Capítulo Uno #2
El coche bajo el que se escondían soltó un chillido extraño y unas luces iluminaron el suelo mojado en cada esquina. Las dos gatas se quedaron inmóviles.
Unos pasos se acercaban. Un ser humano había salido de un edificio al otro lado del asfalto y se encaminaba justo hacia su escondite. ¿Las había visto? Luna se preparó para salir corriendo de allí.
Pero el humano se detuvo, abrió la puerta y subió.
Un segundo más tarde, el coche cobró vida con un rugido que pareció sacudir a Luna hasta la médula.
La gata apretó el cuerpo contra el de su hermana y ambas se encogieron cuando el coche se marchó por la carretera y las dejó al descubierto.
El vehículo soltaba nubes de humo y las ruedas rociaban agua a su paso.
—¿Eso no ha sido suficiente diversión para ti? —preguntó Sauce mientras corrían hacia la acera mojada.
Luna se estremeció. No sabían nada sobre los peligros que escondía la ciudad. Si iban a explorarla, necesitarían un lugar seguro al que regresar cada noche, un lugar lejos de los ojos humanos.
Le rugió el estómago y el de Sauce enseguida lo imitó.
—Parece que pensamos lo mismo —maulló Luna.
—¡A por el desayuno!
Intentaron ir por las calles más tranquilas, pegadas a los muros de los edificios altos.
La ciudad despertaba a su alrededor; los coches sofocaban las calles y los humanos salían a ocuparse de sus asuntos en medio de luces parpadeantes y sonidos estridentes.
Luna intentó orientarse durante un rato, memorizando los giros que tomaban desde el restaurante. Pero al final se rindió.
«Ya no vamos a volver».
Los olores de la ciudad resultaban abrumadores.
De los escaparates les llegaba el aroma a comida y los vehículos emitían humo.
Vieron uno enorme, tanto que casi bloqueaba el cielo, y repleto de humanos.
Entre los olores captaron también los de otros animales; el instinto les indicó que debían ser cautelosas.
Aun así, con cada paso que daban hacia lo desconocido, la confianza de Luna aumentaba.
Había peligro, sí, pero una ciudad tan grande estaba llena de oportunidades.
Con su hermana a su lado, encontrarían la manera de sobrevivir.
No le sorprendió ver que Sauce se mostraba cauta a la hora de explorar el nuevo mundo.
Su hermana siempre había sido más cuidadosa.
Dudaba más en las esquinas. Seguía con la mirada cada ruido extraño y avanzaba por la acera con la cabeza gacha y la cola entre las patas.
Luna redujo el ritmo para no adelantarse demasiado y ronroneó para tranquilizarla.
«Necesita tiempo para adaptarse, eso es todo».
Sin embargo, cuando llegaron a una zona abierta con hierba y árboles, Sauce enderezó las orejas y movió la nariz.
—¿Hueles eso?
—Palomas —ronroneó Luna. Se le hizo la boca agua.
No habían probado una paloma desde poco después de dejar de mamar, cuando su madre atrapó una en el jardín de la casa humana y les dio unos jugosos trozos. Luna entendió entonces que su madre había sido una cazadora excelente, pues en esa época les traía todo tipo de delicias de sus expediciones.
Rejas de metal rodeaban todo el parque, pero se deslizaron entre ellas con facilidad y se arrastraron por la maleza que crecía al otro lado.
Luna los vio desde los matorrales: una bandada numerosa de pájaros alrededor de una papelera a rebosar.
Otros revoloteaban y aleteaban por encima en busca de un lugar en el que aterrizar y compartir el festín.
—Envíalas hacia mí —murmuró Sauce.
Luna indicó que estaba conforme con un movimiento de cola y observó a Sauce alejarse hacia la izquierda con el cuerpo pegado al suelo.
Las palomas estaban tan ocupadas comiendo que no vieron que la gata las rodeaba en un arco amplio.
Aunque hubieran estado alerta, Luna dudaba que la hubieran visto.
Sauce se movía en intervalos regulares y se detenía para fundirse con el entorno.
A veces, Luna tenía que entornar los ojos para distinguir la silueta gris de su hermana entre el follaje y, aun así, había momentos en los que no la veía.
Su madre no le había enseñado a acechar, pero Sauce lo hacía con la misma naturalidad con la que respiraba. Y, aunque las hermanas ya habían practicado mucho lo que debían hacer, Luna siempre sentía una punzada de envidia ante esa habilidad de Sauce.
No tardó en ver el destello de los ojos azules de su hermana cerca de un parterre, a unos pasos de donde se alimentaban las palomas. El resto de su cuerpo se materializó, con los músculos tensos y listos. Le tocaba a Luna hacer su parte.
Se le aceleró el corazón mientras se aproximaba a rastras, pegada al suelo, preparada para atacar.
