10. BAJO PRESIÓN
Dynasty— Miia
Ilenko no me suelta. Su mano sigue cerrándose sobre la mía con una firmeza posesiva mientras avanzamos hacia el ascensor.
Siento los ojos de los hombres del coche negro clavados en la espalda través del cristal de la entrada, pero en cuanto las puertas de acero se cierran frente a nosotros, el mundo exterior desaparece.
Me observo en el reflejo del ascensor y apenas me reconozco. Tengo el pelo revuelto y las mejillas encendidas por la rabia y a la vez el miedo. Al lado, Ilenko parece imperturbable.
— Tienes la mano helada —comenta sin mirarme, aunque aprieta un poco más su agarre.
— Es lo que tiene que me obligan a entrar en un lugar desconocido bajo la amenaza de que en la calle me pueden matar— contesto con ironía, intentando zafarme de su agarre sin éxito— . ¿Esto eso tu casa?
—Es un lugar seguro, Rachel. El único en el que vas a estar a salvo — responde con absoluta sequedad.
El ascensor se detiene con un suave pitido en la planta del ático. Las puertas se abren directamente al interior de la vivienda. No hay pasillos, ni rellanos: solo un espacio inmenso de techos altos y ventanales que muestran la ciudad como un tapete de luces bajo nosotros.
Consigo soltarme de su agarre y me acerco al ventanal. La vista me maravilla y deslumbra a partes iguales, pero la calma dura un suspiro.
Le siento a mis espaldas. Me giro con brusquedad y choco de lleno contra su pecho.
Pongo las manos sobre su torso de forma automática para amortiguar el impacto, e intento retirarlas al instante, pero sus dedos se cierran sobre mis muñecas con fuera.
Su pecho, duro y fornido, permanece firme bajo mis palmas.
Puedo sentir su respiración pausada en claro contraste con la mía, que parece un auténtico huracán.
Levanto la mirada hacia él y me encuentro con la penetrante frialdad de sus ojos.
— No te conviene tener tanta prisa por soltar, Rachel…— su voz suena como un trueno bajo, vibrando directamente contra las palmas de mis manos —. Hace un momento querías huir, ahora te sostienes en mi porque sabes que, si te suelto, la realidad te va a aplastar por completo.
Sus dedos se cierran con más fuerza alrededor de mis muñecas, obligándome a mantener el contacto. No me duele, al contrario lo siento como una caricia, cuando realmente es un recordatorio constante de que mi voluntad está empezando a tambalearse-
— Suéltame.— logro articular, aunque el aire se me escapa cuando él inclina su rostro, invadiendo el último rastro de aire que nos queda —. Suéltame, Ilenko, joder.
No cede. Al contrario: se inclina un milímetro más, obligándome a arquear la espalda contra el cristal frío del ventanal. El contraste es brutal: el hielo del cristal en mi espalda y el fuego de su cuerpo frente al mío.
— Firma el contrato, Rachel Brown. Conviértete en mi abogada y acepta mi protección. …— Su mirada baja a mis labios con una intensidad que me revuelve el estomago.
Me suelta del golpe. El vacío es tan repentino que mis rodillas flaquean por un segundo. Camina hacia una mesa de cristal con una elegancia peligrosa y señala una carpeta de cuero oscuro.
— Tienes quince minutos. Voy a ducharme y espero encontrarme todo firmado.
Se marcha por la sala sin mirar atrás, dejándome a solas con el lacito desbocado de mi corazón y el silencio opresivo de su ático.
Me acerco a la mesa con los dedos temblorosos.
Sobre la superficie hay dos carpetas. La primera contiene un contrato de servicios jurídicos para asumir su representación formal.
Mis ojos de abogada escanean las cláusulas por instinto profesional hasta detenerse en la estipulación de honorarios.
La cifra es una salvajada que hace que el estomago se me contraiga.
Yo no necesito ese dinero y él lo sabe de sobra.
No es una tarifa de mercado: es un cebo bañado en oro diseñado para vincularme económicamente a su patrimonio.
Aceptar ese documento no me haría rica; me convertiría en una empleada entera a su disposición.
Pero la segunda carpeta es la que detiene mi corazón.
Mi mente tarda unos segundos en procesar el título; Acuerdo de Unión Civil y Salvaguarda Patrimonial.
