Indomables (El despertar de la magia 1)
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Prólogo
E L ÁNIMA LA GUIABA.
Giraba sobre el agua, invisible, pero las glándulas de Entereza estaban vivas y la percibían con la seguridad de un depredador al captar el olor a sangre.
Las mareas ocultas de la magia hacían que sus sentidos entonaran una antigua canción.
Daba igual que le fallara la vista por la edad.
Daba igual que ni una pizca de luz lunar atravesara las nubes para iluminarle el camino.
Entereza podría haber avanzado con los ojos cerrados.
La vieja sapa brincó por la orilla del río, con la llovizna cosquilleándole en el lomo y los dedos bien abiertos para agarrarse al lodo.
Sorteó los desperdicios que obstruían la corriente de agua: latas viejas y trozos de metal, envoltorios en los que todavía persistía el olor a comida humana.
La basura, traída por el viento o lanzada desde la carretera de arriba, se quedaba atrapada en los bajíos, donde se pudría u oxidaba.
Durante la juventud de Entereza, el río había fluido limpio y transparente, y su murmullo tan solo se mezclaba con el zumbido vivaz de los insectos.
O quizás la memoria le jugaba una mala pasada. Esa noche no había insectos.
Pese a los cambios que traían los años, el ánima siempre persistía. Se decía que procedía de montañas distantes, donde los seres humanos nunca se aventuraban. Había lugares en la ciudad donde costaba captar el ánima. Pero allí, junto al río, no. Allí fluía abundante y libre.
Entereza casi había alcanzado su destino, el puente que dividía la ciudad en dos y donde el Cónclave se reunía cada luna llena. Sentía un cosquilleo nervioso en el estómago, algo poco habitual en ella. Últimamente le preocupaban sus visiones y no sabía qué pensar.
Oyó el tráfico mucho antes de verlo y, al levantar la vista, vio el puente cerniéndose sobre ella.
Incluso a esa hora pasaban coches y los faros parecían crear chispas plateadas en la lluvia.
A cada extremo se elevaban las dos mitades de la ciudad, donde los seres humanos proliferaban y pululaban.
Casi nunca descendían a la parte inferior del puente; de vez en cuando, algún jovenzuelo marcaba los guardarraíles con extraños remolinos y símbolos.
«Hasta los humanos tienen sus rituales», había comentado en una ocasión la vieja Firmeza. Pero Entereza llevaba mucho tiempo sin ver a ningún ser humano allá abajo, y las marcas habían perdido color o les había crecido por encima un musgo viscoso.
Le complació ver que la mayor parte del Cónclave ya había llegado.
Tres sapos achaparrados, inmóviles como piedras, se sentaban donde la orilla se había desmoronado para formar una pequeña isla con una maraña de hierbas.
Una caja con ruedas había acabado también allá abajo y yacía volcada en los bajíos como los huesos de una criatura olvidada.
Cuando los demás vieron a Entereza, alzaron su voz gorjeante para saludarla. La sapa chapoteó por los estrechos canales para reunirse con ellos.
—Llegas tarde, anciana madre —refunfuñó Estoico.
El color de su piel era sobre todo naranja brillante, excepto en el vientre, donde la tenía blanca como la nieve.
—Muestra un poco de respeto a nuestra líder —le instó Fortaleza, un sapo pequeño de color verde—. Ya tiene dieciocho veranos.
—Y puede responder por sí misma —lo regañó Entereza mientras trepaba hacia la isla—. Pero Estoico tiene razón. Siento haberos hecho esperar. Me temo que mis patas han perdido brío últimamente.
Valor se arrastró hacia ella; era el sapo más joven del Cónclave, de color oscuro, con largas patas y la cabeza estrecha.
Lo habían admitido hacía tan solo cinco lunas, tras la muerte prematura de la pobre Firmeza, aplastada por las ruedas de un coche mientras seguía atontada por la hibernación.
Aun así, a pesar de su juventud, Entereza ya presentía que Valor tenía una potente afinidad con la magia, quizás incluso más que el resto de los sapos.
—Me alegro de que hayas venido —trinó Valor en voz baja—. Mis visiones… están siendo…
—Aún no —intervino Estoico—. Debemos seguir la costumbre. Resiliencia no ha llegado.
—¡Sí, estoy aquí! —dijo una voz entre las sombras, seguida por el plaf y el plof de un sapo al moverse a gran velocidad por un terreno pantanoso.
Cuando los alcanzó, sus flancos rugosos temblaban por el esfuerzo—.
Los humanos han erigido una nueva morada justo en mi ruta habitual. He tenido que buscar otro camino.
—¿Es que nunca pararán? —musitó Fortaleza—. ¡Dentro de nada no quedará naturaleza!
—Es cierto, los humanos nos invaden cada vez más. Y el ánima ya no fluye con tanta fuerza. Pero, mientras haya ánima, siempre habrá lugar para nuestra gente —trinó Entereza. Aguardó a que Resiliencia recuperara el aliento antes de dirigirse a Valor—: Joven, cuéntanos la visión que has tenido.
Valor carraspeó.
