32. SANGRE Y SEDA
I did something bad — Taylor Swift
Los hombres empiezan a mover el cuerpo con una eficiencia escalofriante, como si solo estuvieran retirando un viejo mueble del salón.
No hay duelo, no hay vacilación; solo una frialdad implacable de los hombres que acaban de presenciar la coronación de su nuevo soberano.
Ilenko me coge del brazo y me guía hacia fuera del salón.
En cuanto cruzamos el umbral y la madera se cierra tras nosotros aislando el ruido del exterior, la atmósfera cambia por completo. Ya no hay nadie. Solo el demonio y yo.
Ilenko no camina más de dos pasos antes de acorralarme contra la pared más cercana. Su cuerpo colosal se cierne sobre el mío, atrapando con sus manos las mías a ambos lados de mi cabeza. Puedo sentir el calor abrasador que desprende de su piel y el hambre de su respiración a través de su pecho.
El olor a pólvora sigue impregnado en el ambiente, mezclando con su olor de ámbar y tabaco que me hipnotiza por completo.
— Has jugado con fuego, Rachel. Has usado el secreto de tu madre para provocar a un lobo en su propio territorio. Y te has puesto en peligro.
Sostengo su mirada azul, inyectada en una tormenta de furia y deseo.
Arqueo una ceja con esa osadía felina que sé perfectamente que lo desquicia y lo obsesiona a partes iguales.
Libero mis manos de su agarre y las subo lentamente por las solapas de su chaqueta, acariciando la tela antes de tirar de él hacia mí.
— Te recuerdo que aparte de Dama de la Mafia… — su mirada se oscurece por completo, se relame los labios al pronunciar esas palabras— soy abogada. Una buena abogada nunca va a juicio sin la certeza de que tiene al juez y al verdugo de su parte. Tú me diste el poder. Yo solo lo he utilizado.
Ilenko suelta un gruñido sordo desde el fondo de su garganta, una mezcla de exasperación y un deseo tan denso que casi se puede tocar.
Sus dedos grandes y duros se deslizan por mi cuello, delineando la línea de mi clavícula hasta detenerse justo encima de las manchas de sangre de su padre que se han secado sobre mi piel.
El monstruo que lleva dentro no se horroriza ante la marca de la ejecución de su padre. Sus ojos arden con una lujuria enferma.
— Eres una criatura maldita, pequeña— murmura hasta que sus labios rozan los míos, castigándome con un beso lento, posesivo que me hace gemir en su boca-— Te gusta tentar al demonio.
Pero te advertí que en mi mundo las deudas se pagan caras.
Me has arrastrado a ejecutar a mi propio padre delante de mis hombres…
y ahora vas a tener que compensarme por ello.
Un sonrisa desafiante se dibuja en mis labios contra los suyos pero antes de que pueda responderle, Ilenko me levanta casi sin esfuerzo por la cintura y me empuja contra uno de los sillones que hay en el pasillo.
Se deja caer de rodillas entre mis piernas, abriéndolas sin miramientos y encajando su enorme cuerpo contra mi pelvis, atrapándome por completo.
— Mírate… — murmura con la voz grave—Llevas su final marcado sobre la piel.
Su rostro queda a la altura de mi pecho. Con una lentitud tortuosa, Ilenko se inclina hacia delante y pega su boca a mi clavícula, sobre las manchas de sangre. Siento su lengua recorriendo cada parte de mi piel.
Comienza a chupar la sangre de su padre directamente de mi piel, arrastrando el fluido con una devoción oscura y violenta. Presiona sus labios con fuerza, succionando mi carne con un hambre salvaje hasta dejar su propia marca morada de posesión encima de lo que era la sangre de su padre.
Un gemido involuntario y agudo escapa de mi garganta ante la intensidad del dolor y la erótica del momento. En medio de un pasillo donde detrás de nosotros hay una docena de hombres, estoy abierta de piernas y él devorando algo que debería resultarme repugnante.
Pero él, se separa un milímetro, relamiéndose los labios para saborear el rastro metálico que ha quedado en su boca. Sus ojos azules brillan con una excitación insana, una locura criminal que me enciende de inmediato.
