Indefendible (El legado de Volkov 1) 17. ADICTIVO
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17. ADICTIVO

Im yours — Isabela La Rosa

Contra todo pronóstico, nuestro encuentro no se detuvo en aquel último espasmo. Las horas fueron consumiéndose, mientras la lujuria y el deseo nos devoraban por completo.

Fue una marea que no dio tregua: cada vez que creía que mi cuerpo no podía experimentar un ápice más de placer, las manos de Ilenko volvían a encontrar una zona virgen de placer, y mi boca volvía a buscar la suya con una urgencia que me asustaba a mí misma.

Era completamente adictivo. Como si todo el caos que nos rodeaba pudiera silenciarse al unísono con el impacto de nuestras pieles. Ilenko no tenía nada que ver con el perfil de amante delicado que yo había conocido en el pasado.

Su posesión trascendió lo puramente físico; pretendía grabarse a fuego en mi sistema nervioso, asegurándose de que ni una fibra de mi ser olvidara a quién pertenecía ahora.

Me quedé finalmente dormida, agotada y marcada con la certeza de que no había vuelta atrás, y tampoco la quería. Había probado el veneno y para mi perdición, quería más.

Cuando la luz fría de la mañana se filtra por los ventanales, Ilenko ya no está en la cama, pero el calor de su cuerpo y el olor aún permanece en las sábanas.

Me levanto, sintiendo cada músculo de mi cuerpo completamente dolorido, como si hubiera corrido una maratón.

Al mirarme al espejo observo las múltiples marcas moradas que habían sobre mi piel, y sorprendentemente no me preocupan, al contrario, me recuerdan lo que sentía cuando Ilenko me tocaba con cada uno de sus dedos.

Me quedo unos segundos frente al espejo recorriendo con la yema de los dedos esas marcas, eran el mapa de mi rendición.

Me meto en la ducha dejando que el agua caliente relaje mis músculos entumecidos. Al salir elijo un vestido de tubo blanco roto, y me recojo el cabello en una coleta tensa, sin dejar un solo mechón al azar, finalizando el resultado con un labial rojo profundo.

Al salir al comedor, el aroma a café recién hecho inunda el aire.

Ilenko ya está en la mesa, vestido con un traje y camisa negra que lo hace parecer aún ,más imponente y letal de lo que ya es.

— Buenos días — dice sin levantar la vista del ordenador, pero con la mandíbula tensa al verme aparecer — pensé que te costaría más levantarte.

— Me subestimas Ilenko. Y creo que he demostrado que es un gran error hacerlo.

Me acerco a él con el paso lento, con el eco de los tacones marcando el ritmo de mi determinación. Le clavo la mirada cuando por fin me mira, sosteniéndosela con un desafío que me hace arder la sangre.

Me detengo a su lado. El olor del café y su perfume me golpea, trayendo de vuelta las imágenes de sus manos sobre mi cuerpo.  Sus ojos me recorren hasta detenerse en mi boca y sus pupilas se dilatan de nuevo, volviendo a ese tono de azul abismal que me atrapa por completo.

Se levanta y su envergadura me hace pequeña de repente.

Con sus grandes manos atrapa mi cintura y me atrae hacia él. Me contempla por un segundo antes de posar su boca sobre la mía, con fuerza, sin miedo. La recibo con ganas, con hambre.

Mi cabeza aún no es capaz de procesar lo que este hombre despierta en mí. En seguida vuelvo a notar la dureza de su entrepierna y no sé exactamente de dónde saco la fuerza para detenerlo.

— No es el momento — trato de separarme,  pero él me agarra el culo con tal fuerza  que roza el dolor.

— Eso lo decido yo.

Me aparto de él con firmeza, dejándolo completamente descolocado y enfadado.

— Te dije que era tuya si hablabas conmigo, si me lo contabas todo. — me muevo por la cocina, pasando una mano por la suave encimera de mármol mientras le reto con los ojos— Así que ha llegado la hora de que cumplas tu parte.

— Tú no decides el ritmo de esto, Rachel.— Se pasa una mano por el pelo, todavía húmedo por la ducha.

— ¿Ah, no ? — cojo una taza de café recién hecho, aún humeante — .¿Te crees que follamos anoche porque tú lo decides? ¿O porque lo decidí yo?

— Cuidado letrada…— me advierte —. No confundas el hecho de que te permitiera disfrutar de una manera como no lo has hecho en tu puta vida con tener el control de la situación.

Da un paso hacia mí, invadiendo mi espacio.

— Nunca has tenido el control real. Y si te crees que es así … porque no me explicas de una puta vez ¿desde cuándo crees que lo tienes?

