Indefendible (El legado de Volkov 1) 20. EL COMIENZO
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20. EL COMIENZO

I fell like I’m drowning — Two Feet

El eco de mis propias palabras se queda flotando en ella aire.

— Sal de aquí  — me ordena — ve a casa. No quiero que salgas hasta que yo te lo diga.

Me quedo inmóvil. Mis pies parecen pegados al suelo de la habitación.

Observo detenidamente al hombre que, hasta hace apenas unas horas, era todo lo que mi moralidad y mi carrera me habían enseñado a despreciar.

La corrupción. El crimen organizado. La muerte sin juicio.

Debería estar chillándole, arañándole la cara, odiándolo por haberme perseguido durante años como si fuera una pieza de caza.

Pero la verdad sobre mi padre y mi vida ha actuado como un ácido corrosivo, quemando hasta la última ceniza de la mujer que intentaba hacer lo correcto en un mundo lleno de corrupción y mentiras.

Doy un paso hacia él. Luego otro. Invado su espacio vital con una determinación ciega que hace que sus ojos se entornen en una chispa de advertencia. Sé lo que espera.

Espera un bofetón, un grito, un empujón.

Pero en lugar de eso, alzo la mano y le agarro la mandíbula con fuerza, sintiendo la aspereza de su barba y tiro de él hacia abajo.

Lo contemplo a escasos milímetros durante un segundo.

Debería odiarlo.

Debería huir.

Pero al mirarlo solo veo al único monstruo que ha decidido ponerse entre el mundo y yo cuando todos me han dado la espalda.

Es el monstruo que necesito.

Lo beso.

Es un choque amargo, una colisión brutal cargada de rabia, dolor y supervivencia. No hay un solo rasgo de ternura en lo que nos hacemos; es una lucha de lenguas, mordiscos desesperados y respiraciones entrecortadas que buscan sofocar el pánico.

Mis labios se mueven contra los suyos con una desesperación posesiva, diciéndole que acepto mi lugar a su lado.

Pero él me coge de los muslos, apretándolos con fuerza elevando sobre él. Toma el poder y el ritmo del beso, no me deja que lo haga yo.

Baja por mi cuello, devorándolo por completo. Mi centro se enciende por completo y noto como me empapo en cuestión de momentos. Pero no es momento para esto. Le pongo una mano en el pecho con fuerza, obligándole a que se separe de mí, negándole con la cabeza y me bajo al suelo.

Cuando me separo, jadeando, el sabor a hierro y tabaco y a él es lo único que llena mis sentidos.

Le miro y comprendo. Es un juramente mudo dónde acepto el lugar que ha construido para mí en el invierno.

— Vamos. — le ordeno.

Salimos de la habitación a zancadas. El pasillo, antes silencioso y pulcro, ahora es un hervidero de actividad. Hombres vestidos de negro azabache, con el rostro impasible y las armas listas, se cuadran de al ver a Ilenko.

Él no se detiene. Su mano busca la base de mi espalda para guiarme hacia fuera.

— ¡Nikolai!—  grita sin dejar de caminar.

El hombre de antes, aparece de la nada ante nosotros.

— Los coches están listos, señor —reporta— El equipo ya está preparado en el lugar del objetivo y organizados para cogerlo.

— Si alguien que no sea de los nuestros pone un dedo sobre ella en lo que la cogemos, quiero que sus cabezas adornen las entrada de mi casa antes de que anochezca— la voz de Ilenko resuena como un latigazo.

Bajamos al garaje subterráneo en un silencio denso, sepulcral, roto únicamente por el eco de nuestros pasos sobre el hormigón. En el centro de la estancia nos espera un Range Rover blindado, teñido de un negro tan opaco que parece absorber la escasa luz del recinto.

Nikolai ya está al volante. El motor ruge con un ronroneo grave que hace vibrar el suelo. Sus ojos grises me observan a través de la ventanilla bajada con una calma calculadora, pero no dice nada. Solo me dedica un leve asentimiento de cabeza que le devuelvo con la mandíbula apretada.

Ilenko me rodea la cintura con un brazo, deteniéndome justo antes de abrir la puerta.