— Me vuelve loco verte así… — dice sin apartar la vista de la sangre que marca mi clavícula. — No porque sea la suya. Sino porque demuestra que todo lo que fue suyo… ahora me pertenece por completo.
Sus ojos ascienden lentamente hasta los míos.
— Su poder.
— Su apellido.
— Su imperio.
— Y la única mujer delante de la que habría sido capaz de arrodillarse.
Antes de que pueda recuperar el aliento, sus labios colisionan con los míos.
El beso es devastador, violento y hambriento.
Al introducir su lengua en mi boca, el sabor metálico de la sangre que acaba de limpiar de mi piel se transmite directamente a la mía.
Ese gusto a hierro puro, mezclado con el sabor amargo de su tabaco y el alcohol, actúa como el detonante definitivo.
Una ola de calor me golpea el vientre, la mezcla de la muerte y el deseo nos empuja al borde del abismo.
Le devuelvo el beso con la misma ferocidad, clavando mis uñas en la espalda de su camisa mientras el se deshace el pantalón con un movimiento rápido por la urgencia. No hay espacio para la delicadeza.
Me sujeta las piernas subiéndolas a sus hombros, exponiéndome por completo ante él.
— Mira lo que te has puesto para mí— susurra hambriento mientras introduce sus dedos por el encaje de mi ropa interior y la rasga de un solo tirón.
Siento la punta de su miembro, enorme, grueso y cliente, presionando con fuerza contra mi entrada sumamente húmeda y palpitante. Sus ojos fijos en los míos, cargados de un orgullo letal, me prometen que esto es una entrega de poder absoluta.
— Mírame— ordena.
Se introduce en mí de un solo golpe, desgarrando cualquier rastro de cordura, llenándome por completo de una forma brutal.
Un grito de puro placer y dolor agudo, escapa de mi garganta, rebotando en las paredes del techo.
El grosor inaudito de su polla estira mis paredes al límite, obligándome a arquear la espalda mientras él empieza a embestir sin piedad desde el primer momento.
— Ilenko…— trato de articular entre jadeos, incapaz de diferenciar dónde termina el castigo físico y dónde empieza el placer.
— Aguántamela toda Rachel— sisea, hundiéndose por completo— Demuéstrame que eres capaz de sostener la polla de un Volkov.
Las estocadas son profundas, rítmicas e implacables, diseñadas para marcar territorio en el centro mismo de mi ser.
Con cada embestida salvaje, siento el golpe seco de sus huevos chocando con fuerza contra mi entrada a la vez que su miembro con impactos constantes, me hacen perder la noción de la realidad.
La fricción de nuestros cuerpos cae un sonido húmedo y obsceno que inunda el pasillo, mezclando nuestros jadeos desbocados.
Clavo los dedos en sus brazos tensos, balanceándome al compas del castigo físico que me impone.
— Nos… van… a … escuchar…— consigo gemir.
El no frena. Al contrario, entierra su miembro aún más profundo, golpeando mi cérvix con una estocada brutal que me saca las lágrimas, mientras aprieta mis muslos con sus manos hasta dejar sus dedos marcados en mi piel.
Se pasa la lengua por los labios, con los ojos inyectados en sangre y fijos en mí.
— Eso es exactamente lo que quiero— revela con una sonrisa perversa— Quiero que todos en este maldito lugar escuchen como reclamo a mi mujer. Que sepan quien los gobierna a ellos …y quien te gobierna a ti.
Cada arremetida es más rápida y sucia que la anterior.
Su miembro sigue castigando con un ritmo animal, empujándome directo al abismo del orgasmo.
Mis uñas rasgan la piel de sus hombros mientras nos fundimos en una espiral de fluidos, sudor y el eco salvaje de la nueva era que acabamos de fundar sobre el cadáver de su padre.
El clímax nos golpea a ambos con la misma violencia. Siento la primera contracción espasmódica de mi centro rodeando su miembro con una fuerza que lo hace rugir.
