Indomables (El despertar de la magia 1) Capítulo Tres
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Capítulo Tres

« M E PARECE INCREÍBLE que estemos haciendo esto», pensó Luna mientras iba al mismo ritmo que sus nuevos guías. A pesar de sus dudas, sabía que no cambiaría su decisión. Necesitaba entender.

La rata y el perro siguieron un sendero hacia una parte más silvestre del parque, donde la hierba crecía alta y no olía a humano entre los árboles.

Por el silencio de Sauce y la forma en que iba rezagada unos pasos atrás, Luna supo que su hermana no estaba contenta.

Sabía que no le había dado elección. Pero Sauce era demasiado cauta en casi todo lo que hacía.

No parecía aceptar que, sin riesgos, no había recompensa.

«Y es verdad lo que he dicho. Si estas criaturas nos mienten o algo sale mal, nos iremos de aquí. Volveremos a estar las dos solas».

Todavía notaba el olor del humo en la nariz y, con él, algo de la sensación que había acompañado al fuego.

Terror, sí, pero también otra cosa. Potencial.

Poder. Lo había invocado sin querer o, mejor dicho, había llegado por sí mismo, llenando todas las fibras de su pelaje hasta el punto de no poder contenerlo.

Aun así, no le había parecido algo tan extraño, sino más como una parte de ella que siempre había estado ahí, una garra oculta que había extendido sin pensar.

Si el perro no se hubiera movido (¿y cómo se había movido así, desapareciendo y volviendo a aparecer?), le daba pavor pensar en lo que podría haber ocurrido.

Habían usado la palabra «afín». Y también «magia». Un escalofrío lleno de emoción le recorrió el pelaje. Y pensar que había visto a la rata solo como un tentempié…

—Oye, lo siento —dijo Luna. Aceleró el paso para alcanzar a Esquivo—. Por… ya sabes, intentar comerte.

Esquivo movió la nariz.

—No te preocupes. No soy una presa fácil. Recuerda que te sacaba ventaja antes de que tu hermana acudiera a tu rescate. —Luna recordó la extraña sensación de estar suspendida en el aire, indefensa por encima del suelo, y se estremeció. Esquivo se rio—. Tienes mucho que aprender.

No captó ni una pizca de burla, sino más bien una especie de cariño que le costaba imaginar en una criatura a quien había considerado su presa.

—Nunca había conocido a una rata a la que pudiera comprender —maulló.

—No me extraña, la verdad. La mayoría de las ratas son mundanas.

—¿Eh?

—No son afines. No tienen más magia que una piedra.

Luna procesó aquello; su mente le dio vueltas a aquella información y a los nuevos términos que había oído utilizar a Esquivo y Pincho.

—Y esos Cuentaverdades… ¿no os caen bien?

Recordaba el veneno en la voz de la rata cuando las había acusado de pertenecer a ese grupo.

La rata vaciló.

—Puedo aguantarlos. Eso se aplica a todos los aquelarres, la verdad, siempre y cuando se queden en su territorio. La única norma es que los afines no cazan a otros afines.

—Pero ¿a los animales mundanos sí que podemos cazarlos? —preguntó Luna.

—Está aprendiendo —intervino Pincho.

Luna tenía la impresión de que no le caía bien al perro.

«A lo mejor porque casi le prendo fuego».

—¿Está muy lejos? —maulló Sauce detrás de ellos.

Luna volvió la vista atrás y, con fastidio, vio que su hermana arrastraba las patas.

—Casi hemos llegado —contestó Pincho.

Luna redujo un poco el ritmo para llamar la atención de su hermana y lanzarle una mirada que, esperaba, la pudiera animar.

«Al menos podría intentar mostrarse simpática…».

Pincho y Esquivo también se detuvieron para que Sauce los alcanzara. Ella aceleró un poco, pero, al llegar a su lado, echó un vistazo hacia el camino por el que habían venido.

—No está lejos —dijo Esquivo—. De verdad, os encantará conocer al resto del aquelarre.

Luna vio que la rata se estaba esforzando.

—Entonces, ¿cómo sabe una si es afín? —preguntó Sauce.

Esquivo agitó la cola.

—Solo los afines se entienden entre sí.

—Ya, pero… ¿y la magia? Como el fuego de Luna. ¿Ocurre sin más?

Esquivo enroscó la cola debajo de la panza.

—Depende.

Luna vio que su hermana fruncía el ceño y sintió que ella hacía lo mismo.

Pincho soltó un suspiro.

—Esquivo, tenemos tiempo para desviarnos un poco, ¿verdad?

—No veo por qué no. Cazarratones seguramente se esté echando la siesta de la tarde.

Luna se preguntó quién sería Cazarratones, pero, antes de poder plantear la pregunta en voz alta, Pincho emprendió la marcha de nuevo.

Cambió de dirección hacia una pendiente cubierta de hierba que conducía a un terreno elevado.

En lo alto de la colina había un viejo banco y, al otro lado, se abrían las vistas de la ciudad.

Aquello hizo que Luna redujera el ritmo y ahogara un grito: la ciudad parecía expandirse hasta el infinito, perdiéndose en la bruma distante.

Sin embargo, cuando miró hacia donde salía el sol, vio un enorme río atravesado por un ancho puente.

Al otro lado se alzaba un bosque de edificios inmensos y apiñados: todo era gris, sin una pizca de color verde.

Luna siempre había creído que vivía en la ciudad, pero ahora comprendía que su hogar se hallaba en el borde de la verdadera ciudad, mucho más grande y poblada.

