Indefendible (El legado de Volkov 1) 44. EL PRINCIPIO DEL FIN
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44. EL PRINCIPIO DEL FIN

War of hearts — Ruelle

El caos se desata en un latido de corazón.

A nuestras espaldas, Nikolai se arma a la velocidad de la luz. Ilenko se pone de pie, interponiendo su cuerpo entre los italianos y yo, con la pistola apuntando directamente en la frente de Marcello.

Sforza se levanta de golpe, apoyando las palmas de las manos sobre la mesa. Su fachada ha desparecido por completo; ahora es una bomba de relojería. Mira el cadáver ensangrentado en el suelo y luego clava sus ojos oscuros en mí, respirando con fuerza y sonriendo a la vez.

— Pequeña Rachel… el apellido de tu padre no era Brown, era Bianchi —suelta con veneno—. Nuestros mejores aliados en la Cosa Nostra. Al final…resulta que somos familia.

Las palabras impactan con fuerza en el salón. Mateo y el resto de los italianos levantan las armas al unísono, esperando una sola orden para acribillarnos. Siento cómo el cuerpo de Ilenko se tensa delante de mí, dispuesto a recibir el primer disparo si fuera necesario.

Pero yo no retrocedo ni un solo milímetro.

Puede que la sangre italiana corra por mis venas, pero eso no significa que les pertenezca.

El único apellido que estoy dispuesta a defender es el del hombre que tengo a mi lado.

—Me importa una puta mierda el apellido.

Desplazo el arma apenas unos centímetros, obligando a Ilenko a cederme el ángulo para apuntar directamente a Marcello.

—Considéralo una limpieza familiar.

Hago una pausa agónica.

—Y ahora baja las armas... si no quieres que tu imperio entre oficialmente en bancarrota.

— ¿De qué coño estás hablando? — sisea, con rabia.

—Hace exactamente dos horas que los servidores centrales de vuestro sistema financiero en Zúrich dejaron de funcionar.

Sonrío con frialdad.

—Vuestras cuentas, fondos de inversión y activos están congelados.

Inclino ligeramente la cabeza, disfrutando el camino de color en sus facciones.

—La persona que ha provocado ese colapso...Soy yo.

Marcello se queda petrificado, con los ojos fijos en mí mientras mis palabras se procesan en su cabeza. Un capo de la mafia sin acceso a su dinero es un rey sin corona; sus hombres no trabajan gratis, sus cargamentos no se pagan solos y su imperio se desmorona en cuestión de días.

A mi lado, noto como la curva de los labios de Ilenko se elevan. Su orgullo por mí en este momento es casi palpable, una chispa oscura en mitad del peligro.

Mateo Ricci da un paso al frente, y le susurra algo al oido de Marcello. El siciliano parpadea y levanta una mano para hacer una señal a sus hombres.

Uno a uno con movimientos tensos, bajan las armas. Marcelo se inclina ligeramente hacia delante sobre la mesa.

— Tienes agallas, bambina. Has matado a uno de los míos y has paralizado mi dinero. — Un sonrisa torcida le cruza el rostro— Dime ,¿Qué coño quieres?

— Ya te lo he dicho. Vas a romper ese maldito contrato aquí delante y yo solo tendré que darle a un botón para que tu flujo de dinero manchado de sangre vuelva a  fluir.

El silencio regresa.

Marcello mantiene la mirada fija en mí durante unos segundos antes de desviarla hacia Ilenko. Él permanece a mi lado como una estatua de hielo, completamente inmóvil, observando la escena con una calma casi insultante.

— Ya has escuchado a mi mujer. Así que no nos hagas esperar más. No nos gustar estar en este suelo.— sentencia Ilenko con una voz calmada y letal.

— Mateo— gruñe el italiano, sin apartar los ojos de los míos.

Ricci asiente con al mandíbula rígida y camina hacia una caja fuerte empotrada en la pared del salón. Teclea la combinación y extrae el documento, sellado con dos escudos, que entiendo que son los de las familias. El contrato que ata a la vida de mi hermana en este infierno.