Ilenko aprieta los dientes, con la mandíbula tan rígida que parece de piedra y me propina tres estocadas brutales, salvajes, metiéndose tan adentro que siento que el calor de su vientre cocha contra mis muslos.
Justo mi orgasmo estalla, desgarrándome la garganta con un grito sordo que ahogo contra su hombro.
Él no se detiene. Ni me deja respirar. Aprovecha las pulsaciones de mi clímax para acelerar el ritmo, embistiendo de forma desquiciada. Sus ojos azules están completamente fijos en los míos, inyectados en una lujuria criminal.
—¡Rachel!— brama mi nombre rompiéndose por completo.
Con un último empuje devastador que me clava contra el fondo del sillón, Ilenko se corre dentro de mí.
Siento la descarga abrasadora de semen llenando mi interior, una oleada ardiente que de derrama a borbotones por las paredes de mi entrada.
Su cuerpo se estremece, mientras me retiene atrapada con sus manos firmes en mis caderas, asegurándose de que reciba hasta la última gota de su posesión.
Lentamente, Ilenko se incorpora, apoyando sus bracos al lado de mi cabeza. Su miembro, aún erecto, se desliza fuera de mí, dejando que el hilo de nuestros fluidos caigan en el suelo, mezclados con un rastro rosáceo.
Me mira desde arriba, y por primera vez desde que cruzamos las puertas de la casa, la tormenta caótica de sus ojos da paso a una sonrisa de puro orgullo, fascinación y complicidad.
Con una suavidad casi irreal que contrasta de forma salvaje con la violencia del momento y con las marcas moradas que cubren mi piel, me aparta un mechón de pelo sudoroso de la frente.
— Creo que el poder te corrompe a ti mas que a mí, pequeña— sisea, y una chispa de fascinación brilla en sus pupilas — hay una mesa de asesinos esperando para jurarte lealtad, y no hay nada que quiera más que entres a ese salón de nuevo oliendo a mí.
Nos vestimos con urgencia, dejando que el sudor de nuestros cuerpos, la fragancia de su piel y el olor espeso de su sexo se quede atrapado bajo la tela de mi ropa.
Llevo el pelo revuelto, los labios hinchados por sus besos y las marcas moradas de sus dedos en mis muslos, ocultas a duras penas.
Camino a su lado impregnada de él, y cada paso que doy por el pasillo me recuerda al castigo físico y placentero que me ha infligido hace unos minutos.
Camina con una arrogancia implacable, abrochándose los botones de la camisa con una lentitud insultante. Su presencia llena el espacio.
Ya no camina como el hijo.
Ahora camina como un rey.
Nos detenemos ante las puertas del salón. Dos de los hombres nos espera en ellas, sin atreverse a mirarnos fijamente.
— ¿Está todo listo?— la voz de Ilenko es un latigazo de autoridad.
— Todo limpio, señor.
Ilenko asiente una sola vez. Pasa su mano por mi cintura, apretándome contra su costado con una fuerza bruta que me hace pegar mi cadera contra la suya.
— Paso firme, pequeña— murmura cerca de mi oído, dejando que la calidez de su acento ruso me erice la piel.
El olor de la sangre todavía flota de forma sutil, camuflado por el olor de la comida y el alcohol que ya preside en la mesa. El mantel cambiado por uno inmaculado, como si en este sitio jamás hubiera pasado nada.
En cuanto mis tacones resuenan contra el mármol, un silencio sepulcral vuelve a adueñarse de la estancia.
Ilenko avanza de mi mano hacia la cabecera de lea mesa, al lugar que nos pertenece. Se detiene, y con un orgullo letal pasa la mirada por la sala.
Todos los hombres dan un paso al frente con precisión militar y una sumisión que me eriza la piel, todos inclinan la cabeza hacia nosotros, doblando la espalda ante sus nuevos jefes de la mafia.
— My slúzhim vam do kontsá . — Dice Nikolai, situado a mi derecha ahora y no a la de Ilenko como normalmente.
Asiento sin entender lo que dicen, pero sonrío al sentir la mano de Ilenko apretándome aún más a él.