Indomables (El despertar de la magia 1) Capítulo Uno
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Capítulo Uno

A LGO LA PERSEGUÍA.

Luna zigzagueaba adelante y atrás, corría todo lo rápido que podía y golpeaba el suelo con las patas, pero no sirvió de nada.

Lo que iba tras ella (estaba demasiado asustada para girarse y mirar) le ganaba terreno.

Olía su aliento fétido, sentía el calor de su cuerpo cada vez más cerca.

«No puedo dejar que me atrape —pensó con impotencia—. Tengo que escapar».

—¡Lu, despierta!

Se removió, todavía medio dormida tras el sueño. La voz de Sauce sonaba apremiante, pero no lo suficiente para que Luna abriera los ojos. Su hermana siempre se alteraba por cualquier cosa. Siempre andaba preocupada. Y eso la agotaba.

—¿Qué pasa? —murmuró.

—¡Fuego! —aulló Sauce.

En esa ocasión, la voz vino acompañada por el pinchazo afilado de una uña, justo entre las costillas, y cuando Luna comprendió lo que aquello significaba, movió el hocico.

Le llegó un olor acre, junto con una punzada de alarma.

De repente, estaba despierta, estirada, sobre las cuatro patas.

Sauce se había incorporado en el mismo lugar donde se habían dormido, en el asiento de cuero desgastado de un reservado.

En la oscuridad del restaurante, la hermana de Luna era una silueta negra que movía la cola de un lado a otro con nerviosismo.

En sus ojos azules bailaban unos destellos de color naranja.

Luna apoyó las patas delanteras en el respaldo del asiento y también lo vio.

Al otro lado del cristal esmerilado de las puertas de la cocina había unas llamas borrosas y saltarinas.

Unos dedos de humo gris se deslizaban por debajo de las puertas.

En el aire pendía una espesa neblina que comenzaba a irritarle los ojos.

—Tenemos que irnos… ahora mismo —maulló Luna, intentando mantener la calma.

—¡No podemos! —replicó Sauce, retorciéndose—. Este es nuestro hogar…

—¡Este hogar está en llamas! Encontraremos otro.

Acarició el cuello de Sauce con la cabeza para alentarla a que se moviera y luego saltó del asiento al suelo de baldosas.

Sauce dedicó un instante a mirar con pánico las llamas y entonces la siguió.

Luna corrió hacia la puerta principal, pero se detuvo al ver que el humo invadía la escalera y traía consigo una oleada de calor ardiente.

—No podemos ir por ahí —maulló.

Sauce se apretó contra ella, con los ojos abiertos de par en par por el miedo. Oyeron un fuerte rugido procedente de arriba. Las dos gatas alzaron la mirada. Los paneles oscurecidos del techo se movían: parecían deformarse y ondular como el vientre de una bestia enorme.

—¡Corre! —aulló Luna y empujó con fuerza a su hermana antes de saltar en dirección contraria.

En ese momento, el techo se derrumbó en una lluvia de escombros y chispas, justo donde habían estado un momento antes. Una nube de ceniza las envolvió y Luna empezó a escupir. Por algún motivo, el fuego llegaba tanto por arriba como por abajo.

El humo se espesó más. Luna no veía a su hermana y una punzada de terror le debilitó las patas.

—¡Sauce! —gimió. No hubo respuesta—. ¡Sauce! ¿Dónde estás?

—¿Luna? —respondió su hermana en un maullido lastimero.

Y, entonces, Luna vio que se movía a través del humo.

—¿Estás bien?

Sauce sacudió el pelaje para quitarse las motas de ceniza.

—No hay salida. ¡Está por todas partes!

Luna miró con pánico el turbio humo. Sauce tenía razón. Parecía llegar de todas direcciones y saltaba hambriento de un asiento a otro.

—Allá arriba —maulló Luna y apuntó la nariz hacia unos estantes situados detrás de la barra, donde había una ventana pequeña. Siempre estaba entreabierta y le pareció que el hueco sería lo bastante ancho para pasar. No sabía lo que había al otro lado.

Las hermanas se abrieron paso entre los escombros incandescentes y humeantes de los paneles del techo, saltaron a la barra y luego a un armario viejo con puertas de cristal.

Les costaba ver por culpa de los remolinos de humo, y cada vez que Luna respiraba, sentía unas náuseas que la dejaban mareada y amenazaban con hacerla tropezar y caer.

Si caía, sabía que sería el fin. A pesar de todo, alcanzaron la ventana, desde donde el humo flotaba hacia la noche.

En el exterior caía una ligera llovizna y al otro lado de la repisa les aguardaba la dulce promesa del aire fresco, pero a Luna se le cayó el alma a las patas al ver la altura.

La calle se hallaba a dos pisos de distancia y un callejón estrecho separaba el restaurante del siguiente edificio.

Las paredes eran verticales y no vio ninguna forma de bajarlas escalando.

Un contenedor, situado a un lado, ofrecía una posible salida, pero haría falta un buen salto para alcanzarlo.

—Tenemos que saltar —maulló Luna.

Sauce miró hacia abajo.

—Está demasiado lejos.

Luna notó que las olas de calor le alcanzaban la cola. Al mirar atrás, vio que las llamas devoraban todo el restaurante.

