Indefendible (El legado de Volkov 1) 35. APRENDIZAJE
75%

35. APRENDIZAJE

Nightmare — Halsey

Una chispa de orgullo, mezclada con un alivio ensordecedor, me golpea el pecho.

Cruzo la cocina a paso rápido y me siento en la banqueta al lado de Hannah, arrastrándola hacia mí para acortar distancia.

— Veo que ha vuelto el sarcasmo.— la respondo, forzando una sonrisa mientras le robo la mitad de un cruasán para morderlo.

— ¿Quiere un café señora? — me pregunta Miranda.

— Sí por favor… Me alegra ver que estás en pie… No sabía si iba a encontrarte…

— ¿Hecha un mar de lágrimas? Lo estaba Rachel. Desde el momento que tu marido decidió secuestrarme

— No te ha secuestrado…

— Déjame terminar — me interrumpe— lo estaba, he pasado horas llorando en esa maldita cama tratando de procesar todo lo que me dijiste. Pero te recuerdo que no soy ninguna niña a la que sedar para que no os moleste…

— No lo hicimos por eso Hannah, cariño. Estabas en un estado de ansiedad brutal y no podías presentarte ante lo que tenemos encima así. Si de algo me he dado cuenta es que tenemos que demostrar nuestra valentía una y otra vez y no nuestra debilidad.

Hannah se queda en silencio un segundo, asimilando mis palabras mientras Miranda me tiende una taza de café humeante con una mirada de disculpa silenciosa. Le agradezco con un leve asentimiento.

Mi hermana clava sus ojos negros en los míos, manteniendo esa rigidez en la espalda.

— Sé que nuestro padre es un hijo de puta. Sé que nos metió en esta mierda desde hace a saber cuanto. Pero necesito que me cuentes todo. Necesito que me expliques que hago aquí.

Suelto un suspiro y dejo la taza sobre la encimera. Coloco mis manos sobres las suyas obligándome a mirarla fijamente. Sus dedos están fríos pero la determinación que brilla en sus ojos me da el valor para ser despiadada con la verdad.

— Papá… como bien ya sabes vendió a nuestro madre a la Mafia Italiana para construir su imperio, por lo que fuimos automáticamente una deuda de sangre para la Rusa.

— comienzo y noto como mi propia voz empieza a dudar de seguir, pero me armo de fuerza y sigo— Al ver que me había unido a ella, en un acto de desesperación porque la rusa no fuera a por él, te vendió a la italiana para pedir protección, prometiéndome con uno de sus hombres.

Un silencio sepulcral cae en la cocina. Miranda deja de limpiar y Nikolai, observa la escena con atención. Hannah retira sus manos de las mías como si quemaran, tratando de procesar el horror de su destino.

Antes de que pueda hablar o derrumbarse, Ilenko entra en la cocina.

El espacio parece encogerse bajo su imponente presencia.

Lleva una camisa negra con las mangas remangadas, dejando ver sus tatuajes oscuros en la piel, y el cabello todavía húmedo de la ducha.

Su mirada barre la estancia, depositando sus ojos en mí por un segundo antes de desviar la mirada  hacia Hannah.

— Yo obligué a Rachel a casarse conmigo para darla mi protección bajo el apellido de la Bratva, y reclamar ademas mi lugar en ella.

Te trajimos a Rusia porque es el único lugar donde la Cosa Nostra no puede ponerte un dedo encima sin desterrar una guerra.

Pero anoche ejecuté a mi padre, y el tenía un acuerdo de paz con ellos, a pesar de haber matado a su hermana, por lo que la tregua se ha disuelto y la Cosa Nostra no tardará en pedir una guerra.

Hannah mira a Ilenko y luego a mí, y veo como el miedo en sus ojos se transformaba en una rabia ciega.

— O sea… hace dos días estaba en mi universidad a punto de terminar la carrera y ahora estoy en una guerra entre mafias pidiendo mi cabeza por culpa del hombre que me leía un cuento antes de dormir.

El dolor y la traición en sus palabras, me cortan la respiración. Recordé la misma sensación de desamparo cuando todo esto empezó, el peso de descubrir que el hombre que se hace llamar nuestro padre era el mismo que nos había lanzando a una pena de muerte.

