12. LA JAULA DE ORO
Sugar — Sleep Token
A la mañana siguiente me despierto de golpe, con el corazón yendo a doscientos kilómetros por hora y la respiración completamente entrecortada.
La seda del camisón esta pegada al cuerpo, humedecida por el sudor frío que nada tiene que ver con la temperatura de la habitación. No sé si lo que me ha despertado ha sido una pesadilla o una fantasía que mi mente se a empeñado en proyectar.
Son apenas la siete de la mañana y la luz del amanecer empieza a inundar la habitación. Hay un contraste brutal entre el frío que hay fuera marcando los cristales con escarcha por fuera, con el calor que hay dentro.
Necesito moverme.
Salgo de la habitación descalza, sin notar un atisbo de frío, todo lo contrario. Camino por el pasillo infinito, perdida en esta jaula de oro, hasta que un sonido ronco me detiene. Golpe, gemido, respiración, golpe.
Me detengo antes una puerta entreabierta. Es un gimnasio más equipado que cualquiera de la ciudad.
La boca se me queda seca de inmediato.
Ilenko no lleva camiseta. Sus músculos, tensos y definidos, brillan bajo una fina capa de sudor que recorre su espada mientras golpea un saco de boxeo con una fuerza desmedida.
Puedo ver el tatuaje de su espalda que se eleva hasta el cuello, moviéndose con cada impacto, y la potencia de sus piernas ancladas en el suelo.
Me quedo paralizada. Una descarga eléctrica recorre mi centro de tal manera que me atraviesa de arriba abajo, obligándome a apretar los muslos.
Es una reacción visceral, animal, completamente ajena a mi control.
Mis dedos se clavan en el marco de la puerta.
Me odio por mirarlo, pero más me odio por la forma en que mi cuerpo reacciona a su presencia.
Pero mis ojos no son capaces de apartarse de él.
Él se detiene un segundo, con el pecho subiendo y bajando con violencia y hace amago de girarse. Lo que provoca que el pánico me saque del trance en el que estaba sumida. Dándome la vuelta y saliendo corriendo por el pasillo.
Llego de nuevo a mi habitación, cierro la puerta y me apoyo en ella, jadeando, hiperventilando.
Me tumbo en la cama intentando pensar en otra cosa, pero el latido de mis piernas es una demanda a gritos, que ahoga cualquier pensamiento lógico,
Mis dedos tiemblan mientras se deslizan bajo la seda negra del camisón. Pienso en que no debo pero mis manos y mi cuerpo no obedecen a mi cabeza.
Me detesto mientras lo hago. Muevo mis dedos con avidez entre mis pliegues notando su máxima humedad. Imaginándome como sería ser tocada por esas manos grandes y fuertes. Cada movimiento me acerca más y más rápido al éxtasis, con una intensidad que jamás en mi vida había experimentado.
Mantengo el ritmo con su imagen en mi cabeza.
Es una masturbación furiosa, violenta y una necesidad física que me quema por completo por dentro.
Imagino su respiración agitada contra mi cuello.
Su pesado cuerpo sobre el mío. Sus manos llevándome al orgasmo que me está atravesando por completo por dentro.
Oculto mis gemidos girando sobre la cama y ahogando el sonido contra la almohada.
Pero no es liberador.
Es una explosión que me deja temblando y con lágrimas agolpándose en mis ojos. He alcanzado un placer que nunca creí que fuera posible sentir.
Y, al hacerlo, he perdido la última pizca de dignidad que me quedaba. He sucumbido a él en una cama y casa que no es la mía, sin que el haya tenido que mover ni un dedo.
Me quedo unos minutos observando el techo, intentando que el corazón recupere su curso regular mientras siento mis propios fluidos descender por mi piel
«Eres patética, Rachel» , me digo mientras me incorporo con rabia.
Entro a la ducha y dejo que el agua helada se lleve cualquier rastro de lo que acaba de pasar. Necesito borrar su efecto en mi cuerpo. Pero en el fondo se que eso va a ser imposible.
