15. VERDAD A MEDIAS
Criminal — Britney Spears
Salimos a toda velocidad por las puertas dobles del juzgado.
El coche nos espera en la puerta con el motor a ralentí y el hombre de la cicatriz sujetando la puerta trasera.
Me giro por última vez por puro instinto y capto la mirada de mi padre; me observa con una decepción absoluta, negando con la cabeza antes de darme la espalda.
Cuando voy a subirme al coche, unos dedos cálidos y temblorosos me atrapan la muñeca.
—Rachel, espera— es Hannah. Mi hermana. Mi confidente. Mi mejor amiga.
Noto la urgencia en sus ojos, pero no puedo detenerme ahora. Si la policía me ve hablar a solas con mi familia tras la farsa del juzgado, destrozaré el único escudo que me queda.
— Te llamo luego— le prometo con la voz cortada. Le doy un beso rápido en la frente y el hombre cierra la puerta al subirme en el coche.
Me gustaría tener el valor de poder mirar por la luna trasera, pero agacho la cabeza, incapaz de sostener la culpa de no haberla dejado decir nada.
A mi lado, Ilenko llena el espacio con su presencia, obviando el caos que dejamos atrás.
Le lanzo una mirada cargada de odio puro.
Cuando él hace ademán de acercarse, lo freno en seco con la mano.
— ¿Porqué? — le pregunto con la voz rota por la rabia — ¿Por qué no me dices la puta verdad de todo lo que sabes de mí? ¿Por qué no me dices la verdad de porqué me obligaste a ser tu mujer, eh?
Él no aparta la vista de mi rostro. El coche arranca con suavidad y la patrulla policial encargada de la vigilancia provisional se engancha justo detrás de nosotros.
— Por tu bien— responde con una frialdad desarman.
Me quedo en silencio, procesando la brutalidad de su contestación.
— ¿Por mi bien? — Suelto una risa amarga — Es increíble. Me has dejado sin familia, sin reputación y completamente atada a ti.
Ilenko ladea la cabeza y esa sonrisa gélida, cargada de una arrogancia peligrosa, vuelve a dibujarse en sus labios.
Se inclina lentamente hacia mí, reduciendo la distancia hasta que el aire del coche se vuelve irrespirable.
— Tienes razón, pequeña; soy egoísta — su voz se transforma en un susurro grave, una amenaza que me eriza la piel —.
Llevo siguiendo mucho más tiempo del que tu mente es capaz de concebir.
Pero eso lo sabrás a su debido tiempo, y cuando lo entiendas, comprenderás por qué he hecho cada movimiento de este tablero.
Te quería en mi mundo costara lo que costase.
Para que aceptaras llevar mi apellido, tenías que ver cómo el tuyo se reduce a cenizas.
Tu mundo ya estaba en llamas, letrada…yo solo le eché la gasolina para que ardiera con más fuerza.
Me quedo en silencio, sintiendo como el calor que desprende su cuerpo me golpea como una bofetada.
— Mírame —ordena.
Levanto la vista, sosteniéndole el pulso con el último rasgo de orgullo que me queda.
— Me odias por lo que he hecho, lo entiendo.
— susurra. Su mano sobre con lentitud por mi clavícula hasta posarse en mi cuello, rodeándolo con una firmeza que me obliga a soltar un jadeo ahogado—.
Me odias porque he destruido tu realidad desde dentro y ni si quiera sabes desde cuándo estoy haciendo, pero te mueres de ganas de que te enseñe mi infierno.
— Te odio porque eres un puto monstruo — logro articular, aunque mi voz me traiciona por completo, sonando más como una confesión que como un insulto.
— Deja de mentirte de una vez, letrada— su pulgar presiona mi pulso, sintiendo la aceleración salvaje de mi corazón—. No te doy miedo. Te doy hambre. Porque en el fondo, debajo de esa chaqueta gris y ese título universitario, eres exactamente igual que yo.
Sus palabras me dejan sin aliento. El corazón me golpea las costillas como una locomotora fuera de control.
Quiero abofetearlo, exigirle al hombre que conduce que frente y me deje saltar del coche en marcha, pero mi cuerpo está pegado al cuero del asiento, completamente paralizado e hipnotizado por el hombre y que tengo delante e ignorando las órdenes de mi cabeza.
