11. EL PACTO CON EL DIABLO
Devil’s Backbone — The Civil Wars
Ilenko se aparta los justo para que pueda mover el brazo, pero sus ojos no me sueltan. No hay rastro de duda en ellos, solo una determinación implacable. Extiende la mano y me ofrece el bolígrafo. Miro el papel.
Miro el nombre de mi padre en mi móvil volviéndome a llamar, un recordatorio de la vida que esta tratando de darme la espalda.
Vuelvo a mirar a Ilenko y veo la única mano que se ha extendido para sacarme del fango en el que me he metido sin saberlo.
Si tengo que casarme con el diablo para no arder en su hoguera lo haré.
Estampo mi firma en el contrato de servicios y, acto seguido, en el acuerdo matrimonial.
Las letras de mi nombre parecen sangrar sobre el papel.
— Ya está — digo, soltando el bolígrafo como si quemara mi piel — ya tienes lo que querías. ¿Ya soy tuya, Volkov?
Ilenko observa las firmas con una calma que me aterra. Luego levanta la vista y una sonrisa lenta, casi imperceptible y cargada de peligro, aparece en sus labios.
— No Rachel, todavía no.
El corazón me martillea con fuerza en la cavidad torácica. Mis pulmones luchan por atrapar algo de aire mientras intento asimilar el ritmo vertiginoso en el que se ha convertido mi existencia.
— Mañana, cuando vayamos a la Fiscalía, no bajarás la cabeza — continua él, su voz baja el tono, volviéndose cada vez mas densa y oscura.
— No eres una cómplice que huye con un criminal.
Eres la esposa de Ilenko Volkov que ha estado con su marido.
No hay obstrucción si hay matrimonio. Solo hay lealtad conyugal.
— No va a funcionar. Es una maldita mentira y sabrán que solo nos hemos visto tres veces — susurro —. Además, no estoy ni estaré enamorada de ti.
— Entonces, tendrás que ser la mejor actriz de este maldito país — su aliento roza mis labios, provocando que un escalofrío me recorra de arriba a abajo
— Porque para el mundo, lo nuestro ha sido un romance secreto, un fuego que no pudimos controlar. Mañana les darás toda la documentación que te pidan, colaborarás con ellos y les dirás que nos casamos en secreto hace días y que nos conocemos desde hace meses.
Me obligo a sostenerle la mirada. Siento un calor contradictorio encenderse en mi interior, activándose fuera de mi control.
— No necesitan creer en el amor — prosigue — . Solo necesitan un acta de matrimonio con una fecha anterior a tu supuesta huida. Y yo ya me he encargado de eso.
Me suelta de repente, dejándome con la piel ardiendo y la mente en blanco.
— No importa cuántas veces nos hemos visto. Lo que importa es que ahora mismo eres mía ante la ley . Y mañana, frente a Vance y los federales, te comportarás como tal.
Su mirada recorre lentamente mi rostro, deteniéndose en mis labios con una fijeza que me estremece.
— Tu habitación es la segunda puerta a la izquierda — dice con una voz que ha recuperado su frialdad cortante — . Encontrarás todo lo que necesitas allí. Intenta descasar, que mañana será un día largo.
Se da la vuelta para marcharse, pero en el último segundo, vuelve sobre sus pasos, acortando la distancia hasta que su presencia me asfixia. Se inclina hacia mi oído, con su boca rozando apenas mi piel y su voz baja a un registro tan profundo que parece nacer de las sombras.
— Y Rachel…. — susurra, convirtiendo su tono en una caricia peligrosa — no te engañes. El papel es para los federales. Pero serás mía porque no podrás evitarlo.
Se da la vuelta y me quedo sola. Rodeada de un lujo que ahora se siente com una celda de oro, con el eco de sus palabras retumbando cada rincón de mi mente.
Miro el contrato sobre la mesa. La sentencia esta firmada.
Camino por el pasillo en un estado de trance hasta que llego a la puerta de la segunda habitación como me ha dicho, empujo y el aire se me escapa de los pulmones.
No es una habitación de invitados. Las paredes de cristal, de suelo a techo, ofrecen una vista tan espectacular de Manhattan que parece una postal irreal; las luces de la ciudad centellean bajo la noche.
A la derecha veo la puerta de lo que parece el vestidor entreabierta. Me acerco y, al encender la luz, ahogo un grito. Filas de vestidos deslumbrantes, piezas de alta costura que solo he visto en las páginas de Vogue, cuelgan perfectamente ordenadas por colores.
