43. SICILIA #2
Clavo mis ojos en los suyos mientras deslizo mi mano sobre la suya. Apoyo el tacón sobre el suelo siciliano y me incorporo, sosteniendo el cuerpo sobre los tacones con una seguridad que ni yo misma sé de donde sale.
Pero cuando llegamos a lo alto y mis ojos se posan en el hombre que nos espeta, el aire se me corta de golpe en los pulmones.
El mundo se detiene. El suelo parece desaparecer.
No es un desconocido.
Es un implacable hombre trajeado con postura relajada que irradia poder absoluto. Alza la mirada despacio, fijando sus ojos fríos en mi con esa sonrisa calculadora, pulcra y descarada que conozco demasiado bien.
Christian Vance.
El shock me atraviesa las entrañas como una puñalada.
Una sonrisa lenta, descarada, atractiva… curva sus labios.
— Bienvenuti a Sicilia, Rachel — dice con esa voz educada y milimétricamente calibrada que tantas veces he escuchado—. O debería decir, bienvenida a casa.
Doy un paso atrás por puro instinto, pero la mano de Ilenko se posa con firmeza en mi espalda, anclándome al suelo. Siento como su cuerpo se transforma en pura roca a mi lado.
— ¿Christian?— mi voz sale rota por completo.
Una sonrisa, descarada y llena de veneno curva sus labios. Se lleva una mano al pecho, inclinándose levemente con una ironía aplastante.
— Marcello Sforza, bambina.
El lugar se queda en silencio. Pero todos se tensan automáticamente.
El silencio que sigue es ensordecedor. La revelación cae sobre mi cabeza con el peso de una losa de mármol.
``Christian Vance ´´nunca existió. Solo era nombre que el heredero y actual Capo de la Cosa Nostra utilizaba para infiltrarse en el sistema, mover el dinero de la firma y controlar el mundo desde las sombras.
—Sorprendida, ¿verdad?— continúa Christian, o Marcello—. Ninguno de los dos lo vio venir. Os preocupabais por los viejos códigos de la mafia y por los pactos mientras yo reconstruía el tablero entero desde Nueva York.
—Mide tus palabras, Sforza— la voz de Ilenko interrumpe el aire, cargada de una amenaza implacable.
Da un paso al frente interponiéndose parcialmente entre él y yo, cortando el contacto visual con un gesto dominante y protector—.
No he cruzado Europa para verte pavonearte por estar escondido como un puto cobarde y haber matado a tu padre para llegar al puesto.
— Cuidado Volkov, que no estás en tu terreno— advierte Marcello, tensándose por completo— Además, que yo sepa ambos hemos hecho lo mismo.
Ilenko cuadra el cuerpo, noto como su agarre se vuelve una piedra.
— Yo maté a mi padre por insultar a mi mujer, no para reclamar un puesto que ya era mío.
Desvía la mirada de Ilenko y vuelve a clavar sus ojos en mí, buscando el único punto débil donde sabe que aún puede sangrarme.
— Que decepción, Rachel— dice negando despacio con la cabeza, intentando recuperar el control de la situación—. Eras la pieza maestra de todo.
Tu padre yo hemos pasado años labrando un futuro perfecto para ti. Un futuro de poder absoluto al casarte conmigo, intocable…Y tú, por pura e ingenua estupidez, te casaste con esto.
La rabia empieza a quemar mi estomago. Ilenko es una bomba a punto de explotar.
— Te casaste con el creyendo que te estaba protegiendo— continúa, elevando el tono con un desprecio absoluto—.
Creíste que entregarte a la Bratva te faba el control de tu vida, cuando nunca lo has tenido ni lo tendrás, cuando lo único que hiciste fue tirar a la basura la corona que habíamos diseñado para ti.
Siendo sinceros, ninguno esperábamos que este bastardo ruso actuara como un demente, matando y arrastrando solo por la obsesión de tenerte.
Se movió como un monstruo fuera de control por ti.
Y tú, ciega e ingenua, caíste creyendo que ganabas.
