Indefendible (El legado de Volkov 1) 38. PALABRAS SIN CONTROL
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38. PALABRAS SIN CONTROL

Starset — My Demons

Se queda un segundo congelado sobre mí, con su cuerpo pesado y ardiente aplastando contra la madera de la mesa de billar mientras los espasmos de la última embestida  se apagan lentamente en mis músculos.

Mantiene la mano enredada en mi pelo, tirando con la firmeza justa para obligarme a seguir mirándolo.

Nuestras mejillas se mantienen pegadas, compartiendo el sudor que resbala por la piel y una respiración todavía agitada que llena la habitación.

Es ahí, con nuestros rostros a milímetros de distancia y mirándolo directamente de reojo, donde lo veo; un destello de satisfacción feroz  brillando en sus ojos azules.

Antes de que pueda procesar la magnitud de mi confesión, me gira con brusquedad y vuelve a buscar mi boca.No es un beso tierno. Es un beso posesivo, un sello que marca mi rendición. Me saborea con un lentitud exasperante, como el depredador que saborea su presa.

Se aparta despacio, rozando mis labios una última vez antes de incorporarse. El aire frío de la habitación golpea mi piel desnudad, pero el calor que ha dejado su boca sigue ardiéndome por dentro.

Se abrocha los pantalones sin retirar la mirada de mí.

— Vamos. Tenemos una reunión que terminar.

La frase cae sobre mí como un jarro de agua helada.

Se me había olvidado por completo que los hombres de la Brava seguían al otro lado de la pared. No sé cuánto tiempo ha pasado, pero la sola idea de entrar a ese despacho con aspecto de recién follada hace que el calor suba de nuevo por mis mejillas.

Ilenko sonríe al ver mi expresión de desconcierto mientras se arregla el cuello de la camisa negra que entalla cada uno de sus músculos. Me visto a toda prisa, con las manos aún temblorosas e intento atarme el pelo en una coleta cuando su mano me frena con firmeza.

— Déjalo suelto.

La posesividad de sus palabras me recorre la espina dorsal. En lugar de un gesto cariñoso, me atrapa de la muñeca y tira de mí hacia el despacho contiguo. No me guía. Me lleva. Como si quisiera que todo el mundo recordara exactamente quién soy.

Dentro, la tensión puede cortarse con un cuchillo.

Lev, Dimitri, Bastian y Alexander (el más joven del clan) se ponen de pie de inmediato.

Lev desvía la mirada hacia mi cabello revuelto por una fracción de segundo antes de aclararse la garganta, incómodo.

Ilenko les indica con un gesto seco que se sienten, ocupando su lugar en la mesa mientras hace que me siente a su derecha.

— Los italianos ya saben que Maksim ha muerto— suelta Dimitri,  sin contemplaciones— Fuimos nosotros mismos los que enviamos el comunicado, pero la respuesta ha sido silenciosa y eso no me gusta.

— Están estructurándose. — interviene Bastian con voz grave—. Había una tregua firmada con la que no podían hacer movimientos directos que nos perjudicasen, pero con la muerte de Maksim está claro que la tregua ha saltado por los aires.

— Y hay más— añade Alexander, tecleando rápido en su portátil antes de alzar la vista—. Brown ha vaciado todas su cuentas y ha huido esta madrugada. Nuestros hombres lo sitúan rumbo a Sicilia. No sabe que Maksim ha muerto. Solo sabe que no podrá cumplir su parte del trato con su hermana Señora.

Siento como las sangre se me congela por un segundo, peor me obligo a mantener la compostura. Bajo la mesa, la mano de Ilenko encuentra  la mía, apretándola con una fuerza brutal que me devuelve a la tierra.

— Mi padre no se esconde. Está huyendo.  — Digo, atrayendo la mirada de todos— Le conozco perfectamente.

No tiene la menor idea de nada. Ha huido a suplicar piedad a los Sforza, a ponerse de rodillas y a mendigar tiempo para encontrar a Hannah antes de que le corten en cuello por incumplir su palabra.

— Entonces la estrategia es simple— sentencia Lev— Dejamos que Brown llegue a Sicilia.

Cuando los italianos vean que llega con las manos vacías, se encargarán de torturarlo y matarlo por romper el trato.

Pero no nos engañemos, un pacto de sangre de la Cosa Nostra no se olvida; van a querer a Hannah igualmente y usarán la muerte de Mkasim para venir a por nosotros y romper cualquier tipo de tregua que tuviéramos pactada.

Deberíamos blindar Moscú y esperar a que vengan.

Si quieren a la chica o cruzar un solo palmo del territorio, aquí jugamos con ventaja.

Cruzar el mapa para ir a buscarlos a su terreno es un suicidio.

Nadie responde.

Todas las miradas recaen sobre Ilenko.

Pero soy yo quien rompe el silencio.

Me suelto del agarre de Ilenko y  me apoyo en la mesa hacia adelante.

— No vamos a quedarnos aquí sentados.

— Con el debido respeto señora— replica Lev, entornando los ojos y esbozando una sonrisa cínica— defender nuestra casa es una estrategia militar lógica.

