39. JODIDAMENTE LETAL
Dangerous — Royal Deluxe
Andamos por un pasillo que conecta la mansión con un edificio contiguo que, desde fueras parece un simple almacén industrial abandonado. Pero al cruzar las puertas, la realidad de la Bratva te golpea como una bofetada de aire denso, cargado de olor a pólvora, sudor y cuero.
Es un templo construido para la guerra para la Bratva, espacio que ya conozco de sonar tras la interminables horas que he pasado entre sus paredes tratando de disipar todo lo que llevo dentro.
A la izquierda, el gimnasio gigante donde las hileras de hombres levantan pesos brutales; en el centro los cuadriláteros donde se muelen a palos a puño limpio; y la derecha, las galería de tiro separadas por cristales reformaos donde el ruido de los disparos se ahoga continuamente.
Camino al lado de Ilenko, mientras docenas de miradas se giran hacia nosotros. No hay susurros, solo un silencio respetuoso a nuestro paso.
A la mitad de la pista, me detengo en seco al visualizar una silueta familiar.
En una zona apartada, Hannah muerde el polvo una y otra vez,.
Tiene la camiseta empapada en sudor, los pantalones manchados y un hilo de sangre brotándole del labio inferior.
Frente a ella, implacable como una estatua de piedra, Nikolai la observa de brazos cruzados.
Hannah aprieta los dientes, suelta un grito de pura frustración y vuelve a ponerse en pie, adoptando la guardia con los puños en alto, temblorosos por el esfuerzo, pero con una determinación en los ojos que me llena de orgullo.
Me estremezco cuando Nikolai la vuelve a derribar de un solo movimiento.
— Está bien —murmura Ilenko cerca de mi oído, atrayendo de nuevo mi atención— Nikolai no tiene piedad, pero es lo mejor que le puede pasar ahora mismo. Ahora te toca a ti.
Me guía con una mano firme en mi espalda baja hacia una de las cabinas de la galería de tiro. Sobre la mesa de acero negro, reposa una Glock 19 de nueve milímetros. Reluciente y letal.
— Cógela— ordena.
No dudo ni un solo segundo.
Alargo la mano y envuelvo la culata con los dedos.
El metal está frio pero me resulta extrañamente familiar.
Demasiado cómoda. Sin embargo, antes de que pueda hacer nada, el cuerpo de Ilenko se pega a mi espalda por completo.
Su pecho firme se presiona contra ella, y su calor me invade de golpe, descolocando mis sentidos.
— La postura es lo primero— me susurra y su aliento provoca un escalofrío por toda mi columna vertebral.
Desliza sus manos grande por mis brazos desnudos, subiendo lentamente en una caricia que busca desestabilizarme.
Sus dedos tratan mis muñecas, obligándome a levantar el arma a la altura de los ojos.
Se pega tanto a mí que puedo sentir perfectamente la dureza de su cuerpo contra mí, una presión puramente erótica.
—Abre las piernas y busca tu centro de gravedad— me ordena con voz ronca, usando su pierna para separar mis pies con brusquedad, obligándome a abrirme para él— Flexiona ligeramente las rodillas con fuerza. Si no agarras con fuerza el retroceso, el arma te dominará a ti.
Sus manos bajan a mis caderas, apretándolas con fuerza, fijando mi postura mientras se inclina hacia delante, rozando mis labios con su mejilla al alinear su mirada con la boca sobre la mira de la pistola.
Es una distracción masiva, un juego de seducción y poder. Quiere ver si me quiebro, si tiemblo si los nervios me traicionan bajo su tacto.
Pero se equivoca. La cercanía de su cuerpo, lejos de debilitarme, enciende la mecha de adrenalina salvaje en mi cuerpo. Utilizo todo lo que tengo dentro como un ancla. Bloqueo el ruido del alrededor y el sentimiento de tenerlo en mi cuello.
Cuelo el dedo en el gatillo, sintiendo la resistencia del metal.
Escucho el percutor.
— Dispara— ordena él, sujetando mis caderas para que yo no pierda estabilidad. Pero no me hace falta.
No parpadeo. No dudo. Exhalo aire despacio por la boca.
El resto desaparece.
Solo existe la mira.
Oriento el gatillo con una maestría magistral, absorbiendo el impacto directamente en mis brazos.
