, al menos que Luna pudiera ver.
Todos cantaban en voz baja con tonos disonantes.
Costaba distinguir el sonido, pero el ritmo le recordó a las palabras que Solfuego había usado para entrar en la guarida escondida.
En las paredes húmedas habían pintado símbolos en rojo y blanco.
Algunos solo eran formas y remolinos, pero otros tenían el aspecto de animales, con rasgos distorsionados y retorcidos.
Un gato lucía las orejas largas y afiladas y de la boca le salían unos colmillos enormes.
Un búho tenía las plumas del ala como espinas.
Un sapo parecía tremendamente gordo, con un ojo en la frente y una lengua bífida como la de las serpientes.
—Esos son nuestros dioses —explicó Solfuego al ver que Luna los miraba—. Nos dedicamos a transmitir su mensaje por todo el mundo. Confiamos en que nos guíen en todo lo que hacemos.
—¿Podéis… oírlos? —preguntó Zuzón con un hilo de voz.
—Uníos a nosotros —dijo Solfuego— y, con el tiempo, vosotros también podréis.
Sus ojos relucían en la oscuridad.
Luna se estremeció. Comparado con el aire fresco y la vegetación del parque infantil de la Alianza Salvaje, aquel sitio tenía un aspecto frío y solemne.
—Es posible que nuestros métodos os parezcan diferentes, pero si decidís quedaros con nosotros, entenderéis nuestra fe. No hay mayor vocación.
—¿Nos puedes hablar un poco más sobre ella, antes de elegir? —preguntó Sauce con vacilación.
Solfuego dio unos pasos para acercarse a Sauce y bajó un poco la cabeza para examinarla.
—¿Sabes? Me recuerdas a una gata que conocí en el pasado.
A una que no pude proteger. —A Luna se le trabó la respiración.
¿Era posible que Solfuego hubiera conocido a su madre?
—. Aunque, claro, por aquella época aún no era el líder.
Si las cosas hubieran sido distintas… Si hubiera sido más valiente… A lo mejor podría haberla salvado.
Apartó la mirada, abrumado por la emoción.
De repente, la luz disminuyó y los espejos se oscurecieron.
En la abertura del techo, la luna había desaparecido de la vista.
En ese mismo instante, los cánticos pararon y los animales, cubiertos de sombras, se estiraron y se sacudieron como si se acabaran de despertar.
—Podéis quedaros a comer con nosotros —les ofreció Solfuego—. Nuestros dioses nos han ofrecido mucha comida que compartir. Si os unís, veréis que disponemos de ciertas ventajas que otros aquelarres no tienen.
Señaló con la cabeza un lado de la sala, donde había un montón enmarañado de pelos y plumas. Saltaba a la vista que los Cuentaverdades eran grandes cazadores; los miembros del aquelarre parecían bien alimentados.
Luna consideró la oferta del gato, pero por la cara que ponían los otros dos, supo que ya habían visto suficiente de la guarida. Zuzón, de hecho, temblaba un poco y se escondía detrás de Sauce. Ella también se había fijado en el perro y le acarició un costado con la cola.
—Deberíamos volver —dijo Sauce—. Cazarratones estará preocupado.
Solfuego miró con desdén al perro y luego clavó los ojos en Luna, como si la retara a contradecir a su hermana. Pero no quería hacerlo. «No delante de los Cuentaverdades».
—Sí, será mejor que nos marchemos.
—Muy bien —ronroneó al fin Solfuego—. Os acompañaré hasta la salida.
—Podemos encontrarla solos —dijo Sauce y alzó el mentón.
—No lo dudo —dijo Solfuego con una mirada burlona—, pero Entereza y el Cónclave jamás me perdonarían si os perdierais aquí abajo. Al fin y al cabo, todo el mundo está muy emocionado con la fuerza de vuestros poderes.
No miró a Luna al hablar, pero dirigió las palabras hacia donde estaba ella. «¿Solfuego quiere que me una a los Cuentaverdades porque sé hacer fuego?». Y, aunque la halagaba, se alegró de dejar atrás los fríos arcos y las imágenes extrañas para empezar a subir hacia la superficie.
A medida que recorrían el laberinto subterráneo, sintió que cada respiración era más fresca que la anterior.
Luna pensó en lo que Solfuego había dicho sobre la gata a la que no pudo salvar.
