26. MOSCÚ
Chasing cars — Tommee Profitt and Fleurie
Nueve horas después, Ilenko me despierta. El zumbido constante de los motores ha cambiado de tono y no me haba dado cuenta de que me había quedado completamente dormida. Mi hermana está al lado, acurrucada en el sillón bajo la manta. Intento despertarla, pero no hay respuesta.
— Miranda, no despierta— me preocupo por momentos, pensando en que todo esto le haya pasado factura de una manera que no me pueda imaginar.
— No se preocupe señora, son los tranquilizantes que la he dado antes de despegar. No podía seguir en el estado de ansiedad que se encontraba o hubiéramos tenido un problema más serio.
—¿La has sedado sin mi consentimiento? — Siento como la rabia empieza a encenderme las mejillas.
— Fue orden mía— habla Ilenko, colocándose a su vez la chaqueta del traje.
— No podemos permitir que sufra un ataque de pánico frente a mi familia. Hasta que aprenda a relajarse frente a la situación, deberá continuar bajo el cuidado de Miranda y sedada.
— Esa decisión me corresponde a mí— Me levanto del lado de mi hermana para encararle.
—Tus decisiones, son las mías también. — Me deja claro.
Trago saliva y me quedo en silencio, tratando de de recuperar la compostura.
Me asomo por la ventanilla y el paisaje me termina de cortar la respiración. No hay rastro del sol y la contaminación de Nueva York. No hay rastro de la calidez y el movimiento de mi ciudad. Moscú nos recibe bajo un cielo denso, completamente opaco.
A través del cristal , veo la pista del aeropuerto completamente sepultada por la nieve, donde solo puedes observar el rastro gris de las ruedas del avión.
El viento arrastra nubes de polvo blanco que golpean el avino con fuerza.
Definitivamente nos vamos a congelar, no he traído ropa para esto, ni para nada.
— No hemos traído nada para este tiempo, Ilenko— Trato de decirle cuando él ya esta sacando gruesos abrigos de lana negra de un armario que no había visto antes, para que nos pongamos.
— Bienvenida a casa, Rachel.
Se acerca hacia mí para ayudarme a ponerme el abrigo, pero sus manos se paran un segundo de más en mis hombros, provocando que mis ojos marrones se claven en los suyos, tan gélidos como el frío de fuera.
— No tiembles ahí fuera— susurra pegado a mi oído—Puede ser una sentencia de muerte.
Asiento en silencio cuando se abre la puerta del avión, haciendo que se me hiele la cara más de lo que pensaba por la gélida temperatura. Me obligo a ponerme recta y elevar la cabeza, sin miedo.
Bajamos las escaleras de metal y descubro que no estamos solos.
Una decena de coches negros con cristales blindados y los motores en marcha nos esperan en formación sobre la nieve.
Varios hombres corpulentos, vestidos con abrigos oscuros y armados custodian el perímetro.
Ilenko desciende con paso firme, sin mostrar la menor duda, y yo le sigo pegada a su lado.
Al pie de la pista nos espera un hombre de figura aterradora.
Tiene una envergadura impresionante y una estructura facial idéntica a la del hombre que camina a mi lado, aunque marcada por arrugas profundas, cicatrices antiguas y el cabello cano.
— S vozvrascheniem, syn . …— dice el hombre. Su voz es un trueno solemne que hace que se me erice la piel bajo el abrigo, y no por el frío.
— Zdorovo, Pajan — responde Ilenko.
— Vaya, vaya — Se iré de una manera completamente tenebrosa. — Si todavía reconoces a tu padre. ¿Tienes los cojones para aparecer aquí como si nada? Parece que si eres hijo mío al fin y al cabo.
Antes de que Ilenko conteste, su mano busca la mía. Sus dedos se entrelazan con los míos ejerciendo una fuerza posesiva que casi me hace daño. Terminamos de bajar los últimos escalones hasta quedar de lleno frente al indiscutible líder de la Bratva.
El padre de Ilenko me escruta con una mirada letal, recorriendo cada centímetro de mi rostro, desnudándome con la mirada sin el menor pudor. No siento piedad en sus ojos; solo el peso aplastante de su juicio y un desprecio absoluto por la sangre que corre por mis venas.
Ilenko me aprieta la mano con aún más fuerza.
— No he venido a pedir perdón padre. He venido a ocupar mi lugar.
Su padre se ríe a carcajadas, un sonido ronco que retumba en mis oídos. La risa no tiene ni un ápice de alegría, es pura burla.
— ¿Tu lugar?— repite, mientras su mirada vuelve a clavarse en mí — su lugar es metros bajo tierra por lo que su padre nos robó. Tu lugar lo perdiste en cuanto decidiste a jugar a los amantes con la hija de nuestro enemigo.