—Estaba en mi lugar habitual, en lo alto de un rascacielos —empezó a relatar en voz baja—.
Era un amanecer tormentoso. El viento hacía que la lluvia cayera de lado y los relámpagos relucían en el vientre de las nubes.
Pero, durante un instante, apareció un trozo de cielo despejado y me mostró la forma del futuro.
Vi un árbol de ramas caídas y, detrás, una luna pálida y amarilla.
Su luz, que atravesaba las ramas, se convirtió en una garra que rasguñaba la ciudad de abajo.
Me pareció tan real que me la imaginé abriendo surcos en las calles.
Entereza tragó saliva con fuerza al comprender sus palabras. A lo mejor se trataba de una coincidencia que ella hubiera visto lo mismo.
—¿Un árbol en las nubes? —croó Estoico—. ¿Estás seguro?
Entereza pateó con suavidad el suelo.
—Si ha dicho que lo ha visto, ¿por qué dudas de su palabra?
Estoico se removió un poco.
—No pretendía ofenderlo, anciana madre —dijo con la voz ronca—.
Es que… Bueno, yo he visto algo similar.
—Todas las cabezas se giraron hacia él y Entereza sintió que se le arrugaba la piel—.
Estaba en el parque de la ciudad. Hay un sitio donde nunca van los niños ni los perros, donde el terreno es pantanoso y el ambiente, húmedo y oscuro.
Desde allí, veo la fuente. Nadie que no sea afín a la magia lo sabrá, pero el ánima se acumula donde cae el agua.
Ahí vi la luna también, pero en mi visión el árbol se expandía hacia arriba, como si quisiera bajarla a la tierra.
Entereza tuvo la extraña sensación de que la noche la oprimía por todas partes. No estaba lista para compartir su propia visión, pero, tras oír aquello, el temor le pesaba en las entrañas.
—¡Yo también lo he visto! —gorjeó Fortaleza—. En el fondo de mi estanque, entre las algas negras, vi una luna que ardía en llamas encima de un árbol. Mientras observaba, las hojas se convirtieron en ceniza y cayeron hasta dejar las ramas desnudas y ennegrecidas.
—¿Y tú, Resiliencia? —preguntó Entereza.
El último sapo en llegar la examinó con sus pequeños ojos negros y brillantes. Hinchó la garganta como para armarse de valor.
—Lo mismo —cloqueó—. Una luna y un árbol en conflicto. ¿Qué significa?
Entereza se humedeció los labios con la lengua.
—Yo también lo he visto —dijo—. Casi cada noche desde nuestra última reunión.
En mis visiones, la luna crece y mengua y, junto con ella, el árbol se marchita y florece.
Cuando uno prospera, el otro sufre. Es como si ambos estuvieran conectados…
Como si pelearan por el mismo aliento que los sustenta.
—Tembló al recordar esas inquietantes imágenes—.
No sé qué presagiará, pero no podemos ignorarlo.
Se avecina algo importante. Una gran lucha.
—El silencio se apoderó del Cónclave; el único sonido procedía del tráfico sobre sus cabezas—. Acercaos.
Entereza se aproximó al borde del río y el Cónclave se congregó a su alrededor. El agua estaba negra como el cielo nocturno y no ofrecía ningún reflejo. Aun así, la sapa captó el ánima, densa, rica y vivificante.
—Prestadme vuestro poder —les pidió—. Juntos, podremos ver con más claridad.
Cerró los ojos, respiró hondo y oyó a sus compañeros sapos hacer lo mismo.
Al inspirar, el ánima la llenó, cálida como la orilla en un día de verano.
Y, aunque no podía ver al Cónclave a su lado, sintió su presencia a través del ánima que la envolvía en su densa corriente.
Sintió que la elevaba, y el peso de los años pareció desaparecer de sus extremidades cansadas.
Entereza metió la cabeza en el agua oscura, donde el ánima desdibujaba las fronteras entre el mundo pasado y presente; donde los espíritus de sus ancestros, y también de antiguos miembros del Cónclave, se fundían en uno.
Y allí, en su mente, vio el futuro.
Entereza sacó la cabeza del agua y algunas gotas aterrizaron en los otros miembros del Cónclave. La sapa se apartó trastabillando del borde del río y se le escapó un grito.
—¿Qué pasa? —preguntó Fortaleza.
—¿Qué has visto? —croó Resiliencia.
Poco a poco, el ánima se escurrió de sus venas y la dejó temblorosa. La visión era más intensa que cualquier otra que hubiera tenido antes. Temblaba hasta la punta de los dedos.
—¡Cuéntanoslo, por favor! —gorjeó Estoico—. ¿Era malo?
Entereza se volvió hacia ellos. Todos los sapos la observaban. «Quieren respuestas, pero ¿qué les digo?».
—No… no sé qué significa.
—Pero ¿has visto algo? —inquirió Valor.
De eso no cabía la menor duda. No solo lo había visto: también lo había sentido en cada fibra de su ser.
Calor por la piel.
Humo en la nariz.
Un chasquido en los oídos.
Una ola naranja abalanzándose hacia ella.
—Sí —balbuceó—. He visto fuego. Un fuego muy muy terrible.