El aire de la cocina se vuelve denso, casi irrespirable, Ilenko acorta la distancia que nos separa, obligándome a retroceder hasta que mi espalda choca con el borde frío de la encimera. Su cuerpo me cubre por completo.

— No me das miedo — sostengo la mirada con firmeza.

— ¿No? ¿Desde cuándo no me tienes miedo?

— repite, su voz baja hasta un susurro peligroso mientras apoya ambas manos en la encimera,, atrapándome una vez mas entre sus brazos — ¿Desde que me viste en esa mierda de celda?

¿Desde que te puse mi apellido? ¿O desde que permití que tus uñas marcaran mi espalda mientras gritabas mi nombre una y otra vez?

Porque no te he oído gritárselo a nadie más.

Me quedo helada. Esas palabras rebotan en mi cabeza una y otra vez, cobrando un sentido siniestro.

— ¿Desde cuando llevas en mi vida? — susurro en un hilo de voz.

— Esa no es la cuestión .— Su mano derecha abandona la encimera para atrapar mi cara, obligándome a mantener el contacto visual — .

Crees que el miedo ha desaparecido porque el deseo lo ha cubierto todo, pero en mi mudo el miedo y el deseo son dos caras de la misma moneda.

De hecho, sé que se acaba de volver a despertar.

Siento el roce de su pulgar sobre mi labio, una caricia que provoca que mi cuerpo traidor se estremezca bajo su toque, enviando una descarga eléctrica directamente a mi entrepierna.

— ¡Sí es la cuestión! — intento gritar, pero su agarre es más fuerte y no me lo permite — Joder, me estás diciendo una y otra vez que llevas vigilando cada uno de mis pasos desde hace años, incluso con quién he follado.

Le empujo con todas mis fuerzas pero no puedo librarme de su sujeción. Mi pecho sube y baja con violencia. No se mueve, solo me mira, y no me queda otra que rendirme.

— Quiero respuestas. No me importan lo oscuras que sean o lo mucho que creas que vayan a dolerme. No te tengo miedo. Ni a ti, ni a tus mierdas, ni a tu estúpida obsesión con mi vida desde hace a saber cuanto tiempo.

— Vamos — se retira con una calma que me resulta insultante. Se separa de la encimera mientras se ajusta la chaqueta negra.

No me muevo y me agarra con su brazo.

— ¡Suéltame, joder!

— Muévete. Te voy a dar lo que te pides. Pero no aquí. — Se va hacia la salida, ignorando mi protesta.

— Estás bajo vigilancia policial.

Se da la vuelta mientras sonríe y se lame el labio, demasiado eróticamente para mí gusto, como cada uno de los movimientos que hace. Joder. El gesto es jodidamente sexy.

— ¿Qué te hace pensar que la policía y el FBI pueden saber donde estoy?

Acorta la distancia hasta que nuestros pechos vuelven a rozarse. Siento el calor que emana de su cuerpo encendiéndome como a una jodida ninfómana.

— La policía vigila lo que yo quiero que vigilen.

Ven sombras porque yo decido enseñarlas.

En este momento para ellos, estamos en una supuesta reunión de derechos sobre recapitulaciones matrimoniales.

Para mí…— se inclina hacia mi oído y su aliento caliente me estremece de nuevo — vamos al lugar donde empecé a memorizar cada uno de tus suspiros y los de todos los que nos rodean.

Le sostengo la mirada sintiendo como la rabia de hace un momento se transforma en una curiosidad, oscura y punzante. Asiento levemente.

Me suelta y vamos al ascensor hasta llegar al garaje. Es un santuario donde hay decenas de coches sacados de una fantasía de un coleccionista y de amantes de estos. Como yo.

Ilenko se detiene frente a un Maserati MC20 de color negro. Las líneas aerodinámicas del coche son un espectáculo, en sintonía con él mismo.

— Hay que reconocer que tienes buen gusto. — le digo lanzándole una mirada de reojo.

— A mi lado siempre tengo lo mejor. — sonríe antes de abrirme la puerta del copiloto.

— Alguna vez podrías dejarme conducir ¿no? — frunzo el ceño al ver como se acomoda en el asiento del conductor.

— Si quieres conducir buscaremos un coche que puedas llevar…. Con facilidad. — dice mientras se abrocha el cinturón — y no será llevándome a mi claro.

— Vaya… vuelves a subestimarme, como siempre.

—Yo no soy el que lo hace.

Me hundo en el asiento de fibra de carbono cuando Ilenko pisa el acelerador.

— ¿No? ¿Quién lo hace? ¿Mi padre? ¿Christian?

Quita una mano del volante apoyándola en mi muslo mientras acelera el V6 por las calles de Nueva York con una precisión quirúrgica.