Pestañeo, pensando que he oído mal. Leo la primera página, luego la segunda y una oleada de incredulidad mezclada con indignación me recorre el cuerpo.
No es una estrategia procesal. No es un anexo de representación legal.
Es un maldito contrato matrimonial redactado con una astucia jurídica perversa.
Bajo el pretexto de otorgarme blindaje patrimonial, inmunidad de jurisdicción y protección absoluta bajo el apellido Volkov, el documento exige mi residencia permanentemente en sus inmuebles y me vincula legalmente a su vida.
— Este hombre está completamente desquiciado …—Susurro para mí misma, pasando cada página con furia.
Sin embargo, tras pasar hojas leyendo las cláusulas del acta matrimonial, entre los anexos, me topo con un documento que no encaja.
Es una copa de un acuerdo e marco de cesión de activos y flujo de capitales.
Mis ojos escanean con rapidez las palabras y me quedo helada.
Aparece la firma personal de mi padre, en representación del despacho familiar…
vinculada directamente. Una red de cuentas societarias a nombre de la familia Sforza, seguidamente bajo el sello de Cosa Nostra. La mafia italiana.
Se me hiela la sangre. Son transacciones blindadas y firmadas por mi padre.
El descubrimiento me golpea con la fuerza de un puñetazo en el estomago. Toda la rectitud de mi padre, su obsesión por la la ley y su pulcritud intachable se desmoronan en un segundo. Mi padre trabaja para la mafia italiana.
Antes de que pueda reaccionar, el teléfono móvil me vibra con violencia en el bolsillo. Es mi padre.
En ese instante, el móvil brilla en mi bolsillo. Es mi padre,
— ¿Papá? — mi voz sale apenas como un hilo.
— ¡Rachel ! ¿Dónde demonios estás? — la voz de mi padre no solo suena alterada, está desencajada, jamás en mi vida le había escuchado así.
De fondo no hay silencio. Se oyen golpes secos, el crujido de cajones siendo arrancados y voces masculinas que me suenan familiares dando órdenes tajantes.
— Papá, escúchame, estoy…
—¡Cállate y escucha! — Me interrumpe, jadeando—… Christian está aquí. Ha venido a tu piso con una orden de registro federal y media docena de agentes de la Fiscalía. Han incautado tus ordenadores, expedientes… ¡Todo!
El corazón me da un vuelto tan violento que tengo que apoyarme en el borde de la mesa.
—¿Qué? ¿ De qué coño hablas? ¿Por qué Christian haría…?
— ¡No te enteras de nada! — ruge mi padre, pero de pronto su voz cambia, volviéndose extrañamente inestable—. Ese hombre no es un simple asesino. ¡Es un Volkov, joder! ¡No deberías haberte acercado a él jamás !
— ¿De qué estas hablando, papá ?
— ¡De nada! ¡De lo que son capaces esos rusos de mierda! — se atraganta con sus propias palabras— Tu madre… ¿esa gente es un cáncer!
Siento un pinchazo helado en las entrañas.
— ¿Mi madre? Papá, mamá murió en un accidente de tráfico, ¿qué coño tiene que ver ella con Ilenko Volkov?
— ¡Nada! No he dicho eso, ¡estás sacando las cosas de contexto! — grita, visiblemente nervioso—. Lo que digo es que te está manipulando. Te está usando para llegar a mis, para destruirme a mí y a nuestra familia. Si te quedas a tu lado te va a utilizar y …
— ¡Aseguren el despacho! — se oye de fondo la voz de Cristian.
— Papá… ¿ que estás diciendo? — susurro, sintiendo que el suelo se tambalea bajo mis pies.
— ¡Porque tienes que salir de ahí ya!— grita, hiper ventilando—. Ven conmigo. Yo puedo negociar con la Fiscalía, yo puedo protegerte… pero aléjate de él. ¡No escuches nada de lo que te diga! ¡Rachel, si te quedas con él estás muerta!
Cuelgo el teléfono porque el aire ha dejado de llegar a mis pulmones.
Me quedo helada, con el aparato pegado a la oreja mientras la realidad me golpea.
Me pregunto qué coño he hecho para que Christian esté tan obcecado, para que se haya presentado en mi casa con mi padre y los federales después de todo. Pero no es momento de pensar en eso.
