Indefendible (El legado de Volkov 1) 24. ADN
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24. ADN

Gladiator — Zayde Wolf

— Gracias,  señor — susurro y cuelgo el teléfono despacio.

Me quedo mirando la pantalla del teléfono mientras la información se asienta en mi cabeza.

He ganado. En el terreno legal, la victoria es absoluta.

Ilenko esta libre de cualquier cargo. De cara a la justicia no es más que un empresario absuelto de una acusación infundada, en la realidad, la historia es muy distinta.

Es un asesino implacable, el hijo del líder de la Bratva. -

— ¿Rachel? — me pregunta.

— Han salido las pruebas del ADN…. Y eres inocente. — le digo.

— Eso ya lo sabía — responde sin la menor sombra de sorpresa, dedicándome una pequeña sonrisa cargada de arrogancia oscura antes de apartar las sábanas y levantarse desnudo en dirección al baño.

Me quedo observándolo en silencio desde la cama, viendo la musculatura de su espalda marcada por las cicatrices.

Durante un segundo dudo entre volver a asaltarlo bajo el agua o actuar como una persona decente e ir a mi habitación a arreglarme antes de enfrentarme a ola conversación que tengo pendiente con mi hermana.

Por primera vez en días, decido no hacer caso a mis hormonas e imponerme un poco de cordura.

— Voy a cambiarme.

Él no dice nada, se limita a emitir un gruñido grave en señal de aprobación desde el interior del baño. Le robo una de sus camisas colgadas del vestidor para no cruzar el pasillo desnudo y me escurro rápido a mi habitación. No quiero que ni Hannah ni Miranda me vean así.

En mi baño, abro el grifo de la ducha y dejo que el agua ardiendo golpee mi piel, tratando desesperadamente de ordenar mis pensamientos.

Es inútil. Mi cabeza trabaja a mil por hora intentando procesar la velocidad a la que mi mundo se ha destruido y reconstruido en torno a Ilenko.

Salgo, me seco con prisa y me visto con algo que me haga sentir protegida: unos vaqueros ajustados, stilettos negros y un top negro entallado.

Cuando salgo al salón, me encuentro a mi hermana sentada en una esquina del enorme sofá, con los ojos hinchados y rojos de haber llorado durante horas.

Me entra un pellizco de culpa brutales el estomago.

La dejé sola toda la noche. Es una chica de apenas diecinueve años a la que acabamos de arrancar de su vida real para encerrarla en una fortaleza que no conoce.

— Buenos días, señora Volkov — se acerca Miranda a mí desde la cocina. Huele a café recién hecho y a huevos con bacon y eso hace que mi estomago ruja con fuerza — . No se preocupe, anoche la di un tranquilizante para que durmiera. Está en estado de shock, pero ha descansado algo.

— Gracias Miranda, pero llámame Rachel, por favor. — sigo mirando a mi hermana sin saber como acercarme siquiera, porque no me ha lanzado ni una triste mirada al entrar en la cocina y pasar por su lado.

— ¿Ha desayunado? — la pregunto.

— No señor…Rachel …. Se niega.

— Ponme los dos desayunos en una bandeja, por favor.

Asiente y se pone en marcha, cuando me la entrega me dirijo al sofá y me siento a su lado. Ella se estremece y se aparta, hasta que trato de acariciarla el pelo con mis manos.

— Hannah …. soy yo — trato  de suavizar la voz, pero ella sigue esquivando mi mirada.

Me descalzo y me cruzo de piernas a su lado, ella por fin me mira, sus ojos marrones, idénticos a los de mi padre, me miran con una mezcla de pavor, desilusión y traición que me atraviesa el pecho.

— Hola, cariño — la susurro —. ¿No tienes hambre?

Niega con la cabeza, manteniendo los labios apretados. Insisto, sabiendo perfectamente que el bacon es su debilidad. Doy un mordisco generoso al plato intentado sacarle una reacción.

— Mmm una pena…. Esto esta delicioso …. — sigue sin decir nada y engullo  el desayuno sin cesar hasta que por fin se digna a hablarme.

— No — su voz suena pequeña y rota — no quiero nada.

Aparta la vista de nuevo, fijándola en algún punto inexistente del salón.

— Tienes que comer algo Hannah… si no vas a desfallecer y tienes que estar fuerte.

Me duele el pecho al verla así, per antes de que pueda insistir, escucho el sonido de unos pasos. Es Nikolai, entra en el salón, con el rostro inexpresivo. Se detiene al ver a Hannah, pero luego me mira a mí.