— Por desgracia lo ha hecho todo el mundo. Te ven como la hija de o la posible mujer de. Y ahora como la abogada de o la mujer de Volkov. Nadie ha visto lo que he visto yo en tí. Nadie es capaz de atravesarte y no te conocen lo más mínimo Rachel.

— ¿Y tú si no? — me rio a carcajada — Claro, a saber desde cuando coño me observas. Yo solo te conozco de esta semana y estoy casada contigo. Que irónico.

— Te conozco desde mucho antes de que supieras que existía la mierda de mundo fuera de tus libros y cenas de etiqueta con tu familia.

Te conozco desde que crees que tenías el control de tu vida cuando estuviste con ese hijo de puta que solo te quería como moneda de cambio para obtener la mierda apellido de tu padre.

Me mira de reojo. Sus ojos azules y la contundencia de sus palabras me borran la risa de golpe.

— Te he visto llorar de rabia en tu despacho cuando creías que nadie te miraba.

Te he visto estudiar casos hasta las tres de la mañana con el pelo hecho una mierda y con esa mirada de querer comerte el mundo — su mano sube por mi pierna, rozando el borde del vestido — sé cómo bebes el café, sé el gesto que haces con tu pelo cuando estás nerviosa, sé exactamente que parte de tu cuello se tensa cuando mientes.

— Casarme contigo no fue solo un trámite para protegerte, fue el trámite para tener lo que llevo años queriendo.

El corazón me da un vuelco. Debería estar tremendamente acojonada bajo esta obsesión meticulosa.

No he tenido ni un ápice de intimidad con él ya que ha estado observándome prácticamente toda mi vida.

Pero no tengo miedo no, esto lo único que me provoca es una atracción electrizante.

Es una curiosidad morbosa que se enrosca dentro de mí.

Hay algo profundamente adictivo en saber por qué he sido el objetivo de este hombre.

Realmente, mientras el mundo me ignoraba, el estaba ahí, memorizando hasta el ritmo de mi respiración.

Soy consciente por primera vez, que no he sido una pieza más en su tablero, sino la pieza por la que ha movido todas las demás.

— Me has convertido en tu obsesión mucho antes de que yo supiera tu nombre— digo en voz baja, pero lo suficiente como para que me oiga.

Se queda callado y conduce unos cinco minutos más. Cuando llegamos apaga el motor, pero esta vez la vibración del coche parece haberse trasladado hacia mi propia piel cuando se gira hacia mí.

Me sujeta del cuello, obligándome a mirarle con una intensidad que marea.

— Sí, era obsesión— confiesa —. Porque desde que te vi por primera vez, en mi puta cabeza no he dejado de pensar en ti ni un solo segundo. No encontraba la manera de acercarte a mí y a mi mundo sin romperte en el proceso… hasta que encontré la grieta que otros abrieron.

Sus dedos se deslizan por mis mejillas, arrastrando las lágrimas que estaban empezando a caer.

— ¿Porqué crees que aparecí en esa celda, Rachel?

Sabía perfectamente que Vance iba a meter al primero que pudiera cuadrar en el caso entre rejas para poder consolidar su puesto como fiscal.

Sabía que esa noche estabas de guardia y se cruzaron todos los astros cuando vi al hombre dejando el cuerpo en el suelo.

Llamé a la policía diciendo el lugar y me entregué allí mismo.

— Una sonrisa ladeada aparece en su rostro

— Me puse en tu camino porque era la única forma de que me miraras. De que me encontraras. De tenerte frente a mí. De tenerte para mí.

Me quedo helada. No fue una coincidencia, ni un error de su parte. Se dejó atrapar solo para tenerme frente a él. Manipuló su propia caída para asegurar que estuviera. A su lado.

— Te arriesgaste a ir a la cárcel siendo inocente, ¿por mí? Y si, ¿no hubiera sido yo la que estuviera esa noche? — susto fascinada por la magnitud de su locura.

— Me arriesgaría a que mi mundo entero se hundiera si eso significaba que estabas a mi lado — responde mientras acaricia mi labio con su pulgar — pero tienes que tener claro que no soy ningún santo. Realmente soy un asesino. Tienes que prometerme que no huirás cuando te diga la verdad.

— ¿Huir? — suelto una risa seca, cargada de incredulidad, mientras me aparto de su toque como si me quemara — no me hables como si esto fuera una novela barata joder.

Me estas diciendo que me has acosado, que has manipulado el sistema judicial como te ha dado la gana y que te has cargado a gente.

No me pidas que te prometa nada cuando ni siquiera sé quien eres.

Si quieres que me quede contigo deja de jugar al misterio y dime verdades.

Ilenko me observa en silencio.  Sus manos se cierran con fuerza sobre el volante. Por un segundo parece que va a estallar, pero luego exhala un aire gélido y se gira hacia mí.

— Está bien, pero todo a su debido tiempo.