Capítulo Cuatro
S AUCE SE SACUDIÓ EL AGUA del pelaje, aliviada de tener por fin un techo sobre sus cabezas, aunque fuera de cristal y repiqueteara con el aguacero de otra noche lluviosa.
Aquella zona era algo que los seres humanos llamaban «centro comercial».
Esquivo se lo había explicado durante el trayecto desde el parque infantil: se trataba de un lugar al que los humanos acudían a comprar comida, ropa y otros objetos.
Aunque Esquivo nunca había visto humanos allí, algunas de las ratas más viejas recordaban una época en la que pululaban por el centro comercial.
Ahora estaba en ruinas. Se abrieron paso por los pasillos desiertos del piso superior y caminaron junto a compartimentos oscuros o cerrados con puertas de metal.
Mientras la rata les hablaba, Sauce observó que su hermana lo asimilaba todo con el mismo entusiasmo que había mostrado durante todo el día desde que habían conocido a Esquivo y Pincho en el parque.
Luna no parecía cansarse de la nueva información que poseía la Alianza Salvaje, todos los secretos sobre la ciudad y los llamados aquelarres, que vivían en rincones olvidados.
A su hermana no parecía importarle si era cierto o una exageración.
Sauce se había limitado a escuchar desde lejos.
No porque no creyera a esos desconocidos, sino porque no estaba tan dispuesta como Luna a estar pendiente de todas sus palabras.
—Este lugar da mal rollo —murmuró Sauce mientras seguían a Cazarratones por el lúgubre edificio.
La lechuza aleteaba para deslizarse en vuelos cortos y guiar a los demás.
—Es raro, sí —coincidió Luna—. Un poco… vacío.
Sombrío (que no era un perro, sino algo llamado «coyote») se lamió los labios.
—Eso es porque se trata de un «lugar muerto» —gruñó—. No hay ánima.
—Entonces… ¿no se puede hacer magia? —preguntó Luna.
—Estás aprendiendo —dijo Esquivo con un chillido.
Parecía impresionado. Sauce creía que, a ojos de la Alianza Salvaje, su hermana no tenía ningún defecto. Desde que habían visto su magia de fuego, la trataban como si fuera especial.
«A lo mejor lo es —pensó Sauce—, pero también es mi hermana».
—La ausencia de ánima hace que sea más seguro reunirnos de forma pacífica —explicó Esquivo—. Es terreno neutral.
«Al menos aquí no soy una fracasada», pensó Sauce.
Su experiencia en el parque infantil había sido muy distinta a la de su hermana.
Los animales de la Alianza Salvaje apenas la habían mirado dos veces.
A ella le daba completamente igual. No conocía a esas criaturas.
No necesitaba ni su aprobación ni su amistad.
Y cuanto antes se diera cuenta Luna de lo mismo, mejor.
Mientras tanto, como para ellos era casi invisible, pudo observarlos de un modo distinto a Luna.
En las horas siguientes a su llegada al parque infantil, Sauce había oído cómo alababan una y otra vez la magia de su hermana.
Pero también había visto a otros animales cuchichear en grupos pequeños y lanzar miradas hacia donde estaba Luna, y eso no le gustaba.
Había algo en sus ojos, algo más que admiración: un sentimiento afilado que la incomodaba.
Se preguntó si sería capaz de defenderlas a las dos en caso de que esos animales mágicos se pusieran en su contra.
Se contuvo para no intentar reunir ánima de nuevo; no soportaba esa humillación.
Sabía que Luna sentía lástima por ella. No dejaba de repetir que la magia llegaría cuando dejara de sentirse tan presionada, pero ¿y si se equivocaba?
«Y si soy… ¿defectuosa?».
¿La Alianza Salvaje la rechazaría? Y, si lo hacían, ¿qué significaría eso para Luna y para ella? Su hermana parecía decidida a quedarse a vivir con el aquelarre, pero seguro que no los pondría por encima de Sauce.
—… y claro, los Indomables solo se escuchan a sí mismos. El Cónclave, por otra parte, está formado tan solo por sapos —explicaba la rata—. Afirman que pueden ver el futuro y se lo toman muy en serio.
—¿Crees que el Cónclave aparecerá esta vez? —gruñó Sombrío, como si respondiera a su propia pregunta.
—Lo dudo —contestó Esquivo—. Desde que empezó la sequía, siguen sus propias leyes.
Luna abrió la boca. Sauce sabía que iba a preguntar a qué «sequía» se referían, pero Pincho negó con la cabeza de un modo sutil, como aconsejándole que no indagara en lo que parecía ser un tema delicado.
—Como ya he dicho, el ánima no fluye tanto como antes —añadió la rata—.
No con la misma fuerza. Nadie sabe por qué.
Los animales afines son cada vez más débiles y cuesta hacer magia compleja.
A lo mejor tiene que ver con los humanos.
Por eso los Cuentaverdades intentan entrar en nuestro territorio. En el parque sigue abundando el ánima.
—¿Y por qué se llaman Cuentaverdades?
—Porque creen que solo ellos tienen las respuestas. Veneran a sus propios antepasados animales y no quieren tener nada que ver con los humanos.
—¿Y qué animal querría? —contestó Luna.
—Pues los atados, ¡claro! —dijo Esquivo.