— Cuando llegues a casa no te muevas de ahí. — me dice, inclinándose hacia mí. Su aliento me roza la oreja—.No salgas. Es probable que la Bratva ya esté buscando a tu hermana al saber que estamos casados y sabrán que eres la manera de llegar a ella.

Le agarro de la nuca, obligándole a que me mire. La rabia de antes sigue ahí, quemándome, pero ahora va mezclada con la promesa de antes.

— Tráela, Ilenko — le susurro— Tráela. Y dejaré de luchar contra esto.

Sus pupilas se dilatan al instante. Una tormenta de posesividad absoluta y triunfo oscuro estalla en su mirada azul al procesar la magnitud de mis palabras. Le estoy entrenado en bandeja la rendición por la que ha estado esperando.

Asiente y me besa la cabeza antes de empujarme con firmeza dentro del SUV. Nikolai bloquea las puertas con un chasquido seco en cuanto entro.

— Arranca — le ordena. Salimos derrapando del garaje dejando todo atrás y saliendo por la rampa hacia las calles de la ciudad. Miro por el cristal tintado, el mundo exterior parece desconocido, como si ya no perteneciera en él.

— ¿Cuánto tiempo llevas con él? — pregunto, rompiendo el silencio sepulcral.

Nikolai no aparta la vista de la carretera. Sus manos, firmes sobre el volante, no flaquean ni un milímetro.

— Toda la vida— se limita a responder seco y cortante.

— ¿De qué le conoces? — insisto.

Esta vez, Nikolai no responde. Gira el volante con suavidad, esquivando el tráfico con una calma que me inquieta.

El resto del camino es un vacío absoluto de palabras. El único sonido es el suave ronroneo del motor. Conduce de forma rápida y agresiva pero muy precisa.

Finalmente, el coche se detiene frente al 69. Espera un segundo hasta que bajamos al garaje.

Aparca y me abre la puerta.

— Suba — dice, simplemente señalando la entrada del ascensor.

Subo sola. Cuando las puertas se abren en el último piso, el ático está sumido en una oscuridad envolvente, apenas interrumpida por el resplandor de las luces de los rascacielos que se cuelan por los enormes ventanales.

Me descalzo, dejando que mis pies sientan el frío del suelo de mármol y camino hacia la cocina.

Miranda no está, cosa que me alivia. En la isla central descubro una botella de vino abierta de la que me sirvo una copa generosa de vino, y bebiendo desesperada para ver si me quema la ansiedad que tengo agarrada en el pecho.

Mientras espero, saco el teléfono del bolsillo. La pantalla se ilumina mostrando un reguero de notificaciones, mas de treinta llamadas de mi padre y decenas de mensajes exigiendo saber dónde estoy, acusándome de cometer una locura.

Una amargura me envenena la boca.

Claro que no sabía nada de mi vida. Yo era la hija modélica, la abogada perfecta, mientras él jugaba a dos bandas con la mafia, usándonos a mi madre y a nosotros como piezas de ajedrez. La decepción y el dolor de la traición me inunda de golpe. Tenia al asesino delante y no me daba cuenta.

Me permito llorar.

Dejo que las lágrimas silenciosas me resbalen por las mejillas, concediendo ese breve luto por el padre y la familia que creía tener y nunca existió. Pero esto no se queda aquí.

La sed de venganza crece por momentos, y la que va a darle caza ahora soy yo.

La rabia y el instinto de protección hacia mi hermana aplastan la pena, colocándome de nuevo por encima del dolor. Si mi padre fue un hijo de puta cobarde incapaz de proteger su propia sangre y eliminando a su familia. Yo me encargaré de hacerlo.

Me bebo la copa de un trago, sintiendo como el líquido espeso me quema la garganta y se me asienta en el estomago como un fuego sordo. El cristal de la epa golpea contra la encimera cuando bloqueo la pantalla del teléfono.

Me acerco al ventanal. Desde esta altura, las vistas de la ciudad son majestuosas, deslumbrantes… pero ahora sé que debajo de todo ese brillo hay un mundo podrido por la sangre y la ambición.

Apoyo la frente contra el cristal frio, tratando de que el contraste me despeje la mente. Mi reflejo distorsionado me devuelve la mirada de una desconocida, pero lo que de verdad me está devorando por dentro no es mi propio reflejo.