Fuera, el sistema al que he servido me trata como una delincuente, por irme con mi cliente, traicionando también a mi familia y es algo que no logro entender.
Aquí dentro, el hombre que se esta duchando a pocos metros de mí parece que es el único que puede evitar que termine en una celda o según él, en una tumba.
Miro de nuevo el contrato de matrimonio. La ironía es sangrienta: para que la justicia no me destruya, tengo que entregarle mi vida a un criminal perseguido por ella.
El sonido del agua cesa el golpe.
El silencio que inunda el ático es tan pesado que me duelen los oídos. Escucho sus pasos lentos y seguros, acercándose por el pasillo.
Miro el bolígrafo sobre la mesa. Miro el contrato.
Ya no es solo min carrera lo que está en juego: es mi nombre, mi libertad y todo lo que soy.
Intento evaluar en mi cabeza las palabras erráticas de mi padre, las acusaciones de Christian y las intenciones de Ilenko.
A pesar de que la razón me suplica que haga caso a mi padre y me largue de aquí cagando leches, mi instinto me dice todo lo contrario.
Me dice que escuche a Ilenko, que me quede a su lado…
y, por suerte o por desgracia, mi instinto nunca a fallado.
Ilenko aparece en el umbral. No lleva camisa; solo unos pantalones de traje negros que caen peligrosos bajo su cadera. Se está secando el pelo con una toalla pequeña y se detiene al verme. La boca se me seca de inmediato, despertando un fuego en mi interior que trato de controlar.
— ¿Qué es esto Ilenko? — mi voz tiembla, pero no de miedo, si no de una furia que amenaza con desbordarse — .
¿Un contrato de matrimonio? ¿Crees que puedes comprar una esposa como quien se compra un puto coche?
?¿Los documentos que alían a mi padre con la Cosa Nostra? ¿Dónde coño me estoy metiendo, Ilenko?
Él deja la toalla sobre el sofá de cuero y camina hacia mí. El olor a jabón de sándalo y a piel limpia me invade, muy a mi pesar, aturdiéndome.
Se detiene justo frente a la mesa, ignorando mis gritos.
— No te estoy comprando. Te estoy dando un apellido que nadie se atreverá a tocar— dice, manteniendo la mirada fija en el documento que sostengo—. Y el documento de tu padre es la prueba de que el enemigo nunca estuvo en la fiscalía, sino en tu propia casa.
— ¡Es una locura! Soy abogada, no una propiedad — le escupo, dando un paso hacia él, invadiendo su espacio — mi padre dice que me van a arrestarme, Christian está en mi casa con los federales, mi familia supuestamente en líos de la mafia y tu solución es…
¿que me case contigo? No te conozco de nada, joder.
Podría estar casándome con un asesino en serie como si fuera una puta desquiciada.
¿Realmente esperas que te entregue mi vida sin que me expliques nada de esto?
Ilenko da un paso adelante, obligándome a retroceder hasta que mis muslos chocan contra la mesa, se inclina sobre la mesa, apoyando las manos en el cristal, atrapándome entre su cuerpo y la mesa. Su mirada es de acero. Su olor me inunda y marea por completo.
— Soy un asesino, sí. Pero no el que tú te crees — su voz es un susurro oscuro que vibra en mi pecho — Los asesinos que tu conoces disfrutan con el caos. Yo solo saco la basura de este mundo antes de que lo corrompa todo. Yo solo pongo fin a los hilos que nunca deberían existir.
Me quedo sin aliento, con la espalda arqueada y el corazón golpeando mis costillas como un animal enjaulado. Sus palabras no me alivian, me paralizan. Hay una convicción aterradora en su tono, una seguridad que me hace dudar de todo lo que creía saber.
— ¿Y yo que soy, Ilenko? — susurro, apenas capaz de mover los labios — ¿Soy la basura o soy un hilo que quieres cortar?
Él acorta aún más la distancia, su rostro a milímetros del mío, obligándome a sentir el calor abrasador que desprende su pecho desnudo.
— Tú eres la única que puede entrar en este infierno conmigo y salir ilesa — su voz es una caricia áspera en mi oido — tú eres mi inmunidad Rachel y yo soy tu libertad.