Indefendible (El legado de Volkov 1) 31. CAMBIO DE REGLAS
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31. CAMBIO DE REGLAS

Dangeorus Woman — Ariana Grande (Girls os va a encantar)

El silencio que se instala en el salón tras las palabras de Ilenko es tan denso y asfixiante que casi se puede masticar.

Nadie se atreve a respirar. Los hombres de la mesa mantienen los ojos fijos en sus platos, asimilando el peso de una declaración que caba de romper con décadas de tradición mafiosa de un plumazo.

El viejo Maksim Volkov sostiene la mirada de su hijo durante unos segundos eternos, un duelo silencioso. La tensión en el aire es tan pura que una sola chispa podría hacer saltar la habitación por los aires.

Finalmente, con la mandíbula rígida, Maksim suelta un bufido despectivo. No replica, se reclina lentamente en su asiento, aceptando el pulso por ahora, aunque sus ojos me barren con una fijeza peligrosa que promete amenazas.

Me siento, sintiendo el frío metal de la pistola contra mi muslo y el peso del anillo en mi mano. Ilenko ocupa su lugar en la mesa de forma imponente.

Al unísono todos se sientan y los sirvientes se apresuran a llenar las copas de inmediato.

Pero Maksim no ha terminado de jugar. Está buscando una grieta en mi armadura, una forma de recuperar el control y humillarme, agarra su copa de cristal y, me observa, esbozando una sonrisa cargada de una milicia grotesca y familiar.

— Una estampa hermosa, desde luego— dice elevando su voz con fuerza para que todo el mundo le escuche — Pero sigo teniendo serias dudas sobre si estás preparada para demostrar tu valía ante esta familia, niña.

Después de todo, por tus venas corre la sangre de un Brown.

Sangre de un traidor cobarde y vendedor.

Un silencio tenso vuelve a cernirse sobre mí, pero esta vez no me encojo.

Me quedo callada durante un segundo interminable, procesando su ataque buscando las palabras exactas en mi mente. Es entonces cuando un destello me golpea la memora. Visualizo la fotografía, la imagen de mi madre junto a

Maskim era en este mismo jardín, ajena al peligro y a mí misma, una niña pequeña asomada al fondo de las escena.

Una chispa de fría confianza se enciende en mi pecho., sostengo la mirada del viejo, estiro la mano y tomo de mi copa.

Ante los ojos fijos de todos, le doy un trajo largo y pausado, dejando que líquido me abrase la garganta antes de posar la copa con una lentitud exasperante.

Sonrío. Una sonrisa gélida, felina, letal.

— Se equivoca, señor— respondo y mi voz suena con una claridad implacable— lo único que comparto con el apellido Brown es el deseo de verlo sangrar.

Lo único que quiero de ese linaje es acabar con él.

Destruirlo hasta que no queden ni las cenizas.

Y … estoy segura de que mi marido me dará la cerilla para hacerlo.

Hago una pequeña pausa, inclinado la cabeza con una falsa cortesía que desarma la rigidez de la mesa.

— Pero, al fin y al cabo, mi desprecio hacia ellos es algo normal.

Casi se podría decir que formo parte de esta organización desde hace mucho tiempo, ¿no es así?

Porque según la fotografía que hay de mi madre en los pasillos, en la que yo aparezco de niña …

no parece que usted tuviera muchas ganas de acabar con mi vida en ese momento.

Le miro fijamente, sosteniéndole el pulso  mientras doy un trago a mi copa antes de dar la puñalada final.

—Pero claro… la deuda de sangre con mi apellido no es sólo por la muerte de mi madre… ¿verdad? Si no porque usted estaba enamorado de ella…¿O me equivoco?

A mi lado, Ilenko se gira bruscamente hacia mí.

Su cuerpo se tensa como una cuerda a punto de romperse y me clava una mirada de absoluta incredulidad.

Él fue quien me entregó la historia de mi madre en bandeja de plata y me reveló quién era yo en este mundo.

Sin embargo, sé que ni el propio Ilenko se habría planteado jamás la posibilidad de que su padre estuviera enamorado de Sonia.

Fua una conclusión a la que llegué yo sola al examinar con lupa las fotografías, al fijarme en la devoción oculta y la vulnerabilidad con la que los ojos de Maksim la devoraban en cada encuadre.

Era una apuesta arriesgada, una deducción basada puramente en mi instinto…

pero al ver el rostro del viejo perdiendo el color por completo, me doy cuenta de que he dado en el centro exacto de la diana.