El tiempo pierde todo su valor hasta que el coche frenan suavemente en el garaje privado del edificio. Dejando a la patrulla de policía fuera ajena a todo lo que pasa en el interior.
El conductor me abre la puerta, pero ninguno de los dos se mueve durante unos segundos que se estiran hasta volverse eternos. Bajo la mirada de Ilenko, me doy cuenta de algo aterrador: mi destino se selló mucho antes de que yo pusiera un pie el aquel calabozo.
Pero lo que más me cuesta admitir es que mi propio deseo ha firmado sus condiciones mucho antes de que mi cabeza tuviera el valor de procesarlas.
— Baja, Rachel— dice con una suavidad que desarma cualquier intento de resistencia.
Salgo del coche lentamente. El sonido de los tacones sobre el hormigón retumba en mi cerebro. Caminamos hacia el ascensor privado y el ruido de nuestros pasos coordinados suena como una marcha nupcial hacia la perdición.
Una vez dentro del ascensor, observo a Ilenko a través de los espejos.
Con un movimiento pausado, peligrosamente sexy, alza las manos hacia su cuello y empieza a desabrocharse los primeros botones de la camisa, liberando la tensión de la tela sobre sus músculos marcados.
Ese simple gesto hace que mi cuerpo grite la verdad que mi mente lucha por callar.
No quiero necesitarlo. No quiero quererlo.
No quiero su protección. Pero mi pulso se dispara sin parar con cada centímetro de piel bronceada y tatuada que queda a la vista.
Las puertas se abren con un susurro metálico en el ático. Ilenko sale primero, no sin antes dedicarme una última mirada por encima del hombro que me quema las entrañas.
Cruza el salón en penumbra con paso felino. Se quita la americana del traje y la deja caer con despreocupación sobre uno de los sofás de cuero.
Yo me quedo un paso atrás, observándolo en silencio, hasta que noto que él me examina a través del reflejo de la inmensa cristalera.
Una ola de rabia, desesperación y deseo descontrolado me invade.
Sé que en este mismo instante estoy mandado a la mierda cada código de ética que mi padre me grabó a fuego.
Estoy traicionando todo lo que conozco por entregarme al hombre que me ha despojado de mi vida en cuestión de días.
Pero la verdad que todo lo que conocía me traicionó a mí primero.
La sospecha sobre la frialdad de mi padre, sumada al fuego que me abrasa la piel ante la presencia de Ilenko, me empuja a ignorar la cordura.
Decido hacerle caso a la humedad que me quema entre las piernas y no a la voz racional que me suplica que corra. Sé perfectamente que no es correcto. Sé que es una locura autodestructiva. Pero en este punto, me da exactamente igual.
Apoyando una mano contra el marco de la entrada, deslizo primero un tacón y luego el otro, manteniendo la vista fija en sus ojos reflejados en el cristal. Es un gesto deliberadamente lento, sexy, descarado. Un desafío en toda regla.
Noto cómo sus hombros se tensan de inmediato. Sin girarse del todo, su voz resuena en la penumbra, más oscura que nunca.
— No hagas eso Rachel.
Se gira lentamente y sus ojos azules se encuentran con los míos. No hay ni un ápice de su habitual rastro de su frialdad calculadora: hay una llama viva, hambrienta y salvaje. Me sostiene la mirada con una intensidad que me hace vibrar.
Ignoro su advertencia, así como ignoro mi cordura. El bien, el mal y la lógica, martillea mi cabeza, pero lo aparto con fuerza.
Camino hacia él despacio, descalza sobre la madera, hasta detenerme a escasos centímetros de su pecho. La llama en su mirada es ahora un incendio devastador. Me pongo de puntillas, invadiendo su espacio, sintiendo la vibración del calor abrasador que emana de su cuerpo.
— Si quieres que sea tuya — susurro, rozando casi sus labios con los míos — , se acabó jugar a las adivinanzas. Quiero la verdad. Si quieres que me una al infierno contigo, Ilenko, quiero saber exactamente de quien es la mano que estoy agarrando mientras nos quemamos.