Imagino a Hannah en su salón, probablemente estudiando para sus exámenes finales, totalmente ajena al hecho de que hay un coche lleno de hombres armados apostado en su puerta y un batallón de la mafia rusa de camino a romper su vida en pedazos. Se me encoge el estómago de pura angustia.

La idea de que los hombres de Ilenko no lleguen a tiempo, o de que la Bratva se anticipe y la convierta en una víctima colateral de esta guerra, me provoca una náusea helada.

Cada segundo que pasa sin que el teléfono suene es una tortura.

Necesito saber qué está pasando en esa calle.

Necesito saber si el hombre al que acabo de besar va a devolverme a mi hermana viva o si solo me ha vendido una ilusión para tenerme bajo control.

Esa misma paranoia me impulsa a moverme. Si voy a entregar mi vida a esta organización para salvar a Hannah, necesito saber exactamente contra qué me enfrento. Necesito cartas para jugar.

Dejo la copa vacía sobre la encimera y me encamino hacia la zona privada de la casa en busca del despacho de Ilenko. Tras recorrer varios pasillos y cruzar dos salones, me topo con la doble puerta de madera noble. Empujo una de las hojas, que cede con un ligero crujido.

Al cruzar la puerta, el aroma de Ilenko, me golpe el rostro con una presencia casi física. El despacho es soberbio, impecable, presidido por un enorme escritorio negro.

Rodeo la mesa y me dejo caer en el sillón.

— Tiene que haber algo…

Abro el primer cajón.

Nada. Solo contratos, empresas, inversiones, sociedades….

Abro el segundo.

Planos, mapas, rutas…

Todo parece importante… pero nada responde a la pregunta que me está consumiendo. Repito hondo y sigo buscando. En el archivador lateral encuentro decenas de carpetas.  Cada una con fotografías, informes, nombres…. Información suficiente como para derribar gobiernos.

Entonces lo veo. Una carpeta de cuero oscuro gastada. Con una palabra grabada en plata: brOWN.

Mi corazón deja de latir un segundo. El aire se me congela en los pulmones.

La abro con los dedos temblorosos. Lo primero que veo es una fotografía de mi madre, pero no es la que teníamos en casa. En esta ella no sonríe. Esta seria y con la mirada de sus ojos marrones perdidas. Pero igual de preciosa.

Con el estómago encogido en un nudo, paso la página. Lo que aparece a continuación es el informe forense original. Las palabras impresas se me clavan en las pupilas como cuchillas: Asesinada por cuatro disparos en el cráneo. Fallecimiento instantáneo.

Una lágrima cae sobre el papel, mientras soy consciente de que cada una de las palabras efe Ilenko eran la cruel y pura verdad.

Pero no acaba ahí. Debajo del informe forense, hay un documento con un sello en relieve que parece de la Cosa Nostra. Es un contrato de ejecución. Un acuerdo comercial por valor de veinte millones de dólares para eliminar a Sonia Ivanova y filtrar información confidencial de la Bratva.

Sonia Ivanova.

El nombre me atraviesa la cabeza como el impacto de una bala.Mi madre era Sonia Jones. Yo soy Rachel Brown Jones.

En un segundo, la cortina de humo de mi vida se desmorona por completo.

Mi padre, no contento con venderla, alteró sus apellidos y trató de borrar hasta la última huella de su linaje para que nadie en este país supiera que pertenecíamos a la mafia rusa.

Nos cambio la identidad para escondernos en una fachada de respetabilidad civil mientras del disfrutaba del dinero cobrado por su cabeza.

Pero lo peor de todo aguarda en el contrato de ejecución que tengo en las manos. Trazada con tinta negra, me encuentro con la firma más familiar de mi vida.

La de mi padre.

Un grito silencioso se me queda atascado en el pecho, sofocándome y consumiéndome, mientras las lágrimas comienzan a brotar sin control, emborronando las hojas.

Las piezas encajan con una crueldad devastadora. Michaels Brown no solo nos puso una diana en la espalda. Él no fue una víctima del destino.

Él firmó la sentencia muerte de mi madre y a su vez, la mía.