16. DESEO
Shameless — Camila Cabello
Arranca mi camisa y mi sujetador y se deleita con las vistas mientras que me observa detenidamente. Se lame los labios y su pecho sube y baja sin control.
— Mírame — gruñe, exigiéndome, inmovilizando mis muñecas sobre mi cabeza con una sola mano.
Baja la cabeza y atrapa uno de mis pezones entre sus dientes, mordiendo con una presión que me hace arquear la espalda y soltar un grito desgarrador. El dolor y el placer se enlazan de tal forma que ya no sé dónde termina uno y empieza el otro.
Siento sus manos impacientes destrozando mi falda y arrancando mis bragas con rabia, las cuales utiliza para atarme las manos.
El erotismo del momento es brutal y no puedo hacer más que sentir como mis fluidos empapan mis muslos.
Abre mis piernas y me quedo completamente expuesta bajo su mirada devoradora.
Ilenko se deshace del pantalón con una rapidez animal, sin romper en ningún momento el contacto visual. Dejándome ver la magnitud de su deseo.
— Has dicho que querías saber quien soy — murmura, bajando sus manos hasta mi vagina. Sus dedos se hunden en mí, encontrándome completamente empapada y lista para él— para empezar, yo no sé amar, solo sé poseer.
Introduce los dedos con aún más fuerza, reclamando su interior con una fuerza que me hace jadear sin cesar, mientras su pulgar presiona mi clítoris con un movimiento experto y cruel. El orgasmo está a punto de llegar, mis piernas tiemblan suplicando, pero él no me lo da.
— Pídelo — exige él, deteniéndose justo cuando estoy al borde del abismo — aprende a pedir lo que deseas, y yo decidiré si te lo doy.
Sus dedos se quedan perfectamente quietos dentro de mí, es una puta tortura física que me hace sollozar de frustración.
Busco el roce que me saque de este suplicio arqueando las caderas contra su mano. Mi clítoris late con una violencia dolorosa, pidiendo a gritos el contacto de su pulgar, pero él mantiene las manos firmes, disfrutando de mi desesperación.
— Por favor… Ilenko, te lo suplico— mi voz sale en un gemido roto.
— ¿Por favor qué? — me presiona, hundiendo su rostro en mi cuello y mordiendo la piel sensible de éste con fuerza — Dime que quieres exactamente letrada.
— ¡Haz que me corra joder! ¡Lo necesito! — grito desesperada, mientras mis uñas se clavan en sus brazos anchos y duros.
Sus dedos por fin empiezan a moverse con una velocidad y una presión insoportablemente deliciosa. El chapoteo de mi lubricación en sus dedos es lo único que se escucha junto con mis gemidos incontenibles.
— No voy a follarte todavía— gruñe contra mi oreja, siento como su aliento abrasador me quema por completo — primero vas a aprender que tu cuerpo ya no te pertenece. Me pertenece a mí. Y vas a correrte exactamente cuando yo te lo ordene. ¿Te queda claro letrada?
Trato de asentir.
Su pulgar no deja de castigar mi clítoris sin parar, alternando presiones brutales y eléctricas que me hacen gemir de una forma que nunca antes había experimentado.
Es un hambre que duele, una necesidad que me me quema las entrañas.
Mis caderas se mueven solas, suplicando, mientras sus dedos dentro de mí imitan una penetración salvaje y húmeda.
— No cierres los ojos y mírame— me ordena, tirando de mi pelo para que vea el incendio de triunfo en su mirada— Córrete para mí, ahora.
En ese instante, sus dedos presionan con una fuerza despiadada el centro de mi clítoris mientras sus otros dedos se hunden hasta el fondo de mi interior.
En ese momento, el orgasmo me golpea con violencia.
Siento cómo mi vagina se contrae en espasmos rítmicos placenteros y dolorosos a la vez alrededor de su mano.
Grito su nombre, con el cuerpo arqueándome por la agonía y el éxtasis que me ha hecho sentir.
El salón parece estallar en mil pedazos mientras el calor inunda mis muslos.
El clímax es tan largo y profundo que me deja sin aire.
Mi interior late contra sus dedos derramando mi lubricación sobre su mano en una rendición absoluta.
Saca su mano, empapada de mí y se la lleva a la boca con una lentitud que me hace estremecer de nuevo. Sus ojos no se apartan de los míos mientras saborea mi excitación.
— Mmm… exquisita — murmura con voz ronca— tienes un sabor peligrosamente adictivo pequeña… pero solo es mío.
Se inclina sobre mí, atrapando mi labio inferior entre sus dientes en un beso que sabe a mí.
— Eres un vicio…. Un vicio que voy a disfrutar doblegar hasta que no recuerdes ni quien eres.
Estoy sin palabras, no consigo hacer más que gemir por la burbuja de placer en la que me tiene metida.
Me olvido del mundo, porque solo existe este espacio entre nosotros.
En ese momento, sus manos se hunden por mis muslos, abriéndome con una brusquedad que me deja completamente expuesta, vulnerable. Me obliga a separar las piernas de tal manera que es casi doloroso.
— Voy a borrar de tu mente cada hombre que te haya tocado — gruñe mientras siento la punta de su polla caliente y húmeda presionando contra mi entrada, que late desesperada — suplicarás por mi y mi marca quedará grabada en tu memoria y en tu piel.
Ilenko me agarra de las caderas con una fuerza que me deja claro que es él quien manda en mi cuerpo.
Con un empuje brutal y definitivo se hunde en mí de una sola estaca.
— ¡Dios! — consigo articular
— Dios no te está follando letrada, te estoy follando yo.
Me llena de tal manera que siento que voy a partirme, pero el placer que sigue a la invasión es tan intenso que mis uñas se clavan por completo en su pecho.
Me agarra con fuerza de los muslos, levantando aún más mis caderas para que cada embestida sea más certera, más destructiva. El sonido de nuestros cuerpos chocando es rítmico y sucio. Puta música para mis oídos.
— ¡ILENKO JODER! — su nombre sale de mi boca como una oración desesperada, una súplica para que no se detenga y me lleve mas allá del límite.
— Eso es… grita Rachel…— jadea él, con su frente chocando contra la mía mientras el sudor le recorre el rostro y el cuerpo, provocando que mi llama vuelva a encenderse con fuerza de nuevo.
El orgasmo vuelve a amenazar con romperme, acumulando en mis muslos, en mi vientre, en la punta de mis pezones erectos que rozan con su pecho.
Ilenko se tensa, sus músculos se vuelven de acero bajo mis dedos, y con tres embestidas brutales que me dejan sin aliento, suelta un rugido gutural.
— Córrete. —me vuelve a ordenar, con fuerza.
Se hunde en mí hasta el último milímetro, reclamando el fondo de mi ser mientras descarga todo su semen con una violencia que me hace temblar de los pies a la cabeza y provocando que vuelva a sentir el placer de un orgasmo aterrador.
Me quedo suspendida en ese éxtasis oscuro, rodeada por sus brazos y sintiendo como su respiración trata de relajarse a la vez que la mía.
El silencio regresa a la estancia pero ya nada es igual.
El rastro de su apellido ya no solo está sobre el papel: ahora está grabado dentro de mí.