—No tenemos otra opción —dijo.

A su hermana, que seguía mirando el suelo de abajo, le temblaban los costados de color gris. Luna sentía el miedo de Sauce casi con más intensidad que el suyo.

—Lo conseguiremos —gruñó, tanto para convencerse a sí misma como a Sauce.

¿Lo conseguirían? No lo sabía, pero era su única oportunidad. Podían sobrevivir a la caída, pero al fuego no, imposible. Se coló por el hueco de la ventana.

—Iré yo primero.

—Tengo miedo —maulló Sauce detrás de ella.

—Yo también —contestó Luna—, pero tenemos que hacerlo. Juntas, ¿vale?

Sauce asintió con la cabeza.

—Siempre —ronroneó.

Luna respiró hondo y tensó las patas traseras.

—¡Ahora! —siseó.

Saltó de la ventana con las patas extendidas.

Le pareció que pasaba una eternidad flotando en el aire, hasta que tomó velocidad y se precipitó hacia el suelo.

Sus cuatro patas aterrizaron con un golpe sordo en la tapa del contenedor.

Habían amortiguado el impacto. Sauce aterrizó un latido más tarde; resbaló un poco, pero mantuvo el equilibrio.

—¡Lo hemos conseguido! —exclamó Sauce.

El alivio inundó a Luna desde los bigotes hasta la cola. Pese a que le ardían los pulmones, respiró hondo. En la oscuridad del callejón, la única luz procedía de las ventanas del restaurante, cada una encendida de un rojo furioso.

—Está destruido —maulló en voz baja.

Sauce también alzó la mirada y luego restregó el hocico en el cuello de su hermana.

—Todo saldrá bien… —ronroneó poco convencida.

A medida que el miedo y la euforia por el salto abandonaban sus venas, la desesperación amenazó con aplastar a Luna.

El viejo restaurante era el único hogar que habían conocido.

Bueno, más o menos. Desde su huida tras la muerte de su madre, cuando aún eran unas crías, aquel lugar había sido su santuario en la ciudad, un techo sobre sus cabezas con suficientes roedores para mantenerlas alimentadas y bien alejado de humanos entrometidos.

—Todo saldrá bien —repitió Sauce.

La lluvia se convirtió en un aluvión y les enfrió el pelaje caliente.

Luna se giró hacia el final del callejón, donde las aguardaban las luces de la ciudad, borrosas por culpa del aguacero.

De repente, la vida que habían llevado en las últimas lunas, protegida y segura, se le antojó muy pequeña.

Tendría que haber sabido que no duraría para siempre.

Se sentía tonta por no haberse preparado mejor para cuando llegara el inevitable final.

Habían tenido una suerte tremenda, pero la vida sería muy distinta a partir de ahora.

Ya no podían seguir fingiendo que el mundo exterior no existía. Ahora tendrían que sobrevivir en él.

Pasaron la noche acurrucadas juntas debajo de un coche, escuchando el constante martilleo de la lluvia torrencial.

A Luna, que temblaba de un modo incontrolable, le pareció que el sueño no llegaría jamás, pero debió de quedarse dormida porque, al abrir los ojos, vio el amanecer gris. Sauce le lamía la oreja.

—Estás sucia, hermana —le maulló.

Luna ronroneó para darle las gracias y dejó que su hermana la acicalara.

Se acordó de las caricias de su madre y, durante un momento, se perdió en el recuerdo.

Pero la felicidad no podía durar. El olor a humo todavía le impregnaba la nariz y notaba las patas rígidas de estar tan tensa por el frío.

Se estiró y acercó los bigotes a la mañana.

La calle estaba desierta, aunque llena de coches aparcados. Los charcos cubrían el asfalto.

—Encontraremos otro sitio —maulló Sauce con tristeza—. Otro sitio humano de comida con ratones, ratas y sobras. ¡Puede que incluso mejor que el último! ¡Con moqueta en el suelo!

Luna restregó el morro contra su hermana.

Dedujo que ella también estaba recordando la casa que habían tenido antes del restaurante, donde vivían con su madre y el hombre humano que les dejaba cuencos con comida deliciosa que apenas hacía falta masticar.

Allí todas las superficies les parecían blandas y cálidas; cuando terminaban de jugar, lo único que debían hacer era tumbarse y dormir.

Aquello se le antojaba como un sueño lejano de días perezosos, panzas llenas y la calidez de su madre.

Era posible, durante un ratito al menos, perderse en los recuerdos, pero nunca duraba. Porque la nostalgia daba paso a lo otro: la pesadilla de cómo terminó todo cuando aquel humano que les había parecido tan amable mostró su verdadera naturaleza.

Luna se sacudió. El hollín cayó a su alrededor como una sombra.

—No deberíamos precipitarnos —maulló, todavía pensando en el pasado—. Un lugar nunca es tan bueno como parece.

Por la tristeza en los brillantes ojos azules de Sauce, vio que su hermana la había entendido.

Luna alzó las orejas para aligerar el ambiente.

—Bueno, esto podría ser una bendición. No sabemos qué otras oportunidades podrían aparecer. Podríamos vivir aventuras o… divertirnos.

—Ya —maulló Sauce con un tono cargado de falsa alegría—. ¡Pero preferiría no pasar otra noche empapada!