28. SOLEDAD
Castle — Halsey
El silencio de la mansión pesa más que cualquier amenaza. Todavía no se como asimilar todo lo que esta pasando en mi vida ni como actuar en este momento.
Es cierto que me siento orgullosa de como estoy plantando cara al hombre que me ha hecho creer que soy alguien importante, pero me siento tan insignificante a su lado, que duele. Y mucho. Y es algo que no me pienso permitir.
Decido movilizarme y seguir sus pasos.
Subo por la tétrica escalera buscando la habitación que debo compartir con mi inusual marido. Mientras trato de pensar en como salir de esta jodida mansión.
Llego a un largo pasillo lleno de habitaciones y marcos con fotos por todas las paredes. Me paro en cada una de ellas a examinarlas lentamente.
Me encuentro en una con Ilenko y Nikolai, mucho más jóvenes, adolescentes incluso.
Pero lo que más me sorprende es la sonrisa que hay en ambos, ninguna de esas retorcidas y macabras o sexuales que me ha mostrado Ilenko, si no sonrisas de personas felices, cómplices. No puedo imaginarme que ha sido lo que ha cambiado de esa manera el carácter de ambos.
Sigo pasando, veo imágenes de bodas, niños…
Sigo andado y encuentro una que hace que los ojos se me llenen de lágrimas.
Mi madre. Al lado del padre de Ilenko. Su melena oscura de pelo rizado como la mía cae sobre el pecho.
Sus ojos marrones oscuros miran sonrientes a la cámara.
El padre de Ilenko está completamente recto mirando al frente sin un ápice de sonrisa, más bien con rabia mirando a la persona que esta haciendo la fotografía.
Veo a mi madre tan joven feliz en ese momento, que el corazón me da un buen vuelco cuando me doy cuenta de que mi padre le corto la vida de un segundo a otro, sin darla opción a vivirla. Al fondo de la fotografía, hay una niña corriendo, por el descampado de atrás, sonriente.
Joder.
Soy yo. Aparezco en la fotografía de fondo corriendo. No aparece el año en ningún lado, pero yo no tengo ningún tipo de conocimiento de que haya estado en Rusia antes.
La imagen confirma lo que mi padre ha intentado enterrar durante años: mi madre era una pieza clave del gobierno de la Bratva.
Y yo no era una desconocida en esta fortaleza, fui criada en la cuna de este imperio antes de que Michael Brown nos vendiera a todos y nos arrancara de nuestro verdadero origen para llevarnos a Nueva York.
De repente, un ruido sordo rompe el silencio.
— ¿Rachel…?— pronuncia una voz débil.
Giro la cabeza y mi corazón da un vuelco de nuevo.Veo a lo único que me mantiene cuerda en este momento. Hannah está al final del pasillo, apoyada contra la pared, con el rostro pálido y la mirada vidriosa. Está desorientada, caminando con dificultad, presa aún de los sedantes.
— ¡Hannah! — grito, olvidándome de momento de la foto y de todo lo demás. Corro hacia ella, rodeando su cintura con mis brazos para sostenerla.
La noto helada al tocarla. Trato de guiarla rápido a la puerta de la que parece que ha salido, parece una habitación de invitados y la siento al borde de la cama.
— ¿Qué ha pasado? — susurra ella, con la voz quebrada, buscando mis ojos — ¿Dónde estamos?
Su pregunta me cae como una sentencia. Me agacho frente a ella, sujetando sus manos, tratando de transmitirla una seguridad que ni yo misma siento.
— Estamos en Rusia, Hannah — la digo con una franqueza que me escuece. Ella abre los ojos de par en par, aterrorizada— pero estamos bien.Tuvimos que salir de Nueva York…
Niega con la cabeza, con las lágrimas brotando de sus ojos.
— Corríamos un gran peligro allí, la….
— No… no puede ser — solloza, interrumpiéndome —Tenemos que irnos por favor.
— No podemos cariño. Si nos vamos terminaremos como mamá. Ahora mismo nuestro único escudo es este apellido y mi lugar al lado de Ilenko.
— Yo no quiero estar aquí…— me suplica.
— Lo sé mi niña, pero es por tu bien. Te prometo que todo va a salir bien y haré todo lo que haga falta por protegerte. Pero tienes que hacerme caso en todo. ¿Lo prometes?
Ella asiente levemente y yo la arrimo contra mi cuerpo.
Antes de que pueda decirla nada más, el sonido seco de unos pasos me obliga a dejar de mirarla. Miranda está en el umbral de la puerta. Nos observa con el rostro impasible.
— El señor la está reclamando en su despacho, señora — dice Miranda.
Miro a Hannah por última vez y la doy un beso en la cabeza. Me pongo de pie y me ajusto la ropa.
— Cuídala — la digo al pasar por su lado.
Asiente y me voy en busca de Ilenko que no sé dónde demonios está.
Ando por el pasillo hasta que un aroma demasiado atractivo y familiar inunda mis fosas nasales. A la derecha me encuentro una puerta abierta e Ilenko está de espaldas mirando por la ventana.
Se le ve imponente, como siempre. Parece un rey en su castillo.
En ese mismo momento ,nota mi presencia y yo noto como sus hombros se tensan, pero no se gira. Me obligo a dar el primer paso acercándome a él.
Sonrío para mis adentros, sintiendo como una corriente de fuego helado sustituye al miedo en mis venas.
Él cree que me ha ganado. Cree que tiene todas las piezas de este tablero bajo su control absoluto y que me ha reducido a un mero peón sumiso. Pero hace mucho que dejé de serlo.
Lo que Ilenko Volkov no ha entendido es que, en el ajedrez, el verdadero ataque mortal no lo hace el Rey.
El jaque mate lo da la Reina.