Capítulo Cinco
« H ACIA LO DESCONOCIDO OTRA VEZ», pensó Luna cuando la brisa nocturna le hizo cosquillas en el pelaje.
Por encima, Cazarratones y Garranegra, la corneja de los Indomables, se entrecruzaban al volar mientras el pequeño grupo atravesaba las negras calles y evitaba a los seres humanos. Tal y como Solfuego había prometido, la luna estaba llena esa noche y pintaba la ciudad de un resplandor plateado.
Luna había pasado gran parte del día sumida en un sueño irregular; de vez en cuando se despertaba presa del pánico, solo para darse cuenta de que estaba a salvo en el parque infantil escondido, rodeada de sus nuevos amigos de la Alianza Salvaje.
No sabía si acabaría acostumbrándose a ver criaturas tan distintas pasando el rato juntas.
En las horas que estuvo despierta, intentó averiguar más sobre cada uno de los animales: cómo habían llegado al parque infantil y qué pensaban del resto de aquelarres. Todo el mundo coincidía en que los sapos del Cónclave eran los expertos en temas de ánima. Se moría de ganas por saber más…
«Ojalá mi hermana mostrara un poquito de interés».
Sauce casi no le había dirigido la palabra en todo el día; había preferido pasear sola entre los árboles o pasar tiempo con Zuzón, el perro rescatado por los Indomables.
Se llevaban bien. Él parecía bastante simpático, aunque siempre tenía cara de lástima.
En ese momento, la hermana de Luna charlaba con el perro mientras iban de camino a visitar a los Cuentaverdades.
—Bueno, ¿qué piensas sobre los Indomables? —le preguntó.
—Diría que no están mal —contestó Zuzón—.
Tienen la guarida en un desguace, debajo del puente del ferrocarril.
Está bien escondida. No se puede entrar sin conocer el símbolo.
Hay que subirse a un viejo coche azul y rascar el cristal del parabrisas de una forma en concreto.
—Saltó con torpeza sobre tres patas y dibujó algo con la delantera—. Y entonces… aparece sin más.
Cazarratones pasó volando bajo.
—No estamos lejos —anunció—. Id con cuidado… A veces hay coches.
Cuando la lechuza se elevó con unos fuertes aleteos, Luna agradeció su presencia tranquilizadora.
No era difícil ver por qué la Alianza Salvaje lo había elegido como su líder.
Ese día, Esquivo le había contado que Cazarratones no dejaba de hablar de las habilidades de Luna.
Saltaba a la vista que querían que se uniera a ellos, y la gata no podía negar que la idea la emocionaba.
Formaría parte de algo, aprendería a usar el ánima y exploraría la ciudad. Tendría una nueva vida.
«Pero no debería decidir nada antes de conocer a los otros aquelarres», pensó.
Gracias a las conversaciones que había mantenido con otros miembros de la Alianza Salvaje, había descubierto que existía cierto rencor entre los aquelarres.
Al parecer, los Cuentaverdades tenían unas creencias muy raras que imponían con severidad y no dudaban a la hora de expulsar a cualquiera que rompiera las normas.
También había historias peores. Aunque se habían producido pocos conflictos reales entre aquelarres, cuando ocurrían podían ser muy violentos.
Según Esquivo, una rata amiga suya, Dentudo, había desaparecido el verano anterior y, aunque nadie podía demostrarlo, se rumoreaba que había tenido un encontronazo con una patrulla de Cuentaverdades.
Pero, claro, decidir a qué aquelarre se unía no era solo decisión suya.
«Todo depende de lo que decida el Cónclave».
Péndulo, el cárabo, lo había mencionado ese mismo día, como si nada, en una conversación.
La decisión final sobre si podían unirse o no a cualquier aquelarre la tomaban los sapos y no había forma de acelerar el proceso.
Luna no sabía por qué lo hacían así, pero, al parecer, leían el ánima de los animales.
—No te preocupes por eso —le había dicho el pequeño cárabo—. Es raro que impidan a alguien ser miembro.
—¿Por qué con Zuzón tomaron tan rápido la decisión, pero con nosotras no? —le había preguntado Luna—. A él le dijeron que podía elegir enseguida.
—Zuzón no es… complicado. Pero ¿no es más emocionante ser especial?
«Para ti es fácil decirlo —pensó Luna—. Tu futuro no pende por completo de un hilo».
—Pero seguro que estás contento de que te hayan rescatado… —decía Sauce en ese momento.
Zuzón se sacudió.
—Ah, sí. Claro. O sea, yo nunca pedí que me ataran a una humana.
—¿Fue horrible?
—He oído que puede serlo. Algunos brujos son peores que otros. Y, si te atan a la fuerza, puede doler. Pero yo no recuerdo el día que me ataron. Era muy pequeño.
—Por eso no pudiste opinar —intervino Luna y apuró el paso para deslizar su cuerpo entre los dos.
A lo mejor fue por accidente, pero su hermana cambió de dirección e hizo que Luna perdiera un poco el equilibro. Sauce recuperó su puesto junto a Zuzón.
—¿Y qué se siente al estar atado? —preguntó Sauce.
—Me cuesta explicarlo. No me acuerdo mucho de qué sentía antes de estar atado. Pero ahora que nos hemos separado, es como si algo en mi interior se fuera encogiendo poco a poco. Supongo que, en algún momento, desaparecerá por completo.