Hay zapatos de suela roja, bolsos de piel exquisita y conjuntos de seda que parecen pesar menos que un suspiro. Todo es de mi talla. Todo es nuevo. Todo ha sido planeado con una precisión quirúrgica. Lo que no alcanzo a comprender es cómo coño ha orquestado todo esto encerrado en una celda.
Las piezas del puzle empiezan a chocar en mi cabeza con una violencia brutal.
El contrato matrimonial ya redactado, la velocidad para conseguir una fecha antedatada en el registro sin que nadie lo detecte, la ropa seleccionada al milímetro…
Ilenko no improvisó cuando me pidió que fuera su abogada.
No fue una casualidad. Tenía todo esto montado mucho antes de que pusiéramos un pie en el calabozo.
¿Desde cuándo viene todo esto?
Sus palabras sobre mi apartamento…
¿Desde cuándo me vigila?
Y entonces las palabras de mi padre rebotan en mis oídos con una nitidez aterradora. Mi padre estaba aterrorizado, por el apellido que defiendo.
Por el nombre que ha salido a la luz. Por algo que ha ocurrido y han tratado de ocultarme.
El coche negro que nos seguía. Los hombres armados.
Chris¡tina acusándome. La trampa perfecta de la justicia en la calle y la trampa perfecta de Ilenko.
Todo está conectado de alguna manera en una red invisible donde soy la única que ha estado caminando a ciegas. Pero es algo que no me voy a permitir.
— Veo que ha encontrado el vestidor. El señor Volkov quería asegurarse de que no le faltara de nada.
Me doy la vuelta bruscamente, con el corazón en la garganta. Una mujer de mediana edad, vestida con un uniforme azul impecable y expresión serena, sostiene una bandeja de plata,
— Soy Miranda — se presenta con una leve inclinación de cabeza — el servicio personal y ama de llaves de la residencia. Le he traído algo de cenar; imagine que no había probado bocado en todo el día.
Deja la bandeja sobre una mesa auxiliar cerca del ventanal. El aroma a comida caliente inunda la estancia, pero mi estomago está demasiado cerrado por los nervios.
La observo en silencio.
No me atrevo a preguntar nada, no quiero que piense que estoy aterrada o que me muero por saber quién es realmente el hombre que duerme a unas puertas de distancia.
Antes de salir se detiene y me mira de arriba y a abajo con una mezcla de de lástima y respeto.
Miranda se va y el silencio que deja tras de sí es casi físico, denso, pesado. Me obligo a sentarme y comer. No tengo hambre pero no me queda otra.
Mientras ceno, mi cabeza trabaja con velocidad. ¿Y si me hubiera ido con mi padre cuando me llamo? ¿Y si sólo era un farol por el enfado de haber defendido a este hombre?
Definitivamente no. Hay algo más que se me escapa en esta ecuación y tengo que averiguar qué es.
Termino la cena y regreso al vestidor. Es tan amplio como mi apartamento, repleto de sedas, encajes y perchas alineadas con precisión milimétrica.
Busco algo para dormir, hurgando en las decenas de cajones hasta que mis dedos rozan un camisón de seda negra. Es corto, con un escote que no deja prácticamente lugar a la imaginación.
Y entonces sucede, es como aun parásito que se cuela en mi cabeza, una idea me golpea con fuerza de una bofetada. Seguro que le encantaría verme con esto puesto.
Pero es tremendamente ridículo pensar así de la persona que prácticamente tiene secuestrada. He aceptado yo si, pero porque no tenia más opciones. O…¿sí?
¿Qué hubiera pasado realmente si hoy me hubiera entregado? Habría terminado arruinada, juzgada y a merced de Christian y de mi padre, ese que tiene nexos con la mafia, los cuales ha intentando ocultarme pero pienso descubrir.
Él es el hombre que ha incendiado mi carrera y mi vida en apenas unas horas. La idea de que mi cabeza busque su aprobación es una traición hacia mi persona.
Me lo pongo sin pensarlo más, movida por una mezcla de rabia y despecho, y me meto rápido en la cama. Cierro los ojos esperando que el sueño me alcance pronto pero, justo antes de sucumbir al cansancio, su imagen vuelve a instalarse en mi mente.
Y sé que no podré escaparme de él.