41. RABIA
Seven Nation Army — Zella Day
El amanecer en Moscú trae consigo una luz pálida y enfermiza que se filtra a través de las cortinas de la habitación. Apenas he pegado jo en toda la noche.
El frío inerte de la cama desconocida y el zumbido constante y tortuoso de mis propios pensamientos me han tenido en un estado de vela insoportable.
Sin embargo, en cuanto el reloj marca las seis de la mañana, ,me levanto de golpe.
No hay rastro de cansancio ni de sueño en mi cuerpo, solo un torrente de adrenalina oscura y rabia acumulada que me mantiene rígida y alerta.
Me envuelvo en la bata de seda negra y me dispongo a ir a la habitación que compartía con Ilenko para coger mi ropa y cambiarme.
Detesto profundamente la idea de pisar ese espacio, pero no me queda más remedio.
Salgo al pasillo desierto de la casa, sintiendo como las alfombras ahogan el sonido de mis pasos.
Camino con cada músculo del cuerpo tenso, preparada mentalmente para un choque frontal si me lo encuentro.
Llego al dormitorio principal, respiro hondo uy abro la puerta, pero el silencio más absoluto me recibe desde el interior.
La habitación está completamente vacía.
La enorme cama está perfectamente hecha, dejando claro que nadie ha dormido en ella durante la noche. Es demasiado temprano para que nadie haya entrado a arreglarla. Un sudor frío me recorre la nuca durante un segundo mientras contemplo las instancia impoluta, y vacía.
Camino hacia el vestidor con una pregunta resonando con fuerza en mi cabeza.
¿Dónde coño está y dónde ha pasado la noche=
Pero de repente, una ola de frustración abrasadora aplasta cualquier rastro de preocupación o debilidad.
Que le den por el culo.
Me importa una reverenda mierda lo que haga con su vida.
Abro mis armarios y cojo unos jeans negros ajustados, un top oscuro y mis botas altas de tacón. Me cambio rápido y me maquillo a conciencia. Las ojeras son difíciles de tapar pero trabajo en ellas con constancia y consigo un buen resultado. La melena suelta cae en ondas por mi espalda.
Mis ojos marrones maquillados en tonos negros, una mirada fría y afilada sobresale. Por último, labios rojos que me dan esa seguridad y esas confianza que necesito para lo que se me viene encima.
Salgo del baño y bajo las escaleras en dirección al comedor.
Al acercarme a la mesa, un sonido inusual me hace detener el paso. Son risas.
Me asomo con cautela y me quedo completamente quieta durante un segundo, observando el cuadro que se despliega ante mí, Hannah y Nikolai están sentados en la mesa de la cocina, compartiendo un momento extrañamente relajado.
Nikolai, un hombre que parece hecho de granito y que rara vez gesticula o muestra emoción alguna, luce una media sonrisa casi imperceptible en el rostro mientras escucha hablar a mi hermana.
Hannah, por su parte, tiene una expresión viva y brillante, llena de energía a pesar del labio partido y la barbilla amoratada que le dejó el entrenamiento de ayer.
La escena me resulta tan ajena…
— Buenos días— digo, rompiendo la burbuja de esa conversación al cruzar el umbral.
Hannah levanta la vista de inmediato y su sonrisa no se borra, sino que se ensancha al verme. Nikolai en cambio, recupera su máscara de frialdad habitual en un parpadeo, asistiendo levemente en mi dirección antes de dar un sorbo a su café.
—¡Rachel!— se levanta y corre hacia mi abrazándome— le estaba contando a Nikolai las agujetas que tengo de ayer… pero te vi luchar con Ilenko y me tienes que enseñar para ser como tú.
La aprieto con fuerza bajo mis brazos, aferrándome a la sensación de calidez de éste.
— De mi no tienes nada que aprender cariño…
Me siento en mi lugar habitual, forzando una pequeña sonrisa por ella. Verla tan ajena al infierno que llevo por dentro y que nos espera fuera me alivia, pero también me recuerda por qué aguanto todo esto. Al instante, Miranda se acerca con pasos silenciosos y me sirve un café negro y humeante.
— Claro que sí. Siempre he aprendido de ti.— me lanza una sonrisa— oye… ¿cuando voy a poder tener mi teléfono?
— Cuando yo lo considere.
La voz masculina retumba a mi espalda, helándose la sangre al instante.
Ilenko entra al comedor sentenciando sus palabras con pasos firmes.
