Indomables (El despertar de la magia 1) Capítulo Dos
13%

Capítulo Dos

«¿ L UNA?».

El corazón de Sauce dio un vuelco cuando oyó el extraño alarido de su hermana. El pánico la hizo acelerar y se lanzó de cabeza hacia los árboles, pero se detuvo con un derrape.

Lo que vio no tenía sentido.

De algún modo, Luna estaba clavada en el aire y retorcía las patas como si intentara tocar el suelo de nuevo. Durante un instante, Sauce tuvo miedo de que una rama hubiera empalado a su hermana, pero, al verla de cerca, vio que no era el caso. Su hermana… flotaba.

Sauce centró su atención en la rata, que se aproximaba a Luna.

—Te pensabas que ibas a comerme para desayunar, ¿verdad?

La cabeza de Sauce dio más vueltas al oír esas palabras.

Las ratas no hablaban, del mismo modo que los gatos no flotaban.

Pero ambas cosas estaban ocurriendo justo delante de ella.

Los ojos de la rata ardían de rabia mientras se acercaba a Luna enseñando los dientes.

Al parecer, no había visto a Sauce entre las sombras.

La gata saltó y la rata la vio por fin, pero era demasiado tarde.

Sauce aterrizó encima de ella, con las garras listas, y la lanzó rodando por la hojarasca.

Antes de que la rata pudiera recuperarse, Sauce la atrapó con una pata para evitar que la mordiera mientras se retorcía y chasqueaba los dientes.

En ese instante, Luna cayó del aire y aterrizó en el suelo hecha una maraña de pelaje blanco y negro.

—¿Qué ha pasado? —jadeó Sauce.

Luna temblaba.

—No… no lo sé.

—¡Cuentaverdades! ¡Tendría que haberlo sabido! ¡Soltadme! —gruñó la rata.

Sauce ajustó el peso y la rata chilló.

—¿Quieres hacer los honores? —le preguntó a su hermana.

Pero Luna miraba algo detrás de ella.

Una nueva oleada de terror recorrió la columna de Sauce cuando el cálido hedor de un depredador le cosquilleó en la nariz. Un perro de pelaje áspero y color arena entró en el claro, con la cabeza gacha y las orejas hacia atrás.

—¡Soltadlo! —ladró y reveló unos dientes amarillentos bajo el hocico arrugado.

Sauce retrocedió un paso sin querer y liberó a la rata, que echó a correr hacia el perro. La gata sopesó sus opciones: ¿luchar o huir?

Su hermana se mantenía firme, con el lomo arqueado y siseando. Sauce, que la conocía bien, sabía que estaba a punto de atacar. Y sería un error casi seguro… El perro no parecía ningún cobarde.

—¡No! —la advirtió.

Pero los ojos de Luna se encendieron de repente con la intensidad de los faros de un coche.

Con un fogonazo, llegó una oleada de calor que hizo retroceder a Sauce, aterrada.

La rata se escondió entre las patas del perro, pero este se estremeció y desapareció.

Sauce movió la cabeza para ver por dónde se había marchado.

Justo donde había estado el perro, un arbusto se prendió fuego; las hojas se enroscaron y se ennegrecieron.

Tan rápido como había aparecido, el fuego se apagó y dejó las ramas humeantes y grises.

A Sauce casi se le salió el corazón del pecho.

Parpadeaba con desconcierto, intentando encontrarle un sentido a lo que había visto.

Casi podía oler sus propios bigotes chamuscados.

—¿Luna? —gimoteó.

De algún modo, el perro volvió a materializarse a unos pasos de distancia.

La mente de Sauce le decía que era imposible que algo se moviera tan rápido…

y, de hecho, no lo había visto moverse, sino más bien aparecer y desaparecer en un parpadeo.

Ahora se erguía con aire protector ante la rata.

Bajo el pelo ralo, Sauce distinguió el contorno de sus costillas al jadear.

Sacudió la cabeza; le costaba procesar lo que había visto.

Se acercó arrastrándose a su hermana. El aire que rodeaba a Luna todavía estaba caliente, como si emanara de su pelaje.

—¿Estás bien? —maulló.

