Capítulo Tres #2
—Venga, inténtalo —la animó Luna.
Vio que su hermana se sentía excluida, pero, en cuanto sintiera el ánima, su magia cobraría vida y compartiría su entusiasmo.
—De acuerdo —dijo Sauce.
Subió al banco también y cerró los ojos como Pincho y Luna habían hecho antes.
—Tómate tu tiempo —le dijo su hermana—. Siente el ánima.
Sauce tragó saliva y ensanchó las aletas de la nariz. Bajo el pelaje, tensó las patas traseras.
«Creo que está funcionando», pensó Luna. Intentó imaginar qué pasaría. Más fuego tendría sentido, dado que eran hermanas. Incluso una llama parpadeante impresionaría a sus nuevos amigos.
Pasaron unos segundos en los que Sauce retorció la cara mientras se concentraba. Pero no ocurrió nada.
«Venga —imploró Luna en silencio—. Tú puedes…».
Al final, Sauce suspiró y abrió los ojos.
—Lo he intentado —maulló con debilidad.
Saltaba a la vista que estaba decepcionada e incluso un poco avergonzada.
—Es mucha presión —contestó Luna, compasiva—. Date tiempo.
—No he sentido nada.
—A lo mejor… ¿he usado yo toda el ánima? —ronroneó Luna con suavidad y le acarició el cuello con el morro.
Ojalá no hubiera dicho nada. La mirada rápida que intercambiaron Esquivo y Pincho, y que Sauce no había pasado por alto, lo decía todo.
—Venga, vamos a conocer a los demás —dijo la rata.
Descendieron de nuevo a la zona descuidada del parque y atravesaron un tramo con árboles ondulantes arrancados de raíz o que crecían con formas extrañas y retorcidas.
El lugar tenía pinta de antiguo, y cuando la panorámica de la ciudad desapareció detrás de ellos, fue como si se adentraran en otro mundo, uno en el que los seres humanos no existían.
Había zonas pantanosas y, si Luna se concentraba, le parecía sentir el ánima aquí y allá.
Por lo que veía, no seguían ningún sendero, y Pincho se detenía de vez en cuando para olfatear el aire y mirar con cuidado a izquierda y derecha.
Luna se preguntó a qué le tendría miedo. ¿A los otros aquelarres, quizás?
Sauce no dijo gran cosa mientras los seguía a varios pasos de distancia, sumida en sus pensamientos. Luna se situó al lado de Esquivo y le habló en voz baja:
—¿Es normal no poder hacer magia a la primera?
Esquivo también le contestó en un susurro chirriante:
—Por lo que he visto, la mayoría de afines son capaces de hacer algo, aunque no sea impresionante. También hay quien no se molesta en usar mucho la magia. Y me han hablado de casos en los que un animal se olvida de cómo se hace. Tu hermana no sabía nada de esto hasta hace poco. Dale tiempo.
Luna acababa de conocer a la rata, pero, por cómo evitaba su mirada, supo que no creía en sus propias palabras. Echó un vistazo a su hermana. Esta le devolvió la mirada, pero enseguida apartó la cara.
«Y ella está pensando justo eso mismo…».
Atravesaron un arbusto de zarzas densas y Luna notó el suelo mullido bajo las patas, cubierto de trozos de hierba suave.
Pincho se detuvo al borde de un arroyo burbujeante.
Era poco profundo y lo cruzaba un camino de piedras resbaladizas cubiertas de musgo verde.
Al otro lado, la vegetación era compacta e imponente.
—Ah, hogar, dulce hogar —dijo Esquivo.
—Eh… Pero si ahí no hay nada —comentó Sauce con nerviosismo.
Pincho sacó la lengua.
—Eso es justo lo que queremos que piensen los mundanos y los seres humanos.
El perro brincó desde la orilla y aterrizó con destreza en una de las piedras.
Durante un momento, mantuvo el equilibrio en medio del arroyo.
En vez de saltar a la otra orilla, dio tres botes hacia un lado y fue aterrizando al azar en varias piedras de distintos tamaños.
Cuando tocó la cuarta con las patas, el aire en el otro extremo relució.
Los árboles desaparecieron y la pared vegetal dio paso al cielo abierto.
En su lugar apareció una estructura de madera.
Luna había visto a niños humanos reír y saltar en algo similar.
No lo acababa de comprender: parecía una maraña imposible de plataformas, barras y conductos de metal.
Aquella, a juzgar por su aspecto, estaba abandonada.
Los árboles crecían cerca del perímetro por los cuatro costados, prietos y lúgubres, pero también protectores.
Al rato lo entendió. Los árboles y la magia mantenían ese lugar oculto de las miradas indiscretas.
—¡Bienvenidas al aquelarre de la Alianza Salvaje! —dijo Pincho y soltó un ladrido emocionado al saltar a la orilla.
Esquivo también cruzó y sus pequeñas garras arañaron y arrancaron trozos de tierra cuando saltó al otro lado.
Luna solo dudó un instante. Aunque el arroyo era estrecho, aquel daba la impresión de ser el paso más grande en su viaje. Miró a su hermana; parecía más insegura que nunca.
—Todo irá bien —ronroneó—. No te alejes de mí.
Sauce agachó la cabeza y fue la primera en cruzar; atravesó el arroyo de puntillas para no mojarse las patas.
Luna cruzó en dos saltos gráciles y percibió cierto movimiento en la estructura de madera. Cuerpos peludos salían de sus escondites. Le sorprendió ver a otro gato, un macho atigrado que pegaba el cuerpo al suelo y las miraba con dureza. Otras tres ratas se escurrieron entre sus patas.
Dos gatas pequeñas y flacas avanzaron entre las barras de la estructura. Una era blanca con las patas negras y la otra, casi al revés: oscura como la noche y con unas patas que parecían cubiertas de nieve.
—¿Qué tenemos aquí? —gruñó una voz grave sobre ellos.
Luna alzó la mirada y erizó el lomo. En lo alto del tobogán se alzaba una criatura orgullosa que parecía un perro. Tenía el pelaje del color de la arena y un morro largo con unos dientes muy blancos y muy afilados.
—Las hemos encontrado cazando en el parque —dijo Pincho.
—¿Y las habéis traído aquí? —preguntó el gato, con ojos fieros de repente.
—No tienen aquelarre, Vigía —explicó Esquivo.
—O eso dicen —murmuró el gato—. Cazarratones no estará contento.