Indefendible (El legado de Volkov 1) 42. CUARENTA Y OCHO HORAS
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42. CUARENTA Y OCHO HORAS

Never Give Up — Sia

Mis dedos sobre el teclado son lo único que rompe el silencio del despacho.

Tres pantallas iluminan la instancia en la penumbra, proyectando un resplandor sobre mi rostro.

En ellas se despliegan hileras ininterrumpidas de códigos bancarios encriptados, diagramas con rutas de transferencias internacionales y el borrador definitivo de la medida cautelar que he tardado días en perfeccionar.

Desde el momento en el que Ilenko me dio luz verde en su despacho, mi cabeza no ha parado de trabajar a un ritmo frenético.

No puedo permitirme el lujo de desperdiciar ni un solo segundo.

Cada minuto que perdemos es un minuto menos en la liberación de mi familia.

Un minuto más lejos en la muerte de mi padre.

Reviso por última vez las tres cuentas de Zúrich.

La fundación fantasma helvética mueve en ese mismo instante un fijo de seis millones de euros destinados a la cuenta de los Sforza.

Inspiro hondo, asimilando el peso de lo que estoy a punto a hacer y arrastro el ratón hacia el botón de envío.

El mensaje anónimo, encriptado a través e los servidores de la Bratva sale disparado hacia la fiscalía suiza y las alertas de fraude internación de la Europol.

— Jaque Mate— susurro para mí misma en la soledad del despacho.

El impacto no se hace esperar. En menos de dos horas, el sistema financiero de los Sforza empieza a desmoronarse como un castillo de naipes. Las alertas rojas saltan y sus cuentas se congelan de forma fulminante bajo sospecha de financiación terrorista y lavado de activos.

Una pequeña sonrisa amarga y helada se dibuja en mis labios mientras observo las notificaciones de bloqueo en las pantallas.

Durante años, en Nueva York, todos creyeron que yo era simplemente una abogada corporativa brillante, alguien que solo sabia mover carpetas, redactar cláusulas impecables y hablar con elocuencia frente al tribunal. Nadie recuerda las lecciones de derecho mercantil:

Para aprender a defender una estructura, un buena abogado debe aprender primero cómo destruirla por completo.

A parte de ese momento  las cuarenta y ocho horas restantes en la mansión se transformaron en una cuenta atras frenética y silenciosa.

El ambiente de tensión se instala en cada rincón. Por los pasillos los hombres se mueven cargando munición y maletines con armas.

Hannah, ajena a la a gravedad de la situación que yo misma he provocado, se queda aquí. Es una jodida locura siquiera pensar en llevarla con nosotros; Sicilia es el nido de los Sforza, así que su seguridad depende directamente de mantenerse lo más lejos posible  de ese infierno.

Se queda en Moscú, con Miranda. Y un anillo de seguridad de la Bratva rodeando el perímetro de la casa las veinticuatro horas.

Nikolai, entra y sale del despacho con los informes de última hora sobre como la red de los Sforza empieza a entrar en pánico por la falta de liquidez.

¿E Ilenko? Ilenko era una tormenta silenciosa.

Durante todos estos días de preparativos no intenta discutir conmigo ni una sola vez. No busca acorralarme, ni intenta justificarse, ni pide un perdón que ambos sabemos que no voy a aceptar.

Mantiene su orgullo intacto, pero cada vez que nos cruzamos, encuentro la sombra pesada de sus ojos azules clavada fijamente sobre mí. Como si quisiera decirme algo, pero que el abismo que hemos construido entre los dos no le permite encontrar la forma de hacerlo.

La última noche en Moscú no duermo nada. Me dedico a planear una y otra vez mis palabras contra hijo de puta que quiere a mi hermana.

Y contra mi padre.

Sabemos que lleva dos semanas en Italia, moviéndose por las propiedades de la Cosa Nostra como si fuera un diplomático intocable.

Sé muy bien que no piensa salir de allí como si nada hubiera pasado.

Ha vendido a su familia, nos ha usado como piezas de cambio en su miserable vida y pagará con sangre lo que ha hecho.

Al levantarme, las camionetas negras ya nos esperan en la puerta para ir directos los aviones. Salgo de la habitación de invitados, con una sola maleta de mano y mi abrigo negro abrochado hasta el cuello y mis botas altas de tacón bien sujetas a los gemelos.

Hannah me espera en el vestíbulo y corre hacia mí cuando me ve. Tiene los ojos rojos de no haber dormido, delatando el miedo que intenta contener sin éxito.