El impacto de mis palabras cae como un mazo en el salón. Las expresiones de los hombres pasan del desconcierto al horror sutil de como acabo de cuestionar al mismísimo Maksim Volkov.

Durante unos segundos eternos, Maksim me sostiene la mirada. En sus ojos curtidos ya no hay desprecio; hay una chispa de pura sopesa, mezclada con un respeto oscuro y peligroso. Sabe que no debo tirar de ese hilo si quiere conservar lo que le queda de dignidad.

Deja la copa sobre la mesa con un golpe seco.

— Tienes una memoria maldita y una legua demasiado afilada—sisea con la voz envenenada—. Cuidado con los recuerdos de una cría. Las fotos del pasado no cambian la realidad del presente.

El tono de advertencia no ha terminado de flotar en el aire cuando Ilenko se inclina hacia delante.

El movimiento es tan rápido y cargado de violencia contenida que los hombres más cercanos a él se tensan en el momento.

Apoya ambos puños sobre la mesa, clavando sus ojos grises en su padre con una furia gélida.

— Vuelve a amenazar a lo que me pertenece , padre y te juro que mancharé esta mesa con tu sangre antes de que traigan el segundo plato. Así que elige bien si quieres que esta sea tu última cena. Creo que no tengo que recordarte quién soy de quién es el poder absoluto desde que volví padre.

El silencio en el salón se vuelve sepulcral. Nadie se atreve a mirar a nadie ni mover un dedo; el cambio de poder acaba de ejecutarse.en un segundo. El viejo se queda con la boca entreabierta, pálido, dándose cuenta de que su propio hijo esta dispuesto a destruirlo ahí mismo si da un paso en falso.

De repente, fuera de sí por la humillación,  Maksim me señala con un dedo tembloroso por la rabia, clavando los ojos desorbitados en su hijo.

— ¡Te estás cegando por una falda, Ilenko!  No importa cuánto la defiendas ni lo que me quites. Esta mujer lleva la sangre de un traidor.

— Efectivamente — intervengo.

Me pongo de pie con una lentitud teatral, sosteniendo la mirada de Maksim sin pestañear. Toda la mesa me observa, estupefacta por mi osadía. Me acerco a él, apoyando las palmas en su lado, dejando que los diamantes destellen bajo las lámparas y sonrío con un frialdad que congela el salón.

— Pero no soy sólo una Brown. Soy una Volkov y no solo por el anillo que llevo en la mano, si no por el apellido de mi madre, la cual fue vendida por el desgraciado de mi padre.

Me inclino hacia él y le susurro al oído lo suficientemente fuerte para que todos me oigan.

— Que ironía. Llevas años llamándome traidora, cuando la única mujer a la que quisiste convertir en la reina de esta familia fue mi madre. Creo que se te olvida de quien vengo.

Mis palabras quedan suspendidas  en el aire, flotando sobre todos como una granada a la que acaban de quitarle el anillo de seguridad.

El rostro de Maksim Volkov pierde el último rastro de color, transformándose en una máscara gris de incredulidad por mi atrevimiento. El dedo con el que me apuntaba se queda congelado, por una fuera cierra de verse acorralado.

Él sabía que yo conocía la verdad. Que Ilenko me había entregado la verdad sobre mi madre en bandeja de plata.

Lo que el viejo nunca esperaba era que la rata de Nueva York tuviera los ovarios de escupir el secreto de la familia delante de toda la mesa, rompiendo el pacto de silencio que sostenía su imperio y justificaba la búsqueda de nuestras cabezas.

Observo a Ilenko, su cuerpo se tensa como una cuerda a punto de romperse. Su mirada de fascinación absoluta se fija sobre la mía. Acabo de utilizar su propia confesión como un mazo para demostrarle de lo que soy capaz, de que no le temo a nada ni a nadie en este juego.

— ¿Qué pasa Maksim? — me enderezo despacio, apoyando mis uñas sobre la mesa y sosteniéndole la mirada al antiguo Pakhan que deseaba mi muerte— ¿Duele más que Brown le robara a la mujer de su vida o que ahora sea yo quien ocupe su lugar en esta familia?

¿O que aceptara una hija ilegitima con tal de mantenerla a su lado?

Un siseo recorre la mesa.

Varias cabezas se giran hacia Maksim.

Algunos hombre intercambian miradas incrédulas.