— Señora, el Señor  te espera en el despacho. Ahora.

Miro a Hannah, le doy un apretón rápido en la mano y sigo a Nikolai.

Al cruzar la puerta del despacho, me golpea una densidad distinta.

El ambiente está cargado de humo de tabaco y tensión.

Ilenko esta de pie junto al ventanal de espadas a la entrada, vistiendo unos pantalones de traje oscuros y una camisa negra entallada.

Su pelo rubio aun esta húmedo por la ducha y la musculatura de sus hombros esta completamente rígida.

— Siéntante — gruñe sin girarse.

— ¿Qué pasa?

Se gira despacio. Sus ojos azules no son más que dos bloques de hielo pulido.

— Hemos interceptado una llamada de los Sforza con tu padre.  — dice ordenado el escritorio. Se sienta en su sillón y gira la pantalla del ordenador hacia mí antes de continuar — Específicamente con los Sforza. El clan más violento y sanguinario de la mafia italiana.

Me lanza un fajo de papeles sobre la mesa. Son contratos de propiedad, hojas de acciones….

— Tu padre no sólo quería entregar a tu hermana para que la mataran y salvar su culo una vez más. Tenía una deuda masiva por ellos por numerosos negocios fallidos. ¿Sabes como ha pagado esa deuda? Entregando a Hannah en bandeja de plata.

El mundo desaparece bajo mis pies. Un huracán de rabia empieza a crecer en mi interior. Mi pequeña Hannah vendida a un clan de psicópatas, en el bolsillo de un hombre que se hace llamar padre y abogado.

— Marcello Sforza acaba de dar un golpe de estado en Sicilia.

Hace apenas tres días, ejecutó a su propio padre, el Capo de la Cosa Nostra para hacerse con el control absoluto del territorio.

Nadie fuera de su círculo sabe quien es ni sus movimientos, nunca se ha mostrado a la luz, es una sombra que opera desde la clandestinidad.

Me llevo una mano a la boca, sintiendo una ola de náuseas.

— Ese malnacido necesita consolidad su posición de inmediato.

Tras asesinar a su padre, las demás familias italianas lo ven como un peligro impredecible.

Necesita legitimidad, liquidez y el pacto de sangre con la aristocracia legal de Estados Unidos que se estuvo guardando en secreto.

Tu padre le ha prometido la mano de Hannah para cerrar ese acuerdo.

Marcello necesita esa boda para demostrar que es digno del puesto y así también expandir su imperio al otro lado del océano y seguir limpiando su dinero.

Por eso mando a sus hombres a secuestrar a Hannah: Michaels ya le ha cedido todos los derechos sobre ella.

— Y la historia respecto a ti es todavía más retorcida— añade Ilenko—.

Tu padre sabía perfectamente que la Bratva daría contigo tarde o temprano.

Sabía que no somos imbéciles y que lo de Sonia no había sido un accidente.

Cuando escucho mi nombre, fingió ante los medios ser un padre devastado que buscaba que su hija no se fuera con un criminal.

Pero en el fondo se sentía liberado: pensó que entregándote.

Así, la Bratva daría la deuda por saldada y lo dejaría en paz.

— Aún así quería más poder y dinero y vendió a mi hermana… — susurro.

— Intenta salvar su cabeza una y otra vez a costa de su familia. —sentencia Ilenko— esto no es nuevo, llevaba años vendiendo información confidencial mientras trabajaba para mi padre. Jugaba dos bandas, cobrando por ambos lados y sacrificando peones cuando la situación se podía fea.

— Todo este tiempo…. Dándonos lecciones de moralidad y justicia, y estaba jugando a dos bandas con las organizaciones más peligrosas del mundo.

Ilenko se levanta de la silla con parsimonia.

Rodea la mesa con pasos lentos y pesados hasta detenerse justo frente a mí.

Su presencia invade mi espacio vital por un breve instante, la frialdad de sus ojos azules se suaviza con un destello de una preocupación feroz y posesiva.

Estira la mano y me coge de la barbilla con firmeza, obligándome a sostenerle la mirada.

— No tenemos tiempo para lamentaciones, Rachel.

Tu padre es un hombre puerto. Si no lo matamos nosotros, lo hará Marcello Sforza en cuánto no cumpla su parte del trato.

Nueva York ha dejado de ser un lugar seguro.

Estamos en territorio neutro y la tregua provisional entre la Bratva y la Cosa Nostra se ha terminado en el momento que cogí a Hannah.

Se inclina hacia mí, pegando su frente a la mía mientras su aliento me roza los labios.

—Nos vamos a Rusia.