El estruendo llega a la cabina. El casquillo sale despedido. A cien metros de distancia, la diana de papel, muestra un agujero perfecto, justo en el centro.
Ilenko suelta una risa baja, una vibración ronca que siento contra mi espalda, pero no se aparta.
— Suerte de principiante— murmura contra mi piel con tono desafiante—. Vamos a complicarlo un poco.
Presiona un botón. Las luces de la galería cambian a un tono rojo parpadeante y las dianas fijas desaparecen. En su lugar, un sistema de raíles empieza a lanzar siluetas humanas en continuo movimiento, cruzándose a diferentes velocidades y distancias.
Me deshago de su agarre de cadera, para tener libertad de movimiento. Mis ojos se vuelven fríos y calculadores. La pistola se convierte en una extension de mi propio brazo.
Empiezo a disparar con un ritmo mecánico fluido y letal.
No hay un solo atisbo de duda en mis movimientos.
Mi mente procesa las trayectorias de las siluetas antes e que terminen de cruzar el campo visual. Cada detonación ilumina la cabina con un destello de pólvora.
Una silueta a la bizqueras; centro de la cabeza.
Dos siluetas cruzándose a la derecha; pecho y garganta.
Una silueta lejana en un movimiento demasiado rápido; impacto directo en el pecho.
El cargador se vacía dejando escapar un fino hilo de humo gris. En la cacería de todas y cada una de las dianas de metal han caído al suelo con un impacto perfecto. Ni un solo fallo.
El silencio vuelve a la cabina, solo roto por el sonido de mi respiración pausada y los casquillos calientes esparcidos a mis pies.
Ilenko se queda completamente estático a mi lado. Su mirada viaja entre las dianas y yo, devorándome con una intensidad que quema. Sus pupilas están completamente dilatadas, reflejando una mezcla de asombro absoluto, respeto y una lujuria salvaje que ya no se puede ocultar.
Da un paso lento hacia mí, me arrebata el arma sin perder el contacto visual y la deja sobre la mesa. Acto seguido, me acorrala contra el borde de malta, atrapando mi cara con la palma de su mano con firmeza.
— Eres jodidamente letal pequeña.
Sostengo su mirada, sintiendo el calor de su mano y la intensidad salvaje de sus ojos devorándome. No hay rastro de sumisión en mí, al contrario, la adrenalina todavía corre por mis venas provocando que esboce una sonrisa lenta, fría y cargada de una seguridad que lo desafía directamente.
—Te dije que no hablo por hablar.
— ¿Dónde cojones has aprendido esto?— me pregunta, exigente.
— Parece que tu control sobre mí no era tan perfecto como te creías…
— Responde Rachel
Se inclina hacia mí, acorralando contra el borde de la mesa de acero. Doy un paso hacia delante, haciendo que mi pecho choque contra el suyo, anulando cualquier distancia física para demostrarle que no me intimida.
— Nunca he esperado que nadie me salve. Igual que he pasado años aprendiendo artes marciales para saber como tumbar a un hombre el doble de grande que yo, la feria de tiro era mi rutina.
Nueva York puede ser una ciudad muy jodida, y yo siempre he tenido claro que si alguien intentaba ponerme una mano encima, lo último que haría seria suplicar.
Un silencio denso cae entre los dos. Veo el momento exacto en el que las piezas encajan en la cabeza de Ilenko. Sus pupilas se dilatan y la mandíbula se le tensa. Todas esas horas que he pasado encerrada en el gimnasio él pensaría que era una simple rutina de una mujer para mantenerse.
Pero lo que mantenía no era solo mi cuerpo, si no mis reflejos y mi fuerza al límite por pura convicción.
Una sonrisa lenta aparece en sus labios. Deja caer su mano de mi barbilla para apoyar ambos brazos a mis lados en la mesa, atrapándome por completo.
— Interesante.
Me observa unos segundos más.
— Creía que estaba creando un arma.
Hace una pausa.
— Pero resulta que ya lo eras.
— Una vez más… subestimándome querido…
Una chispa de pura diversión y desafío cruza los ojos de Ilenko. No se echa atrás. Al contrario, la forma en la que lo he arrinconado mentalmente solo aviva su fuego.
— Nunca más, pequeña— murmura de cerca— ¿Que te parece si me demuestras una vez más lo que sabes hacer?