Indefendible (El legado de Volkov 1) 40. IMPLACABLE
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40. IMPLACABLE

Blood  Sport — Sleep Token

Con un ligero movimiento de cabeza, señala hacia la zona de las colchonetas donde Nikolai y Hannah siguen entrenando.

Le sostengo la mirada, aceptando sin pestañear.

Una sonrisa lenta y confiada se dibuja en mis labios.

Doy la vuelta y avanzo en primer lugar hacia ellos, haciendo resonar mis tacones con fuerza contra el hormigón.

Cuando nos aproximamos, Hannah se detiene, jadeando y con el labio partido.

Al verme, sus ojos se iluminan y da un paso adelante con los brazos abiertos, buscando el refugio de un abrazo.

—¡Rachel!

— Ahora no cariño.

La corto con suavidad pero con una firmeza absoluta, manteniendo  los ojos fijos al frente.

Ilenko llega a mi lado. Sin romper el contacto visual conmigo, se lleva las manos a la camiseta negra y se la quita de un solo tirón arrojándola al suelo. Su torso  ancho, cruzado por cicatrices, se tensa. Buscando distraerme.

Por poco lo consigue. Pero aparto mi mirada lujuriosa de él.

Ilenko me recorre de arriba abajo con una sonrisa de lado.

— Deberías quitarte eso si no quieres romperte un tobillo. — Dice, señalando los tacones.

— No hace falta— respondo, plantándome en el  centro— Sólo trata de no ser blando conmigo.

Él no se hace de rogar. Se lanza hacia delante con la velocidad de un depredador, intentando atraparme por la cintura para usar su peso y derribarme.

Utilizo su propio impulso en mi contra. Pivotando limpiamente sobre mi bota izquierda y esquivo su agarre por milímetros, doblo el cuerpo y.

Conecto un codazo seco y ascendente que impacta directo en su mandíbula.

El golpe resuena en el área y arranca un siseo colectivo de los pocos soldados que han empezado a mirar.

Ilenko tambalear un paso hacia atrás, sacudiendo la cabeza, pero la adrenalina hace efecto en él.

Sonríe con los ojos inyectados en una excitación salvaje.

Vuelve a la carga con un puñetazo con una décima parte de la fuerza real que podría emplear directo a mi rostro; pero agacho la cabeza y el aire de su puño me roza el pelo, y aprovecho su guardia derecha para concertar todas mis fuerzas en el puño.

Un puñetazo limpio e implacable impacta de lleno en su boca. El golpe es tan certero que el parte el labio inferior al instante, haciendo que un hilo de sangre roja resbale por su barbilla.

Antes de que pueda recuperarse del impacto, me deslizo por dejado de su brazo, engancho mi pierna por detrás de su rodilla y empujo su torso con fuerza con las dos manos. El factor sorpresa y la precisión de la palanca hacen efecto.

El cuerpo pesado de Ilenko impacta contra el suelo.

El lugar se queda en un silencio sepulcral. Decenas de hombres han dejado de hacer todo , porque sus ojos están clavados en nosotros.

No le dejo tiempo para respirar. Avanzo un paso y planto la afilada suela de mi bota directamente en mitad de su pecho desnudo, presionado lo justo para mantenerlo contra la lona, obligándolo a mirarme. Desde abajo, Me inclino ligeramente haciendo él, respirando deprisa.

— A mi también me gusta dominar, cariño. Que no se te olvide.

Sus ojos azules se oscurecen hasta volverse casi negros. Lejos de enfurecerse, se enciende una posesividad animal y peligrosa se enciende en su mirada.

— Jamás, pequeña.

En un movimiento tan rápido e inesperado que apenas alcanzo a procesar, su mano atrapa mi tobillo por encima del tacón. Tira con fuerza bruta, haciéndome perder el equilibrio por completo. Mi cuerpo cae hacia atrás, pero antes de que caiga  contra la lona, él ya ha girado sobre sí mismo.

En un parpadeo, el peso de su cuerpo me aplasta contra ala colchoneta, atrapando mis muñecas a ambos lados de mi cabeza contra el suelo.

Me quedo atrapada bajo él, sintiendo su pecho agitado sobre el mío y el calor de su sangre del labio goteando peligrosamente cerca de mi cuello. Sus ojos me devoran con una furia puramente erótica y dominante. Todo el mundo nos mira en trance, presenciando una guerra entre los reyes de la Bratva.

— Puedes gobernar mi imperio y sentarte en mi trono, Rachel— me gruñe al oído, presionando su cuerpo contra el mío con fuerza— Pero no te equivoques, de puertas hacia dentro, la única que manda es mi boca sobre la tuya.