Cruzar el mapa para cazar a su padre en el suelo de Cosa Nostra es una venganza que acaba en suicidio colectivo.

No podemos desgastar a nuestros hombres en territorio extraer por el capricho de…

—¡Me importa una mierda tus estrategias, tus posiciones o tu experiencia en esto!— lo corto de golpe, dando un manotazo firme sobre la madera de la mesa que resuena en todo el despacho.

— No voy a esperar a que los italianos decidan cuándo y cómo  atacar a mi familia. — Mi mirada no se aparta de la suya— La cabeza de Brown es mía. Y las decisiones que impliquen a mi hermana también.

Un silencio sepulcral cae sobre la sala.

Lev permanece inmóvil, con la mandíbula tensa y el orgullo herido. Sus ojos buscan a Ilenko, esperando una orden.

Nadie desafía a un hombre de esa manera.

Nadie exige una guerra internacional por una cuenta pendiente.

Nadie excepto yo. Se perfectamente que no he consultado este movimiento con Ilenko, pero no siento el menor rastro de culpa o debilidad por haber tomado la iniciativa.

Ser la Dama de este imperio no significa sentarme a sonreír mientras los hombres juegan a la guerra; significa reclamar mi derecho de sangre sobre el tablero.

Mi sed de venganza no es un capricho.

Es una orden.

Y si alguno todavía cree que ser la esposa de un Volkov consiste en sonreír desde su derecha, está a punto de descubrir lo equivocado que está.

Dimitri intercambia una mirada de asombro con Bastian. El veterano, lejos de enfadarse, suelta una risa seca y ronca.

— Tiene agallas,  Pakhan— dice Bastian, inclinando la cabeza hacia mí en un gesto de respeto— Pero Lev tiene parte de razón. Entrar a Italia en este momento es encender una mecha que no podremos apagar fácilmente. Si dejamos la ventaja de jugar en casa ¿ Cuál es el plan?

Ilenko se echa hacia atrás en su sillón de cuero, con una lentitud calculada, sin quitarme los ojos de encima. Una chispa de orgullo peligroso brilla en su mirada antes de volverse hacia sus hombres.

— El plan es que no vamos a entrar como suplicantes ni a ciegas— interviene Ilenko, si voz baja y rasposa imponiendo una autoridad incontable— la ventaja es que somos la Bratva y no pedimos permiso.

Así que acatad las órdenes y dejar de llorar como viejas.

Si alguno no se siente capaz de seguir el ritmo en esto, ya sabe dónde está la maldita puerta.

Aquí no le tememos a nada, y si vosotros lo hacéis…

pegaos un puto tiro en la cabeza antes de que lo haga yo.

Ilenko hace una pausa, dejando que el peso de la amenaza cale en la sala, y se gira levemente hacia mí.

— Dimitri, estudia el perímetro de cada una de las propiedades de los Sforza.

Alexander, dobla vigilancia en las fronteras europeas, cuando el avión de Brown aterrice, quien saber con quien haba antes de que pise el suelo.

Diseñad un plan de entrada directo, limpio y sin fisuras.

Nos movemos a su terreno porque el ataque es la mejor defensa.

No voy a espera a que esos mierdas llamen a mi puerta. Voy a tirar la suya.

—Nos podemos a ello ahora mismo— contesta Lev, tragándose el orgullo a la fuerza y asintiendo con un respeto renovado.

Cuando las puertas del despacho se cierran tras la salida de los hombres, el silencio que queda en la instancia se vuelve denso.

Ilenko se levanta despacio de su asiento. Caminando rodeando la mesa hasta quedar frente a mí, recorriendo mi cuerpo con la vista antes de atrapar mi barbilla con los dedos, obligándome a alzar la cabeza hacia él.

— Me vuelve loco verte coger las riendas.

Sus ojos recorren mi rostro con una mezcla de orgullo y hambre.

— Pero no confundas mandar con sobrevivir.

El silencio que deja pesa más que cualquier amenaza.

— Hoy has pedido una guerra. Y, cuando empiece… no habrá vuelta atrás.

Sus palabras se me quedan grabadas a fuego.

La presión de sus dedos en mi cuello es un recordatorio silencioso.

Me quiere a su lado.

Pero nunca por encima.

Le sostengo la mirada, tensando la mandíbula. No me encojo ante su advertencia ni permito que su condescendía me rebaje a una posición de ingeniosidad. Si piensa que me va a asustar con discursos sobre la realidad de la mafia, es que no tiene ni idea de quien soy.

— No hablo por hablar— le respondo con frialdad, de tal manera que me sorprende hasta. A mí misma, que incluso aparto su mano del cuello— Se perfectamente el terreno que estoy pisando y no necesito que me recuerdes donde estoy. Y sé perfectamente también de lo que soy capaz.

Sus ojos azules me evalúan en silencio, buscando cualquier grieta de duda en mi rostro. Pero no la encuentra. En su lugar, una sonrisa letal y desafiante aparece en él.

—Bien,  pequeña.

Hace una pausa.

— Entonces la primera bala la disparas tú.