29. REINA
Gasoline — Halsey
Mis tacones resonando por el suelo al entrar es lo único que rompe el silencio de la habitación. Se gira lentamente, tomándose su tiempo.
Se queda completamente inmóvil, deleitándose con la mirada mientras me observa fijamente antes e llevarse un vaso a su labios. Sus ojos azules, tan gélidos como la tormenta de nieve que azota los ventanales, se clavan en mí sin pestañear.
Pero no me quedo quieta. Cruzo la habitación con paso efluido y elegante, arrastrando el eco de mis pasos, y me dirijo hacia el mueble de roble que hace de minibar. Botellas de licores claros brillan bajo la luz de la instancia.
— ¿Puedo? — pregunto, sin mirarlo, rozando con la yema de mis dedos el borde de un vaso de cristal.
— Todo lo mío es tuyo, letrada— su voz ers una vibración grave que resuena en mi pecho mientras camina lentamente hasta donde estoy.
Sirvo un poco de vodka, sintiendo el calor de su presencia demasiado cerca, bloqueando mi única vía de movimiento. Levanto el vaso y le doy un trago mirándole fijamente.
— No porque yo quiera— espeto, clavándole los ojos con dureza.
El alcohol me quema la garganta, pero agradezco el fuego que me da ese valor suficiente para decir lo que pienso.
Sonríe, pero con una sonrisa afilada que empiezo a odiar con todas mis fuerzas, porque tiene la maldita capacidad de hacer que mi cuerpo reaccione en contra de mi voluntad. Se apoya contra el mueble, cruzándose de brazos en una postura de superioridad y arrogancia.
— Nadie te obligó. Firmaste ese contrato con total libertad.
— No recuerdo haber leído que me convertía automáticamente en una Dama de la mafia… sumisa y a tus pies, claro está.
Ilenko suelta una risa seca, y se inclina sutilmente hacia mí. Su aroma me envuelve, nublando por un segundo mi capacidad de pensar con claridad.
— Para ser abogada… Que no te leas la letra pequeña me parece un poco… absurdo, ¿no crees?
El comentario me golpea de lleno en el orgullo. Siento como la sangre me sube las mejillas, enrojeciéndolas de pura rabia ante la humillación. Me está llamando incompetente en mi propia cara, usando mi profesión para pisotearme sabiendo lo que eso significa para mí.
Juega conmigo y eso no me gusta.
Doy un paso hacia él, obligándolo a sostener mi mirada. El vaso de cristal tiembla ligeramente entre mis dedos, pero aprieto con fuerza negándome a que pueda notar ningún tipo de debilidad.
— ¿Y qué pasa con todo lo demás? — contraataco — ¿Eso también venía en la letra pequeña, señor Volkov? Las palabras, el sexo, la cercanía….¿ eso también era una obligación contractual?
Él no parpadea. Su rostro se transforma en una máscara de acero impenetrable, pero puedo notar cómo los músculos de su mandíbula se tensan. Esa ligera brecha en su armadura me da fuerzas para seguir apretando, para hurgar en esa fibra que sé que intenta ignorar.
— Dime la verdad de una puta vez — le exijo, acortando la distancia hasta que mi pecho roza la tela de su camisa — ¿Toda esa obsesión de la que me hablabas era solo para asegurar tu puesto?
¿Es por tu supuesto interés en mí … o simplemente soy el polvo de tu vida que necesitas tener atado a una cama?
El silencio que sigue a mis palabras es sepulcral, cargado de una electricidad peligrosa. La respiración de Ilenko se vuelve más pesada y sus ojos descienden un segundo hacia mis labios antes de volver a clavarse en los míos.
— Yo nunca miento Rachel. — sentencia con frialdad—.Si tú decides malinterpretar cualquier acto con amor, el error es tuyo. Eres mía, pase lo que pase y cueste lo que cueste. Y eso es lo único que necesitas entender.
Esas palabras actúan como el detonante definitivo. La humillación se disipa al instante, dejando paso a una furia fría y calculadora. Doy un paso atrás, rompiendo la cercanía física y sostengo su mirada con una dureza que nunca antes había tenido.
— Él que tiene que entender que no soy de nadie eres tú!
Yo solo estoy aquí para protegerme y para proteger a mi hermana.