— Tienes que entender en el mundo en el que estamos ahora, esto no son las clases ni un juzgado Hannah… es vida o muerte y tienes que prepararte para ello. — digo

— Tendrás un guardaespaldas respaldándote, Nikolai— Dice Ilenko cuando Nikolai da un paso al frente asintiendo.

Hannah lo mira de arriaba abajo, asimilando la idea de tener a ese hombre pegado a su espalda las veinticuatro horas del día. Arruga la nariz, dejando salir un poco de esa inmadurez tan típica de su edad.

— Podríais haberme puesto uno un poco más simpático.— se queja.

Una comisura de los labios de Ilenko se eleva en una mueca divertida por el descaro de mi hermana, mientras Nikolai se limita a clavar sus ojos en ella.

— Nikolai es el mejor hombre que tengo— sentencia Ilenko, recuperando la seriedad y dándole una palmada en el hombro a éste. — Te protegerá y te ensañará a defenderte.

— Cámbiate y te espero en el jardín en quince minutos, empezamos hoy— dice Nikolai dándose la vuelta y saliendo de la cocina.

Hannah se queda mirando fijamente el umbral vacío por el que acaba de desaparecer. Deja escapar un suspiro frustrado, soplándose un mechón de pelo en la frente con una mezcla de fastidio y pánico contenido.

— Que bien ,oye— murmura con sarcasmo— quien minutos… ¿Es un ejército esto?

— Más o menos— dice Ilenko— vete a cambiar, a Nikolai no le gusta esperar.

Ella asiente despacio, tragándose el nudo de la garganta. Le da un último trago a su taza de té, y sale de la cocina a paso apresurado, parece que asumiendo la nueva vida que tiene delante.

— ¿Crees que está lista para esto?

Ilenko da un paso hacia mí, recortando la distancia hasta que puedo oler el aroma limpio de su ducha.

— No le queda otra. Voy a pasarme la mañana en el despacho viendo que mierdas ha dejado mi padre. Te he dejado en la habitación tu teléfono y tu portátil, pero tiene todo tipo de ubicación apagada.

— No voy a irme a ningún lado— digo enfadada por su falta de confianza.

— Contigo nunca se sabe, pequeña. Mira como cogiste ayer el poder de la mafia y creo recordar…— se acerca a mi oreja provocando un escalofrío por toda mi espalda— Que te encantó.

Se marcha sin esperar respuesta, dejándome sola.

Me quedo un momento quieta, tratando de calmar el latido frenético de mi corazón que provoca cuando está a mi lado. La mezcla de rabia por su arrogancia y el miedo real por lo que se nos viene encima me revuelve el estómago.

Salgo de la cocina a paso rápido y subo las escaleras en dirección a nuestra habitación.

Necesito mi teléfono y mi portátil. Necesito conocer donde estoy metida, necesito conocer que está pasando en el mundo exterior.

Entro al dormitorio y voy directa a la mesita de noche donde están los dos dispositivos. Agarro el teléfono y lo enciendo, esperando el torrente de notificaciones que sé que va a colapsar la pantalla.

En cuanto se enciende, el aparato empieza a vibrar sin tregua en la mano.

Los primeros mensajes que salen en la pantalla, son de mi padre.

«¿Pero qué demonios has hecho, Rachel? ¿Te has vuelto completamente loca?»

«No sabes en lo que te has metido secuestrando a tu hermana. Esto es una muerte segura para ella y para ti.»

«Os habéis sentenciado. Olvidaos de volver a Nueva York. Estás muerta, Rachel, y no solo para mí.»

Leo las líneas una y otra vez sintiendo como la bilis me amarga la boca.

Cojo un cigarrillo del paquete de Ilenko y lo enciendo para tratar de alejar la ansiedad de lo que estoy leyendo.

Ni una sola pregunta de cómo estoy. Ni un ápice de preocupación real por Hannah, más a allá del pánico que siente él mismo por haber perdido su mercancía.

Por un momento, el impulso de llamarle y gritarle me quema los dedos, pero me niego a darle esa fascinación.

