45 . TORTURA MENTAL #2
La sonrisa que llevo en los labios no parece alterarlo.
Al contrario, suelta una carcajada seca, un sonido ronco que rebota en las paredes y que me eriza los pelos de la nunca.
Hay una diversión torcida en sus ojos no me gusta nada.
Da una paso lento hacia mí, metiéndose las manos en los bolsillos de su pantalón.
— Tengo que reconocer que eres ridículamente valiente, amore…
— No me hables así— lo corto con asco.
Él sonríe.
— Admiro tu fuego… pero tu apreciado ruso va a parar esa búsqueda hoy, porque tú misma se lo vas a ordenar.
— No me conoces ni a mí ni a él. Ni muerta le pediría algo así. Va a matarte hijo de puta.
— Oh… verás. Va a negociar—murmura, acortando la distancia que nos separa—. Lo hará en cuanto le digas lo que descubrimos mientras dormías.
El estómago se me contrae.
— Cuando te trajimos aquí estabas demasiado alterada.—continúa deteniéndose a un solo metro de mí—. Necesitábamos saber qué sedantes podíamos administrarte sin provocarte un paro cardíaco. Así que te hicimos una analítica completa.
Marcello se inclina hacia mí, obligándome sostenerle una mirada que se ha vuelto oscura y desquiciada.
— Los resultados llegaron hace unas horas.
Hace una pausa.
La suficiente para que el silencio me devore.
—Estás embarazada Rachel. Llevas en tu vientre al heredero de la Bratva.
El mundo se detiene.
El aire me congela los pulmones y juro que el corazón me va tan violento que me duele en el pecho.
¿Embarazada? ¿Un hijo? ¿ Un hijo de Ilenko?
Mis manos bajan de forma instintiva hacia mi vientre, cubriéndolo en un acto reflejo de protección, mientras un pánico completamente nuevo, voraz y destructivo, me devora por dentro.
La tranquilidad de hace unos segundos se hace añicos, esparciéndose como cristales rotos que me clavan la cruda realidad en el alma.
Un frío glacial me recorre la columna. Nunca había pensado en esto y mucho menos en un mundo de mafias, deudas de sangre y persecuciones. Y
mucho menos en una celda de oro, atada a la merced de un psicópata que destila odio hacia la misma sangre que ahora crece dentro de mí.
Una mezcla salvaje de amor y terror paralizante me oprime la garganta, impidiéndome respirar.
Mi instinto de supervivencia se multiplica por mí, transformándose en algo primitivo, feroz y desesperado. El peso de la responsabilidad me aplasta, hay una vida inocente, un pedazo del hombre al que amo, latiendo en mi interior y está rodeado de monstruos.
Alzo la vista despacio.
A través de la neblina que nubla mis ojos, vuelvo a mirar a Marcello.
Y, por primera vez desde que llegué a este infierno…
Siento auténtico terror.
— Así que ahora, vas a coger este teléfono y le vas a decir a tu marido que ordene la retirada inmediata de sus hombres.
— sisea Marcello, disfrutando con sadismo enfermizo de cómo se me desmorona el rostro— Porque si no para esa búsqueda, si un solo soldado de la Bratva vuelve a disparar en mi territorio…
haré que te saquen a ese engendro. O paras esto, o pierdes al niño.
Trato de respirar, pero las lágrimas de terror e impotencia empiezan a nublarme la vista. Marcello estira la mano y, con una delicadeza asquerosa, me acaricia el pelo antes de sentenciar con un veneno gélido.
El estómago se me revuelve. Mis dedos tiemblan tanto que apenas puedo estirar el brazo para coger el aparato. La pantalla está encendida.
— Vamos, amore… todavía estás a tiempo de salvarlo.
Quiero arrancarle la mano. Quiero matarlo.
Pero mi cuerpo ya no me pertenece. Pertenece al bebé que llevo dentro.
Solo existe el terror.
Mis dedos tiemblan tanto que apenas consigo sujetar el teléfono cuando me lo coloca delante. La pantalla ya esta iluminada.
Él marca el número.
El teléfono da un tono. La linea se conecta con velocidad.
— ¿Rachel? — La voz de Ilenko estalla al otro lado de la línea, rota por una desesperación que jamás le había escuchado — ¡Rachel, dime que eres tu¡ ¡Dime dónde estas!
Al oírlo, todo lo que llevaba conteniendo se Rome.