Lleva un traje oscuro impecable, pero su rostro refleja que su noche no ha sido mucho mejor que la mía.
Tiene los ojos oscuros y unas pronunciadas ojeras en el rostro.
Se detiene justo detrás de mi silla, ignorando a mi hermana y Nikolai.
Su sombra me cubre y su perfume me envuelve de golpe, amenazando con desmantelar mi autocontrol.
— ¿Dónde estabas?
Su voz suena firme, pero hay algo distinto. No es una orden. Es la primera pregunta que me hace desde que me marché de nuestra habitación.
La pregunta flota en el aire del comedor. Nikolai baja la vista hacia su taza y Hannah contiene el aliento.
No me molesto en mirarlo. No le dedico una sola palabra, ni un gesto ni una mirada de reproche.
Dejo la taza de café que Miranda me acaba de servir sobre la mesa con perfecta parsimonia, me levanto de la silla con una elegancia gélida y dándole la espalda por completo, me doy la vuelta y camino en dirección contraria sin contestar.
Lo dejo plantado allí, con la pregunta muriéndose en sus labios frente a sus propios ojos.
Camino por los pasillos, escuchando el eco de mis propias pisadas.
Se que le declaro la guerra, pero me importa una mierda. No tengo miedo, su orgullo es su puto problema no el mio.
Me dirijo a uno de los despachos, un espacio amplio y frio rara vez usado, lejos del suyo. Cierro la puerta tras de mí y enciendo las luces y me siento en el escritorio de madera oscura. Saco mi ordenador y lo abro.
Mis dedos vuelan sobre el teclado, sumergiéndome en la base de datos encriptada que Ilenko que me dio acceso semanas atrás, combinándola con mis propios canales de investigación legal.
Para disolver el compromiso de Hannah con Sforza sin desatar una ejecución inmediata, no puedo simplemente apelar a la diplomacia, tengo que encontrar una grieta.
Empiezo a desmenuzar su red de alianzas en Sicilia.
Estudio sus rutas de contrabando, sus empresas ene el norte de Italia y sobre todo, sus vínculos con las otras familias de la Cosa Nostra.
Empiezo a desmenuzar minuciosamente la red de alianzas de los Sforzas en Sicilia y en el sur de Italia. Estudio su rutas, sus empresas, y sobre todo, sus vínculos con otras familias y mafias.
Busco un cabo suelto.
Un fraude fiscal de proposiciones gigantescas, una traición interna o cualquier flanco débil por el que pueda atacar, presionar y asfixiar antes de que pongamos un pie en el suelo siciliano.
Si logro estrangular sus vías de financiación o poner a sus propios socios en su contra, el compromiso de Hannah pasará a ser el menor de sus problemas.
Los días siguientes se convierten en una espiral de rutina, trabajo obsesivo y aislamiento absoluto.
Ilenko pasa a un segundo plano, convirtiéndose en una presencia casi fantasmal en la casa. No vuelve a intentar acorralarme ni a exigir respuestas, ni a invadir mi espacio. Su orgullo, herido, lo mantiene a raya.
Los encuentros se resumen en miradas en el gimnasio y en las reuniones con el clan para planificar la invasión a Italia. Pero yo no lo miro.. Él no habla. El silencio entre los dos es tan espeso que se puede cortar un con cuchillo.
Me niego a dejarme arrastrar por su magnetismo de nuevo. Estoy blindada en mi rabia y en mi trabajo.
Casi dos semanas después de mi encierro, los mapas, las pantallas de ordenador, y las opciones, estaban expuestas sobre mi mesa. Por fin he localizado las fisuras mortales en el imperio de los Sforza.
Durante las últimas reuniones de la Bratva he estado completamente callada, manteniéndome al margen, absorbiendo y tratando de asumir toda la información posible.
El plan que había detallado Ilenko y Nikolai estaba trazado con pura sangre fría; una estrategia de fuerza.
Pero lo mío era mejor. Mucho mejor. Ellos querían iniciar una masacre, yo iba a tirar su peón más fuerte.
No me queda otra que ponérselo a él ante la mesa.
Recojo mis informes, cierro el portátil y camino con paso firme hasta su despacho. No llamo a la puerta, simplemente la empujo y entro.
Ilenko está sentado tras su escritorio, revisando papeles con una copa de Vodka en la mano. Sus ojos azules, fríos y penetrantes, se oscurecen al clavarse en mí.
