Indefendible (El legado de Volkov 1) 34.MÍA
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34.MÍA

Him and I —  Halsey and G-Eazy

El pasillo hacia nuestra habitación se me hizo eterno, o tal vez era el efecto del alcohol difuminando las paredes del lugar. Ilenko apenas espera que cerremos la puerta detrás de nosotros. Su mano, sube de golpe por mi cuello empujándome contra la cama con violencia.

— Tenía muy claro quién eras, pequeña— su voz es un gruñido áspero y caliente y tremendamente electrizante— pero hoy has demostrado que eres perfecta para el poder a mi lado.

Ver a mis hombres doblar el lomo ante ti…

joder, Rachel. Eres la única mujer capaz de estar a mi altura en este maldito infierno.

No hay espacio para elegancia. Sus labios impactan contra los míos con una violencia hambrienta y una necesidad posesiva que me hace gemir directamente en su boca.

Reclama su territorio con la lengua mientras su manos arrancan mis vestido, rajando la costura del muslo buscando desesperadamente mi piel desnuda.

— Esto me ha tenido al borde de la locura toda la noche.— dice mientras sus manos pasan por el muslo apretando con ganas.

Me tenso cuando siento el calor colosal de su cuerpo cuando me aplasta por completo. Sus dedos suben con saña por mis caderas, justo en los moretones que el mismo ha dejado apenas unas horas antes, obligándome a alzar mis piernas para enredarlas en su cintura.

Dios, este hombre es insaciable. Esta borracho, peligroso y  jodidamente excitado por la adrenalina de la noche.

— Eres mía. Joder— sisea contra mi boca, mordiendo el labio con fuerza provocando un jadeo de dolor y placer— Mi reina. Mi pecado. La maldita mujer del diablo. La única mujer capaz de arrodillar a toda la Bratva sin disparar una sola bala.

Se abre paso entre mis muslos con esa urgencia salvaje que me hace dilatarme al instante de introducir su miembro perfectamente erecto para mí de una sola estocada.

— Ilenko…— su nombre se escapa de mis labios con un gemido ahogado cuando sus dedos se enredan con saña en mi pelo, tirando hacia atrás para obligarme a mirarlo.

— Dilo Rachel. Di a quien perteneces — me exige. Sus pupilas estañan tan dilatada que el deseo azul de sus ojos es solo una delgada línea letal y peligrosa.

— A ti. Siempre a ti.

Consigo decir, y es cuando se hunde aún más contra mí, llenándome por completo con una brusquedad que me hace arquear la espalda sobre el colchón.

El impacto me nubla el sentido. Estocadas continuas sin parar provocan que mis gemidos se pierdan en su boca mientras le clavo con fuerza las uñas en sus hombros.

Mi marido gruñe. Un ruido  gutural que vibra en su pecho mientras sigue moviéndose con un ritmo implacable, duro, sin piedad. Cada embestida es un recordatorio de su fuerza, del poder absoluto que tiene y que ahora compartimos.

Me reclama, como a su igual, devorándome porque es la única forma en que su mente criminal sabe procesar la victoria.

— Nadie te va a tocar. Nadie. Voy a enterrar a cualquiera que si quiera ose mirarte.

El ritmo se vuelve frenético, un vaivén salvaje que termina por destrozar lo que queda de mi voluntad.

Siento la oleada de calor acumularse en mi vientre , una tensión insoportable que me obliga a morderle el hombro para no gritar cuando baja una de sus manos y toca el clítoris con fuerza mientras me penetra sin cesar.

Caigo por el precipicio del orgasmo en un espasmo violento que me hace temblar en sus brazos y , que un segundo después implica que él me acompañe en ello.. suelta un rugido ronco contra mi cuello, derramándose dentro de mi con una fuerza que me empuja por última vez contra la cama.

Nos quedamos así varios minutos, unidos, escuchando nuestras respiraciones agitadas. El aporta la frente contra mi hombro dejando que el pulso se vaya acompasando poco a poco.