—¡Y ahora eres libre! —dijo Luna—. No se me ocurre nada peor que estar atado a un humano… ¡Uf!
—No sé… —dijo Sauce con aire pensativo—. ¿Fue horrible?
Zuzón se lamió los labios.
—Bueno… La verdad es que nunca me había parado a pensarlo.
—Supongo que tenías una casa y mucha comida. Eso ya es algo.
Luna miró a su hermana y casi le dijo: «¡Como lo que teníamos nosotras con nuestra madre!». Pero consiguió contenerse. A Sauce, igual que a ella, tampoco le gustaba mencionar aquella noche. Así pues, habló con un tono más alegre:
—En un aquelarre por lo menos tienes a otros animales para que te cubran las espaldas. ¡Y puedes hacer magia!
Sin embargo, al decirlo se dio cuenta de que aquello no era cierto para Sauce. La Alianza Salvaje le había dado la bienvenida a ella, pero seguro que Sauce se sentía un poco excluida.
Siguieron caminando en un silencio incómodo hasta alcanzar unos peldaños que descendían desde el nivel de la calle hacia la oscuridad.
Solfuego estaba sentado orgulloso en el escalón superior; su pelaje naranja relucía a la luz de la luna.
Garranegra se posó en una farola, pero Cazarratones voló raso y aterrizó justo delante de Luna, su hermana y Zuzón para impedirles el paso.
—Os estaré esperando justo aquí para cuando terminéis la visita. No tardéis.
—Todo irá bien —dijo Sauce con un poco de exasperación e intentó pasar junto a la lechuza—. ¡No somos crías recién nacidas!
—Muy bien —concedió Cazarratones y se concentró en Luna—. Si me necesitáis, llamadme.
Luna no sabía si a la lechuza le preocupaba de verdad su seguridad o simplemente no quería perderla (junto con su magia de fuego) a manos de otro aquelarre. Pero recordó lo que Esquivo había dicho sobre Dentudo y tragó saliva con fuerza.
—Iremos con cuidado —le aseguró a Cazarratones, que se apartó de un salto para dejarlos pasar.
Solfuego se levantó al ver que se acercaban.
—Saludos, Luna y Sauce —ronroneó—. Y Zuzón. ¿Seríais tan amables de seguirme?
Se dio la vuelta con agilidad y fue bajando despacio los escalones. Luna, Sauce y Zuzón lo siguieron.
Al descender, el aire se iba haciendo cada vez más frío.
Cruzaron un suelo de gres rayado y pasaron junto a paredes cubiertas con trozos de papel que se despegaban, imágenes descoloridas y esos garabatos brillantes que los seres humanos dejaban por todas partes.
Solfuego tuvo que agachar la cabeza para pasar por debajo de una reja de metal, pero las dos hermanas y Zuzón eran lo bastante pequeños para atravesarla con facilidad.
Durante un momento pareció que se dirigían hacia una escalera mecánica, pero el gato giró hacia una puerta con una rejilla rota en la parte inferior.
Solfuego pasó apretado y, al seguirlo, vieron que se hallaban en otra escalera. El aire allí era viciado y húmedo.
—Los seres humanos llevan toda una generación sin usar este sitio —explicó Solfuego mientras bajaban—. Los túneles se extienden kilómetros y kilómetros. —Su voz adquirió un matiz de desdén—: Seguro que usaron magia animal para construirlos.
Luna se fijó en que Zuzón parecía muy nervioso y no dejaba de mirar las sombras que los rodeaban.
—No pasa nada —le musitó Sauce.
A Luna no le ofreció ninguna palabra de ánimo. De hecho, parecía haberse olvidado de su hermana ahora que podía hablar con el perro.
«Pues vale —pensó Luna—. Al menos parece un poco más contenta».
Por primera vez en mucho tiempo, un escalofrío de miedo le recorrió el pelaje.
Intentó disimular mientras dejaban atrás un piso tras otro.
A lo mejor eran imaginaciones suyas, pero le daba la sensación de que las paredes se estrechaban, de que la escalera se encogía con cada nivel que descendían, alejándose de la superficie.
Aparte del susurro de sus pisadas y del jadeo de Zuzón, se oía otro sonido: trenes lejanos en túneles invisibles.
—Entonces, ¿a los Cuentaverdades no os gustan mucho los humanos? —preguntó con la esperanza de que la conversación la distrajera.
Solfuego curvó la boca en una mueca.
—No tengo nada en contra de quienes no se inmiscuyen, porque no son más interesantes que los animales mundanos. Odiamos a los brujos, a los que quieren atarnos. El ánima es un regalo para todas las criaturas, excepto para los humanos. Por eso los brujos necesitan robarnos los poderes.
—¿Y hay muchos? —preguntó Sauce detrás de ella.
Luna dedujo que su hermana tenía en mente lo mismo que ella: el humano con el que habían vivido cuando fueron pequeñas. ¿Podría haber sido un brujo? Y, de ser así, ¿su madre habría sido afín a la magia?
—Antes había más —contestó Solfuego—, pero su número se ha reducido a medida que la ciudad se ha ido expandiendo.
Los condujo por una puerta y se detuvo en una habitación pequeña repleta de tuberías y cables expuestos. Delante tenían otra puerta cerrada.
—Hemos llegado.