Es entonces cuando siento como la mano de Ilenko, se vuele literalmente de piedra. No me mira. Sus ojos están fijos en los de su padre. Pero noto cómo todo su cuerpo se tensa al instante.
— Me dijiste que me darías el poder de la brava cuando encontrara una mujer digna del linaje de los Volkov, una pieza de calle capaz de asegurar el linaje y cerrar la guerra.
Me quedo paralizada, sintiendo como el oxigeno se congela en mis pulmones. Acaba de hacer el jaque mate en su juego de ajedrez. Y yo era la reina.
— Mi deber era traerla, padre, pero fui consciente de que no debía matarla. Convertirla en la Dama de la mafia iba a dolerle más a su padre que su propia muerte. Verla sentada en nuestro trono, pariendo a mis herederos y llevando mi apellido , es la mayor humillación que Brown podría recibir.
Ilenko por fin gira la cabeza hacia mí. Sus ojos son dos pozos de hielo que me estudian con una frialdad de quien observa una victoria plena. Siento como mi corazón se vuelca en mi pecho, hundiéndose en un pozo de bilis y desengaño.
La traición de nuevo, tiene un sabor metálico y agrio que me quema la garganta. En este preciso instante me doy cuenta como en este mundo no he sido mas que la moneda de cambio de mi padre y el hombre al que le estaba empezando a entregar mis sombras.
Sólo me quería para reconstruir su trono. Cada caricia, cada palabra, cada promesa… todo era el hilo con el que Ilenko me tejía una red para que no viera venir el hachazo.
— Bienvenida a la familia Dorogaya — dice el hombre con una sonrisa que me revuelve el estomago — Parece que mi hijo ha aprendido que el odio es un motor mucho mas eficiente que el deseo.
Ilenko me arrastra hacia el interior de una de las camionetas. Al subir, el calor me golpea, pero no logra descongelar el vacío que tengo en el pecho. Me siento al fondo, pegada a la ventanilla.,tratando de alejarme lo máximo de el.
Siento como abren la otra puerta y meten a mi hermana Hannah, todavía inconsciente al lado de Miranda. Ajena al abismo de violencia y política de mierda en el que la he metido por confiar en el hombre equivocado.
Ilenko pasa y se sienta arrancando el coche, dejando atrás la figura del avión y la posibilidad real de volver a mi vida anterior. El silencio el asfixiante. Mantengo la vista fija en el cristal viendo como nos introducimos en el centro de Moscú.
A través del retrovisor, veo que sus ojos azules me observan sin pestañear.
— No me mires así — suelta de repente.
Me río, con una risa seca que me raspa la garganta.
— ¿Y como quieres que te mire? ¡Eh¡ — le grito, girándome al fin hacia él. Siento com mis ojos arden de furia. —¿ Con la devoción de la dama de la Mafia? ¿ O con la apuñalada en la espada que tengo por tu parte?
Ilenko no aparta la vista de la carretera, pero noto la tensión en su mandíbula. Su respuesta es gélida, despojada de cualquier rastro de la obsesión o pasión que fingió hace unas horas.
— Te advertí que las cosas aquí eran diferentes, Rachel.
— ¿Tan diferentes cómo para descubrir tu engaño?
Me vendiste una huida juntos, protección, am…
.— me muerdo la lengua a tiempo, corrgiendo esa palabra antes de que termine de salir, porque sé que jamás fue cierta— Y me has entregado al matadero.
Realmente, solo querías hacer daño a mi padre, y me lo has acabado haciendo a mí.
Él frena el coche con brusquedad. Se gira hacia mí y sus ojos azules no muestran….nada. Son dos láminas de acero.
—No te he engañado en nada. Todo estaba en el contrato que firmaste en su día.
Un acuerdo matrimonial, no sólo conmigo, sino también con la Bratva.
Lo aceptaste y lo sellaste con tu firma.
Mi parte ha sido mantenerte con vida a ti, y ahora a tu hermana.
La tuya era ocupar tu lugar al lado de los Volkov.
Me quedo boquiabierta, sintiendo el peso de mis actos cayendo sobre mí.
— Todo era una farsa…— susurro. El nudo en mi garganta se vuelve insoportable. No me refiero ni a los tecnicismos legales, ni al contrato, si no las horas juntos, la forma en la que me miraba, a como hizo que algo dentro de mi latiera ….— Me hiciste creer que….había algo más.
— En ningún momento te he hablado de sentimientos. Te hablé de lealtad, te hablé de poner y de un lugar a mi lado. Si tú has decidido decorar esas palabras con gilipolleces románticas es tu problema no el mío.
Es cuando recuerdo nuestra primera vez, en la que fue claro. ``Yo no sé amar´´
Y yo solo fui una imbécil que creyó lo contrario.
S vozvrascheniem, syn : Bienvenido de nuevo, hijo.
Zdorovo, Pajan: Hola padre.
Dorogaya: Querida.