30. QUE EMPIECE EL JUEGO
Power — Isak Danielson
Salgo de la ducha envuelta en una de las enormes toallas de la habitación, intentando dejar atrás el vapor del baño y los pensamientos que amenazan con desestabilizarme. Con paso firme, me dirijo hacia la puerta doble que da acceso al vestidor.
A cruzar la puerta, por un segundo me quedo sin aliento.
No es un simple armario, es prácticamente un boutique de lujo privada. Las paredes están revestidas de madera oscura y espejos infinitos, iluminados por una luz cálida que hace brillar las hileras interminables de ropa de diseño, bolsos de piel y zapatos que parecen obras de arte.
Todo de mi talla.
Todo seleccionado minuciosamente por orden de un hombre que se niega a dejar un solo detalle al azar. Me pregunto en que momento hizo todo esto si hace unas horas estábamos en Nueva York. Pero claro. Hablamos de un hombre con control absoluto, incluso sobre lo que cubre mi piel.
Camino despacio, deslizando las manos por los percheros, observando las etiquetas. Chanel, Dior, Versace….Paso de largo tonos neutros y colores recatados. Esta noche dejo atrasa a esa mujer minuciosamente arreglada para aparentar formalidad y seriedad.
Ahora mismo soy una mujer sexy, decidida con el control de su vida y de su cuerpo. Y no pienso doblegarme más.
Mis ojos se detienen en una pieza en concreto y una sonrisa fría se dibuja en mis labios.
Un Valentino rojo pasión, de un tejido pesado que promete ceñirse a mis curvas como una segunda piel, con un escote de infarto y una gran raja en la pierna que dejará demasiado a la vista con cada paso que dé.
Para los pies, me decanto por unas sandalias de tacón negro de Yves Saint Laurent, minimalistas pero letales.
La combinación perfecta de peligro y elegancia.
Sin embargo, lo que de verdad me hace contener el aliento es lo que encuentro en el cajón de la lencería.
Entre la seda y el satén, hay un picardías negro con encaje transparente. Es una prenda delicada, oscura que deja muy poco a la imaginación.
Sostengo la fina tela entre mis manos, sabiendo perfectamente el efecto que causará. Ilenko cree que me tiene acorralada, pero cuando descubra lo que llevo debajo de ese Valentino… va a recordar que jugar con fuego siempre implica el riesgo de quemarse.
Me desprendo de la toalla y me pongo la lencería. El encaje frío se amolda a mi cuerpo y al mirarme al espejo, la abogada racional empieza a difuminarse.
Me pongo el vestido con cuidado, dejando que la tela se deslice por mis caderas. La caída es perfecta, el diseño se abraza a mi silueta y la raja de mi pierna se abre en forma amenazante con cada paso que soy.
Me siento frente al majestuoso tocador y enciendo las luces del espejo.
Miro las horquillas y las gomas que suelo usar para mis perfecto moños y coletas.
Con decisión, cepillo mi melena larga, dejando que caiga suelta por primera vez en mucho tiempo, esculpiendo unas ondas marcadas y salvajes que caen sobre mis hombros desnudos.
El contraste de mi pelo oscuro contra el rojo encendido del vestido es casi pecaminoso.
Para seguir me centro en mis ojos marrones, utilizando sombras oscuras y un delineado afilado que rasga mi mirada, dándole una profundidad sugerente y felina.
Ya no hay rastro de vulnerabilidad, ahora mis ojos me devuelven una frialdad felina, calculadora y … peligrosa.
Para terminar, deslizo un labial rojo por mis labios, del mismo tono que el vestido.
Al mirarme por última vez, sonrío con suficiencia ante mi reflejo.
Salgo del vestidor con paso lento y seguro.
Al entrar en el dormitorio, me detengo. Ilenko está de espaldas a mí, terminando de vestirse.
Lleva pantalones de traje negro de corte implacable, y en ese momento se esta ajustando los puños de la camisa blanca.
Es un movimiento tan puro y varonil… Me obligo a centrarme cuando veo que su espalda se tensa al escucharme.