Y si me he llevado algún polvo por el camino, es porque yo he querido no porqué tú lo hayas determinado, que te quede claro.
— No levanto la voz, ni me muevo, solo le lanzo una mirada en señal de amenaza.
Ilenko se queda rígido.
— Pero conmigo no juegas más. Se acabó.
Le doy la espalda antes de que pueda reaccionar, dejando el vaso de cristal sobre el mueble dando un golpe seco.
Camino con paso firme hacia la salida, necesitando aire fresco, necesitando alejarme de su magnetismo destructivo.
Pero cuando salgo de la habitación, el peligro me alcanza.
Antes de que pueda dar dos pasos, sus mano me agarra por el cuello con una fuerza descomunal y me arrastra hacia atrás, pegando mi espalda contra la dureza de su pecho. El impacto me roba el aliento por completo.
— Rachel…— susurra contra mi oído provocando que una corriente eléctrica queme mi piel—¿Cuándo coño vas a enterar de que todo lo que hago es estrictamente necesario?
Yo no juego contigo, pequeña. Tú lugar en la mafia estaba sentenciado desde hace mucho más tiempo del que crees.
El legado de ti madre y tu propia sangre te condenaron a esto de una manera o de otra.
Estabas destinada a ser mi mujer, y yo solo he venido a reclamar lo que me pertenece.
Su mano baja por mi cadera, firme y posesiva, amoldándose a mis curvas con urgencia.
Siento el roce de sus dedos contra la tela del vestido, tratando de levantarlo hasta llegar a mis bragas, dónde se encuentra mi coño chorreando simplemente por su presencia.
— ¿De que sirven las palabras y las amenazas si tu cuerpo habla por ti? — sus labios se posan en mi cuello y lo lame como un animal hambriento.
Me muerdo el labio inferior con fuerza, ahogando un gemido que me niego a entregarle.
Detesto la traición de mi cuerpo. Detesto, que a pesar de la furia que siento por dentro, su simple presencia tiene el poder de desarmarme por completo.
Mi mente grita que se detenga, pero mis caderas se tensan, atrapadas en el dilema de empujarlo y apartarlo o pegarme más a él.
Ilenko lo nota. Se ríe con una vibración baja y oscura contra mi piel húmeda mientras sus dedos continúan su camino por mi vagina, introduciéndose en ella, reclamando cada centímetro como dueño absoluto de este infierno.
— Puedes decir lo que quieras — continua y empieza a mover los dedos sin parar dentro de mí. Sólo escucho el chapoteo de estos, su respiración jadeante a la vez que la mía. — pero los dos sabemos que estás exactamente en el único lugar en el mundo donde deseas estar.
Cierro los ojos, dejando que la cabeza se me vaya hacia atrás, apoyándose contra su hombro mientras el ritmo de su mano me arrastra por completo.
El contraste entre la frialdad de sus palabras y el calor abrasador de sus dedos, me está volviendo completamente loca.
Odio que tenga razón. Odio que conozca mi cuerpo mejor que yo misma y que sepa exactamente cómo hacerme olvidar toda la rabia y traición que llevo dentro.
Mis manos buscan apoyo a ciegas, pero él me da la vuelta y me obliga a mirar mientras sus dedos se mueven sin parar.
Todo nuestro mundo desaparece. El placer empieza acumularse en mi bajo vientre, denso y pesado.
Solo existimos el sonido de nuestras respiraciones entrecortadas y ese movimiento constante y húmeda que me lleva directamente al borde del abismo.
— Mírame — me ordena, agarrándome del cuello con fuerza con su mano libre — Mírame mientras te demuestro de quién eres, joder.
La fuerza de sus palabras, unida al ritmo implacable de sus dedos, es el empujón definitivo que me hace caer al abismo.
Mis ojos se clavan en los suyos justo cuando el mundo se desmorona a mi alrededor.
Estallo en un clímax ensordecedor, un espasmo violento que me recorre la espina dorsal de arriba a abajo.
Me desahogo por completo, aferrándome a sus brazos mientras el orgasmo me atraviesa con la fuerza de un rayo, dejándome sin aire, temblando contra él.
En el pico más alto de mi orgasmo, Ilenko aparta los dedos de golpe. La ausencia de su tacto me golpea con la fuerza de un vacío existencial.