Salgo de la ducha y me visto con un traje de chaqueta y falta de tubo gris.
Tacones negros Christian Louboutin que nunca pensé que fuera a tener.
Me suben unos exquisitos quince centímetros, lo que provocan sentirse como una diosa, como las medias negras con liguero y la ropa interior de encaje negro de La Perla.
Me pregunto si él estaba pensando en que llevase esto cuando lo eligió.
O lo tenía para una de muchas de las mujeres que abran pasado por aquí.
Pero es extraño porque mi talla es un poco extraña, tengo las piernas y caderas anchas con la parte de arriba estrecha y un pecho voluminosos. Parece que todo está hecho a medida.
Antes de salir, me doy un último repaso frente al espejo del vestidor. El maquillaje esta impecable, pero mis ojos siguen delatan ese brillo de agitación que no consigo apagar. Me enderezo, tomo aire y salgo hacia el salón.
Ilenko ya está ahí, sentado con el ordenador sobre las piernas.
O yo he tardado demasiado o este hombre funciona a un ritmo sobrehumano: hace nada estaba sudando en el gimnasio.
Callo mis pensamientos a la fuerza mientras lo observo.
Lleva un traje negro que le sienta como una segunda piel, remarcando la anchura de sus hombros, y el pelo hacia atrás, todavía húmedo por la ducha.
Al verlo así, concentrado y ajeno a mi presencia el recuerdo vuelve a golpearme y la humedad que aún siento entre mis piernas parece reaccionar encendiéndome de nuevo.
Él levanta la vista y sus ojos me recorren con una lentitud deliberada que me hace sentir desnuda.
— Buenos días, letrada— su voz suena más profunda de lo habitual — ¿Lista?
— Si…— respondo, odiando el leve temblor de mi voz mientras noto como el rubor me inunda las mejillas.
Se levanta y se pone a mi lado. Una de sus manos bajan por mi espalda baja para guiar mi paso.
Bajamos al comedor y Miranda nos sirve el desayuno. El café me quema la garganta, pero lo necesito como el aire para respirar. Finalmente consigo hablar.
— Me preguntaba….— Él alza la mirada y clava sus ojos en mí, arqueando levemente una ceja—. ¿Cómo has preparado toda esa ropa en el armario? estabas encerrado y … todo es exactamente de mi talla.
Con una calma exasperante deja los cubiertos en la mesa, mirándome fijamente.
— Te dije que no dejo nada al azar.
No me deja tiempo para replicar; se levanta y me indica con un gesto que es hora de irnos.
Al entrar en el ascensor, el espacio se vuelve completamente asfixiante. El aroma de su perfume, una mezcla de tabaco, madera y ámbar, me marea. Nuestros ojos se encuentran en el reflejo de los espejos. El dedo sigue ahí, latente, crudo y salvaje, latiendo en mi interior.
Sin previo aviso, Ilenko acorta la distancia, invadiendo mi espacio hasta que siento el calor de su cuerpo. Se inclina hacia mi oido, rozándome la piel con los labios. Un escalofrío helado me recorre la columna.
— Creo que no tengo que recordarte el papel que tienes que interpretar hoy — susurra con una frialdad peligrosa—.
Eres mi esposa. Haz que se lo crean. — hace una pausa eterna y, de pronto sus dedos se deslizan por la abertura de mi falda hasta rotar el borde encaje de la media— Aunque con lo que llevas puesto debajo de esto… dudo que tengas que fingir demasiado.
Se separa de golpe justo cuando el ascensor se detiene y las puertas se abren. El pulso me retumba en los oídos, pero me obligo a erguir la cabeza y dar el primer paso hacia el garaje, donde un coche ya nos espera.
Mi mente intenta asimilar cómo coño este hombre sabe hasta la ropa interior que llevo puesta. Nos sumergimos en un silencio denso, pero que agradezco profundamente para intentar recuperar el control.