Indefendible (El legado de Volkov 1) 45 . TORTURA MENTAL
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45 . TORTURA MENTAL

I found — Amber Run

Coger pañuelos por favor.

El dolor es lo primero que regresa.

Una pulsación sorda y abrasadora late en la base de mi cráneo, extendiéndose por todo mi cuerpo hasta arrancarme un gemido ahogado.

Abro los ojos de golpe, pero la intensa luz que cuelga del techo me obliga a entrecerrarlos de inmediato.

Todo da vueltas. El estómago se me revuelve y el sabor metálico de la sangre todavía permanece en mi boca.

Parpadeo varias veces, intentando enfocar.

¿Dónde...?

El recuerdo me golpea de golpe.

La explosión.

El humo.

Ilenko cayendo de rodilla mientras me arrancaban de su lado.

Intento incorporarme con un movimiento brusco, pero mis brazos apenas recorren unos centímetros antes de que un tirón seco me detenga.

Clac.

El sonido metálico de unas cadenas chocando contra el cabecero retumba en las cuatro paredes de la habitación.

El pánico me atraviesa el pecho como una descarga eléctrica. Un sudor frío me cubre la piel en cuestión de segundos.

Bajo la mirada y me doy cuenta de que estoy tumbada boca arriba sobre una cama inmensa.

Llevo la misma ropa con la que salí de Sicilia, todavía manchada de polvo y sangre seca.

Mis muñecas permanecen sujetas por gruesos grilletes de acero al cabecero, y mis tobillos están inmovilizados de la misma manera.

Forcejeo con todas mis fuerzas que me quedan en el cuerpo. Tiro del acero hasta sentir que la piel de las muñecas se me desgarra.

Una vez.

Otra.

Otra más.

Las esposas ni siquiera se inmutan. Solo devuelven un sonido frío.

—Tranquila, bambina . No quiero que te hagas daño.

Esa voz.Grave.Pausada.Inconfundiblemente cargada e veneno.

La sangre se me hiela en las venas. Siento como cada músculo de mi cuerpo se petrifica al instante.

Giro lentamente la cabeza hacia un lado, ignorando el pinchazo de dolor agudo en la nuca.

Sentado con absoluta tranquilidad en un sillón de terciopelo oscuro, con una pierna cruzada sobre la otra y un vaso de whisky entre los dedos, está Marcello Sforza.

Ya no lleva la americana. La camisa blanca de lino, remangada hasta los antebrazos, deja ver unos músculos relajados que contrastan con la amenaza que desprende. Me observa sin apartar la vista de mí, con una calma tan absoluta que resulta mucho más aterradora que cualquier grito.

Sonríe. Una curva lenta, calculada, como el cazador que ha estado sentando durante horas esperando pacientemente a que la presa abra los ojos.

— Bienvenida. Estás en mi residencia privada— dice, paseando la mirada por el cristal de su vaso antes de darle un sorbo—. Un lugar donde ni tu querido marido ni sus perros serán capaces de encontrarte.

Clavo mis ojos en los suyos, conteniendo el temblor de mi barbilla y obligándome a tragar la bilis que sube por la garganta.

— Has cometido un grave error , Marcello.— le espeto, con la voz rasposa.

— El error fue tuyo al subestimarme, Rachel— responde, dejando el vaso sobre una mesa con un golpe seco que hace vibrar el cristal— creíste que con bloquear mis cuentas me tendrías entre la espada y la pared.

Pero tu valentía y coraje solo provocaron algo mucho más peligroso que una simple sed de venganza…

Provocaron deseo. Un deseo absoluto de tenerte.

Se pone en pie despacio. Sus silueta alta bloquea la luz del techo mientras camina hacia la cama. Cada uno de sus pasos sobre la alfombra suena como una cuenta atrás.

Se detiene justo al borde del colchón. Su mirada no es humana, recorre el borde de mis clavículas, la textura de mi piel, la curva de mi cuello, devorándome con un descaro que hace que el aire de la habitación se vuelva irrespirable.

Extiende una mano lentamente hacia mi mejilla. La repulsión me inunda las venas, justo cuando sus dedos van a rozar mi piel le escupo directamente a la cara.

La saliva impacta en su mejilla y se queda paralizado.

La fijeza letal de su mirada no desaparece, todo lo contrario, sus ojos brillan con una intensidad perversa.

Lejos de enfurecerse y matarme, ese gesto de desprecio y asco absoluto, parece alimentarlo.

Pasa la lengua por su labio inferior de forma pausada y macabra, y una sonrisa sádica se dibuja en sus labios.

Antes de que puede siquiera procesar lo que eso significa, su mano se mueve como un rayo. Me agarra la mandíbula con fuerza, sus dedos se hunden en mi piel, obligándome mirarlo. Mi ojos transmiten toda la rabia que tengo dentro.

— Esto es el principio de todo, amore… — sisea, con su respiración golpeando mi rostro.

Su cara solo está a unos centímetros de la mía— Es el precio a pagar por no darme a tu hermana.

Aunque viéndote así… empiezo a dudar si realmente miraría a Hannah teniéndote a ti.

Ten paciencia. No vamos a tener ninguna prisa.

