Indomables (El despertar de la magia 1) Capítulo Cuatro #2
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Capítulo Cuatro #2

—Las ataduras son fuertes —dijo Entereza—, pero con el tiempo se deshilacharán y se romperán.

—¿Y si no lo hacen? —preguntó Zuzón con un gemido lastimero.

—Entonces probaremos otros métodos, como un ritual liberador.

—No hará falta —intervino Nocturno—. De momento, disfruta de tu libertad.

—Has estado viviendo con los Indomables —dijo Entereza—, pero debes elegir dónde establecer tu hogar.

¿Alguno de los aquelarres presentes quiere acoger a Zuzón?

—Cazarratones asintió con la cabeza y los cuatro Cuentaverdades maullaron conformes—.

Muy bien. Zuzón, visitarás cada aquelarre antes de tomar tu decisión.

—Gr… gracias —musitó el perro con timidez.

—Entonces, ¿nosotras también podemos elegir? —le preguntó Sauce a su hermana.

Luna entornó los ojos.

—No lo sé. Supongo que lo averiguaremos en algún momento.

—¿Supones? Y, hasta entonces, ¿tendremos que hacer todo lo que diga la lechuza?

El calor le recorrió la piel. «A ti te parece bien porque te quieren. Pero a mí me miran como si no valiera nada».

—Eso no es lo que…

Sauce ya había oído suficiente. Antes de que su hermana pudiera protestar más, se apartó de su lado y bajó las escaleras mecánicas inmóviles.

Cazarratones erizó las plumas cuando la vio acercarse y Sombrío ladeó la cabeza.

Los ojos de los gatos Cuentaverdades la siguieron a la vez.

Sauce se concentró en caminar con firmeza para no delatar sus nervios.

La corneja soltó un grito estridente.

—¿A qué viene esta interrupción? —espetó Nocturno—. ¡Revela tu nombre y aquelarre!

—Puedo explicarlo —dijo Esquivo—. Esta es…

—Me llamo Sauce. Y puedo hablar por mí misma.

Le complació que reinara el silencio después de aquello. Al menos así tendría tiempo para pensar. Ahora que se hallaba delante de los aquelarres, había perdido toda valentía.

—Adelante —croó Entereza.

—Mi hermana y yo hemos conocido hoy a la Alianza Salvaje. Si este perro puede elegir aquelarre, nosotras también queremos.

—De hecho, eso es justo lo que iba a sugerir —dijo Cazarratones fulminando con la mirada a Sauce—, si me hubieras dejado terminar.

Sauce sintió que se le tensaba la piel bajo la mirada de la lechuza, pero no apartó los ojos.

—Me gustaría decir —dijo una voz afable— que entiendo tu frustración.

Había hablado un gato naranja del aquelarre Cuentaverdades. El animal se adelantó moviendo despacio la cola de un lado para otro y con la cabeza bien alta, y continuó:

—La Alianza Salvaje tiene la costumbre de creer que sabe más que el resto.

—El gato era tan mayor como para ser el padre de Sauce y no parecía tan aguerrido como sus compañeros gatunos.

El pelaje le relucía y los ojos le brillaban con astucia—.

Me llamo Solfuego. A los Cuentaverdades nos encantaría acogeros a tu hermana y a ti mañana por la noche, bajo la luz de la luna llena, para que podáis ver cómo funciona un aquelarre de verdad.

Sauce miró a Luna y se preguntó cómo se sentiría. Pero estaba demasiado oscuro y las sombras ocultaban a su hermana. «No se puede quejar después de arrastrarme con ella todo el día».

—Aceptamos tu amable oferta —le dijo a Solfuego.

—Está decidido, pues —intervino Entereza—. Luna y Sauce visitarán primero a los Cuentaverdades. Y Zuzón puede acompañarlas.

Los ojos de Solfuego pasaron rápidamente por encima del pequeño perro.

—Muy bien. Pero antes de ofrecer un puesto a un animal atado, este debe demostrar que es digno.

Solo la Alianza Salvaje parecía ofendida por la sugerencia de la sapa. Sombrío se rascó el cuello con nerviosismo.

«Les molesta que yo haya decidido por nosotras», pensó Sauce.

—Y ahora, Entereza —añadió Nocturno—, quizás podrías decirnos por qué nos has llamado esta noche.

La sapa los observó con ojos vidriosos. Sauce no pudo evitar sentirse impresionada por la forma en que atraía toda la atención a pesar de su tamaño.

—Nuestro Cónclave ha tenido una serie de poderosas visiones. Hace dos noches, esas visiones culminaron en una única imagen. Una imagen de fuego. ¿Esto significa algo para alguno de vosotros?

A Sauce se le heló la piel. Pues claro que significaba algo. El fuego había destruido su anterior hogar, la misma noche que los sapos habían tenido las visiones. El fuego era el poder de su hermana. El fuego era el origen de todo lo que les había pasado en los últimos dos días.

Y, pese a todo, Luna no habló ni tampoco lo hizo nadie de la Alianza Salvaje.

«Quieren guardar el secreto para no perder a Luna ante otro aquelarre, porque es poderosa».

Una parte de Sauce quería decirlo en voz alta, pero el momento pasó en silencio.

Al fin, Entereza desplazó el peso de su cuerpo y centró la mirada directamente en Sauce.

—¿Has dicho que te llamas Sauce? Y aquella en las sombras es tu hermana…

—Eh… ¡Hola! —maulló esta desde lo alto—. Soy Luna.

—Cazarratones quería que esperáramos allí arriba —dijo Sauce.

—Pero no lo has hecho —gorjeó Entereza. No era una pregunta, aunque lo dijo con un gesto inquisitivo de la cabeza. La sapa soltó una carcajada gutural—. Cazarratones hace bien en ser cauto. Luna y Sauce. El satélite y el árbol. Qué interesante.

No desarrolló más ese pensamiento, pero a Sauce le dio la impresión de que la vieja sapa sabía más de lo que revelaba. Y, además… parecía ver las profundidades de su corazón. La gata tenía un poco de miedo de lo que pudiera descubrir.

Cazarratones ululó desde la mesa y todo el mundo se giró para mirarlo.

—Te pido perdón por la impetuosidad de la gata, Entereza —dijo—. Ni Sauce ni su hermana conocen nuestras costumbres. Llegaron a nosotros de casualidad.

Entereza hinchó la garganta y su piel se tornó casi traslúcida. Mantuvo la postura mientras cavilaba.

—Nada es casualidad —dijo al fin.

Sauce se preguntó si sería verdad. Si no hubieran entrado en el parque, si no hubieran visto las palomas, nunca se habrían encontrado con la rata que hablaba y con su compañero.

«Todo podría haber sido mucho más fácil», pensó con tristeza.

—De momento, acogedlas —añadió la sapa— y os enviaremos un mensaje cuando su presencia sea requerida.

«¿Cómo que “requerida”?».

A Sauce no le gustaba cómo sonaba eso.

Echó un vistazo alrededor y vio que otros animales parecían sorprendidos por la orden, pero nadie la cuestionó. Estaba a punto de hablar para preguntar a esos sapos quiénes se creían que eran, pero la mirada de Entereza le secó las palabras en la garganta.