36. JUEGO
Haunted — Beyoncé
Las semanas pasan en una rutina extraña, casi anestésica, en la propiedad de los Volkov.
El escándalo en Nueva York no hace mas que arder, las noticias sobre la abogada reseñada se suceden un día tras otro, pero aquí asiladas por los muros de piedra y la seguridad de la Bratva, el tiempo fluye de otra manera.
Parece mentira la aceptación de la nueva realidad tan rápida que he tenido, como si una parte de mi ser hubiera nacido para ello.
Mi hermana mejora. Pasos agigantados. Su pánico inicial se va transformando en una disciplina fría gracias a Nikolai, que no le da ni un segundo de tregua.
Yo paso las mañana divididas entre el gimnasio, quemando la rabia sobre los sacos de boxeo, y la biblioteca de la casa, devorando documentos, mapas y libros de la historia de la Bratva averiguando todo sobre ellos. Necesito entender todo para gobernarlo.
Sin embargo, el contacto con Ilenko no hace más que intensificarse. Cada mirada en los pasillos, cada roce es una chispa involuntaria a punto de provocar un incendio. Acumulo tanta electricidad contenida en el cuerpo que siento que voy a estallar en cualquier momento.
Por eso, esta tarde, cuando salgo del baño con la piel todavía helada por la ducha y la mente fija en un solo objetivo; Ilenko. Necesito quemar la rabia que me devora por dentro y el despacho donde se encuentra mi marido es el único lugar en el que puedo hacerlo.
Salgo por el pasillo a paso firme. Sin embargo al acercarme a las puertas de su despacho, el murmullo de varias voces me hacen detenerme. Está reunido. Doy la vuelta, negándome a interrumpirle.
Me meto en la sala contigua, un salón con paredes oscuras donde destaca una mesa de billar. Con la idea de distraerme, agarro el triángulo y empiezo a colocar las bolas, una a una, golpeadoras con fuerza para canalizar la frustración.
No llego a terminar, cuando el sonido de la puerta a mis espalda hace que me tense. No necesito girarme para saber quien es.
— Qué sea la última vez que te quedas al otro lado de esa puerta, Rachel.
Su voz, un gruñido profundo, irrumpe el silencio del salón mientras camina hacia mi.
La puerta se cierra a sus espaldas con un golpe seco. Se detiene a un par de pasos con la camisa ligeramente desabrochada y esa mirada que provoca que se me encienda la sangre al instante.
— No me gusta que juegues a ser una invitada, pequeña. La próxima vez abres las puertas, porque no importa quien cojones esté conmigo. Tu lugar es a mi lado, no a mis espaldas.
Me giro despacio, apoyando las manos en el borde de la mesa de billar, sosteniéndole la mirada con picardía. El desvía los ojos hacia las bolas a m medio colocar y arquea una ceja.
— No he pasado porque no quisiera, sino porque prefería jugar.
— ¿Ah, si? — suelta una sonrisa ronca, dando un paso más hacia mí, acortando el espacio.
— Y se me da muy bien.
— Hagámoslo entonces— se separa de mí y va hacia el otro lado del billar a coger un palo.
— Pero antes… tienes que responderme a algo.
Ilenko se frena en seco con el taco de madera entre los dedos. Se gira despacio, tirando la punta con movimientos lentos y preciosos, pero sin apartar sus ojos de los pies de tal manera que parece querer leer mis pensamientos.
— ¿Me diste mis cosas para que viera cómo se destruir mi vida ahí fuera? ¿Las mierdas de mi padre y Christian? O mejor… La mierda de titulares que lanza mi carrera a la basura.
Ilenko suelta una risa baja y ronca, totalmente impasible. Apoya la base del taco contra el suelo, sosteniéndose en él con una chulería exasperante mientras se enciende un cigarrillo.
— Es por si de alguna manera dudabas de lo que estabas haciendo— admite, clavándome una mirada lasciva que me recorre el cuerpo entero— Quería que recordar que ahí fuera no tienes nada, pequeña. Que entiendas que mientras tú estás aquí, el mundo gira sin ti.
—Da igual cuánto luchas contra ello, Rachel. Ahí fuera ya no queda nada para ti.Tu sitio está aquí. Conmigo.