Se aferra a mi cuello en un abrazo desesperado, temblando levemente contra mi pecho. El peso de la situación la ha sobrepasado por completo.

— Por favor, Rachel… ten cuidado— me suplica con la voz quebrada por el llanto—. Prométeme que vas a tener cuidado. Que vas a volver aquí conmigo. No me dejes sola en esto.

El corazón se me encoge en el pecho, pero me trago en nudo en la garganta que se me empieza a formar. La aparto con suavidad, sosteniéndola por los hombros y mirándola directamente a los ojos. La limpio las lágrimas, forzando la sonrisa más segura que soy capaz de fingir.

— Te prometo que todo saldrá bien, Hannah. Estás a salvo aquí— le aseguro, dándola un beso en la frente— volveré pronto. Te lo prometo.

Es entonces cuando Miranda da un paso al frente, seria y solemne, colocando una mano sobre el hombro de mi hermana. Me dedica un asentimiento, una promesa silenciosa de que cuidará de ella.

Me obligo a darme la vuelta de inmediato antes de que mi determinación flaquee.

No me permito mirar atrás. Cruzo el umbral y salgo al patio helado, donde el viento glacial de Moscú me azota el rostro con una fuerza brutal, despejándome la mente de un plumazo.

Camino a pasos agigantados hacia el coche principal.

Ilenko ya está allí, esperándome de pie junto a la puerta.

Lleva un abrigo largo oscuro y sus ojos, gélidos como él, se clavan en los míos.

No dice nada, simplemente abre la puerta del coche invitándome a subir primero.

Le sostengo la mirada un segundo tensando la mandíbula con la mente fija en la promesa que le acabo de hacer a mi hermana y entro en el vehículo.

El trayecto hacia el aeropuerto transcurre en silencio ,roto únicamente por el rumor del motor sobre la carretera nevada. Ni una palabra, ni una mirada. Nos limitamos a observar el paisaje blanco desvanecerse a través de los cristales tintados, cada uno sumido en sus propios pensamientos.

Cuando los coches se detienen directamente en la pista de aterrizaje, cuatro jet privados nos esperan con las turnias encendidas, listos para despegar. Nikolai baja primero, coordinando de inmediato a los hombres de la pista traspasando todo el material a las bodegas de los aviones.

Abro la puerta y salgo al exterior y con el aire golpeando con fuerza subo las escalera del ación. Cada escalón me aleja más de la seguridad e Moscú y me adentra al peligro inminente.

Justo antes de alcanzar el umbral de la puerta del avión, me detengo un instante. Tiro sobre mis tacones para contemplar el horizonte de la capital rusa una última vez.

Es entonces cuando lo veo a él.

Ilenko sube el último escalón de la plataforma a pasos lentos y pesados, acortando la distancia que nos separa hasta que su imponente figura se interpone entre el viento y yo.

No me toca. Respeta con una disciplina férrea esa barrera invisible de hielo que yo misma he levantado durante este tiempo.

Sin embargo, se inclina levemente hacia mí, lo suficiente para que su aliento cálido me roce la mejilla en medio del frío extremo.

—Todo saldrá bien, Rachel. Acabaremos con esto— m murmura. Sus ojos azules permanecen clavados en los míos con una intensidad devoradora que hace que el mundo a nuestro alrededor desaparezca por un segundo. Su voz baja un tono más, volviéndose grave y cargada de una sobriedad desgarradora.

— Y cuando todo termine… ya no tendrás ninguna obligación conmigo.

Me quedo helada, con la respiración suspendida en los labios.

No hay abrazos, no promesas vacías, solo una realidad.

El poder volver a mi vida de antes como si nada de esto hubiera pasado.

Como si no me hubiera casado con un mafioso.

Como si mi padre no hubiera vendido a mi familia como si fueran una simple mercancía.

Como si no estuviera a punto de meterme en una guerra.

Le sostengo la mirada durante un breve y denso segundo. Un destello de algo indescriptible cruza por mi pecho, pero lo aplasto de inmediato bajo la frialdad con la que me he blindado. Asiento levemente con la cabeza en señal de aceptación, doy media vuelta y me adentro en la cabina del jet.

El rugido de los motores empieza a llenar la cabina.

Moscú queda atrás.

Frente a nosotros nos espera Sicilia.

Y una guerra de la que ninguno de los dos saldrá siendo la misma persona.