Se da la vuelta despacio. Sus ojos caen sobre mí, congelándose por completo.
Su mirada recorre la cascada de mi melena oscura, antes de bajar por el escote y fijarse en el rojo sangriento del vestido, que contrasta con mi piel.
Veo como sus pupilas se dilatan instantáneamente, cómo los músculos de su mandíbula se aprietan con una fuerza brutal y cómo su respiración, se vuelve densa, pesada.
Le veo fascinado por la criatura que él mismo ha provocado que despierte.
Le sostengo la mirada con una frialdad felina, saboreando el impacto de mi victoria. Camino hacia él descalza, me siento con una elegancia perezosa y cruzo las piernas dejando que la raja del vestido se abra por completo, dejando a la vista el muslo desnudo.
— Átamelas — le ordeno, manteniendo la voz baja firme y cegada de una seguridad que nunca antes había tenido con él.
Ilenko clava sus ojos en los míos, oscurecidos por una mezcla peligrosa de incredulidad y pura excitación. Cualquier otro hombre se habría negado por completo al hablarle así, pero a él, puedo provocarle deseo infinito o … ganas de matarme.
Con una lentitud exasperante, camina hacia mí, se agacha y apoya una de sus rodillas en el suelo, arrodillándose por primera vez ante mí.
Toma mi pie descalzo con una delicadeza que contrasta con la brutalidad de sus manos y ajusta la finas tiras de las sandalias en mi tobillo. Sus dedos rozan mi piel, provocando un escalofrío que me niego a mostrar.
Sin embargo, cuando termina, sus manos no se apartan.
Con una fijeza peligrosa, sus dedos ascienden por mi pierna y se hunden en la calidez de mi muslo desnudo, subiendo el vestido.
Ilenko saca algo del bolsillo de su chaqueta; un liga de encaje negro con detalles de cuero, me mira fijamente a los ojos mientras la desliza de una forma puramente sexual por mi pierna, acariciando la parte interna de mi muslo con el pulgar, empujando la prenda hasta lo más alto, rozando peligrosamente el borde de mi ropa interior.
Coloca una culata de una pequeña y reluciente pistola negra justo sobre el encaje de la liga de mi muslo, asegurándola con firmeza. El metal helado choca contra mi piel ardiendo, un contraste brutal que me hace contener el aliento.,
No me está seduciendo. Me está armando.
Ilenko se pone de pie, recuperando su altura y se pone la chaqueta del traje con un movimiento lento. Me mira desde arriba desprovisto de cualquier rastro de ternura,
— ¿Me das un arma? ¿Licencia para matarte? — le pregunto, tratando de provocarlo.
— Dudo demasiado que eso sea lo que quieras, letrada. Si es así inténtalo. Sólo ten en cuenta que para dispararme primero, tendrías que salir viva de ese salón, y sin mí, mi familia te despedazaría antes de que llegues a la puerta principal.
Me tiende la mano, con la palma hacia arriba, esperando a que acepte su invitación al peligro.
— Camina letrada. No querrás que lleguemos tarde.
Acepto su mano. Sus dedos firmes y rudos envuelven los míos con fuerza, recordándome de quién trata de llevar las riendas en esto.
Nos encaminamos hacia la salida de la habitación con el ruido de mis pasos a compás del latido de mi corazón. Cada paso más nos acerca a la boca del lobo.
Andamos en silencio, los dos seguros y erguidos, pero justo antes de llegar a las puertas que dan al salón, Ilenko se detiene en seco en mitad del pasillo.
Me obliga a girarme hacia él. Su mirada me escanea una ultima vez, igual de intensa que de indescifrable.
Sin decir una palabra, mete la mano en el bolsillo de su americana y saca una pequeña caja de terciopelo oscuro.
Al abrirla, el brillo de la joya que esconde ensueño interior me hace contener el aliento.
No es un anillo convencional. Es una pieza maciza de oro blanco y plantío, antigua, labrada con un escudo, supongo que del linaje de los Volkov, rodeada de diamantes negros de un valor incalculable.