Como en cada cacería, el calor se acumuló en su interior y chisporroteó en todos los mechones de pelo.
Se sentía poderosa, viva y casi invencible.
El calor le afilaba las uñas de tal manera que podrían atravesar cualquier cosa.
Su mirada se posó en una paloma gorda, justo en medio de la bandada.
Echó a correr a toda prisa por la hierba, y luego por el asfalto, directa hacia la paloma.
El tiempo pareció ralentizarse. Una a una, las aves giraron la cabeza en su dirección.
Abrieron los ojos y extendieron las alas, pero Luna ya sabía que había ganado tanto impulso que no podrían huir de ella.
La bandada empezó a elevarse del suelo en un ascenso simultáneo de plumas.
Las alas y los chillidos se enredaban en medio del pánico.
Luna alcanzó su objetivo: se impulsó con las patas traseras y extendió las garras delanteras para clavarlas en el costado de su presa y aterrizar sobre ella.
Con un mordisco despachó al pájaro, que aleteaba presa del pánico.
Escupió un poco del plumaje aterciopelado y se quedó encima del cuerpo, aferrándolo con las uñas.
El resto de la bandada intentó huir volando, pero Sauce las estaba esperando.
Con una facilidad lánguida, saltó y retorció el cuerpo, que pareció quedarse suspendido en el aire.
Atrapó una paloma, luego una segunda, y las arrastró a tierra antes de acabar con ellas con sus dientes afilados como agujas.
La sangre de Luna todavía palpitaba caliente por la caza.
Por un momento, las cosas pintaban bien. Gracias al éxito de la cacería, olvidaron el horror de la noche anterior y lo incierto de su situación.
—¡Menudo equipo hacemos! —maulló Sauce.
Habían arrastrado sus premios debajo de unos arbustos y, refugiadas allí, empezaron a devorar sus deliciosas presas.
—Has estado espectacular —ronroneó Luna—. ¡No sabían lo que se les venía encima!
Su hermana se detuvo un momento y alzó la mirada entre los huesos, ya casi limpios.
—¿Sabes? Me he notado… rara. Pero en el buen sentido.
Luna tragó un bocado de carne.
—Yo estaba pensando lo mismo.
Habían colaborado juntas infinidad de veces, como era lógico, para arrinconar a los ratones que se atrevían a salir de las paredes del restaurante. Pero algo en el parque, y también con las palomas, había sido totalmente distinto. A lo mejor era porque estaban fuera, al aire libre.
«No —pensó Luna—. No es eso…».
—Me siento… no sé… más viva —maulló Sauce.
«Sí —pensó su hermana—. Vitalidad». Como si hubieran vivido debajo de un cielo negro y, de repente, hubiera salido el sol.
El pelo del cuello se le erizó al presentir un peligro. Luna giró la cabeza y arqueó el lomo. Un par de ojos relucían a unos pasos de distancia, en la parte baja de la maleza. Por cómo estaban situados, Luna supo enseguida lo que era.
—Una rata —siseó.
—Déjala en paz —la aconsejó Sauce—. Tenemos suficiente.
Los ojos de Luna relucieron cuando la criatura se marchó a toda prisa. Sus piernas respondieron y echaron a correr tras ella.
—¡Lu, espera!
Luna sabía que su hermana la seguiría y la oyó correr tras ella.
Las ratas podían ser despiadadas en una pelea, pero esta no tendría ninguna posibilidad contra ellas dos.
Salieron de los arbustos hacia la hierba, bajo el cielo abierto.
Luna oyó a una anciana humana gritar, pero tenía la vista fija en su presa, que correteaba de un lado para otro.
Luna imitó su forma de correr en zigzag y fue ganando terreno cada vez que la rata intentaba esquivarla.
Pero entonces la criatura pareció cambiar de táctica y se dirigió hacia una arboleda.
«Grave error», pensó Luna. Se le hizo la boca agua.
Si la rata seguía una línea recta, no podría escapar. Luna se adentró en los árboles tras ella.
Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra, la vio abrirse paso por el suelo mullido y cubierto de agujas de pino.
Pero su ritmo empezaba a decaer. La rata se detuvo en seco y se giró para enfrentarse a ella con una mirada fulminante.
Así que era una luchadora. Luna notó que las uñas se le alargaban por la excitación y saltó.
—¡Detente! —siseó la rata.
La palabra golpeó a Luna como un puñetazo. ¿Una rata que hablaba?
De repente, algo iba mal; una extraña sensación se apoderó de sus extremidades. Estaba atrapada en el aire, suspendida, sin nada bajo sus patas. Presa del pánico, intentó moverse, pero lo único que pudo hacer fue retorcerse por encima del suelo.
La rata la observó desafiante mientras Luna agitaba las patas y la cola.
—¡No te acerques ni un paso más!