No espero a que me de permiso para hablar ni a que pronuncie mi nombre. Me acerco al escritorio y tiro los informes maquetados, justo frente a él.
— Vuestro plan para Sicilia es una jodida carnicería.— sentencio, manteniendo la voz gélida y carente de cualquier emoción personal— . Os estáis enfocando únicamente en la fuerzas y os estáis olvidando por completo del juego político y financiero de Cosa Nostra.
Él se recuesta en el sillón sin decir nada. Se limita a quedarse en silencio, escuchándome con una fijeza imperturbable. Pero yo tampoco pienso ceder. Le sostengo la mirada mientras rodeo el escritorio, señalando los puntos claves de los papeles que le he soltado.
— He desmenuzado la red corporativa y alianzas de los Sforza en Italia.
Marcelo no es un líder autosuficiente; todo su poder en el sur depende de un entramado de lavado de dinero en el norte, gestionado a través de empresas vinculadas a la mafia eslovaca.
Ellos controlan los puertos de entrada y él distribuye.
Es una cadena. Si tocas a Marcelo, los eslovacos los blindarán para proteger su inversión y tendrías una guerra entre dos clanes.
Sé que te dije que fuéramos a por todas con ellos, que me daba igual las consecuencias, pero pensando fríamente, si cortamos la cabeza de la serpiente, el cuerpo se retuerce solo.
He localizado tres cuentas puente en un banco privado de Zúrich a nombre de una fundación fantasma helvética.
Es ahí donde se limpia el dinero del contrabando.
Ya tengo redactada una medida cautelar de congelación de activos por fraude fiscal y financiación criminal, con mandar un mensaje anónimo se congelan las cuentas, Marcello se queda sin liquidez en veinticuatro horas y se desestabiliza lo suficiente para que podamos atacar.
Doy un paso más hacia el escritorio, inclinándome levemente para que sienta el peso de mis palabras.
— Y aquí viene la pieza clave de la negociación; como abogada redactora de la denuncia, tengo la capacidad de paralizar el proceso y reactivar el flujo de dinero se aceptan nuestras condiciones.
Si renuncia formalmente al acuerdo matrimonial y firma un pacto de no agresión con la Bratva, le devuelvo su liquidez.
Si se niega, lo asfixio financieramente hasta dejarlo en su ruina más absoluta, y un Capo de la mafia sin dinero no dura vivo ni dos días.
Termino de exponer mi argumento, me pongo recta de nuevo y me cruzo de brazos sobre el pecho, esperando cualquier tipo de réplica u objeción.
Ilenko baja la vista hacia los informes.
Pasa la palma de su mano por la primera página, observando los sellos bancarios, los números de cuenta y los esquemas societarios, asimilando la jugada maestra que acabo de desplegar sobre su mesa.
Sabe perfectamente que mi estrategia es impecable. No hay una sola fisura en mi plan.
Apoyo las palmas de las manos sobre el borde de la mesa, acortando la distancia física entre los dos.
— Y si no quiere aceptar… jugaremos. Tengo las auditorías reales de todos sus movimientos bancarios. Sforza gobierna porque promete un reparto equitativo con los clanes locales de la Cosa Nostra, pero se esta quedando con un treinta por ciento más de lo que le corresponde.
— Si no firma, filtraremos esos datos a sus aliados. Verán que su líder los está estafando y firmará su propia sentencia por traición. Irán todos a por él. Lo asfixio financieramente por el norte y provoco que sus hombres los despedacen en el sur.
Se toma varios segundos en los que el silencio del despacho se vuelve ensordecedor. Cuando vuelve a el silencio que sigue a mi intervención se vuelve denso, pesado, ensordecedor. Solo se escucha el chismorreo de la leña en la chimenea del despacho.
Ilenko se toma varios segundos eternos. Cuando finalmente vuelve a levantar la cabeza para mirarme, su rostro es una máscara impenetrable de piedra tallada. Se pone en pie con una lentitud calculada, abotonándose el botón de la chaqueta de su traje con pura parsimonia.
Permanece inmóvil al otro lado de la mesa.
No mira los papeles.
Sus ojos cargados de una tormenta contenida, están clavos exclusivamente en mí. Hay una destello indescifrable en su mirada; una mezcla amarga de orgullo, respeto, deseo y la dolorosa certeza de que he construido un muro infranqueable entre los dos.
— Lanza el ataque, en cuarenta y ocho horas nos vamos a Sicilia.