La rabia me enciende la sangre, anulando cualquier rastro del magnetismo que intenta imponer sobre mí.

Me cabrea su maldita soberbia.

Me revuelve el estomago que, por mucho que de cara al poder me trate como su igual, siempre se guarde la última palabra, el último movimiento, la seguridad retorcida de que jamás estaré por encima de él.

Apoyo las palmas de mis manos contra su torso desnudo y pegajoso de sudor, y concentrando toda mi fuerza, lo empujo hacia atrás con un movimiento seco y violento.

Ilenko, sorprendido por la brusquedad de mi rechazo, cede el espacio justo para dejarme libre.

Me pongo en pie con agilidad, sin dejar ver el menor rastro de debilidad.

Me coloco bien los pantalones y me aparto el pelo de la cara con un manotazo, sosteniéndole la mirada con frialdad.

Los hombres nos miran fijos, pero yo camino entre ellos como si fuera la puta dueña del lugar, dirigiéndome hacia la salida.

Necesito una ducha para quitarme de encima su olor, su sudor y el rastro de su sangre.

— Rachel!— su voz ruge a mis espaldas.

Me detengo en seco justo antes de cruzar el umbral de la puerta. Me giro a medias, plantándole cara con una furia helada. Ilenko camina hacia mí a paso rápido, con la camiseta aún en la mano.

— Vete a la mierda, Volkov.

Sin darle opción a responder, me doy la vuelta y sigo mi camino. Entro en la casa y me voy directa al baño principal, con el corazón golpeándome las costillas, empujada por una furia ciega.

Abro el grifo de la ducha con brusquedad, esperando que el ruido del agua apague el caos que tengo en la cabeza, pero antes de que pueda dar un solo paso hacia el plato de la ducha, la puerta se abre de golpe, estrellándose contra la pared.

Ilenko entra como un torbellino con los ojos inyectados en una mezcla de desconcierto y rabia.

— ¿Se puede saber que coño te pasa, Rachel?— ruge, cortando la distancia entre los dos, acorralándome, una vez más— ¡Te he dado una orden delante de mis hombres y me has mandado a la mierda! ¡A mi!

— ¡Eso es lo único que te importa!— le grito de vuelta, empujando del pecho— ¡tu maldito orgullo!

¡tu jodido estatus! No entiendo por qué coño tienes que acabar siempre por encima de mí Ilenko.

¿Para esto me querías a tu lado? ¿ Para tener una perra que te acompañase a todos lados y se sometiera a ti?

— Rachel, basta…— intenta interrumpirme, pero la barrera que contenía toda mi presión, ,mi miedo y el peso de todo se ha roto por completo.

— ¡No! Basta no. Estoy harta,  Ilenko. Me he entregado a esta vida.

Al principio. Lo hice para salvarme a mí misma pero luego…

luego lo hice para salvarme contigo. Me he metido en tus mierdas, me he convertido en un monstruo por ti, porque me he enamorado de ti, ¡joder!

¿Y de que cojones me sirve todo esto si al final del día siempre voy a ser la que esté por debajo de ti?

¡ Yo no he nacido para ser la sombra de nadie!

¡Demuestra de una puta vez qué coño quieres de mí más a allá de una sumisión y de tu querido puesto en la Bratva, porque conmigo no lo vas a tener jamás¡

Ilenko se queda completamente paralizado, como si le hubiera impactado una bala directamente en el pecho. Por primera vez desde que lo conozco, su mascara de frialdad y dureza se cae a pedazos. Su rostro es un poema de incertidumbre, shock y pura vulnerabilidad.

Pero no me detengo. Verlo dudar solo alimenta mis ganas de destrozar su armadura. Doy un paso más hacia él, acortando la distancia, clavándole el dedo en el pecho.

— Pero claro… tú no escuchas ¿verdad? Ayer mientras me follabas porque yo quería que lo hicieras te lo dije.

Te lo confesé, me abrí en canal delante de ti…

y ni si quiera me escuchaste. O peor aún, no quisiste escucharme.

Porque en tu jodido mundo solo existe el poder.

Para ti solo existe la Bratva, el control y tener el mando.

No sabes lo que es el amor, porque estás demasiado ocupado asegurándote de estar por encima de todos.

Un silencio sepulcral cae en el ambiente, tan denso que el aire parece congelarse. Solo se escucha el sonido sordo del agua de la ducha corriendo a nuestro lado.