Lo deposita sobre la mesa y lo desliza hacia mí con un dedo.

— Tu hermana es libre. Libera el dinero.

No respondo.

Con la mano izquierda, agarro el contrato de Hannah y sin miramientos los rasgo una y otra ve hasta convertirlo en una pila de papel inservible que cae sobre la mesa.

Con la mano derecha, guardo el arma y saco mi teléfono del bolsillo. Mis dedos vuelan sobre la pantalla, ejecutando el comando de encriptación inversa que preparé antes de venir.

A los pocos segundos, el teléfono de Marcelo vibra y lo mira asintiendo levemente. Las cuentas vuelven a estar operativas.

— El trato está hecho Sforza. No vuelvas a buscarnos, o nos encontrarás. Respeta y serás respetado.

Me doy la vuelta sin mirar atrás, sin dedicarle un solo vistazo al cadáver que permanece tendido sobre el mármol.Su historia ha terminado, pero la mía acaba de empezar.

Ilenko se cuadra a mi lado, pegando su hombro al mío con una complicidad letal. Damos la espalda a las armas de Cosa Nostra mientras nuestros hombres nos cubren la retaguardia.

El aire cálido del patio golpea mi rostro al cruzar la puerta. La tensión acumulada amenaza con hacerme temblar, pero los dedos de Ilenko encuentran los míos y los entrelaza con firmeza, obligándome a detenerme.

Su pecho queda frente al mío. Respiramos el mismo aire.

Levanto la vista, Sus ojos azules ya no son de hielo.Arden.

— Has puesto de rodillas a toda Italia. — susurra, recortando cada milímetro de la distancia que nos separa— Y a mí también.

Me separo lentamente de su pecho, rompiendo nuestro contacto visual. Pongo rumbo al coche que nos espera fuera de la villa. El motor ruge en cuanto nos subimos y el paisaje de Palermo empieza a desparecer a través de los cristales tintados.

Me apoyo contra el asiento, cerrando los ojos por un segundo.

Poco a poco soy consciente de todo lo que acaba de ocurrir.

He matado a mi padre.

Y no siento el peor remordimiento.

Él habría acabado con nosotras sin pestañear.

Mi mente viajaa la discusión con Ilenko y al momento de venir a este viaje suicida.Me prometió que, si salíamos vivos de Sicilia, mis decisiones serían mías,

Pensé  que eso era lo que quería.

Ahora sé que no.

Ya no pertenezco a la vida de Nueva York, ya no necesito cumplir ese sueño de ser la mejor abogada. Ya no necesito librarme del apellido de mi padre, puesto que no existe, es una farsa como toda la vida que construyó a nuestro alrededor.

Llevo sangre italiana en las venas.

Pero el corazón… es indudablemente ruso.

De repente el frenazo en seco del coche me saca de mis pensamientos. Hemos llegado a la pista privada del aeropuerto. El jet de la Bratva nos espera, listo para llevarnos de vuelta casa.

Nikolai abre la puerta del coche antes de de termine de detenerse por completo.

Bajamos a paso rápido, rodeados por un perímetro de hombre armados.

El viento de la pista me despeina. Ilenko vuelve a agarrarme la mano con la suya, apretándome con fuerza protectora mientras vamos rápidamente a la puerta del avión.

Estoy apunto de apoyar el pie en el primer peldaño cuando el chirrido de unos neumáticos derrapando rompe el rugido de las turbinas.

— ¡EMBOSCADA!— ruge Nikolai, sacando su arma.

Todo pasa a una velocidad vertiginosa.

Las puertas laterales de las furgonetas se abren de golpe y una docena de hombres armados abren fuego sin previo aviso.

Una lluvia de balas desgarra el aire. Los proyectiles rebotan contra la estructura del avión y hacen saltar chispas en el asfalto. Uno de nuestros hombres cae desplomado a pocos metros, perforado por decenas de balas.

— ¡Sube al avión Rachel! ¡ENTRA YA! —me grita Ilenko, empujándome con brutalidad hacia el interior de la escalera mientras él desenfunda y se lanza al tiroteo.