Sin embargo, él no ha terminado de jugar.
Con una lentitud exquisita e embriagadora, eleva su mano empapada ante mis ojos.
Sostiene mi mirada fija, desafiante y cargada de una devoción oscura, mientras se lleva los dedos a la boca.
Lame mi propio placer de su piel con una delicadez exquisita, saboreándome sin apartar sus ojos grises de los míos.
Es un gesto salvaje, posesivo y extrañamente íntimo que hace que me pierda una vez más en él, desarmando cualquier rastro de la armadura que parecía tener.
— Diosa… — susurra. Y su voz no es la del hombre frío de antes, es la del hombre que parece adorar el mismo infierno que él mismo ha creado para mí.
El calor de su aliento me tienta, mis labios se abren por inercia, buscando el beso que lógicamente debería sellar este momento. Pero mi mente me golpea la piel y la cruda realidad regresa de golpe a mi mente.
Jaque mate. Las palabras que pensé antes de entrar resuenan en mi cabeza. Una reina no se entrega en el pasillo de su enemigo.
Con las piernas todavía temblorosas, pero la mente fría, me apoyo en supecho, pero no para cercarme, sino para empujarlo con firmeza. Me saco de su agarre. Por suerte le pillo por sorpresa y me deja ir, aunque sus ojos se oscurecen al instante.
Me coloco el vestido con parsimonia y con una dignidad que no siento. Le sostengo la mirada, ignorando el latido de mi corazón mientras le doy de nuevo un sorbo a la bebida que he dejado antes aparcada.
— Gracias por el orgasmo, Volkov — le digo, con una sonrisa gélida y letal en mis labios, devolviéndole el mismo golpe de frialdad que el me dio antes.
No espero a ver su reacción. Me doy la vuelta y camino con paso firme y rápido, buscando la habitación principal, dejándolo solo en la penumbra con la palabra en la boca.
Entro en un enorme dormitorio que parece ser una suite y doy por hecho que es la habitación que estaba buscando. Me dirijo directa al baño. Necesito quitarme de encima su aroma, su rastro y la sensación de sus dedos que todavía me hacen arder la piel.
Me quito el vestido con las manos temblorosas y me meto bajo el chorro de agua caliente, cerrando los ojos mientras el vapor empieza a empañar los cristales.
Apenas llevo un par de minutos intentando asimilar el caos de mi mente cuando el sonido de la puerta del baño al abrirse me hace dar un vuelco al corazón.
A través del cristal empañado, distingo sus silueta imponente, entra en el baño sin miramientos. No se desnuda, no intenta meterse conmigo, simplemente se apoya en el lavabo, cruzándose de brazos, obligándole a mirarlo desprotegida bajo el agua.
— Al lado tienes un vestidor — dice y su voz, aunque atranca, arrastra una autoridad que hace que el agua caliente parezca de hielo—Hay ropa que mandé comprar expresamente para tí. Esta noche hay una reunión con los líderes de la Brava. Vas a ir del brazo de tu marido.
Se acerca a un paso de la mampara, fijando sus ojos en los míos.
— Demuestra la verdad de tus palabras no como hace un rato… no falles esta noche como fallas a tus propias promesas.
Se da la vuelta sin esperar una respuesta que sabe que no puedo darle. La puerta del baño se cierra tras él y el eco del golpe me deja a solas con el sonido del agua y una furia que amenaza con desbordarse.
Me apoyo contra los fríos azulejos respirando hondo. Tengo que demostrar que soy una mujer digna de su lado, o acabaré bajo tierra como mi madre.
Tengo que jugar el papel de mi vida en esa cena…
Pero por un momento, soy dolorosamente consciente de que quizás no es tan papel como creía. No es el miedo lo que hace que me tiemblen las piernas, sino la oscura adrenalina de pertenecer a este infierno.
El estremecimiento de mi cuerpo cuando me toca no es para nada fingido, y la perspectiva de bajar a ese salón y que todos esos hombres peligrosos se arrodillen ante mí como su reina… me tienta de una forma retorcida que me aterra admitir.
Cierro la llave del agua. El juego de apariencias acaba de empezar y el peligro ya no es solo Ilenko, es lo mucho que me esta empezando a gustar su tablero.