— Es el anillo de la Bratva — dice Ilenko — una joya única, cargada de sangre, de traición y un poder inimaginable; una reliquia que ninguna mujer ajena a la organización ha llevado jamás.
Coge mi mano izquierda con lentitud. Desliza el anillo en mi dedo anular y el peso del metal se siente como una marca de fuego en mi piel.
— Con esto, eres intocable para cualquiera que no sea yo. Nadie te mira, nadie te habla y nadie te cuestiona. Desde este momento, eres una Volkov ante la ley de la mafia rusa.
Miro la joya en mi mano y siento una oleada de confusión que me golpea el pecho.
La dualidad de este hombre me marea. ¿Por qué molestarse en darme algo con tanto valor y significado dentro de su mundo?
¿Es solo una estrategia fría para utilizarme como el peón perfecto y demostrarle a su familia que tiene el control absoluto sobre mí?
¿ O es que su retorcida necesidad de poseerme y marcarme como suya va mucho más allá de lo que está dispuesto a admitir?
Ilenko abre las puertas de un solo empujón.
El audio de las conversaciones y las risa graves que resonaban se cortan de golpe, cayendo en un silencio sepulcral. Entramos al salón del brazo, sincronizando nuestros pasos, erguidos y envueltos en una atmósfera de implacable autoridad.
La estampa que nos recibe es imponente. Alrededor de una kilométrica mesa de madera, se sientan una docena de hombres corpulentos, de facciones duras y trajes oscuros a mediada que apenas logran ocultar la agresividad de sus anatomías.
Son los líderes de Volkov. Hombres que han escalado en la mafia a base de sangre y lealtad ciega. Entre ellos encuentro a Nikolai. Pero lo que no encuentro es ninguna mujer. Soy la única de la sala.
Siento el peso de sus miradas evaluándome a conciencia. Pero sobre todo, sus ojos se clavan en mi mano izquierda, donde los diamantes del anillo brillan con una advertencia letal. Una cosa es decir que estoy casada con él, y otra muy distinta es demostrarlo con esto.
Avanzamos bajo un silencio sepulcral que podría cortarse con un cuchillo. Todos los hombres en la sala se inclina con una pequeña sumisión a nuestro paso. Todos muestran su respeto absoluto ante él.
Todos…excepto su padre.
Como mano derecha de Ilenko, Nikolai nos observa de una manera distinta. Cuando nos detenemos frente a la cabecera de la mesa, el dibuja una sonrisa fría y calculadora y con un gesto nos indica el lugar que debemos ocupar.
No hace falta ser una experta para entender el lenguaje no verbal de la sala; la disposición de las sillas está hecha para que el hombre presida solo mientras las mujeres, si las hay queden en un segundo plano invisible.
Las miradas de absoluto desconcierto y descuerdo sobre todo por parte del padre de Ilenko al vernos avanzar hacia el extremo de la mesa lo confirma.
Sostiene la mirada de Nikolai con una fijeza gélida y cortante mientras nos acercamos.
Capta la orden y se mueve con velocidad dando un paso al frente y moviendo una silla de madera que encaja justo al lado del asiento de Ilenko, compartiendo la cabecera.
Al colocarme a la misma altura, me está otorgando de cara a sus hombres todo el poder que quiero y necesito, desafiando a su padre.
Ilenko mueve el asiento para que yo me siente y al hacerlo una voz irrumpe el silencio.
— Ese no es lugar para una dama — la voz del padre de Ilenko es fuerte y grave con una furia contenida que hace que los hombre se pongan rígidos en sus asientos.
Giro la cabeza hacia el hombre con una firmeza absoluta, sosteniéndole la mirada sin parpadear.
Ilenko no se inmuta. Coloca una mano pesada sobre mi cadera y clava sus ojos en los de su padre con una autoridad de acero que silencia a toda la sala.
— Mi lugar y mis órdenes, tienen el mismo peso que las suyas padre, su lugar está a mi lado en todos los sentidos y en igualdad de condiciones. Y quien dude de su autoridad en esta mesa, está dudando de la mía.