Él no cede un solo milímetro; al contrario, su cuerpo se vuelve de piedra contra el mío. Una sonrisa lenta y peligrosa le curva la boca mientras sus pupilas se dilatan de forma salvaje, devorando el azul cristalino de sus ojos hasta convertirlos en dos pozos oscuros.
— ¿El infierno? — Ilenko suelta un gruñido bajo, un sonido animal que me recorre la columna vertebral—. He movido el mundo entero para tenerte justo aquí.
Antes de que pueda reaccionar, su mano se enreda en mi pelo, centrándose en un puño firme.
Me tira de la cabeza hacia atrás con una fuerza brusca, obligándome a arquear el cuello y a clavar mis ojos en los suyos.
El dolor es un destello agudo que solo sirve para encender más la electricidad que hay entre nosotros,
— ¿Quieres saber a quién le das la mano, letrada? —su voz provoca una respiras física inmediata en mí, inundando mis bragas de una humedad sofocante —. Se la estás dando al hombre que ha esperado años moviendo cada puta pieza de este tablero para tenerte en sus brazos.
Me atrae hacia él con un golpe seco, pegando mi cuerpo al suyo sin dejar espacio para el aire. Siento la dureza implacable de su entrepierna presionando con fuerza contra mi vientre. Mis manos, atrapadas entre nuestro pechos siente el galope desenfrenado y violento de su corazón.
Ilenko no me suelta el pelo, todo lo contrario, tira con más fuerza obligándome a mantener la garganta completamente expuesta ante él. Sus ojos me recorren con una lentitud que quema.
— Si cruzamos esta línea, será mucho mas que un simple papel firmado Rachel. Serás mía en todos los sentidos, así que decide rápido. — acerca su boca a la curva de mi cuello, rozándome con sus dientes. — Decide.
Le sostengo la mirada con el aliento desbocado. Mi carrera y mi reputación pueden irse directamente al infierno, porque soy completamente incapaz de soltar de la mano a este demonio.
— Cruza la línea, Ilenko.
Apenas salen las palabras de mi boca, el control de Ilenko se quiebra por completo.
Su boca se estrella contra la mía con la violencia de un impacto.
No es un beso dulce: es un reclamo salvaje, una invasión hambrienta que me roba el aliento del golpe.
Sus labios chocan contra los míos con una posesión brutal que me hace hace soltar un gemido ahogado directo en su garganta e Ilenko aprovecha eses segundo para colar su lengua con una fuerzas devoradora, exigiendo cada rincón de mi boca.
Su mano libre enreda los dedos en mi pelo con más fuerza, inclinándome la cabeza para profundizar el beso hasta hacerme perder el sentido. Siento el sabor amargo del cigarro, la calidez de su aliento encendido y la rozadura de su barba contra mi barbulla. Mi mente se apaga por completo.
Dejo caer cualquier defensa que me quedara e introduzco mis dedos en su cabello, tirando de él para pegarlo más a mí, respondiendo a su embestida con la misma rabia y necesidad que me abrasa por dentro.
Ilenko suelta un gruñido banco que vibra directamente dentro de mí. Sin romper el beso, su mano desciende por mi espalda, apretándome con una fuerza implacable hasta llegar a la curva de ms caderas. Me levanta del suelo en un solo movimiento, cómo si de una pluma se tratara.
Siento el vacío bajo mis pies y enrollo instintivamente mis piernas alrededor de sus caderas.
El contacto es brutal: la tela de su traje choca contra el encaje de mi ropa interior y la sedad de mis medias, y la dureza impresionante de su entrepierna se clava directamente en mi centro, haciendo que una calibra de placer me recorra por completo.
Nos desplazamos a ciegas. Mi espalda choca contra el ventanal helado de la estancia, creando un contraste salvaje, el hielo del cristal sobre mi piel expuesta y el fuego abrasador de su cuerpo aplastándome contra él.
Sus labios abandonan los míos solo un segundo para descender por mi mandíbula, mordisqueando el cuello mientras yo me arqueo hacia atrás, soltando un jadeo que retumba en la penumbra del ático.
— Buena elección letrada — gruñe contra mis labios antes de escuchar como raja mi ropa como si de papeles se tratara — ahora vas a aprender lo que significa pertenecerme.