Sé que quiere decir algo, su pecho sube y baja de forma errática, y su mano amaga con levantarse hacia mi rostro. Pero entonces la sombra de Ilenko regresa. Sus ojos se vuelven fríos como el hielo ruso, cerrándose a cal y canto. Vuelve a ponerse su armadura.

Da un paso al frente, pero esta vez sin calor en sus movimientos.

— Estás confundiendo las cosas, Rachel — dice con una voz tan jodidamente fría que me revuelve el estómago— Hablas de amor como si eso cambiar algo.

Da un paso hacia mí. Sus ojos se han convertido en auténticos bloques de hielo.

— Te lo dije desde el principio. Esto empezó con un contrato, sí. Eres mi esposa porque lo necesitaba, pero eres mi esposa porque te quería a mi lado. Lo demás… no cambia ni una sola de mis decisiones.

Hace una pausa, apenas un segundo.

— No puedo dirigir un imperio pensando con el corazón.

Me quedo helada, sintiendo el impacto de sus palabras como un bofetón de agua fría. La crueldad con la que escupe cada palabra me escuece en el pecho, pero me obligo a mantener la barbilla alta, tragándome el dolor y transformándolo en puro odio.

— Tenemos una guerra por delante— continúa él—.En este mundo, el día que un hombre pone los sentimientos por delante de su imperio… deja de tener ambas cosas.

Me mira con una frialdad insoportable.

— Así que mantén la cabeza fría. Cumple con tu parte del trato y yo cumpliré con la mía. Haz tu trabajo.

Cruza la puerta del baño sin mirar atrás, dejándome sola bajo el ruido sordo de la ducha.

Aprieto los puños hasta que las uñas se me clavan en las palmas, clavando la mirada en el umbral vacío. La rabia y la humillación me queman la garganta, pero en mitad de ese dolor, una resolución de acero me quema en el pecho.

¿Quieres un contrato, Volkov? —pienso, mientras me limpio las lágrimas de la cara con rabia—. Pues reza para que ese maldito papel te proteja de mí cuando ya no te quede nada.

Cierro la llave de la ducha con un golpe seco. Salgo al vestidor ignorando el temblor de mis manos y rebusco entre la ropa hasta encontrar unos leggins negros y un top deportivo. Me recojo el pelo en una coleta alta, tan tirante que casi me duele el cuero cabelludo.

Salgo al gimnasio con la mirada fija al frente. Los hombres de la Bratva se callan en cuanto me ven pasar. No miro a ninguno. Me dirijo directamente a la zona de los sacos de boxeo, me vendo las manos con movimientos rápidos y empiezo a golpear.

No cuento los puñetazos ni las patadas, solo la rabia que los impulsa.

Las horas se desdibujan entre el sonido de mis puños impactando contra el cuero y el sudor me ciega los ojos.

Mis nudillos arden bajo las vendas, las piernas me tiemblan por el esfuerzo y el pecho me quema por la falta de aire.

Pero no paro. Necesito destruir algo antes de que sea yo quien se rompa.

Cuanto el cuerpo me obliga a detenerme, la tarde ya ha caído sobre Moscú. A través de los ventanales veo cómo la nieve vuelve a cubrirlo todo. Me quedo observándola en silencio, repasando una y otra vez las palabras de Ilenko.

Me había permitido creer que, pese al caos, estaba a salvo. Que, entre toda aquella violencia, había encontrado un lugar al que pertenecer. Incluso he llegado a pensar que aquello que me quema por dentro es amor.

Aprieto la mandibula.

No. Si él es capaz de enterrar todo bajo un contrato, yo también puedo hacerlo.

Me obligo a convertir ese sentimiento en rabia. Porque la rabia, al menos no te vuelve vulnerable.

Regreso a la casa completamente agotada, arrastrando los pies por el cansancio físico, pero con la mente mucho más fría. Entro en nuestro baño y dejo que el agua casi hirviendo resbale sobre mi piel, intentando borrar el sudor, el olor a pólvora… y el rastro de él.

No voy a pasar una noche más aquí a su lado. Entro al vestidor, cojo un camisón sencillo, mi móvil y mi ordenador. Nada más. Dejo el resto de mis pertenencias allí.

Salgo al pasillo y camino hacia el ala oeste de la casa, buscando la máxima distancia posible, llego a una de las habitaciones de invitados.

Cruzo la puerta y la cierro, cerrándola con pestillo y me tumbo en la cama fría y desconocida. Miro al techo en la oscuridad sintiendo un vacío en el pecho y me siento completamente ridícula por ello.

Si para él el corazón siempre estará debajo del poder, se acabo regalarle la única arma con la que es capaz de destruirme.