Durante mucho tiempo había enterrado los pensamientos sobre su madre todo lo que pudo, pero en ese momento tenía ganas de preguntarle más detalles.
Sin embargo, sabía que Sauce consideraría una traición que hablara sobre su historia con un desconocido.
«¡Bueno, pero es que también era mi madre! Y seguro que ella se lo ha contado a Zuzón». Cada vez que se daba la vuelta, Sauce y Zuzón estaban enfrascados en una conversación. Luna también tenía derecho a tener más amigos aparte de su hermana.
«Y si Solfuego conoce las respuestas…».
Llegaron de nuevo a la estación y subieron los peldaños hacia el mundo exterior. Cazarratones los esperaba encima de un poste al otro lado de la calle. No vio a Garranegra por ninguna parte y dedujo que había regresado al desguace de los Indomables.
Zuzón subió corriendo con ganas los últimos escalones y Sauce lo siguió. Luna dudó junto a Solfuego. Esperó a que Sauce y Zuzón no pudieran oírlos y le preguntó:
—La gata que has mencionado… ¿era afín?
—Ah, mucho —contestó el gato con melancolía—. El ánima se le pegaba como una segunda piel.
—Y esa clase de cosa… la magia… ¿se transmite de una generación a otra?
—Vamos, Luna, deberíamos volver —ululó Cazarratones.
«¿No puedes darme un momento?».
—Muchas veces sí.
—¿Y sabes si tuvo crías?
—Si las tuvo, nunca me lo contó —contestó Solfuego. Clavó los ojos en ella—. Me parece que buscas respuestas, Luna. Una vida ociosa y fácil con la Alianza Salvaje puede parecer atractiva. Pero pregúntate… ¿Será suficiente?
Con esas palabras, el gato se dio la vuelta y desapareció en las sombras.
Esa noche, de vuelta en el parque infantil, las estrellas adornaban el cielo mientras Luna intentaba ponerse cómoda en su lecho bajo el tobogán.
Sauce y Zuzón seguían hablando entre susurros en el túnel de plástico sobre su cabeza, pero se contuvo para no exigirles silencio.
Así solo parecería que estaba celosa de la atención que su hermana prestaba a otro.
«Pero es bueno que tenga a alguien con quien hablar».
Y no era el murmullo de su conversación lo que la mantenía despierta, sino sus pensamientos sobre la visita a la guarida de los Cuentaverdades.
Las palabras de Solfuego todavía resonaban en su mente, tan hipnóticas como los cánticos que habían resonado dentro de la sala abovedada.
Lo que más la perturbaba era la mención a aquella gata.
Luna flotó entre el sueño y el recuerdo para intentar situarse en la época medio olvidada en la que su madre aún vivía. Forzó su mente a rememorar la forma exacta de la cara de su madre, su pelaje, su olor. ¿Había alguna pista de que hubiera sido afín a la magia?
Era imposible saberlo. En aquella época, la única preocupación de Luna había sido jugar con Sauce y esperar la siguiente comida que le llenara el estómago.
Mientras el sueño se tornaba más profundo, se vio de vuelta en esos días de calidez y amor, de alfombras gruesas, leche y siestas. Se perdió en el ritmo de la respiración de su madre.
Más tarde, fue Sauce quien la despertó de un empujón. La oscuridad ocultaba la luz de las estrellas.
—He oído algo —maulló su hermana.
Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, Luna supo que estaba soñando, porque Sauce era mucho más joven; el pelaje suave todavía le redondeaba la cara. Y sabía lo que ocurriría a continuación, porque era el mismo sueño de siempre.
—No quiero verlo —contestó con un maullido.
Aun así, sus patas la llevaron por el suelo.
La sensación de vacío en el estómago se agudizó hasta convertirse en un temor candente.
Con Sauce a su lado, giró en una puerta.
No quería verlo, pero no podía apartar la mirada.
Allí estaba, junto a la ventana, con los pies separados, una silueta con unas gafas oscuras que le ocultaban los ojos.
Unas gotas de sudor le cubrían la calva brillante.
Los dientes asomaban en una mueca horrible.
Tenía los brazos extendidos, los antebrazos gruesos y peludos empapados de rojo.
Había más rojo en el suelo. Las gotas que caían de sus dedos formaban unas manchas espesas.
Y, en sus manos asesinas, colgaba sin vida el cuerpo de su madre muerta.