No fue fácil conseguir que la Cosa Nostra comiera de mi mano y puedo esperar el tiempo que haga falta para someterte y supliques por mí.

Se acerca aún más, pegando sus labios a la comisura de mi boca sin llegar a tocarla. El olor de su piel me produce una arcada violenta. Intento parar la cabeza hacia atrás, pero su agarre se vuelve más brutal, clavándome las uñas en la mandíbula.

— Escúchame bien. Si no aceptas y colaboras, no conseguirás nada. A las buenas… o las malas… aprenderás a quién perteneces realmente a partir de ahora.

Me suelta la cara de golpe, haciendo que mi cabeza golpee contra la almohada.

Se levanta, y sin apartar los ojos de los míos, limpia la saliva de su mejilla con sus dedos con parsimonia y chulería.

Acto seguido, se chupa los dedos lentamente, fijando su mirada en mi boca en un gesto que debería ser sexual, pero que me resulta completamente repugnante y me revuelve el estomago por completo.

Me mira una última vez, disfrutando de la mezcla de asco y furia que arde en mis ojos, y se da la vuelta. Cambia hacia la pesada puerta, apaga la luz y sale, sumiéndome instantáneamente en una penumbra opresiva. El sonido del cerrojo retumba en mi cabeza. Me deja completamente sola y atada.

Aprieto los dientes e intento tirar de las esposas hasta que las muñecas empiezan a arderme.

No sé cuánto tiempo sigo luchando.

El cansancio físico y desgaste emocional terminan por pasarme factura.

En algún punto de la penumbra asfixiante, mis ojos se cierran y me hundo en un sueño pesado, roto por pesadillas y sonidos de disparos.

No se cuántas horas ni días llevo aquí metida.

El tiempo pierde todo el sentido cuando estas encerrada entre cuatro paredes.

Cuando vuelvo a abrir los ojos, lo primero que noto es que las esposas ya no apresan mis muñecas ni mis tobillos.

Me muevo por instinto, incorporándome sobre el colchón, y in escalofrío me recorre el cuerpo al mirar mi ropa, ya no llevo ropa sucia ni ensangrentadas.

Alguien me ha cambiado. Llevo puesto un conjunto de lino negro y suave que no me pertenece.

El pánico me hace salta de la cama deprisa al percatarme de que no estoy sola. Hay tres mujeres a mi alrededor, vestidas con uniformes iguales, moviéndose en absoluto silencio por la habitación. Una de ellas termina de colocar una bandeja de plata sobre la mesa auxiliar.

— ¿Qué día es?— pregunto con urgencia, dando un paso hacia ellas.

Ninguna me mira. Mantienen la vista gacha, como si yo fuera un fantasma. La mujer que ha dejado la bandeja da un paso hacia atrás sin mirarme.

— ¡Contestadme! ¿Qué día es?¿Cuánto tiempo llevo aquí?— exijo, elevando la voz.

Las tres intercambian miradas nerviosas.

—¡Miradme cuando os hablo!— grito, desesperada.

Finalmente, una de ellas reúne el valor suficiente para hablar.

— Tiene que comer, signorina. Por favor.

Sobre la mesa, el vapor de un café flota en el aire, acompañado de un palto con tostadas. El olor me revuelve el estomago. No me muevo ni un milímetro hacia la comidas. La ida de probar un solo bocado de esta gente…me provoca náuseas.

— ¡No voy a comer una puta mierda hasta que me digáis que puto día es¡ — grito, perdiendo por completo la poca paciencia que me queda— ¡Decidme cuantos días llevo encerrada!

Las mujeres se asustan, pero antes de que alguna rompa su voto de silencio, el sonido de la puerta capta toda mi atención.

Marcello aparece de nuevo en el umbral. Lleva un traje gris hecho a medida, impecable, y una expresión de diversión al ver mi brote de furia. Las sirvientas, como si hubieran visto al mismísimo diablo, salen de la pared a toda prisa agachando la cabeza.

— Sigues teniendo demasiada energía para llevar días durmiendo a base de sedantes— dice, apoyando la espalda contra el marco de la puerta.

— ¿Cuantos?

La sonrisa de Marcello se ensancha.

— Los suficientes como para que tu marido haya bombardeado media Italia buscándote, amore mío.

Una chispa de triunfo y pura adrenalina se enciende en mi pecho al escuchar sus palabras. Siento como la sangre me vuelve a correr por fuerza por las venas. El miedo que intentaba asfixiasen se evapora por completo, sustituido por una fría y profunda reconfortante cereza.

Una oleada de paz recorre mi cuerpo. No me ha dejado de lado. En mitad de toda esta oscuridad, saber que Ilenko está moviendo cielo y tierra y destrozando un país entero solo por encontrarme, me devuelve la vida. No estoy sola.

Me obligo a relajar los hombros, mantengo la espalda recta y amparada por esa nueva y absoluta tranquilidad, le sostengo la mirada con una sonrisa lenta y llena de suficiencia.

Una sonrisa que sé que le va a escocer.

— Entonces… sabrás que eres hombre muerto. — arrastro cada silbara con una calma que contrasta salvajemente con mi brote de furia de hace unos segundos— sabes perfectamente que no parará. Reducirá este lugar a cenizas solo para poner un pie sobre tu cadáver.