43. SICILIA
Blood/ Watter — Grandson
El rugido monótono de las turbinas ha sido la única banda sonora de un vuelo que parece no terminar nunca.
Cruzar Europa desde Moscú hasta Sicilia nos ha regalado horas de aislamiento absoluto a miles de metros de altura.
Dentro de la cabina, la presión de la altitud resulta insignificante comparada con la tensión que flota entre nosotros.
No hay conversaciones. Ilenko y yo ocupamos asientos contiguos, separados únicamente por la mesa central, convertidos en dos extraños que comparten un mismo objetivo... y un mismo contrato.
Ambos trabajamos en silencio. Mis dedos recorren el teclado de forma mecánica mientras monitorizo las cuentas congeladas y busco cualquier movimiento que haya escapado a nuestro bloqueo.
Frente a mí, Ilenko estudia rutas de entrada, posibles emboscadas y vías de evacuación.
Ninguno de los dos puede permitirse un solo error.
Cuando el piloto anuncia el descenso, una descarga de adrenalina me recorre la espalda. El blanco infinito de Rusia desaparece bajo las nubes y, a través de la ventanilla, el azul intenso del Mediterráneo empieza a extenderse bajo nosotros.
Sicilia.
Antes de que toquemos pisa, me levanto del asiento y me empiezo a preparar, armándome hasta las cejas.
Al levantar la vista, me encuentro con Ilenko. Está de pie a unos palmos de mí, cargado su propia pistola con movimientos fluidos y precisos que denotan los años que lleva haciendo esto. Se coloca una de las armas bajo la americana de su traje y se gira hacia mí.
Nos miramos fijamente a los ojos. Sin decir nada.
No hace falta. En esa mirada no hay tregua ni perdón, solo la fría certeza de que estamos a pinto de meternos en la boca del lobo.
El vacío en. Mi pecho sigue quemando igual, su menosprecio, como me rebajaba a un simple contrato o su capacidad para demostrarme que le importo una mierda.
Pero ambos somos lo suficientemente inteligentes para saber que si queríamos salir vivos de esta, tenemos que estar más unidos que nunca.
Sostengo su mirada de acero una vez más, asegurando mi arma con un toque firme y me obligo a romper el contacto visual antes que de el peso de su apariencia me afecte.
El avión se detiene por fin. El calor sofocante de Sicilia empieza a colarse en la cabina cuando la azafata desbloquea la puerta.
Ilenko sale primero. Yo voy justo detrás.
En cuanto descendemos los primeros escalones, la realidad del nido de víboras en el que acabamos de meternos nos golpea de frente.
A pie de pista nos espera una delegación de la Cosa Nostra. Decenas de hombres armados hasta los dientes bloquean el acceso, apuntándonos abiertamente con fusiles y pistolas. No intentan ocultar la amenaza. Quieren que sepamos que estamos rodeados.
Cualquier persona normal se congela por el terror, pero Ilenko y Nikolai ni siquiera parpadean.
Ilenko desvía apenas la mirada y le dedica un leve asentimiento.
Ninguno hace el menor ademán de llevar la mano al arma.
Al contrario. Con una calma insultante empiezan a bajar los escalones, seguidos por todos nuestros hombre, como si los fusiles apuntándoles fueran un detalle sin importancia.
Al llegar al último escalón, la distancie entre Ilenko y yo desaparece.
De pronto, su mano encuentra la mía y la aprieta con una fuerza brutal.
Me quedo inmóvil una fracción de segundo.
El dolor sigue ahí. La rabia también. Nada de lo que ocurrió en Moscú ha desaparecido.
Pero, rodeados de cañones apuntándonos al pecho, seguimos siendo un mismo frente.
Entrelazo mis dedos con los suyos y le devuelvo el apretón con la misma firmeza.
Caminamos de la mano directamente hacia la línea enemiga.
Del grupo de italianos, un hombre da un paso al frente, con una elegancia destacada.
Traje de lino gris con chaleco a juego, gafas de sol que ocultan su mirada y una sonrisa cínica dibujada en los labios.
Se detiene a un par de metros de costos, adoptando una postura de superioridad territorial.
Se quita las gafas, y nos barre lentamente con la mirada.
— ¡Benvenuti a Sicilia! — dice con un marcado acento italiano, haciendo una leve reverencia de forma teatral— Me presento. Soy Mateo Ricci. Es un honor darles la bienvenida a nuestras tierras.
Ilenko ni si quiera parpadea.
—Con decenas de armas apuntándonos la cabeza, Ricci, no me parece precisamente una bienvenida.
Mateo Ricci suelta una risa seca, carente de cualquier atisbo de gracia y vuelve a colocarse las gafas de sol.
— La bienvenida es la mínima al presentarse de esta manera en nuestro territorio, Volkov. No esperaríais que os recibiéramos con la alfombra roja ¿verdad? Espero que hayas traído a la pequeña Brown para cumplir el trato… porque ese es el único motivo por el que deberíais estar aquí.
Ilenko no se mueve cuando le aprieto la mano con fuerza al escuchar el nombre de mi hermana.