Nos quedamos en silencio. Acorto la distancia para meter la mano en sus pantalones y robarle un cigarrillo, sin decir una palabra lo enciendo con el suyo, separándonos solo la distancia de ellos.
El humo flota entre nosotros, denso y cargado de una electricidad erótica brutal que amenaza con hacerlo estallar todo.
Ilenko regresa a su posición original, dándole un último toque tiza a la punta del taco.
— Empecemos. Pero que sepas, que aquí se gana por las buenas, por las malas o porque yo decido las reglas. Y hoy perderás.
Una chispa de rabia me prende por dentro. Con un movimiento lento, deliberado y asombrosamente sensual camino hacia él. En lugar de coger otro palo, me impuso con las manos y me subo de golpe a la mesa de billar.
Me siento sobre el fieltro y abro las piernas de par en par, frente a él. No llevo bragas. Mi coño brillante y completamente empapado por el deseo, queda expuesto ante su rostro. Doy una calada mientras le desafío con la mirada. Si él quiere imponer sus reglas, yo destrozo el tablero.
Ilenko no reacciona de inmediato.
Sus ojos bajan primero hacia la mesa.
Observa las bolas perfectamente colocadas.
Después el taco que sostiene entre los dedos.
Finalmente vuelve a levantar la vista hasta mí.
Una sonrisa lenta, peligrosa, curva a duras penas la comisura de sus labios.
— Y esto … ¿forma parte de tus reglas?
Sostengo el cigarrillo entre los dedos y exhalo el humo despacio.
— Precisamente.
Sus ojos brillan con una mezcla de orgullo y desafío.
— Has cambiado el juego.
Sonrío.
— No.
Inclino ligeramente la cabeza, sin cerrar las piernas.
— Forma parte de las tuyas. Las estoy rompiendo.
Durante un instante ninguno de los dos se mueve. Le sostengo la mirada convencida de haber ganado.
He cambiado el tablero.
He destruido las reglas.
Sin embargo, mantiene un exasperante rastro de control.
Se detiene justo delante de mis piernas abiertas. Sin tocarme.
Ni siquiera parece tener prisa.
Coloca el taco entre los dedos con una calma casi insultante y se inclina sobre la mesa, rozando apenas mis muslos con sus brazos.
Su respiración cálida caricia mi piel.
Se concentra, empuja el palo… y lanza la bola hacia el lado completamente opuesto de la mesa, haciéndola rebotar inútilmente.
Me rio entre dientes, echando la cabeza hacia atrás, encantada de ese error.
— Has fallado— Le provoco, bajando la mirada hacia él.
Ilenko se incorpora despacio. Una sonrisa lobuna y peligrosa transforma sus facciones mientras sus ojos se clavan. Fijamente en mi entrepierna.
—¿Tú crees?
Asiento, sonriente.
— Quizás ese no era mi objetivo, letrada.
Antes de que pueda procesar sus palabras, mueve el palo en el aire con destreza. Agarra la parte gruesa de ,ayer y desliza la punta directamente hacia mí. La madera barnizada, fría y nueva se posa justo sobre mi clítoris.
Ahogo en un gemido cuando empieza a mover el palo del billar con una precisión tortuosa. Presiona, rodea mi entrada y luego vuelve a frotar en mi clítoris con movimientos lentos, firmes y calculados que me hacen arquear la espalda, buscando desesperadamente ese contacto.
— Tú juegas con palabras. Yo juego con tu cuerpo. El problema, letrada… es que todavía no sabes cuándo dejas de mojar tu partida para jugar exactamente a lo que yo quería.Dime ahora quien esta perdiendo.
Justo dice esa última palabra y retira el contacto de golpe. El frío de la madera desaparece, dejándome con una punzada de frustración que me quema las entrañas. Me duele que me arranque el placer de esa manera justo cuando el fuego empezaba a consumirme por dentro.
Pero no suplico.
En vez de replicar le sostengo la mirada y clavo mis propios dedos en mi coño.
Empiezo a masturbarme con ganas, con rabia, decidida a tomar lo que es mío.
Introduzco los dedos una y otra vez sin cesar, hundiéndolos profundamente mientras con el pulgar rozo mi clítoris con una urgencia salvaje.