Sin esperar a ver si le obedezco, se coloca junto a Nikolai y la guardia de la Bratva,

Durante un segundo estoy apunto de hacerle caso.

Solo un segundo.

Al mirar abajo veo a Ilenko disparando en mitad del infierno, exponiendo su vida. Veo a los hombres de la Bratva caer uno a uno bajo la superioridad de los italianos. Marcello no iba a dejar que saliéramos vivos de Sicilia tras semejante humillación.

Doy media vuelta.

No pienso dejar solo al hombre al que amo. No pienso ser la mujer que observa desde una venta cómo masacran a su familia.

Bajo la escalera de dos en dos escalones, ignorando el zumbido letal de los proyectiles que cruzan a milímetros de mis oídos. El olor a pólvora me llena los pulmones. Me deslizo tras Ilenko, saco el arma de mi chaqueta con un movimiento rápido y la empuño con ambas manos.

Ilenko me percibe a su lado y se gira de golpe. Tiene las  venas del cuello inflamadas por la adrenalina y los ojos desorbitados por la furia.

— ¿¡Qué coño estás haciendo?! — me ruge— ¡Te he dicho que subieras  al puto avión¡

— ¡Y yo te digo que no! — le grito en la cara, clavando mis ojos en los suyos — no se deja atrás a la familia.

Ilenko abre la boca para seguir discutiendo. Sé que sería capaz de arrastrarme hacia el avión por la fuerza. Pero una ráfaga de disparos revienta la carrocería del coche a escasos centímetros de nosotros.

— ¡ Yobat- kolotit ! — Maldice en ruso.

Se le escapa un rasgo de rabia pura, pero detrás de ese fuego infernal, veo brillar en sus ojos algo desgarrador; un orgullo absoluto y absoluto terror a perderme.

— ¡Maldita sea, Rachel¡ — me pega a su costado, protegiéndome con su propio cuerpo— Apunta a la cabeza. Y no te separes de mí ni un solo milímetro.

No tengo tiempo de responder.

Pegada a su espalda, siento el retumbar de su corazón y la vibración de cada disparo que sale de su arma. Nos sincronizamos el ritmo en mitad del caos-

Levanto el arma.

Disparo.

Una vez.

Dos.

Uno de los hombres de Marcello cae desplomado sobre el asfalto.

— ¡Nos flaquean por derecha!— Grita Nikolai desde el otro extremo de las ruedas del jet, cambian del cargador con las manos ensangrentadas— ¡Tienen lanzagranadas!

El tiroteo se vuelve una carnicería. Ilenko se gira conmigo pegada a él, abatiendo a dos hombres más que intentaban cortar el paso hacia la escalera.

Los impactos de bala resientan contra el fuselaje del avión como martillazos.

Nos superan de forma aplastante; Marcello a desplegado todo su ejército.

—¡Hay que llegar a la cabina!— le grita Ilenko a Nikolai mientras vacía su cargador y lo reemplaza en un movimiento ciego— ¡Rachel, cuando te diga, corres conmigo!

Entonces, el cielo se rompe.

Un destello rojo cruza la pista desde uno de los todoterrenos. Un proyectil de lanzagranadas impacta directamente contra el coche estacionado a escasos metros de nosotros.

La explosion es brutal, devastadora.

Una onda expansiva de fuego y aire abrasador nos golpea de lleno. Siento como si un muro de hormigón me embistiera el pecho, arrancando del suelo. Salgo despedida por los aires mientras un estallido blanco me ciega la vista.

Caigo con violencia sobre el asfalto, rodando varios metros.

La mano de Ilenko se me escapa de los dedos.

Un pitido ensordecedor y agudo reemplaza todo el sonido del mundo.

Intento respirar, pero el impacto me ha dejado sin aire en los pulmones.

El olor a carne quemada y combustible llena la pista.

Intento levantarme, peor las piernas no me responden; el mundo gira en un torbellino de humo negro y fuego.

— ¡Rachel! — Escucho a lo lejos.

Intento llamar a Ilenko, pero de mi garganta solo sale un tosido seco.