Nadie espera que Vor acepte criar a la hija de otro por no perder a la mujer que ama.

— Tengo entendido que, para la Brava la sangre está por encima de todo. Curioso… porque el primero que traicionó a la suya fuiste tu cuando aceptaste criar a la hija e otro por no perder a la mujer que amabas.

Las miradas viajan de Maksim a mí, y de mí a Ilenko. He puesto el dedo directo en la llaga de su código de honor. El viejo Maksim abre la boca, pero sabe que el control se le ha escapado de las manos.

— ¡Maldita zorra americana!— ruge.

El movimiento es tan rápido que apenas tengo tiempo a procesarlo. Maksim mete la mano bajo su chaqueta, saca una pistola y la estampa en el aire, apuntando directamente al centro de mi frente.

Pero yo no me muevo. No me enfado. No parpadeo.

Siento el frío del cañón a centímetros de mi rostro, pero en lugar de suplicar, mis labios se curvan despacio. Sonrío.

Pero más se ensancha al ver que Ilenko le apunta con su pistola directamente a la sien.

No sé  en que momento se ha movido pero, no solo él está en posición.

Todo el salón están apuntando al hombre que amenaza con mi vida una vez más.

Se ha quedado completamente solo. El juicio a terminado y la sentencia es unánime.

Ilenko, da un paso al frente, pegándose a su padre como una sombra colosal, con las pupilas dilatadas por una furia homicida que hace vibrar el aire del salón.

— Te he dicho que no vuelvas a amenazar a mi mujer, padre — la voz de mi marido es un susurro sordo, cagado de un sadismo implacable — Y te advertí que eligieras bien si querías que esta fuera tu última cena.

El estruendo del disparo es ensordecedor. No hay vacilación, no hay piedad.  La bala atraviesa el cráneo de Maksim Volkov cuyo cuerpo cae hacia atrás como un saco de piedras, manchado mi rostro con su sangre. El Pakhan a muerto a manos de su propio hijo.

El silencio sepulcral regresa al salón, roto por el siseo del humo que sale del cañón del arma. Mis ojos bajan hacia el cadáver de Maksim y luego regresan a mi marido.

Mi pulso está acelerado, la adrenalina me quema las venas, pero mantengo la compostura.

Ilenko guarda la pistola con una lentitud escalofriante. Mira de reojo a los hombres que inmediatamente bajan sus armas y agachan la cabeza en señal de sumisión y respeto absoluto ante el nuevo y único soberano.

— Limpiad esta mierda — ordena …— Que no quede ni rastro de él para cuando traigan la comida.

Sin esperar una respuesta, Ilenko me rodea la cintura con sus manos grandes y ásperas, levantándome casi del suelo con una fuerza posesiva y salvaje, obligándome a pegarme contra su pecho.

Puedo sentir el calor abrasador que desprende su cuerpo, el olor a pólvora mezclado con su perfume y el latido firme de su corazón bajo mi mejilla.

Me sujeta la mandíbula con los dedos, obligándome a mirarle directamente a esos ojos azules que ahora arden con una mezcla de deseo, orgullo y violencia contenida.

— Te dije que era un asesino — murmura en mis labios, con su acento ruso arrasando mis sentidos — Te dije que acabaría con mi propia familia con tal de protegerte. ¿Te ha quedado claro ahora quién eres para mí letrada?

Le sostengo la mirada sin vacilar. Todavía tengo la sangre de Maksim salpicándome el rostro, pero ya no me pesa. Ya no me hace apartar la vista.

— Me ha quedado claro— respondo con una sonrisa lenta— Acabas de ponerme encima de todo.

La comisura de sus labios se curva apenas un milímetro. Suficiente para entender que es exactamente elasticidad respuesta que esperaba.

Entonces me gira hacia el resto del salón, manteniéndome pegada a su pecho como si quisiera que toda la Bratva entendiera de quién soy.

—  ¡Da zdravstvuyet koroleva mafii!  — Dice Ilenko girándome hacia todos.

— ¡Da zdravstvuyet! — dicen todos al unísono.

El eco de sus voces resuena por toda la estancia mientras decenas de hombres inclina la cabeza ante mí. No es un saludo. Es un juramente de obediencia a la mujer del nuevo Vor de la Bratva.

Ilenko se acerca a mi oído.

— Vamos a limpiarte antes de seguir con la velada. — murmura, con una mezcla de posesión erótica y control absoluto.