No voy a rebajarme a discutir por teléfono con el hombre que nos usa como moneda de cambio.

La verdades se dicen a la cara y la próxima vez que escuche mi voz, será cuando le esté apuntando a la cabeza con una pistola.

Deslizo los mensajes de mi padre hacia un lado para encontrarme con los de Christian.

«¿La mafia rusa, Rachel? ¿En serio? He visto los informes del FBI. Tienes la cabeza metida en ese tribunal de salvajes.»

«No sabes lo que has hecho. Has destruido tu carrera, has destruido tu vida. No pienso dejar que te salgas con la tuya.»

Suelto un bufido amargo y abro el navegador de portátil para ver los medios internacionales. No tardo ni dos segundos en encontrar lo que busco. Los titulares en las noticias de Nueva York y los canales de crónica negra e internacional están ardiendo.

«DE LETRADA A MAFIOSA: LA ASCENSIÓN DE RACHEL brOWN EN LA brATVA RUSA»

«ESCÁNDALO EN EL MUNDO LEGAL: LA ABOGADA QUE CAMBIÓ LOS TRIBUNALES POR EL CRIMEN ORGANIZADO»

Hago clic en uno de los enlaces principales y un vídeo empieza a reproducirse. Es una entrevista  de mi padre en las puertas de su oficina, luciendo deliberadamente demacrado y abatido entre las cámaras.

—Nunca imaginamos que mi hija hiciera algo así— dice ante los micrófonos fingiendo una voz rota que me revuelve las tripas— Rachel siempre fue una mujer brillante, pero cayó en las redes de estos criminales…

se lo advertí cuando defendió a ese hombre y no sabemos realmente desde cuando nos ha estado ocultando todo esto.

Como padre esto es un dolor indescriptible.

Cierro los puños con fuerza, clavando mis propias uñas. Que irónico. Que maldito cínico cuando tú, papá, has formado parte de todo esto desde el principio. Cuanto tu eres el que tiene las manos mas sucias de sangre de nuestra familia.

La pantalla salta a otra entrevista. Esta vez el rostro impecable, engominado y falsamente compasivo de Christian el que llena la pantalla.

— Es una pena que una mujer con tanto potencial se eche a perder de esa manera —Declara a la periodista, con esa superioridad moral que tanto me asquea— pero quiero dejar algo muy claro: la ley no se detiene ante nadie.

Voy a luchar de una manera incansable, utilizando todos los recursos de la fiscalía y la cooperación internacional hasta tener a Rachel e Ilenko Volkov entre rejas.

Cierro la pantalla del portátil de un golpe seco, rompiendo el silencio de mi habitación.

Una sonrisa helada y peligrosa, una que le he copiado directamente a mi marido, se extiende por mi labios.

— Tus ganas, hijo de puta— susurro para mi misma en la inmensidad del dormitorio .

Si creen que voy. Asustarme por unos titulares o amenazas de un mierda despechado, es que todavía no tienen ni la más mínima idea de quien soy.

Dejo el ordenador sobre la mesilla con un golpe seco.

Decido ir a la ducha a despejarme. Me quito la ropa de cualquier manera y me meto bajo el chorro, regulo el agua para que caiga congelada.

El impacto me corta la respiración por un segundo, pero es justo lo que busco.

Apoyo las palmas de las manos contra los azulejos y dejo que el agua me cale por completo.

Necesito sacarme de la cabeza estas mierdas antes de cometer una locura. Antes de coger un avión, plantarme en Nueva York e rime directamente a por ellos.

Que irónico todo. Yo, defensora de la ley, la bogada que creía en ella, ahora solo puedo creer en la fragilidad de sus cuellos. En el pánico de los ojos de Christian cuando se de cuenta de que sus leyes no le sirven contra mí. En que ni lo tuvo en su momento, ni ahora me tendrá bajo su poder.

Cierro los ojos, apretando los dientes mientras las imágenes y los titulares se repiten en mi mente. Ya no tengo miedo. Tengo hambre. Ganas de más.

Ganas de sangre.

Y es que ya no tengo miedo de convertirme en un monstruo. Empiezo realmente a preocuparme lo mucho que disfruto del proceso.