Pensar en tantos seres humanos juntos la llenó de una profunda inquietud. ¿Allí también vivirían animales?

Pincho se había acercado al banco. Luna se apresuró a seguirle.

—La materia prima de la magia se llama «ánima» —explicó el perro—. Fluye a través de la ciudad y es invisible a simple vista. No tiene olor y tampoco produce ningún sonido. Sin embargo, los afines pueden canalizar su poder.

—¿Eso es lo que hizo Luna? —inquirió Sauce.

Habían llegado al banco. Los tablones de madera estaban podridos en algunas partes y el armazón de metal tenía manchas de óxido. Al lado había una papelera y una vieja lata aplastada en el suelo. Esquivo la olfateó con poco entusiasmo.

—Seguramente —contestó Pincho—. No hay tanta ánima en la ciudad como antes. En general, para usarla se necesita práctica. Para hacer magia hay que sentir el ánima, respirarla y luego liberarla… de forma deliberada.

Pincho respiró hondo y cerró los ojos.

Entonces ocurrió algo sorprendente. Poco a poco, su silueta empezó a desdibujarse y el pelaje áspero perdió definición, como si se disolviera en el aire. En menos de dos latidos de corazón se esfumó. Había desaparecido.

—¡Hala! —exclamó Luna.

Sauce había erizado el lomo y movía los ojos de lado a lado.

Pincho volvió a aparecer, en esa ocasión tumbado encima del banco como si tomara el sol. Era el mismo truco que había usado antes, en la penumbra de la maleza. Verlo allí, a plena luz del día, resultaba incluso más extraño.

—Es fácil cuando le pillas el tranquillo —dijo.

—Presumido —musitó Esquivo.

Al mismo tiempo, la rata tensó los bigotes y miró la lata aplastada junto a la papelera.

Su cuerpo se estremeció y la lata empezó a elevarse.

Luna la observó boquiabierta mientras oscilaba un momento en el aire y luego salía disparada hacia arriba en un amplio arco, hasta aterrizar en la papelera con un estruendo.

—¡Qué pasada! —exclamó Luna y agradeció que la rata solo la hubiera elevado a una cola de distancia del suelo.

—El ánima abunda en la mayor parte del parque. Bueno, más o menos —explicó Pincho. Luego clavó la mirada en Luna—. Prueba tú.

—¿Ahora?

Pincho examinó de forma ostensible sus alrededores.

—Ahora no hay nadie mirando. Veamos de lo que eres capaz.

Luna intercambió una mirada con su hermana. El semblante de Sauce no reveló nada; ponía la misma cara que antes, cuando había aceptado a regañadientes seguir al perro y a la rata: parecía preocupada, pero resignada. Luna subió al banco junto a Pincho.

—Bueno, ¿qué hago?

—Cierra los ojos. —Luna obedeció y bloqueó la luz del sol—. Vale, ahora intenta sentir el ánima. Deja que te rodee, que te llene.

Luna se sorprendió a sí misma. Ya podía sentir…

algo. Al principio parecía una ligera brisa que le hacía cosquillas en el pelaje, pero, cuando se concentró, descubrió que el aire se acumulaba en corrientes grandes y agradables.

Era algo suave pero poderoso, con la capacidad de levantarle las cuatro patas del banco y volverla ingrávida.

—La siento… —susurró.

—Tómala —musitó Pincho—. Respírala.

Luna cogió una profunda bocanada de aire y le pareció que la ciudad inspiraba al mismo tiempo.

Las corrientes se calmaron, entraron en ella y la llenaron.

El pecho, las patas, la mente: todo parecía bañado con la misma calidez.

Era una sensación placentera, pero también peligrosa; si tomaba demasiado, la aplastaría.

La calidez se concentró en una bola de calor dentro de Luna.

—Y ahora, ¡úsala! —gruñó Pincho.

Luna abrió los ojos de golpe al liberar la energía.

Una lengua de fuego atravesó el cielo desde un punto justo delante de sus ojos y chamuscó el aire sobre sus cabezas.

Incluso Pincho retrocedió. Luna vio el reflejo naranja en los ojos abiertos de su hermana.

Suspiró, maravillada por su propia hazaña.

«¡Eso lo he hecho yo!».

—¡Cielos! —chilló Esquivo.

El fuego ardió durante un instante y luego desapareció, dejando un olor acre en el aire.

—¡Bien hecho! —aulló Pincho y saltó del banco—. Qué ganas de que conozcas a los demás.

Daba vueltas sobre sí mismo como un cachorro de lo emocionado que estaba. Luna, sin embargo, se sintió vacía de repente y le costaba respirar.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Sauce en voz baja.

Luna se frotó una oreja con la pata.

—Creo que sí. Cansada.

—Puede quitarte mucha energía —explicó Esquivo—. No te preocupes, con práctica te será más fácil.

—Espectacular —dijo Sauce, pero su voz sonó apagada.

Luna sabía el motivo: con cada demostración de su magia, se alejaban un paso más de la certeza y la comodidad de su antigua vida.

—Deberías intentarlo tú —ronroneó.

—No… no sé —contestó Sauce—. Creo que no tengo poderes.

Luna miró a los otros animales.

—Habéis dicho que las dos somos afines a la magia, ¿verdad?

—Sin duda —respondió Pincho—. La mayoría de animales afines tienen un poder que les sale natural. Con el tiempo se pueden desarrollar otros.