Ilenko se tensa, pero no me detiene. Se deleita con las vistas, clavando sus ojos oscurecidos en el espectáculo que le brindo con mi mano.
Su respiración se vuelve pesada y veo como aprieta el palo entre sus dedos con tanta fuerza que sus nudillos se vuelve blancos.
Le encanta mi descaro, le vuelve loco que no me doblegue.
Mis movimientos se vuelven mas rápidos, mas erráticos. El eco de mis gemidos empieza a llenar el salón y siento esa conocida marea de calor concentrándose en mi pelvis. Tensando mis. Muslos con fuerza. Estoy al límite. Estoy a punto de correrme.
Y justo en el momento que voy a romper a temblar, él reacciona.
Me aparta la mano de un manotazo firma y sin ningún tipo de miramiento, me mete de golpe el mango del palo.
El grito me corta la garganta cuando la madera gruesa y pulida me invade por completo, abriéndome de golpeen una embestida brutal.
Mi propio orgasmo estalla dolorosamente y puro éxtasis alrededor del palo, atrapada entre el dolor de la invasión y el placer salvaje de la liberación.
Sin darme ningún tipo de tregua, me arranca el palo de billar de dentro de un tirón seco que me hace jadear, dejándome flotando en el eco del orgasmo.
Pero no hay espacio para respirar. Me coge de las piernas con una fuerza bruta, tirando de mí hacia el borde y me da la vuelta sin la más mínima delicadeza.
Me deja colocada de espaldas a él, con el pecho y el estomago apoyados contra la mesa, mientras mis piernas cuelgan hacia el suelo, completamente desarmada y expuesta a su merced.
Antes de que pueda afianzar las manos sobre la madera, la palma de su mano impacta contra mi culo en un azote con fuerza que resuena en toda la sala.
El dolor ardiente me hace chillar, un grito agudo que se clava en las paredes del salón que solo consigue encender más el ambiente.
Y entonces, sin previo aviso mete su polla en mi coño de una simple estocada. Un gemido desgarrador se me escapa de la boca al sentir la brutalidad de su entrada.
No sé en que maldito momento se ha bajado los pantalones ni cuando la ha sacado, como tampoco entiendo en que momento me he dejado follar por un puto palo de billar, pero la realidad me golpea con fuerza.
La sensación de su polla, dura, ardiente y enorme llenándome por completo después de la madera es más que exquisita.
Ilenko me agarra con fuerza de las cadera, clavando sus dedos en mi piel para marcarla como siempre y empezar a a embestirme con un ritmo salvaje y descontrolado.
Cada golpe de su pelvis contra la mía me empuja hacia delante sobre la mesa.
El ritmo es frenético, rozando la violencia, una descarga pura de toda la adrenalina y la furia que ambos lleva os acumuladas desde el amanecer.
La embestidas me golpean tan profundo que apenas puedo articular palabra, solo soy capaz de soltar gemidos rotos que Ilenko ahoga pegando su boca a mi cuello, mordiendo la piel mientras gruñe contra mí.
La fricción es abrasadora, perfecta.. la velocidad a la que me lleva no me da tiempo en pensar nada mas que en este placer que me llena por completo y la electricidad uq vuelve a concentrarse con fuerza en mi vientre.
— Dilo— me exige, tirando de mi pelo hacia atrás para obligarme a girar la cabeza.
Le sostengo la mirada, con los ojos empañados por el sudor y las lágrimas. Se lo que quiere que le diga.
Porque él lo sabe desde hace tiempo y yo todavía no estaba preparada para decirlo y lanzarme directa al abismo .
Mi pared vaginal se contrae con violencia alrededor de su polla y el orgasmo me golpea como una marea implacable, haciéndome gritar mientras todo mi cuerpo tiembla en espasmos incontrolables.
— ¡Qué lo digas joder!— me vuelve a imponer. Y no sé si por el placer o por la necesidad de soltar la verdad, confieso como si de una criminal se tratara.
— Te amo.
En ese momento, Ilenko suelta un gruñido salvaje, hundiéndose una última vez al máximo dentro de mi mientras se corre, llevándome por completo con su calor mientras la mesa de billar se convierte en el escenario de mi rendición absoluta.
Y yo , acabo de entregarle la única arma que jamás quería
darle.