El perro y la rata las observaban. Por la manera en la que Luna recogía el rabo entre las patas, Sauce sabía que estaba conmocionada.

Luna observaba el matorral humeante.

—No… yo no quería… —musitó.

—Bueno, pues no vuelvas a hacerlo o la cosa se pondrá fea —dijo la rata—. Los Cuentaverdades sabéis a quién pertenece este territorio.

—No sé qué ha pasado —maulló Luna.

Se dejó caer al suelo, con las orejas aplastadas, de una forma que su hermana nunca había visto antes.

Sauce se colocó con aire protector entre los otros animales y Luna. Al parecer, el perro y la rata eran compañeros.

—¿Quiénes sois? —les preguntó.

—Aquí somos nosotros quienes hacemos las preguntas —gruñó el perro—. Este territorio pertenece a la Alianza Salvaje, como bien sabéis.

—No… no sabemos lo que significa eso —maulló Luna.

La rata ladeó la cabeza.

—¿Sabes, Pincho? Creo que no son Cuentaverdades.

—¿Por qué lo dices? Podrían ser espías. Nuevas reclutas. Te fías demasiado, Esquivo.

—No somos espías —siseó Sauce—. Ni Cuentaverdades, sea lo que sea eso.

—Nunca había visto una magia de fuego tan poderosa como esa —chilló la rata, moviendo la nariz—. No en alguien tan joven.

—¿Magia? —maulló Sauce y restregó el morro contra su hermana, pero no apartó la vista de los otros animales—. ¿Hablas en serio?

El perro se sentó sobre los cuartos traseros.

—¿Qué otra cosa crees que puede prender fuego a un arbusto?

Sauce sintió que Luna se relajaba un poco a su lado y la tensión abandonaba su cuerpo.

—No lo había hecho antes —maulló su hermana—. No puedo hacer… magia.

—Ni siquiera sabe que es afín —se rio la rata.

«Cuentaverdades… Alianza Salvaje… Afín…». Hablaban en otro idioma y Sauce se sentía tonta, impotente y bastante irritada.

—Mirad, no era nuestra intención entrar en vuestro «territorio» ni nada por el estilo —dijo—. Nos marchamos.

Hizo amago de darse la vuelta, pero su hermana seguía clavando la mirada en el perro y la rata.

—¿Cómo es que podemos entenderos? —preguntó.

—Como ha dicho Esquivo —contestó el perro—, eres afín. Todas las criaturas mágicas pueden comunicarse.

—¿Incluso las ratas? —inquirió Luna con incredulidad.

Esquivo, la rata, sacudió los largos bigotes.

—Qué maja.

—Incluso las ratas —contestó Pincho, el perro, con un resoplido. Se sacudió el pelaje y unos cuantos pelos cayeron flotando hasta el suelo—. Me da a mí que tenéis muchas cosas que aprender.

La tensión había desaparecido, igual que el fuego del arbusto chamuscado. Sauce se atrevió a apartar los ojos de los desconocidos para lamer la frente de su hermana. Nada de aquello tenía sentido y, aun así, era innegable que estaba pasando.

—Está siendo un día raro —comentó.

Pincho bajó la cabeza y le susurró algo a Esquivo, que se quedó quieto un momento hasta que asintió con el hocico.

—Mira, será mejor que vengas con nosotros. Los afines debemos permanecer juntos. El resto de la Alianza Salvaje lo entenderá.

Sauce sintió una punzada de incomodidad. La rata parecía estar hablando solo sobre Luna. La magia de su hermana (si era eso lo que había provocado el fuego) era impresionante. No le extrañaba que se interesaran en ella. Pero también daba miedo.

—En algún momento tendrás que elegir un aquelarre —añadió Pincho— y nosotros somos los mejores.

Por el brillo en la mirada de Luna, Sauce supo que le costaría convencerla de rechazar la invitación. Pero eso no significaba que pudieran ir con dos animales a quienes apenas conocían (encima, uno era un perro con pinta de hambriento) para encontrarse con esa supuesta Alianza Salvaje.

—Habladlo entre vosotras —dijo Esquivo—. Démosles un poco de espacio, Pincho.