—¿Los atados?
Esquivo se detuvo y arrugó el morro.
—Cielos, menos mal que os hemos encontrado.
Será mejor que escuchéis con atención, esto podría salvaros la vida algún día.
—Sauce dejó de fingir desinterés y se acercó—.
La mayoría de humanos no saben nada sobre el ánima, aunque hay unos cuantos que practican brujería.
Pero necesitan que nosotros la canalicemos, porque ellos no pueden. Nos llaman «familiares».
—En cuanto uno se ata a un humano, es casi imposible escapar —añadió Sombrío—. Te drenan la magia y nunca te pierden de vista.
Echaron a andar de nuevo.
—¿Y cómo funcionan esas ataduras? —preguntó Sauce.
—De muchas formas. Algunas son más dolorosas que otras —contestó la rata.
—Depende de si colaboras de forma voluntaria o si te resistes —añadió Sombrío—. Espero que nunca llegues a descubrirlo.
—Suena horrible —dijo Luna.
Sauce se preguntó si su hermana también estaría pensando en el humano con el que habían vivido nada más nacer. ¿Había sido un brujo?
Cazarratones se había detenido en un balcón en lo alto de un tramo de escaleras de metal que daba a una gran zona circular.
En el centro se alzaba una fuente de piedra con la forma de un pez saltarín.
El agua, poco profunda, estaba estancada y opaca.
Había mesas y sillas alrededor de la fuente, y Sauce dedujo que aquella había sido una de las zonas para comer donde solían reunirse los humanos.
Allí abajo también había animales esperando.
En un lado de la fuente estaba sentado un perro negro con las orejas caídas y una cola fuerte y, a su lado, un terrier flaco de pelaje gris miraba a su alrededor con nerviosismo.
Junto a él, encaramada en el respaldo de una silla, una imponente corneja movía la cabeza.
Enfrente había un cuarteto de gatos. Uno tenía una oreja desgarrada y a otro le faltaba la cola.
Todos parecían luchadores experimentados.
—Cuentaverdades —le susurró Pincho a Sauce, respondiendo a la pregunta que le pasó por la cabeza.
—Deberíais quedaros aquí arriba —les dijo Cazarratones a las hermanas. Luna abrió la boca como si quisiera protestar—. Os llamaremos en caso de necesitaros.
Sauce se sintió aliviada. No sabía si quería conocer a más criaturas mágicas.
Sin embargo, Luna clavó la mirada en los nuevos animales y alzó las orejas de un modo que molestó a Sauce. Sabía que su hermana estaba emocionada, pero no tenía por qué comportarse como una cría.
—¿Cómo son los Indomables? —preguntó Luna.
—Algunos los ven como metomentodos, otros como salvadores —contestó Esquivo—. Consideran que su misión es rescatar a animales atados.
Cazarratones saltó de la barandilla y planeó como un espectro hacia el patio de abajo hasta posarse sobre una mesa.
Esquivo bajó las escaleras de metal detrás de Sombrío.
Sauce no sabía por qué habían elegido a esos dos para acompañar a Cazarratones, pero el coyote parecía capaz de apañárselas si había problemas y Sauce había descubierto que Esquivo era la rata más vieja de la Alianza.
Las dos gatas blanquinegras, Amanecer y Atardecer, solo parecían interesadas en jugar en el parque infantil.
Sauce no vio a los sapos hasta que Esquivo y Sombrío ocuparon su lugar junto a Cazarratones. Tres estaban sentados en el borde de la fuente, muy quietos, camuflados sobre la piedra. En ese momento, movieron sus cuerpos rechonchos, gorjeando y croando.
—¿Qué has dicho, Entereza? —ululó Cazarratones a uno de los sapos.
—¡Que comience la reunión!
«Deben de ser el Cónclave», pensó Sauce. Desde su llegada al parque infantil, no había visto mucho al sapo llamado Valor; se había quedado sentado en el borde del agua, meditando en silencio, hasta que se despidió y desapareció.
«A lo mejor todos los sapos son así…».
El perro negro, Nocturno, avanzó unos pasos.
Le faltaba la parte inferior de la pata trasera izquierda, pero eso no parecía afectar demasiado a su capacidad de movimiento.
En el pecho hundido el pelaje le crecía más espeso, y caminaba con la cabeza bien alta.
Incluso desde arriba, Sauce pudo ver que empezaban a salirle canas en el hocico.
—Gracias por convocar esta reunión —ladró.
Tenía una voz más grave y amable de lo que Sauce había esperado—.
Nos gustaría presentar a un aliado que liberamos hace tan solo dos días.
Acércate, Zuzón. —El pequeño terrier se adelantó con timidez, la cabeza gacha y la cola entre las piernas—.
A Zuzón lo cogieron de la calle cuando era un cachorro y lo ataron a una bruja humana.
No conocía la libertad hasta que nosotros lo rescatamos, pero ahora sabrá lo que es.
—Bienvenido, Zuzón —croó Entereza—. Deducimos que todo esto es muy nuevo para ti, pero ya no tienes nada que temer.
—Me… me siento raro —musitó el terrier y miró alrededor como si siguiera con la mirada un insecto zumbando sobre su cabeza—. Es como si estuviera aquí, cerca, observándome.