Antes de que pueda recuperar el control de mi cuerpo, dos pares de brazos me agarran por los hombros y las piernas, arrastrándome hacia atrás.

Mi instinto de lucha se enciende al instante. Me revuelvo con una violencia salvaje. Pataleo, clavo los codos muerdo la mano del hombre que intenta sujetarme la cara.

Levanto el brazo para intentar disparar, pero uno de los hombres me pisa la muñeca contra el suelo con todo su peso, obligándome a soltar la pistola, que rueda fuera de mi alcance.

—¡Suéltame hijo de puta! — consigo gritar, golpeándolo con la rodilla en el estómago.

— Prenderla — es lo último que escucho.

Un golpe seco me impacta de lleno en la base de lanuda.

El dolor se expande en una descarga eléctrica que me borra la visión por un segundo. La fuerza se me desvanece del cuerpo, pero me niego a ceder la consciencia.

Me arrastran por el suelo de la pista, dejando una estela sobre la grava. El humo de la explosión empieza a disiparse entre las llamas de los coches destruidos.

Y entonces, a través de la niebla de fuego, lo veo.

Ilenko.

Está de pie a pocos metros, ensangrentado, con la ropa rasgada y la piel cubierta de hollín.

Acaba de romperle el cuello a uno de los atacantes mientras abate a otro a quemarropa.

Se gira con desesperación salvaje, buscándome.

Nuestros ojos se cruzan en mitad de la mascare.

El tiempo se detiene por completo. El ruido de las balas, el rugido de las turbinas y las sirenas a lo legos desaparecen.

Nunca en mi vida olvidaré la cara de Ilenko en ese instante. Ya no queda rastro del Pakahn implacable, del líder de la Bratva que infunde terror con la mirada. No hay control. No hay frialdad. Solo la imagen aterradora de un hombre con el alma completamente destruida por el pánico.

—¡RACHEL!

El grito que sale de su garganta es un alarido animal, un rugido desgarrador que parece romper el aire de toda la isla.

Ilenko se lanza hacia mí, convertido en un demonio desencadenado.

Dispara con una mano y derriba a cualquiera que intenta interponerse en su camino, corriendo con una desesperación ciega, ignorando las balas que le rozan los brazos y los costados.

Está dispuesto a morir con tal de llegar a mí.

Pero llega tarde.

Me meten de un empujón en el asiento trasero de un coche. La puerta de metal se cierra de golpe con un sonido sordo y definitivo, cortando la figura de Ilenko que avanza hacia mí.

El motor del vehículo ruge. El conductor da un volantazo, haciendo chillar las ruedas y acelera a fondo alejándose de la pista.

Me revuelvo en el asiento con las pocas fuerzas que me quedan. Uno de los hombres se abalanza sobre mí, clavando las rodillas en las costillas para aplastarme contra el cuero.

—No te muevas, zoccola .

Saco las uñas y le cruzo la cara con un arañazo, haciéndole sangrar. El hombre maldice en italiano y me agarra del pelo, tirando con fuerza hacia atrás para inmovilizarle la cabeza.

Con la otra mano, saca un pañuelo blanco empapado en algo azul y me lo aplasta con violencia contra la boca y la nariz.

Trato de cerrar los labios y contener la respiración, mientras me retuerzo, golpeando con los pies con todas mis fuerzas. Pero mis pulmones exigen aire y el químico se me cuela por la garganta, abrasándome las vías respiratorias.

Una sensación de peso me invade los miembros. Los brazos se me vuelven de plomo y las piernas me dejan de responder. Mi visión se empieza a llenar de negro.

Consigo girar la cara hacia la luna trasera del vehículo antes de perder la movilidad por completo.

A través del cristal y muy a lo lejos, alcanzo a ver el cuerpo de Ilenko de rodillas sobre el aslfato, sujeto por nuestros hombres para evitar que corra tras mí.

Sus ojos azules, son lo último que se graban en mi reino. Unos ojos llenos de una promesa de muerte para cualquiera que toque a su mujer.

Y después, la más absoluta y fría oscuridad me traga por completo.