Capítulo Tres #3
Sauce se apretó contra el costado de Luna.
—A lo mejor deberíamos irnos.
—No —espetó su hermana. ¿Por qué Sauce tenía que ser siempre tan… asustadiza? Suavizó el tono—: Todavía no, quiero decir.
No era la bienvenida que esperaba. Se fijó en que algo pequeño se movía por detrás de una papelera. Un sapo cubierto de verrugas se acercó arrastrándose.
—¿Y dónde está, eh? —croó.
Sobre ellos cayó una sombra, y una corriente repentina de aire agitó el pelo de Luna.
Una enorme criatura pálida descendió desde el cielo y aterrizó a solo unas colas de distancia, delante de ellas, sobre los columpios.
Solo cuando replegó las enormes alas moteadas se percató Luna de que se trataba de una lechuza, pero mucho más grande que cualquiera que hubiera visto antes.
El cuerpo del pájaro era tan grande como el suyo, y las garras amarillentas con las que se aferraba a la barra de metal parecían capaces de rasgar con facilidad la carne.
Su rostro era una luna de plumas blancas, cortas e inmaculadas, atravesada por una cicatriz oscura que iba desde la frente, cruzaba un ojo lechoso y ciego y acababa junto al pico, de una curvatura brutal.
El otro ojo era un círculo amarillo perfecto que rodeaba una pupila tan negra como la noche.
Ambos ojos miraban a las gatas sin parpadear.
La lechuza agitó las alas una vez y luego las plegó contra el cuerpo.
—Estoy aquí —ululó.
«Este es Cazarratones —pensó Luna—. Será el líder».
En uno de los columpios debajo de la formidable ave se posó un cárabo, achaparrado y leonado. Tenía ojos adormilados, cara de engreído y unas orejas pequeñas y peludas.
—Tienes razón, Vigía —farfulló el pequeño cárabo—. Cazarratones no está contento.
—Las normas existen por un motivo —añadió la lechuza. Luna no pudo sostener su mirada implacable y bajó los ojos—. Si alguien descubre este lugar, todos correremos peligro.
Luna vio que Pincho metía la cola entre las patas.
—No queremos haceros daño, de verdad —maulló.
—Bueno, al menos son afines —dijo el cárabo—. Y no mundanos abandonados o animales perdidos.
—Afín y poderosa —intervino Esquivo—. Esta de aquí se llama Luna. Posee una magia de fuego como nunca he visto en alguien tan joven.
Una oleada de sorpresa recorrió a los animales reunidos y, al fin, Cazarratones parpadeó.
—¿Ah, sí?
—Y esta es mi hermana, Sauce —añadió Luna a toda prisa.
El animal que parecía un perro subido al tobogán bajó de un salto con elegancia y se acercó a ellas. Luna se apretó contra su hermana.
—¿Y ella qué puede hacer? —preguntó la criatura.
Sauce, que temblaba un poco, parecía demasiado asustada para contestar.
—Aún no lo sabemos —contestó Luna con un maullido.
—¿Y puede hablar? —preguntó el gato llamado Vigía.
—Pues claro que puedo —maulló Sauce con una mirada desafiante.
—Bueno —dijo la lechuza gigante—, ya estáis aquí. Y, debo decir, habéis llegado en… un momento curioso.
—¿Por qué? —preguntó Esquivo.
Cazarratones giró su rostro redondo hacia el sapo.
—Valor, ¿crees que esto está relacionado con las visiones del Cónclave?
El sapo verrugoso hinchó la garganta y posó la mirada en Luna y su hermana. A la gata casi le dio la sensación de que examinaba sus pensamientos.
—Diría que… —croó—. Informaré a los otros sapos del Cónclave. Tendría sentido mencionar el asunto en la reunión de esta noche. A lo mejor también podemos hablar sobre el futuro de las recién llegadas.
A Luna no le gustó cómo había sonado eso.
—¿No podemos unirnos a la Alianza Salvaje y ya? —preguntó.
Notó que Sauce se erizaba, pero no le sorprendió. No habían hablado sobre el tema.
—Su magia es muy especial —añadió Esquivo.
La mirada de Cazarratones aterrizó de nuevo en Luna, antes de pasar a Sauce.
—Asistiréis a la reunión como nuestras invitadas. Así veréis cómo viven los otros aquelarres y ellos os verán. No puedo prometeros nada.
Luna examinó los rostros expectantes de los otros animales y se preguntó qué clase de magia serían capaces de hacer.
Le resultaba raro ver un grupo tan variado formado por depredadores, presas y enemigos naturales conviviendo en un mismo lugar, pero al mismo tiempo le reconfortaba saber que compartían un vínculo muy profundo.
Los meses que habían pasado refugiadas en el restaurante parecían en ese momento un recuerdo lejano, como de otra vida.
Seguros, sí, pero también aburridos y repetitivos.
El parque infantil oculto de la Alianza Salvaje era completamente distinto: la promesa de una nueva existencia, de nuevos compañeros y nuevos descubrimientos.
La mirada de Luna recayó al fin en su hermana, un tanto apartada. A lo mejor no tenía miedo, no exactamente, pero irradiaba incertidumbre desde cada mechón de su pelaje gris. Luna sintió una sombra de culpa.
«Pero si no hubiera insistido en que viniéramos aquí, nunca habríamos descubierto nada sobre el mundo de la magia».
Y ahora su destino, tanto si se quedaban como si no, no estaba en sus patas. Según lo que ese «Cónclave» determinara, podrían quedarse sin nada en un instante.