Indefendible (El legado de Volkov 1) 27. ACEPTAR EL ERROR
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27. ACEPTAR EL ERROR

Where have you been - Rihanna

No vuelvo a pronunciar una sola palabra en lo que queda de viaje. El silencio dentro del coche se vuelve de una densidad casi tangible. Siento que me he agotado por completo en una red de mentiras y traiciones, cayendo en un pozo de engaños en los que no veo la salida.

Miro a mi hermana una y otra vez, tratando de averiguar como sacarla de esta mierda, una cosa es condenarme yo, otra cosa muy distinta es condenarla conmigo.

Una media hora después llegamos a una especie de fortaleza, oscura en mitad de la nieve.

Es una especie de castillo en el que nos adentramos mientras cientos de hombres nos custodian.

Escucho como se cierra la valla metálica que nos ha permitido el paso, como si de la entrada de un calabozo se tratara.

Ilenko apaga el motor y sale del coche con una autoridad imponente. Yo me quedo en el interior durante unos segundos, analizando cada detalle de la propiedad con la precisión helada que me queda. No sé como actuar ante la emboscada vital que tengo en frente, pero me niego a mostrar debilidad.

— Sal — dice Ilenko, abriéndome la puerta.

Salgo con paso firme, sin aceptar la mano que me ofrece  y con una máscara de frialdad e indiferencia puesta en mi rostro.

Los tacones se hunden en la nieve, provocando que el frío cale mis huesos.

Siento movimiento a mi lado y veo a Nikolai sacando a mi hermana en brazos y pasando por delante nuestra introduciéndose en la casa.

— Privetstvuyem buduschego pakana Bratvy i lego daum — dice uno de los hombres.

No entiendo el ruso y es algo que me pone los pelos de punta. Me niego a que hablen y no enterarme de nada, me niego a vivir en esta ignorancia.

Ilenko no responde, se limita a asentir  con la cabeza y me hace pasar al edifico.

El vestíbulo principal es colosal. Su arquitectura de techos altos, piedra y arcos es un espectáculo visual.

Lámparas de araña de hierro forjado iluminan la estancia, donde decenas de soldados de la Bratva custodian los pasillos, apartados con sumisión absoluta a cada paso que da Ilenko. Nadie habla.

— ¿Dónde está mi habitación?— Me dirijo hacia él.

— En la mía.

Me río.

— Qué lástima. Porque yo no pienso dormir contigo.

Ilenko se gira y se mueve con una velocidad depredadora.

Antes de que pueda dar un paso atrasa, su mano atrapa mi cuello y me empuja con la violencia justa y contenida hasta que mi espalda choca con la pared.

El agarre me inmoviliza por completo, pero yo no me encojo, estiro el cuello y cruzo mi mirada con sus ojos.

—¿Cuándo coño vas a enterarte de que las reglas aquí son distintas?— su voz es un rugido bajo que provoca en mi interior una vibración que me esfuerzo por sofocar.

El odio lucha constantemente contra el deseo, y por primera vez,  no she cual de los dos va a ganar.

Me quedo quieta. No grito más. La rabia y el dolor de la traición se ha cristalizado, convirtiéndose en una frialdad absoluta que va inundando mis venas.

Giro lentamente la cabeza, mirándolo fijamente a los ojos, sin un atisbo de duda o miedo en ellos.

— Últimamente…. Se me da demasiado bien infringirlas— respondo con una calma que me sorprende a mí misma.

Su mano se desliza hacia por mi  cuello, apretando por un segundo antes de que su expresión se ensombrezca. Es un recordatorio físico de quien tiene el poder en esta habitación.

— Así que no esperes que me convierte en tu pequeño juguete solo por que estemos en tu territorio. Pakhan …— Digo, saboreando su deseado título, dejándolo caer como una completa provocación.

Hay algo en mi mirada y en mis palabras que él no esperaba; un desafío puro, sin filtros. Ilenko me observa y por un breve instante, la máscara de hielo que él mismo ha construido parece resquebrajarse. La tensión en la estancia se vuelve tan densa que casi puedo palparla.

Él no se aparta. Al contrario, se inclina más, invadiendo mi espacio personal hasta que mis pulmones solo pueden llenarse con el ámbar y tabaco de su aroma.

— Ten mucho cuidado con cómo usas ese título, Rachel— advierte, su voz baja y cargada de una amenaza que vibra en mi piel — Un Pakhan no permite que le desafíen en su propio terreno. Espera subordinación.

— Entonces tendrás un problema — le replico, aguantando la mirada con dureza — porque no soy tu propiedad. Soy la mujer que te va a demostrar que… los peones también llegan al otro lado del tablero. Y cuando lo hacen, dejan de obedecer las reglas que los hicieron avanzar.

Me evalúa inmóvil. El silencio es absoluto y puedo ver como procesa mis palabras, como el interés se mezcla con una furia que empecía a arder en el fondo de sus ojos. No es la reacción que buscaba, pero es exactamente la que necesitaba.

— ¿Un peón? — Ilenko suelta una risa corta. Se acerca tanto que sus labios rozan los míos.— En el ajedrez, Rachel, los peones son lo primero que sacrifican para proteger al rey. Y si ese peón empieza a estorbar, se elimina del tablero sin pestañear.

Se aleja, dejándome con el corazón martilleando contra mis costillas.

— No me tientes — añade cuando se separa —  entenderás quien manda en esta casa. Y créeme, preferirías que fuera tu amante a que me convierta de nuevo en tu verdugo.

Ilenko se da la vuelta y camina hacia las escaleras con paso firme. Pero antes de subir, se detiene un segundo.

No se gira, pero su espalda se tensa y por un instante, su postura pierde esa rigidez de hierro. Es apenas un segundo, parece un suspiro de vacilación que desaparece tan rápido como llega antes de que vuelva a moverse y subir las escaleras con decisión.