Era raro, pero la rata parecía estar al mando. Los dos animales se alejaron un poco.

—No lo tengo claro —dijo Sauce con un maullido grave al oído de su hermana.

Luna restregó la cabeza contra la suya y Sauce supo lo que iba a decir antes de que las palabras salieran de su boca.

—Creo que deberíamos ir con ellos.

—No sabemos quiénes son. Dicen que no nos harán daño, pero ¿te fías de una rata? —Miró al perro con nerviosismo—. ¿Y si es un truco? ¡El perro podría tener a toda una manada esperándonos!

—El perro podría habernos atacado ya —maulló Luna—. Sé que tienes miedo, pero…

—No es eso… —contestó Sauce.

Empezaba a desear no haber entrado en el parque.

—Entonces, ¿qué? —insistió su hermana. Antes de que Sauce pudiera pensar en qué decir, Luna añadió—: No podemos pasar esto por alto. ¡Esa rata habla! Ha dicho que tengo poderes mágicos…

La emoción era palpable en la voz de su hermana y Sauce no podía culparla. Las dos se habían llevado un buen susto, pero por eso debían proceder con cautela y no tomar decisiones precipitadas.

«No necesitamos a más gente. Tenemos que encontrar otro refugio seguro, establecer un territorio de caza y evaluar nuestra situación».

—No sé —dijo Sauce—. Podemos sobrevivir sin ayuda… Una muestra de ello es que hemos cazado algunas palomas. Puede que lo pasemos mal unos días, pero encontraremos otro sitio en el que fundar un nuevo hogar.

Luna observó fijamente a su hermana. Sus pupilas resaltaban en el dorado de sus iris.

—¿Te acuerdas de cómo vivíamos antes de encontrar el restaurante?

—Sí —dijo Sauce en voz baja—. Fue horrible.

«Horrible» apenas le hacía justicia.

Noches frías acurrucadas la una contra la otra, asoladas por tormentas de pena, siempre con hambre y con un miedo casi constante.

—Y cuando vimos la puerta entreabierta, apenas una rendija… ¿Te acuerdas de que no querías entrar? —Sauce se acordaba, pero solo un poco. En aquella época le daba miedo todo, hasta casi paralizarla—. Si no hubiéramos entrado, nunca habríamos encontrado el restaurante.

Sauce comprendía a dónde quería llegar su hermana, pero aquello le parecía distinto. Había perros, ratas parlantes y magia. Seguro que Luna lo entendía.

—Está pasando algo que no comprendemos —continuó su hermana—. Le he prendido fuego al arbusto. No tengo ni idea de cómo, pero lo he hecho. ¿Y si…?

Pero no pareció capaz de terminar ese pensamiento.

—Y si… ¿qué? —insistió Sauce.

—Nada. Creo… que los necesitamos.

Sauce abrió la boca para protestar, pero no encontró las palabras.

—Yo puedo cuidar de las dos —dijo en un maullido débil.

—No necesito que cuides de mí —replicó Luna—. Necesito entender qué pasa. —Durante un momento, reinó el silencio entre ambas. Luna lo rompió al hablar—: Yo digo que los acompañemos. Y, si la cosa no sale bien, habrá sido una pequeña aventura divertida. Nada nos impide seguir nuestro camino.

Sauce sabía que había perdido la discusión, como solía pasar. Su hermana estaba decidida y, si Sauce seguía discrepando, Luna solo se pondría más terca.

—De acuerdo, Lu —ronroneó—. Mientras estemos juntas…

—Siempre —maulló Luna.

La empujó juguetona con la frente y Sauce sintió una oleada de frustración. «Sabe que se ha salido con la suya». Luego se giraron para hablar con Pincho y Esquivo:

—Iremos con vosotros.

Pincho movió la cola despacio.

—¡Sabia decisión! Es por aquí. —Se giró para partir, pero luego las miró por encima del hombro—. Pero no más fuegos, por favor. Ese último ha estado demasiado cerca.

—Lo intentaré —contestó Luna con ligereza y siguió al perro sin ni siquiera mirar a su hermana.

Sauce se tragó el orgullo, aunque no el nerviosismo, y fue tras ella.

«Espero que esto no sea un error».