Un chasquido seco retumba en la entrada.
Antes de que Marcello termine la última frase, Ilenko ha sacado la pistola y le apunta directamente a la cabeza. El movimiento es tan rápido y salvaje que los hombres italianos tardan en reaccionar. Nikolai y nuestros hombres reaccionan al unísono.
Ilenko ni pestañea. Tiene la mandíbula tan apretada que los músculos del cuello parecen a punto de reventar, con los ojos inyectados en sangre y el dedo acariciando el gatillo, listo para volarle la cabeza.
—Ilenko, no.
Mi mano se estampa firmemente sobre su muñeca.
El contacto de mi piel contra la suya, relaja un poco la tensión de su brazo. No le aparto la pistola, simplemente aprieto su antebrazo, obligándole a sentirme.
— Aún no— le murmuro, sin quitarle la vista de encima a Marcello.
Ilenko me sostiene la mirada de reojo durante un segundo agónico. Comienza a respirar de nuevo al asentirle con la cabeza, afloja la tensión de brazo y baja el arma un par de centímetros, aunque sin desenfundarla.
Marcelo traga saliva, intentado disimular el temblor de su postura y busca desesperadamente recomponer su fachada de poder.
— Vaya … no eres tan ingenua— una sonrisa cargada de arrogancia se curva en su rostro antes de seguir— Pero de poco te sirve tenerle dominado…
lo peor de todo es que al malgastar tu oportunidad y jugar a ser la esposa del ruso, nos obligaste a ejecutar otro plan, ese futuro que tu padre y yo habíamos labrado para ti, ahora lo tendrá Hannah.
El nombre de mi hermana cae en el aire con el peso de una condena, haciendo que la sangre se me congele en las venas.
—Hannah ocupará el lugar que tu despreciaste. Se casará conmigo y con la Cosa Nostra, pagará la deuda de tu estupidez y cargará con el destino del que tú te zafaste.
Un calor abrasador y destructivo nace de lo más profundo de mi ser, destruyendo cualquier rastro del show inicial.
Doy un paso fulminante hacia delante, escalón arriba, empujando a Ilenko y acortando la distancia con él hasta quedar a escasos centímetros de su cara, mirando directamente a los ojos del hombre que tengo delante.
— Una mierda, querido— siseo, con la voz tan calibrada y helada que la sonrisa de él se congela al instante—. A mí no pudiste tenerme, pero la que decide sobre mi hermana soy yo, y mucho menos la tendrás a ella. Y si de verdad creías que hemos venido hasta aquí para dártela, el imbécil eres tú.
Marcello entorna los ojos, pero antes de que pueda articular respuesta o dar una orden, miro hacia la puerta con la cabeza bien alta.
— Es hora de que dejemos de perder el tiempo y nos sentiremos a hablar.
Desván la mirada hacia Ilenko, luego me mira a mí de nuevo y, con una mueca tensa que maquilla a duras penas su orgullo herido, inclina levemente la cabeza y nos hace un gesto seco con la mano invitándonos a pasar.
Entramos en la villa.
No puedo evitar detenerme un instante a contemplarla.Techos altísimos cubiertos por frescos renacentistas, suelos de mármol pulido que reflejan la luz dorada de los ventanales y enormes lámparas de cristal suspendidas sobre nuestras cabezas.
Un palacio.Hermoso.Y completamente maldito.
Llegamos a un salón imponente, presidido por una mesa de madera enorme. Marcello se mueve con elegancia, rodeando la mesa con seguridad para sentarse en la cabecera. Con un gesto, nos indica los asientos frente a él.
Antes de que Ilenko hable, soy yo quien toma la palabra.
— Sabes perfectamente a lo que hemos venido. No estamos aquí para perdernos en cortesías ni a volver a la cordialidad entre ambas mafias por el acuerdo de Maksim. Hemos venido a romper el acuerdo de matrimonio de mi hermana.
El silencio que sigue es denso, un silencio que se rompe cuando Marcello rompe a reír.