— Si de verdad pensara que tus expectativas me importan, no habría venido a vuestra casa. He venido a hablar con el nuevo capo de Cosa Nostra, no con uno de sus perros. Así que baja las armas de tus hombres antes de que decida que esta pista es un buen lugar para empezar a matar italianos.
Una sonrisa torcida aparece en los labios de Ricci.
— Vaya, vaya … El hijo de papá se atreve a amenazar… te recuerdo, que estás en Sicilia. Aquí vuestros títulos rusos no valen una mierda y las amenazas… se pagan con sangre.
El silencio que sigue resulta ensordecedor.
A nuestra espalda resuena el chasquido metálico de decenas de seguros deslizándose al mismo tiempo. Nadie mueve un músculo, pero el aire se vuelve tan denso que cuesta respirar,
Mateo Ricci acaba de cruzar una línea demasiado peligrosa.
Me suelto de la mano de Ilenko antes de que el primer disparo rompa el silencio y doy un paso al frente.
Me planto delante del italiano sin el menor atisbo de miedo.
— Cuidado, Mateo.
Parpadea, completamente descolocado por mi osadía. Doy otro paso, obligándolo a bajar ligeramente la mirada para sostener la mía.
— A mi no me hablas de muertos, porque estas a una sola palabra mía de convertirte en uno.
Venimos a aquí a decidir un futuro, no a perder el tiempo con un perro faldero que necesita cincuenta hombres para sentirse seguro.
No te equivoques conmigo, las armas las llevan ellos … pero la ultima palabra la tengo yo.
— La bambina tiene agallas…
No lo dejo terminar. Doy un paso fulminante hacia delante, estiro la mano y le cojo las pelotas con toda la fuerza que brota de mi cuerpo, apretando sin un ápice de piedad.
El color se le esfuma del rostro al instante.
Ahoga un gemido de puro dolor, doblándose hacia delante, con los ojos inyectados en sangre por la brutalidad de su agarre. Me inclino hacia su oído, manteniendo el agarre de tal manera que podría quedarme con sus huevos en la mano.
— De bambina nada, Rachel Volkov. Yo que tú me daba la vuelta ahora mismo y nos llevaría ante la persona que nos tienes que llevar, porque si no, iré yo misma …con tu cabeza en mi mano.
Hago una pausa, apretando un poco más.
—Elige rápido, porque yo no sigo las reglas de la mafia.
Lo suelto de un empujón cargado de rabia. Mateo Ricci retrocede un paso, jadeando, con las manos sobre la entrepierna y el orgullo hecho pedazos delante de sus hombres.
Detrás de mi, el silencio de la Bratva es sepulcral. Me vuelvo despacio y encuentro a Ilenko observándome sin apartar los ojos. El azul de sus iris se a oscurecido hasta convertirse en una sombra abrasadora. Le sostengo la mirada y una sonrisa lenta, orgullosa, curva mis labios.
Ricci hace un gesto seco con la mano. Ninguno de los italianos protesta. Las armas descienden al unísono y el pasillo hacia los coches queda finalmente despejado.
Subimos a los Alfa Romeo Stelvio negros, cuyos motores rugen mientras abandonamos la pista de aterrizaje.
Nadie habla.
El silencio dentro del vehículo resulta asfixiante.
Observo el paisaje mediterráneo desfilar tras los cristales tintados mientras intento ordenar el caos que llevo dentro.
Hace apenas unos meses mi vida consistía en defender a personas de hombres como ellos.
Ahora cabo de humillar a uno delante de toda la Cosa Nostra.
He cambiado. Y lo más inquietante es que no me asusta. Me siento más yo que nunca.
Aun así, noto la mirada de Ilenko sobre mí.
Constante. Implacable. No necesito girarme para saber que sigue observándome.
Intento ignorarlo, pero es imposible. Después de todo lo que nos dijimos en Moscú debería odiarlo.
Y, sin embargo, su presencia sigue ejerciendo sobre mí una atracción tan peligrosa como inevitable.
Es como precipitarse al vacío sabiendo exactamente como terminará la caída y ser incapaz de dejar de caer.
El coche frena en seco, arrancándome de mis pensamientos.
Ua inmensa villa se alza frente a nosotros. Una docena de hombres sicilianos rodea los vehículos con las armas preparadas.
Uno de los hombres abre mi puerta. Estoy apunto de bajar cuando la mano de Ilenko se posa sobre la mía. Sus dedos aprietan con fuerza, haciendo que contenga el aliento. No me mira, mantiene la vista fija en los hombres que nos esperan fuera.
— Rachel…
Su voz es apenas un murmullo.
—Me importa una mierda lo que nos dijimos ayer. Eres mi mujer… y acabas de demostrar que eres demasiado salvaje para arrodillarte ante nadie.
Hace una pausa.
— Así que entra ahí y haz lo que tengas que hacer. Si este lugar termina reducido a cenizas… que todos recuerden que fuiste tú quien encendió la cerilla. Yo solo seré el hombre que avive el incendio.
Retira la mano con lentitud, rompiendo el contacto pero dejándome la piel encendida y el orgullo temblando.
No me da tiempo a procesar sus palabras.
Se baja del coche por la otra puerta con una elegancia letal abrochándose el botón de la chaqueta antes de apartar con asco al hombre que abría la mía y darme su mano para que salga.