Indefendible (El legado de Volkov 1) 23. ¿REAL?
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23. ¿REAL?

Dress — Taylor Switf

Me despierto con el peso de su brazo rodeándome la cintura, una cadena de músculo que me mantiene anclada al colchón.

Me pregunto si es real el tener a un asesino durmiendo plácidamente a mi lado después de permitir que me folle como una perra en celo, o si mi mente ha inventado todo este caos para no volverse loca.

Pero el dolor de mi vientre y el rastro de él entre mis piernas, son demasiado reales para ser un sueño.

Me quedo inmóvil, mirando el techo de mi dormitorio.

El silencio es sepulcral. Trato de recordar a la Rachel de hace unos días, vistiendo sus trajes que creía en el estado de derecho, pero me resulta imposible, esa mujer no habría gritado el nombre de un criminal mientras él la marcaba, todo lo contrario.

La cama con Christian tenía que ser silenciosa, decía que nadie tenia porque escucharnos.

Sinceramente, no echo de menos nada de lo anterior… todo lo contrario, esa mujer no habría sentido el vacío punzante que siento cuando pienso en la posibilidad de que él se aleje, pero es algo que no quiero aceptar.

Con cuidado, trato de deslizarme fuera de su agarre. Quiero ducharme y quitarme el rastro de su olor en la piel antes de ir a ver a mi hermana.

Es el único hilo que me une a mi antigua vida, y me aterra pensar que se haya cortado por lo que tuvo que soportar anoche.

Sin embargo, en cuanto intento moverme, el brazo de Ilenko se tensa. Su mano se cierra con fuerza sobre mi cadera, acercándome de nuevo a su cuerpo ardiente.

— ¿A dónde vas? — su voz es un ronroneo, ronco por el sueño.

No ha abierto los ojos, pero noto como está tenso. Me quedo rígida contra él, pero a la vez relajada, notando su erección matutina presionando contra mi espalda, recordándome que para él la noche no fue suficiente.

— Tengo que ver a mi hermana — susurro — Y tengo… tengo que pensar.

Él suelta un gruñido y se incorpora ligeramente, apoyándose en un codo para mírame desde arriba. Sus ojos azules, velados por el cansancio pero afilados como cuchillas, me recorren de tal manera que me hacen sentir desnuda aun cubierta por las sábanas.

— Está a salvo. Miranda la cuidará — dice apartándome un mechón de la cara con brusquedad para acercarme a él — Y no hay nada que tengas que pensar.

— Solo necesito espacio….

—No — me corta — lo que necesitas es dejar de pensar que lo que está pasando es un error.

Viniste a por mi porque no quieres estar en otro sitio.

Me buscas porque te hago sentir viva, la culpa que tienes por desear a un hombre como yo e compresible, pero tienes que aceptar tu realidad de una puta vez.

Me quedo en silencio, con el corazón martilleando contra mis costillas.

— Y ¿cual es mi realidad? ¿Soy tu mujer? ¿Soy tu puta que te follas cuando quieras? ¿Soy un contrato? ¿O un pacto? Porque no se que puta variable soy en esta ecuación que se me ha presentado en mi vida.

Me mira en silencio, y suspira antes de ponerse encima mía sin posibilidad de escapatoria.

Su peso sobre mí es abrumador, una barrera que me recuerda que, en esta habitación, las leyes de la lógica han dejado de existir.

— Mi mujer, mi puta, mi contrato, mi pacto. Eres todo eso. Pero mía.

Sus manos se mueven con velocidad y sujetan mis muñecas sobre mi cabeza en el colchón. No hay rastro de duda en su mirada, solo una posesividad absoluta que me asusta tanto, como me excita.

— ¿Crees que te puse mi apellido solo por diversión?

— gruñe— te hice mi esposa porque es la única forma de que nadie, pueda tocarte sin pasar primero por encima de mi cadáver.

Asiento que deja de buscar variables Rache, el contrato es el papel que te mantiene viva, pero lo que pasa entre nosotros…

eso es lo que necesitabas y querías. Acepta de una vez que este es tu sitio ahora.

Me quedo atrapada por su lógica brutal. No hay etiquetas aquí. Soy su mujer por papeles y su amante por una necesidad salvaje que me quema las entrañas.

Me saca de mis pensamientos el sonido de mi teléfono, un número desconocido. Ilenko me mira arqueando una ceja y yo decido cogerlo.

— ¿Dígame?

— Letrada Brown, soy el juez Miller.

Me quedo en silencio. Se me había olvidado por completo en el mundo exterior al que pertenezco, ese dónde todavía soy abogada y no la mujer de un mafioso.

— Ah si claro, dígame Señoría.

Ilenko se arrima a mi lado, pegando su pecho al mí mientras me observa con atención. Su mano baja despacio por mi muslo y se posa sobre mi rodilla presionando con fuerza. Me tenso por completo al escuchar las palabras del juez.

— Han salido ya las pruebas del ADN… y no le pertenecen al señor Volkov.