Siento como sus dedos, aun fijos en mi cadera, se relajan despacio, pero me mantiene atrapada bajo su peso. El alcohol y el cansancio empieza a pasarnos factura, arrastrándonos al sueño en un pose dolorosamente posesiva.

El dolor de cabeza me golpea antes de que abra los ojos. Intento moverme pero un peso colosal me lo impide. El brazo tatuado de Ilenko cruza mi cintura, atrapándome contra su pecho desnudo con fuerza.

Giro la cabeza despacio. Ilenko sigue dormido, con la mandíbula rígida incluso en sueños y el cabello rubio alborotado sobre a almohada. Parecía un puto dios descansando después de la guerra.

Me apoyó sobre un codo y lo observo dormir durante unos segundos.

Resulta extraño verlo inmóvil. La mandíbula, normalmente tensa, parece relajada. Una de sus manos descansa cerca de la almohada y el pecho sube y baja con una calma a la que no estoy acostumbrada,

Una sonrisa curva mis labios.

Mis ojos caen sobre la pistola que ha dejado en la mesilla de noche.

La cojo despacio. Muy despacio,

Contengo incluso la respiración mientras retiro el cargador con cuidado y lo dejo sobre la madrea sin hacer ruido.

Después vuelvo a montar el arma y me acerco a la cama.

Me arrodillo junto a él. El canon queda apoyado suavemente bajo su mandíbula.

— Buenos días Pakhan…— susurro con una sonrisa de suficiencia— Creo que acabo de encontrar un fallo en tu seguridad.

Ni un músculo se mueve. Parece dormido. Hasta que habla.

— Has tardado treinta y siete segundos.

El corazón me da un vuelo. Sus ojos siguen cerrados.

—¿Qué?

— Treinta y siete segundos desde que tus pies tocaron el suelo hasta que decidiste apuntarme. Sigues dudando demasiado, letrada.

Una sonrisa aparece en sus labios. En un movimiento imposiblemente rápido me retuerce la muñeca.

La pistola desaparece de mi mano.

Un segundo después soy yo quien vuelve a estar inmovilizada sobre el colchón, con el arma apoyada entre mis costillas.

— Primera regla, pequeña — murmura cerca de mi oído— nunca apuntes a alguien a quien no estés dispuesta a disparar.

Le sostengo la mirada.

— ¿Quién dice que no me atrevo?

Hace una breve pausa, analizándome.

— Si de verdad hubieras quiero matarme… no  habrías quitado el cargador.

Su pulgar acaricia lentamente mi mandibula.

No hay burla en sus ojos.

Solo una calma inquietante.

— Pero has aprendido algo todavía más importante.

— ¿El qué?

— Que has dejado de despertarme con besos. Lo que significa que por fin estás empezando a pensar como una autentica Volkov.

— Suéltame— siseo, tirando de mis manos con rabia.

No lo hace.Me observa un segundo más.

— Y eso …

Baja el tono de voz.

—…me gusta mucho más.

Suelta una risa ronca, divertida, y me libera. Me incorporo de golpes, demasiado deprisa porque soy incapaz de soportar un segundo más esa mirada.

Enfadada, salgo de la habitación con paso firme, decidida a poner distancia entre los dos, cogiendo una bata para no salir desnuda.

Necesito un café urgente y asimilar que este hombre es un muro de piedra.

Bajo las escaleras a paso rápido, con los nervios de punta y me voy directamente a la cocina.

Me detengo en seco en el umbral.

Sentada a la mesa, frente a un desayuno abundante y junto a Nikolai y Miranda correteando por la cocina, esta mi hermana.

Pero no es la niña deshecha y aterrorizada que deje en la habitación horas antes.

La veo mejor. Se ha duchado, con ropa limpia y su cabello negro recogido en una coleta alta que deja a la vista sus preciosas facciones.

Al escuchar mis pasos, gira la cabeza. Al verme, noto como su rostro se ilumina por una fracción de segundo.

— Vaya… pensé que tendría que terminarme los cruasanes yo sola con la sombra de tu marido mirándome como si fuera una delincuente.