— Ilenko… — sollozo, incapaz de contener el llanto.
— Pequeña…¿Estás bien? ¿Te han hecho daño?¿ Dónde estas? Háblame, por favor…
Aprieto el teléfono con tanta fuerza que me duelen los dedos.
— Escúchame… tienes que… tienes que parar.
Al otro lado se hace un silencio de apenas un segundo. Un segundo demasiado largo y agónico.
—¿Qué has dicho?
— Tienes que retirar a la Bratva, Ilenko.
— ¿De qué coño hablas?— ruge, completamente fuera de sí— No voy a parar pequeña, quemaría el mundo entero si fuera necesario para encontrarte.
Cierro los ojos con fuerza. Las lágrimas me abrasan la piel.
Marcelo me observa, disfrutando de mi agonía con una fascinación repulsiva.
— Ilenko… por favor…
—No.
Su respuesta es inmediata. Fría. Firme.
— No pienso dejarte ahí.
— ¡TIENES QUE HACERLO! — grito entre lágrimas, mientras Marcello me sonríe con una suficiencia asquerosa— Ilenko… estoy … estoy…
— ¿ESTÁS HERIDA PEQUEÑA? ¿DIME DÓNDE…?— noto como se desespera.
Me llevo una mano al vientre. Aprieto los dedos contra la tela.
Y las palabras salen solas en un pequeño hilo de voz.
— Embarazada.
El silencio al otro lado de la línea me destroza.
No respira.
No habla.
Nada.
Solo escucho su respiración cortada.
—¿Qué…?
Su voz ya no es un ruido.
Es apenas un susurro.
— ¿Has dicho…embarazada? Un hijo…
Las lágrimas resbalan por mis mejillas sin control. No puedo seguir.
Marcelo me arrebata el teléfono de la mano antes de que consiga decir una palabra más.
Se lo lleva al oído sin dejar de mirarme.
— Ya sabes lo que tienes que hacer si quieres que tu hijo viva.
Hace una breve pausa.
— Retira a tus hombres y trae a la hermana… o la próxima vez que escuches la voz de tu mujer será mientras le arrancan a tu hijo delante de tus ojos.
Cuelga el teléfono y me mira, sonriendo mientras me rompo por completo.
Hacerlo deja el teléfono sobre la mesa con una tranquilidad enfermiza y sonriente mientras contempla cómo me desmorono por dentro.
— Bien hecho, amore, sabía que cooperarías— dice, ajustándose los puños de la camisa—. Siempre lo hacéis cuando se toca lo que uno más ama.
El corazón se recae a los pies. Lo miro sin comprender, sintiendo como el frío del perro más absoluto me cala los huesos.
—¿Qué…? — consigo articular, con la voz completamente ahogada en lágrimas.
Una carcajada baja escapa de su garganta.
—¿De verdad has creído que esto era una negociación?
Niego lentamente con la cabeza, sintiendo que el aire se me acaba
— Necesitaba detener a tu marido. Eso es todo. Y tú acabas de hacerlo por mí.
Cada palabra cae como una sentencia.
— Mientras la Bratva se retira, nosotros tendremos tiempo de movernos. Tiempo para preparar el siguiente paso. Tiempo para traer a tu querida hermana hasta aquí.
— No…
— Sí. —Sus ojos brilla. Con una satisfacción desquiciada.
— Muy pronto dejarás de sentirte sola. Tu querida hermanita vendrá a hacerte compañía.
El aire desaparece de mis pulmones.
Hannah.
No.
Por favor...
— Me niego a que un Volkov nazca de una mujer bajo mi control. No voy a permitir que esa sangre siga extendiéndose por mi tierra.
Da un paso más hacia mí.
— Disfruta estas últimas horas de ese secreto que llevas dentro.
Su voz baja hasta convertirse en un susurro.
— Porque, en cuanto Ilenko haga exactamente lo que le he ordenado... acabaremos con ese embarazo.
Mis manos vuelan instintivamente hasta mi vientre.
Todo mi cuerpo empieza a temblar.
— No...
— Sí.
Sonríe.
— Primero caerá ese niño.
Hace otra pausa, recreándose.
— Y después toda tu familia. Para que lo único a lo que tengas para aferrarte sea con quien tuviste que estar desde un primer momento. Yo.
El mundo entero deja de existir.
Solo queda una idea golpeándome la cabeza una y otra vez.
No puedo perderlos a los dos.